Extractos del diario de Lía
Ras ha llegado a trabajar a las diez y me ha cogido del peor humor posible. Está obsesionado con Perl Jam. Maldita la hora en que le regalé el disco. Ha entrado en casa y sin el más mínimo respeto por mi resasca lo ha calcado en la cadena. Frente a la pantalla del ordenador, con el café todavía en la mesa ,le oíalgo sobre el puesto del Rastro. Hacemos una empresa curiosa. Entre semana vivimos de vender liberaciones de teléfonos a través de la web y códigos de recarga a tiendas piratillas, amigos y otra gente no tan recomendable. Pero el puesto del Rastro sigue siendo importante, sirve de punto de entrega de las recargas. Y de paso con las liberaciones que hace allí mismo con el portatil, Ras se saca unos euros extra. Aunque sus padres son marroquíes y su hermana estudia filología árabe, no lo habla mucho más que yo misma, pero creo que estudió el alfabeto en algún momento así que le pasé el TSM y le pregunté si se enteraba de algo.
-¿Y ésto?
-No se, tú dirás, yo no entiendo nada
-Pues anda que yo… Fíjate un poco anda, aunque no sepas que quiere decir la palabra, dime qué sonido representa y a lo mejor lo sacamos…
-Es que no entiendo estos signos, desde luego árabe no es.
Se me quedóuna cara de tonta de esas de antología pero justo sonó la puerta. Al abrirla, Juan, el portero. Desencajado.
A las diez, mientras Ras llegaba a casa, Rosi, la chica de la limpieza de Marina había llegado al apartamento. Al primer vistazo todo parecía normal. Ni más ni menos desorden que cualquier otro lunes. Los fines de semana de Marina siempre eran intensos. Pero al entrar en el dormitorio: el horror. La cama entera era un charco de sangre en coagulación. Marina: desnuda, boca abierta, mandíbula desencajada, miraba con ojos saltones un punto indefinido. Rosi no entendió. Miró hacia la almohada manchada que escoltaba la cabeza. Quedó parada, inane durante un instante. El cerebro se negaba a procesar una info que saturaba el buffer de lo racional. Sintió una arcada. Pánico. Flaquearon sus piernas. Se agarró de la jamba de la puerta con el brazo en alto e intentó decir algo. Apenas logró un borbotón inarticulado. Trastabillando, chocando alternativamente contra las ventanas del pasillo y la pared, llegó, borracha de miedo, hasta la puerta que separa el rellano del ascensor del pasillo de los apartamentos. Fregona en mano Juan, el portero, la abría en ese momento. Rosi abrió la boca. Y desplomó. El ruido hizo asomarse a María, la otra vecina del pasillo. Su puerta está junto a la del rellano y su cocina junto a la puerta. Estaba tomando el primer café de la mañana.
Cuando Juan llamó a mi puerta los tres estaban todavía en el pasillo. Rosi, en un suspiro ronco:
- Marina está muerta
Dos segundos tardó mi cerebro en aceptar el paquete. Es sorprendente lo mal que nos conectamos a las situaciones indeseables
- ¡Ras! Ven aquí y mete a Rosi en mi cama… y hazle un té
Ras farfulló algo. Como todos. No se sabe si se conecta al ordenador o el ordenador a él.
- ¡RAAS!
Había abrazado a Rosi y puesto su cabeza sobre mi hombro. Olía a champú para niños. Se la pasé a Ras. Sintió vergüenza, pero la cogió. Miré a María.
- Juan, pasa a mi casa y llama a la policía, por favor.
Entramos las dos en casa de Marina. La verdad es que me quedé paralizada en la puerta del dormitorio. María se acercó a la cama, cogió la muñeca de Marina como buscando el pulso. La dejó caer. Reparó en la boca abierta. Ella y su chico son dentistas. Supongo que la sangre no les impresiona. Hizo una mueca. Me miró y movió la cabeza haciendo no lentamente.
-Le han torturado…
Definitivamente la policía de homicidios no es como CSI. Se parece más bien a los capullos que cada cierto tiempo arramblan con tu casa no vaya a ser que hagas copias de un CD de Disney. Los que luego te sacan como prueba de lo malo que eres un video en la tele con cuatro discos, tu PC y un cartelito que pone “Policía Judicial” para que la posteridad no olvide su estupidez ni hasta que punto la SGAE había conseguido corromper el estado a principios del siglo XXI.
Hasta la hora de comer no nos dejaron tranquilos. Nos pidieron papeles a todos. Los examinaban como si fueran las armas del crimen. Yo les di mi pasaporte. No reconozco al estado el derecho a ficharme con un DNI y por eso no lo uso. Un acto personal de insumisión.
-¿Por qué no entregó su DNI?, me preguntó uno vestido de civil con aspecto de haber sido arenque en su vida anterior… o prepararse para pasar la próxima nadando bajo el Mar del Norte.
-Por no ser menos que Rosi, que tiene tarjeta de residencia y es más guapa.
-¿Quién es Rosi?
Joder, éstos ni se enteran ni tienen sentido del humor. Pasé las siguiente hora respondiendo preguntas igual de estúpidas con el automático puesto, incluída el inevitable “a qué se dedica” y el penoso “para qué sirve” referido a la mitad de los periféricos de mi ordenador. Lo único mínimamente relacionado con la muerte de Marina que me preguntaron fue si había oído algo anoche. Y de todo lo que respondí pareció ser también lo único que les pareció creible a la primera.
Cuando se marcharon me eché en el sofá del salón junto a Rosi. Ras estaba sentado en el sillón de leer. Supongo que a los tres nos daba reparo entrar en el dormitorio. Demasiado cerca. Demasiadas cosas en la cabeza y demasiado miedo digerido en una sola mañana.
Desperté sóla en el sofá. Ras y Rosi no estaban ya en casa. Me habían cubierto con la mantita de la tele y dejado ahí, dormida. Por un momento me sentí malhumorada. Como cuando te enfadas porque picaste en una broma, no quieres reconocerlo y el gesto queda descompuesto. Paseé torpe por la casa recomponiendo mi idea del mundo y de mi misma para acabar frente a la máquina de café. Abrí la caja de las dosis. Ni dudarlo. Nada de descafeinado. Daba igual si el sol se había puesto. Bolsita de Guatemala.
El primer sorbo me recompuso lo suficiente como para que el cerebro accediera de golpe a la memoria del día. Una mano se me fué al bolsillo y descubrí una tarjeta. Debió habérmela dado el arenque en algún momento. Antonio se llamaba. ¡Jesús!. Su imagen me vino a la cabeza como una foto virada en sepia.
¡Foto!. ¡La hostia!. ¿Cómo se me pudo pasar?. Mierda. Si es que ni preguntó el muy tarado.
-¿Antonio? Soy Lía… Sí, la de esta tarde… Tengo una foto… Una foto. De los tipos con los que estuvimos anoche… Sí. ¡Coño, no preguntó! Estaba en shock, joder!… ¿Tiene email?… Sip, email, correo electrónico… ¿Hotmail?. Se la mando ahora… No no hay original, la hice con la cámara digital… Vale… Gracias… Ciao
Correo en Hotmail. Cualquiera le hablaba a éste de la tarjeta de memoria. Menudo pardillo. Tampoco sabía qué tenía que ver la MMC con lo de Marina, incluso si tenía que ver de alguna manera. Pero lo que si que sabía seguro es que me tocaba buscarme la vida. Desde luego me siento mucho más capacitada, para casi todo, que un cutre que no sabe ni sacarse un correo gratuito. Más cuando los tipos con los que estamos jugando saben hackear un teléfono. Y hacer una tortura dental. Y matar.






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