El enfrentamiento entre Federico Barbarroja y el Papado se tradujo en una interminable serie de campañas por el control de las ciudades libres italianas. Años de vaivenes y luchas por el poder crearon una cultura donde la política empezó a entenderse de un modo nuevo.
Política y estrategia se empiezan a entender como la [...]
El enfrentamiento entre Federico Barbarroja y el Papado se tradujo en una interminable serie de campañas por el control de las ciudades libres italianas. Años de vaivenes y luchas por el poder crearon una cultura donde la política empezó a entenderse de un modo nuevo.
Política y estrategia se empiezan a entender como la gestión de una red de alianzas inestable donde el objetivo de cada agente es mantener en cada momento la superioridad de su propia red de alianzas sobre su rival último. La potencia de esta idea es tal que impregna toda la cultura, transformando el viejo juego del ajedrez hacia sus formas modernas que aparecen ya descritas por Alfonso X en su Libro de los juegos (siglo XIII).
La posterior evolución italiana y la experiencia de los reinos ibéricos molderán esta visión: poco a poco el rival último va perdiendo importancia, hasta que a finales del siglo XIV desaparece. La estrategia que luego se llamará renacentista, o española, hija directa del ordenadísimo y ritualizado caos italiano y de las infinitas guerras peninsulares, no reconoce enemigo final. Tan sólo un línea de objetivos a alcanzar (el desarrollo estratégico) para los cuales hay que establecer y establecer alianzas cambiantes que doten de superioridad suficiente al actor en cada uno de los pasos.
Maquiavelo traducirá esta concepción a la política. Su superioridad sobre otras concepciones se probará primero en la conquista de Canarias. Fernado de Aragón (modelo del Principe para Maquiavelo) llegará a inventar un reino Canario unido… sólo para poder firmar con Fernando Guanarteme (nombre cristiano del cacique Tenesor Semidán) su anexión (“Pacto de Calatayud” del 30 de mayo de 1481).
Hernán Cortés y los hermanos Pizarro explotarán hasta el límite esta nueva tecnología… que a su vez los moriscos expulsados de España llevarán hasta el corazón de Africa.
La tecnología renacentista de negociación demostraría durante siglos ser suficientemente potente como para decantar un conflicto con múltiples agentes equilibrados en fuerzas o incluso dar el poder final al menos numeroso y con menos letalidad absoluta.
Sin embargo, la consolidación del Estado Moderno la iría arrinconando hasta su práctico olvido en el siglo XIX: por un lado Europa empezaba a alcanzar la masa crítica de conocimiento y tecnología necesarias como para plantearse una superioridad militar abrumadora en términos puramente materiales. Por otro lado, es una tecnología pensada para la guerra de corso, en la que los actores son múltiples y muchas veces privados, aunque las patentes les asimilaran a agentes estatales… algo que el Estado moderno centralizado no podía admitir sino un cuerpo extraño, una concesión al Renacimiento con la que había que ir acabando.
Hoy corren otros tiempos, tiempos de guerras postmodernas, de Netwar. ¿No merecería la pena repasar y actualizar aquello?
En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)
-
[...] Pero no se equivoquen, nada más renacentista que el mapa de alianzas energéticas en el mundo. [...]
-
[...] Yo creo que estas dos aproximaciones al Estado hacen aguas. El siglo XXI exige otras perspectivas: el mundo lleva ya un tiempo volviéndose más complejo. [...]






Creandote un usuario en un
Puedes ver los 23 posts más actualizados de mi
Puedes ver las estadísticas de este blog -entre otros- en el 
¿Tu planteamiento pasa por despojar, entonces, al Estado de la exclusividad de la Defensa de sus súbditos?
Podemos deducir entonces que el Estado es claramente insuficiente para luchar en un entorno de netwar y de ahí colegir que los ejércitos, como representantes últimos de la defensa de los estados, no obtendrán buenos resultados en una lucha contra el terrorismo internacional , es decir, islamista.
El problema reside, pues, en la identificación del enemigo último. Las dificultades para conocer los fines, se refleja, entonces, en la ineficacia de los medios de combate y, de camino, en la incapacidad del sujeto de la lucha: el Estado.
Dado que el “rival último” es una red, contra él sólo se puede luchar configurando otras redes. ¿Quiénes son los sujetos que componen esas redes destinadas a sustituir al Estado?
David, creo que te has quedado antiguo. Lo moderno -y lo que mejor pagan, a 2800 $ inscripción- es lo que dice este experto en política y negociación.
Sin desperdicio los dos últimos puntos.
Jesús, que poco me entiendes… lo que pienso es bastante distinto:
1. No hay “enemigo final”, de hecho soy de los que creen que no hay ni “final” ni “soluciones de una vez y para siempre”, no soy neocon. Y por cierto que estas dos negaciones están en la esencia del modelo estratégico renacentista que comento
2. No es que el estado “deba” dar paso a otros sujetos. Es que quiera el estado o no, están ya ahí y surgirán más. Esta la es la esencia del conflicto en red, es policéntrico. No se trata de estar a favor o en contra, es que es así y hay que ver como subsistir y defender valores en él.