Lunes, 28 de Julio de 2008

La muerte de la lectura profunda y el choque de teologías

Siguiendo la discusión del otro día, encuentro en el último número de The Atlantic un artículo de Nicholas Carr titulado de forma un tanto amarilla Is Google making us stupid?.

La tesis es que la web, no Google, ha cambiado nuestra forma de leer… y por tanto la estructura misma de nuestro pensamiento. Para asentar lo primero cita un estudio sobre comportamiento en la red desarrollado por el University College London que concluye:

It is clear that users are not reading online in the traditional sense; indeed there are signs that new forms of “reading” are emerging as users “power browse” horizontally through titles, contents pages and abstracts going for quick wins. It almost seems that they go online to avoid reading in the traditional sense.

La idea es que la lectura profunda ha muerto. Leemos más que nunca -asegura- pero no nos abstraemos en un texto como antes durante horas. Ahora saltamos de un lado a otro, leyendo en diagonal, extrayendo datos de aquí y de allí, sin volver nunca a una fuente ya visitada.

Como en una suerte de adaptación al nuevo medio cultural, nuestros itinerarios informacionales son cambiantes, casi aleatorios… pero superficiales. Algo así como los recorridos de una mosca sobre la comida. Cubrimos más espacio informativo… pero profundizamos menos.

El lado malo es que la lectura profunda es en realidad indistinguible del pensamiento profundo… y perdiendo una estaríamos perdiendo al otro. La perspectiva según el autor, es la de un tipo de pensamiento muy relacionado, muy comprehensivo… pero que no establecería relaciones íntimas entre temas dispares. En una palabra, sería menos profundo y por tanto menos innovador y creativo. Nuestra inteligencia se parece cada vez menos a lo que considerábamos inteligencia y cada vez más a la inteligencia artificial y a los sistemas expertos.

Lengua latina, mente latina

En lo que no repara Carr es que la primera tecnología estructuradora del pensamiento es el idioma. Una tecnología que no es neutral en absoluto y que carga de manera casi mágica con toda una tradición cultural -y por tanto unos valores- implícitos. El propio olvido de Carr, es una buena muestra de ello.

La cultura anglo tiene una tradición empirista que nace de haber quedado fuera del ámbito de la tradición regulacionista y casuista del Derecho Romano y la escolástica. Una tradición eminentemente práctica en la generación del conocimiento que ha traído grandes joyas al mundo: desde la Common Law a Newton… una forma de pensar lo nuevo que es mucho más deslumbrante en sus logros que en las reflexiones que le dan lugar. No es casualidad la asincronía en el debate sobre el significado político de la web 2.0.

Para llegar a lo nuevo, en nuestra tradición, es preciso desprenderse y criticar una pesada carga. Innovar es un ejercicio de Zen para nosotros que te obliga a bucear por las densas aguas de una tradición cultural y legal sumamente pesada. En el mundo anglo, aportar sentido viene después del hacer, como nos enseñaron nuestros profesores de crítica. Digg, la Wikipedia o Google fueron pensados después de hechos. Feevy o BBVA tu cuentas -por dar ejemplos cercanos- lo fueron antes. En el mundo latino hay que vencer muchas resistencias culturales antes de llegar al hacer. Hay una frontera cultural obvia: vivimos instalados en el mundo de la Teología Católica, no en el de la protestante.

A simple vista no parece ninguna ventaja… pero tampoco hay que olvidar que al fin el protestantismo articula la comunidad en torno a prohibiciones, mientras que la tradición jurídico-teológica del Sur (católica o sunní) lo hace en torno a las excepciones y el regateo frente a la ley.

Leer desde el Sur

La frontera de tradiciones no es desde luego homogénea. No nos falta influencia anglo en nuestra cultura. Basta leer a los local gurus españoles que escriben sobre Internet para darse cuenta. En un tiempo en el que sin innovación no se sobrevive, las más rancias tradiciones del autoodio y el complejo de inferioridad propios del colonizado renacen con fuerza: la glosa, la referencia descontextuada, parecen requerirse más que el pensamiento original. Ver grandes directivos esforzándose por hablar toscamente en inglés es motivo de fea mofa en YouTube… pero no nos hace reflexionar sobre aquello que a lo que nos lleva…

Y sin embargo… la diferencia existe. Leer en serio en esta parte del mundo sigue siendo minoritario, pero el número de gente que lee en el metro de Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia sigue llamando la atención en comparación con las ciudades del Norte europeo.

Llegamos ahora a hacer nuestra la escritura rápida del periodismo anglo, hija del telégrafo, como cuenta Enrique Meneses. Necesitamos textos breves y frases cortas porque nuestro modo de vivir se ha hecho más rápido y nómada, porque estamos rodeados de información y medios. Necesitamos concisión para hacer posible la lectura profunda que Carr da por moribunda en el anglomundo. Lo que en el anglomundo es un RIP aquí es una demanda.

Conclusiones

El tipo de conocimiento y argumentación que se entienden previos a la acción son muy diferentes en aquel mundo. La práctica del surfeo por la red, por el rastreo a saltos entre fuentes informativas, conecta e intensifica rasgos específicos de la cultura y tradiciones del anglomundo y la Teología protestante. Fundamentos culturales que entienden que la interpretación y no la reflexión son previas a la acción. En este sentido y en ese contexto cultural es cierto que la lectura profunda puede estar en jaque simplemente, porque dentro de ese esquema, ya no es funcional.

En el mundo latino y mediterráneo, en cambio, el amor a la novedad, a lo empírico, por mucho que se desarrolle, no nos librará de tener que enfrentar ex ante todo tipo de resistencias culturales profundas a cualquier propuesta, ya sea en la charla de bar o en una presentación de productos. En nuestras empresas, en nuestras conversaciones, aportar es poner pegas, es ser abogado del diablo. Y para enfrentarlas no basta con reunir fuentes o cazar ideas. Hay que bucear y entender la lógica interna de los argumentos. Para vencer una cultura más lenta y conservadora, hay que ser más profundo. De hecho y es algo más que casualidad, lo que los anglos llaman lectura horizontal entre títulos y cabeceras (véase la cita de arriba) en español se llama lectura diagonal.

Y el caso es que lo que tenemos es menos tiempo para alcanzar esa profundidad. Por eso, a este lado de la frontera de civilizaciones, necesitamos textos breves para leer más… aunque profundamente.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 4:34 pm | (0)

Martes, 22 de Julio de 2008

Menos que libros, más que lectura

En estos días estoy acompañando a Nat a las tradicionales comidas de fin de curso con nuestros clientes. No son sólo celebraciones, son una pequeña pausa en la lógica de trabajo en la que se intercambian ideas y se habla con libertad de ideas en bruto.

El otro día, estábamos con Fernando Summers, Enrique González y Manuel Castro, de BBVA. Hablábamos del libro electrónico y de las posibilidades de dispositivos como el Iliad o el pequeño Hanlin y de las dificultades de colaboración con la anquilosada industria editorial.

Visto lo visto y con la experiencia de la Colección Planta 29, para abrir y fundamentar debates, para impulsar la generación de inteligencia organizativa, la clave está en una combinación de libro electrónico y Dominio Público.

Y ahí Manuel Castro tiró una pelota genial.

Según el CIS, del 33.1% de personas que, en España, afirman leer diariamente, sólo el 33.7% lee libros y de estos sólo el 6.8% lee ensayos. Es decir, el mercado establecido, el alcance de lo que los editores ofrecen, es inferior al 1% de la población en lo que hace a ensayo y, en el mejor de los casos, ronda el 15% en la narrativa.

¿Por qué no pensar productos en la lógica del otro público, la de los que ya no juegan al juego de una industria que quedó en el siglo pasado y cuyo sueño de futuro es hacer la agonía de su actual modelo de negocio lo más larga posible? Desde luego, no faltan voces en la red en este sentido, pero la pregunta es cómo.

Y la idea de Manolo tocaba el centro: cambiar formatos, YouTubizar la lectura. En Europa se considera que una publicación no periódica es un libro si excede de 49 páginas. ¿Pero quien puede leer de un tirón 49 páginas con la vida de hoy?

Creemos repositorios en Dominio Público con formatos optimizados para libro electrónico y, digamos… 23 páginas como máximo para los ensayos y 42 para los relatos. Dejemos que se organicen comunidades de lectura, creación y ensayo. Descubramos y promocionemos nuevos autores que se desarrollen ya en los nuevos formatos. Organicemos alrededor de estas comunidades debates presenciales y en la red e introduzcamos todo esto en la vida corporativa (sólo el 10.5% de los lectores lee fundamentalmente en el trabajo) para que fertilice la generación de conocimiento con nuevas ideas y valores.

Sí, serán menos que libros. Pero estaremos impulsando mucho más que la lectura.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 11:06 am | (1)

Lunes, 7 de Julio de 2008

¿Amenaza el libro electrónico a las editoriales?

Mañana parto a Santander para participar en el curso que organiza la industria todos los años. Este año se llama Las nuevas formas de edición y su incidencia en los derechos de autores y editores y la idea era hablar de la experiencia de la Colección Planta 29 y de cómo hacer negocio en Dominio Público…

…Pero es un poco tarde en realidad para eso. Si queremos estar un paso por delante en el debate y la negociación con las editoriales hay que pasar ya a hablar del libro electrónico.

La tentación es pensar que la revolución del libro electrónico será similar a la que en su día abrió el ya fenecido Rio, al convertir el mp3 en el formato de la música móvil. Y es cierto que algunas cosas son parecidas pero el conjunto es realmente muy diferente y tienden a facilitar la apertura del modelo de negocio de las editoriales. Veamos:

  1. El reproductor de mp3 vino a suceder al walkman y al discman, el objeto social preexistía, el uso de dispositivos para llevar música encima ya estaba extendido. Mientras el consumo de música es masivo, la lectura de libros no lo es tanto: el número de lectores que leen al menos una novela o un ensayo a la semana no es comparable a los que escuchan al menos un disco nuevo a la semana. Por lo mismo, los 300 euros que costaba el Rio cuando salió -o los 600 del primer iPod- no imposibilitaron la formación de una primera gran bolsa de consumidores: ver gente con reproductores de mp3 en el metro se convirtió pronto en algo normal. Algo que no ha pasado, ni seguramente pasará con el Iliad.
  2. El libro electrónico es una verdadera novedad, porque la gracia del libro electrónico es que no es un libro… es una biblioteca y un cuaderno que -en breve, estamos trabajando en el software- permitirá compartir comentarios y notas en una red. Es decir, mientras el lector de mp3 se orientaba al consumo individual de música, el libro electrónico se orienta a la lectura compartida, a la biblioteca y la generación de conocimiento en red, algo que no ha prendido de forma masiva ni siquiera en las grandes organizaciones.
  3. Los costes de digitalización son mucho más altos en el caso del libro. Hacer una copia electrónica de un disco recien comprado deja el disco intacto y consiste en correr un programa y esperar 15 minutos a que aparezcan los archivos mp3 en el escritorio. Digitalizar un libro es un verdadero trabajo que lleva horas y deja el original destrozado. Si calculamos los costes, la digitalización sólo resulta rentable en el caso de las bibliotecas.

Es decir, el público, tanto particular como sobre todo institucional, del libro electrónico tiene fuertes incentivos a pagar por contenidos. La cuestión es si las editoriales entenderán el modo en que pueden atender esta demanda, pues aquí empiezan las novedades:

  1. No hay que repetir los errores del negocio discográfico: si hasta Steve Jobs reniega del DRM no se trata de imponer un modelo cerrado como intentan -infructuosamente- el Kindle de Amazon o el Sony Reader. El libro electrónico sirve para compartir bibliotecas y el modelo de negocio debe orientarse a ellas, sin cercenar el uso marginal, personal, basado en la copia privada o el main-business no despegará.
  2. En el libro electrónico los formatos son importantes… y diversos. El pdf no es equivalentes al mp3 en música: un tema en mp3 me sirve, en principio en cualquier reproductor, un pdf sólo podré leerlo cómodamente si el formato de pantalla coincide con las dimensiones de mi libro electrónico. Cuanto más abierto sea el formato electrónico, más valor tendrá la edición porque más fácil será la personalización a las necesidades de cada usuario dentro de la biblioteca corporativa o escolar.

¿Dónde está el negocio?

A diferencia del negocio de la música pop, el libro electrónico, por lo dicho más arriba es escásamente sustitutivo del libro en papel en términos globales:

  • la mayoría de usuarios, es decir, la masa de gente que lee menos de un libro al mes, seguirán usando el libro en papel.
  • Como demostramos con Planta 29 los pdf’s libres y fácilmente reproducibles representan para estos usuarios el equivalente de un promocional. De hecho un promocional mucho más efectivo que los habituales adelantos en prensa. Más descargas significa más libros vendidos en papel y no menos.
  • Los heavy users del libro, que son los que se gastarán los 400 o 500 euros que cuesta un libro electrónico, tienen todos los incentivos para suscribirse a una tarifa plana igual o superior a su gasto medio mensual en libros

¿Pueden ganar las editoriales dinero con el libro electrónico sin entrar en batallas estériles que les separen de sus clientes como ha hecho la música? No es tan difícil: El negocio del libro electrónico está en la suscripción individual o colectiva, no en la venta de ejemplares individuales. Lo lógico es que yo me suscriba a colecciones o editoriales completas pagando una tarifa plana a cambio de un derecho de descarga.

Dicho de otro modo: o las editoriales apuestan por las bibliotecas electrónicas o crean sus propias bibliotecas.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 11:43 am | (1)

Domingo, 30 de Diciembre de 2007

¿Cómo reducir el precio de los libros?

Me preocupa el arranque de nuestra última apuesta por aportar al Dominio Público. La Colección Planta 29 está teniendo problemas de distribución que no nos han permitido estar en la oferta navideña.

La distribución, la logística del objeto libro, es el elemento determinante del precio. En la práctica el sector es un oligopolio con muy poquitos concurrentes (la mayoría de las distribuidoras lo son de prensa más que de libros), lo que ya frena notablemente la competencia y hace que de toda la cadena de valor de un libro, sea la distribución la que reciba la retribución más alta. Por si fuera poco hay concentración vertical, grupos que tienen editoriales, periódicos, teles y radios donde promocionarlos, distribuidoras y hasta cadenas de librerías. Lo cual ha impulsado a una mayor concentración del sector que ahora gira casi exclusivamente en torno a tres grandes grupos. Es decir, que si eres un pequeño editor tendrás poco que ofrecer a las distribuidoras independientes y aún menos a las integradas en algún gran grupo y lógicamente tendrás costes proporcionalmente mayores.

Pero hay un elemento en contra que va mucho más allá y en el que no se suele reparar desde fuera del sector. Estar en una librería, hoy, es estar en las mesas, no en las estanterías. Las estanterías, el stock, es desde los 90, cada vez menor en las librerías y los consumidores se han acostumbrado no a pedir libros a su librero sino a encontrarlos y elegir de entre los que aparecen en los mostradores de novedades.

Para estar en estos mostradores no basta con enviar a la librería 4 o 5 ejemplares. Hay que enviar una torre aún a sabiendas de que cuando esa torre disminuya el librero la retirará y devolverá los sobrantes en bloque. No es ninguna locura, el librero es consciente de que si enviamos, por ejemplo 50 ejemplares fue para alcanzar a los 20 compradores potenciales que pasan por su establecimiento. Los otros 30 eran coste de marketing, estaban ahí para que hubiera torre y nuestro producto fuera visible. Un coste en este caso que lleva asociado no sólo el coste de producción en imprenta del libro sino el de distribución porque esos 30 libros de más tienen que ser llevados también hasta la librería… y de vuelta a la editorial después.

Y ni siquiera es tan fácil. Como el juego es general, todas las editoriales lo asumen ya en sus cálculos de coste y todas intentan tener una torre de sus productos. Pero el espacio en las librerías es limitado, así que el problema se resuelve con una gran rotación de la mayoría de los títulos (tu torre estará sólo una semana o dos) que a su vez reducirá el porcentaje de ejemplares vendidos por torre. El resultado global es conocido: tiradas pequeñas, precios altos.

¿Cómo se podrían reducir los precios?

La respuesta intuitiva es el marketing. Si en ésa semana que estaremos en torres podemos vender un porcentaje mayor puede que el precio unitario descienda (dependiendo de la elasticidad de la demanda al gasto de marketing). Pero como más del 95% de las tiradas son de unos pocos miles (cuando no cientos) de ejemplares, cualquier gasto en marketing probablemente sea contraproducente. Por pequeño que sea el coste global, al dividir entre la tirada, el resultado es un coste unitario alto para un objeto como un libro. Añadir dos euros al precio de un coche no representa nada. Añadir dos euros a un libro sí. Además en realidad el lector no sólo pagará esos dos euros de más que nos hemos gastado en marketing. Como en muchos casos el pastel de los ingresos se divide en función de los precios de venta finales, habrá que añadirles a estos dos euros los porcentajes del librero y el distribuidor.

Esta es la causa de que la publicidad de libros sea tan escasa y de que los grupos editoriales la concentren en dos o tres títulos al año… y también de que los grupos mediáticos compren o funden editoriales. La cobertura en prensa, revistas y televisiones, en un sector con poca o casi ninguna publicidad, sustituye el esfuerzo publicitario de la editorial sin incurrir en costes visibles.

La otra vía clásica es aumentar el mercado. El espacio jurídico en el que eso se puede hacer libremente desde España es la Unión Europea. Pero salvo Gibraltar -que no tiene una gran demanda- no hay ningún país donde el mercado de libros escritos en español sea significativo dentro del mercado editorial local.

Y del mercado Iberoamericano ni hablemos. 17 cumbres iberoamericanas no han servido todavía para generar un mercado común de bienes culturales, lo cual quiere decir que sólo los grandes grupos, con capacidad y solvencia para plantearse negociaciones con los estados, pueden llegar a gozar de los beneficios de escala… y aún con problemas.

Finalmente la solución que muchos esperan como agua de mayo es eludir la distribución en librerías. Pero el marco legal español ha evitado hasta ahora que Amazon se instalara en España o que una oferta similar fuera viable. La ley obliga al precio único del libro. Es decir, obliga al librero online a vender al mismo precio que el librero presencial añadiéndole además costes de envío postal. Puedes reducir costes pero la ley te obliga aumentar o cuando menos mantener los precios finales. No suena a camino viable ¿verdad?

Lo única manera de sortear este problema sería editar en tapa dura para librerías y en bolsillo en exclusiva para la red. Pero para que eso fuera aceptable para las distribuidoras y las librerías, la edición para las librerías en red debería aparecer después del ciclo de venta presencial… y aún así los libreros sentirían que de alguna manera están alimentando a su competencia digital.

Además el objetivo de estar en papel y en librerías es precisamente, al menos en nuestro caso, romper la barrera entre el circuito presencial de librerías y el de Internet, incluyendo a nuevos sectores y públicos. Si quisieramos hacer libros en papel sólo para la gente de la red, haríamos un lulu.com imprimiendo a demanda.

¿Y entonces?

Pues evidentemente lo tenemos difícil. No es ninguna novedad. Pero como decía el lema ciberpunk de hace unos años: In blogs we trust.

Confiemos en que, enterados por la red, los lectores los pidan a sus libreros, más que en que estos se lo ofrezcan en las mesas. Confiemos en que los autores corran la voz de sus propios trabajos y que la posibilidad de disponer de la edición electrónica gratuita y descargable abra conversación social y contribuya a generar agendas más allá de las gestionadas por los grandes grupos mediáticos y sus editoriales. O cuando menos, ya que no se trata, ni se pretende, matar al oso, confiemos en darle un mordisco como buenos perros ratoneros que somos.

Si lo conseguimos podremos ir bajando precios, demostrando que es posible y viable una apuesta editorial que aporte al procomún. Hacer remitir los miedos del sector y abrir camino a iniciativas similares que vengan después.

Lo que la experiencia nos dice es que ser pequeños mumis, centrarnos en aportar al procomún y abrir nuevos caminos, paga. Por eso, si 2007 fue para nosotros el año de feevy, 2008 será el año de la colección Planta 29.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 4:06 pm | (0)

Lunes, 1 de Agosto de 2005

Un mundo sin copyright: el libro

Lector de ebooks sonyAunque con mucha menos violencia, el mundo del libro también vive síntomas de estar trasladando a la distribución problemas surgidos de la artificialidad del monopolio. En este caso el monopolio no es otro que la mal llamada propiedad intelectual. Las tensiones se producen porque siendo el precio competitivo (=coste marginal) de la copia electrónica cero, las editoriales evitan que esto exista aunque está comprobado que fomentaría sus ventas en papel. Y la respuesta es lo que llaman “piratería“. Ultimo ejemplo: Harry Potter, del papel a Internet en 12 horas.

A simple vista la situación del mercado del libro y el de la música son idénticas. Pero no es así.

Cuando en 2002 empezamos a estudiar el libro electrónico, constatamos dos diferencias:

  1. La experiencia de usuario del libro en papel es claramente superior a la del libro electrónico. Mientras los formatos musicales electrónicos pueden competir cada vez más con el CD, orientando la la futura industria hacia la música en vivo (como el cine hacia el cambio de salas), el libro de papel es una tecnología tan netamente superior al libro electrónico que no es previsible un cambio de formato industrial en el futuro. Las editoriales seguirán editando libros en papel.
  2. El coste de conversión individual de formato electrónico a papel (imprimir, encuadernar) sigue y seguirá siendo más alto que el precio del libro (al menos para libros de más de 100 páginas). Los libros de papel podrán seguir siendo como hasta ahora (sin incluir extras distintos del contenido en texto) y ser preferibles a la autoedición.

Trazar un cuadro de cómo serían las editoriales de futuro, o mejor dicho, de cómo deberían a empezar a ser las del presente es relatívamente sencillo: un gran repositorio online de obras en formato electrónico para descargar, una pequeña máquina de marketing y una buena red de distribución en papel.

compartiendo¿Y de qué vivirían los autores? En realidad lo primero que hay que decir es que muy pocos autores pueden vivir hoy de sus creaciones bajo el sistema de monopolio. La literatura y el ensayo son fundamentalmente economías del prestigio, que generan ingresos indiréctamente a los autores vía conferencias, cursos, tertulias, etc. Y eso probablemente se acentuaría, facilitando a un mayor número de autores entrar en el círculo que hoy se beneficia de la repercusión de sus obras en mayor medida que de su explotación económica.

Pero además, en un mundo sin copyright, las editoriales deberían competir aún más por los autores y sus servicios que ahora. En primer lugar por tener la primicia, salir primero con el libro y ganar más mercado. En segundo lugar, si otras editoriales reeditan después la misma obra, el autor previsiblemente venderá a una u otra “autenticidad”, un “sello de autor” que posicione como preferible frente al lector, la copia de unas editoriales frente a otras. Es decir, como pasa ya en Alemania por ejemplo, los autores percibirán el grueso de sus ingresos directos de participar en la promoción de las ediciones.

Las obras derivadas: de los juglares a Borges pasando por el Quijote de Avellaneda

The Shakespeare's globeOtro hecho constatado es que curiosamente la cultura del Derecho de Autor está más arraigada respecto a los textos que respecto a la música. Nadie se escandaliza porque la derogación de la mal llamada “propiedad intelectual” permita que un músico electrónico o un rapper tomen una canción de un músico melódico y la transformen. Sin embargo, lo mismo causa recelo en caso de una novela o un ensayo.

Como hemos visto, esta posibilidad, diferenciar el producto original de un fan pic (tan comunes en manga o ciencia ficción), será probablemente una de las principales fuentes de ingresos de los autores, presionando a las editoriales a remunerar directamente a los autores (cosa que rara vez hacen ahora).

Por otro lado, estas obras, que toman obras derivadas (como si las otras no lo fueran), son la base de la evolución cultural. Es lógico que al aumentar el número de contactos sociales, al tender la gran red social cada vez más a tomar la forma de una red distribuida, aumenten en número e influencia. Como escribía William Gibson en Pattern Recognition (2003):

Es como si el proceso creativo ya no estuviera contenido en el interior de un cráneo individual, si es que alguna vez lo estuvo. Hoy en día todo es reflejo de otra cosa

Porque una de las consencuencias de la cultura de la mal llamada propiedad intelectual es el espejismo individualización de la creación cuando si cada vez podemos tomar parte con mayor facilidad en el proceso creativo es precisamente porque este es menos individual que nunca, porque la tecnología nos da un mayor acceso a fuentes y fuentes más diversas. Y es que el discurso que da pie a la -falsa- metáfora de la propiedad intelectual, conecta con topicos no cuestionados en nuestra cabeza porque se basa en un viejo mito renacentista: la creación. Uno de los primeros mitos individualistas, nacido en el Renacimiento y originalmente ligado a las artes plásticas. Como escribíamos en un librito de 1997:

Las nuevas formas de reproducción gráfica, del grabado a la imprenta y finalmente a la litografía, fueron convirtiendo la imagen bidimensional en un cotizado bien de lujo, pero en último término normal, y despojándole de su carácter místico. Carácter que sin embargo encontró refugio en el concepto humanista del artista como creador, al fin como émulo o discípulo de la divinidad, de la cual de algún modo participaba a través de la inspiración.

Aquí nació la idea del creador individual, como pequeño y autoproclamado dios, su obra, su creación, comenzaba y terminaba en si mismo.

Sin embargo, no se acaba con algo tan acendrado de un golpe. La epopeya de Gilgamesh, la Iliada, la Odisea, los romances del mester de juglaría o las Mil y una noches… es decir, todo el basamento cultural occidental, estaba formado por obras derivadas, nacidas de un verdadero proceso de creación colectiva. Los dos principales literatos renacentistas europeos, Cervantes y Shakespeare, no rompen de hecho esta tradición. Shakespeare, como Lope de Vega o Tirso de Molina, toman, parchean, modifican, obras preexistentes hasta convertirlas en las obras maestras que hoy se les asocian. Lope, es de hecho, autor al modo de Rembrandt o los grandes pintores flamencos, director de un taller de creación que sólo introduce directamente su pluma en partes concretas de las obras.

Pero en la paranoia generada por la individualización, los expertos siguen a día de hoy discutiendo qué parrafos de cada obra son atribuibles diréctamente a Shakespeare y cuales son anteriores o nacieron de la pluma de Marlowe o de actores de su propia compañía.

Quijote de AvellanedaLa historia del Quijote de Avellaneda, una obra derivada contra la voluntad de Cervantes, de hecho nacida con ánimo de contrapropaganda reaccionaria, es verdaderamente ilustrativa, pues al final Cervantes se sirvió ampliamente de ella para elaborar la segunda parte de su novela… que seguramente ni siquiera hubiera existido de no haber aparecido el tal Avellaneda, animado por un prólogo de Lope de Vega que es una verdadera encarnación de los malos sentimientos que albergó siempre la reacción española.

Y si pensamos en los grandes mítos literarios del siglo XX en nuestro entorno cultural, sean Lampedusa, Macondo, Bearn o Sinera, veremos que son también, hasta cierto punto, una creación colectiva. Tan colectiva que cuando Borges quiere crear el más personal de los mundos no puede sino impostar su amplitud, citando autores imaginarios, poniendo en cuestión los orígenes mismos, la presunta individualidad de su propia obra.

Por la devolución de la cultura

Y es que la literatura siempre fue libre en el sentido de las cuatro libertades del software libre. El mismo sentido en el que como argumentan Pere Quintana y Benjamin Mako Hill debería restringirse el significado de Cultura Libre, pues lo que llamamos el acerbo cultural occidental existe porque los autores han tenido, respecto a ese mismo acerbo y hasta hace un siglo:

  1. Libertad para acceder a la obra
  2. Libertad para transformarla
  3. Libertad para distribuir la obra original
  4. Libertad para distribuir las obras derivadas

El “derecho de autor” y las entidades de gestión colectiva se instituyeron entre nosotros hace un siglo. Se trató de la imposición legal de un monopolio con el objeto de asegurar incentivos a la creación artística. Nada quedaba ya fuera de la mal llamada propiedad intelectual. La ley elevó no el derecho, sino el privilegio de una parte, a obligación de la totalidad, a derecho natural del creador. Es decir, se hizo totalitario. El coste hoy, cuando ya no es necesaria para asegurar tales incentivos porque la tecnología ha cambiado, es brutal.

Pretender hoy volver a la situación anterior, restaurar la libertad de todos y cada uno para crear cómo y a partir de lo que se quiera, con lo que supondría con los nuevos medios, es todo menos una imposición. Ni siquiera es, propiamente, una liberación. Es una devolución. El sujeto no es “la cultura”, el sujeto somos todos. Y ya es hora de que nos devuelvan las cuatro libertades que nos niega el monopolio legal y que necesitamos para poder dejar de estar divididos en categorías industriales (autor /consumidor /industria) y dejar que la creatividad explote cuando las obras culturales estén, real y totalmente, a disposición de todos. Así, de paso, la cultura dejará de ser algo a lo que supuestamente pertenecemos y pasará a ser algo que, colectivamente, nos pertenezca. Un verdadero procomún.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 7:58 am | (0)

Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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