Texto de la ponencia que el martes que viene, día 26 de junio a las 19:00hh, presentaré en el Ateneu de Barcelona en el acto sobre la Devolución en el que compartiré mesa con David Gil y María Rodríguez.
¿Por qué los economistas ya no defienden el copyright y las patentes?
El argumento convencional a favor de la existencia de un monopolio legal sobre la invención o la creación artística e intelectual en favor del autor (que eso y no otra cosa es lo que llamamos propiedad intelectual) tiene dos partes.
- La actividad creativa o inventiva exige una inversión inicial fuerte que redunda en existencia de rendimientos crecientes a escala que hacen inviable la competencia.
- Segundo, el correspondiente monopolio natural tampoco resulta viable si el producto es reproducible a bajo coste.
En consecuencia, decía la argumentación convencional, si queremos que exista la actividad creativa de que se trate es necesario hacer viable el monopolio incrementando artificialmente el coste de la reproducción del producto que incorpora la invención.
Hasta hace 5 años casi todos los economistas tenían este argumento convencional grabado en su disco duro… pero ya había experiencias que señalaban que la realidad, merced al desarrollo de las tecnologías de comunicación distribuida, estaba cambiando. La música era tal vez el ejemplo más popular, pero la industria que más llamaba la atención de los economistas era otra. Una industria que se adaptó antes que ninguna otra a Internet y donde la propiedad iintelectual tenía difícil reclamo, pero que, sin ninguna duda era de las más innovadoras del nuevo entorno: el porno.
El cambio de paradigma comenzó en Mayo de 2002, cuando los profesores en UCLA Michele Boldrin y David Levine publicaron en la American Economic Review el primero de una serie de artículos y papers que demostraban la no necesidad de la existencia de propiedad intelectual para la existencia de incentivos a la innovación en un marco como el actual.
Los resultados dejaban claro que si la invención o idea creativa está incorporada en un producto (lo que es siempre el caso); si la reproducción o imitación o copia exige una cierta formación intelectual ó técnica que hace que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos), el valor descontado presente de las cuasi-rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights o patentes, es positivo y crece a medida que se reducen los costes de reproducir el producto en el cual la idea se incorpora.
Es decir, la disponibilidad de ordenadores e internet informáticas que abaratan el coste de reproducir y transmitir informacion hará crecer, no disminuir, los beneficios que pueden obtener los autores en ausencia de la protecion ofrecida por el copyright. En consecuencia y de forma general, el autor no necesita el monopolio para tener incentivos y no sería necesario el copyright para encarecer artificialmente el coste de la reproducción o copia.
Pero, en la práctica, ¿no son necesarias las patentes?
En poco tiempo, el modelo de Boldrin y Levine se incorporó al corpus de la teoría económica y hoy es ya tan convencional como en su día fue la argumentación favorable al copyright.
Otra cosa son las ideas socialmente aceptadas. De hecho, algunos sectores industriales han conseguido afianzar en la población la falacia de la necesidad de un monopolio. Paradójicamente, el de mayores costes sociales, la industria farmaceútica, sea el que más éxito ha tenido aunque los propios Michele Boldrin y David K. Levine en su ya famoso libro que continúa el paper del 2002 no sólo no hagan ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, den como ejemplo a las farmaceúticas de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación.
En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista.
Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
el gasto en marketing es un elevado coste fijo que, al igual que la investigación, dificulta la entrada de nuevas empresas en el sector y facilita el monopolio. Así, el marketing es muchas veces un área de colaboración y alianzas estratégicas entre las empresas farmacéuticas. De hecho, los gastos de marketing son cada vez mayores. En 2000, las empresas farmacéuticas innovadoras de Estados Unidos empleaban un 81% más de personal en marketing que en investigación y desarrollo (I+D). Y ésta es una proporción creciente, puesto que en 1995 el personal dedicado al marketing sólo era un 12% mayor que el ocupado en I+D, que incluso ha descendido ligeramente desde entonces (Sager y Socolar, 2001).
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia.
El impacto de la devolución en esta industria reduciría el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc.
Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado.
Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado.
Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas.
Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes.
Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados.
En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente.
Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias. La única solución a medio plazo es la devolución.
La práctica social de la innovación y la creación en la sociedad digital
Pero Internet no sólo está transformando la generación de incentivos. También está modificando los entornos donde se genera la innovación. Durante los últimos dos años se han escrito miles de artículos, libros y posts sobre el concepto web 2.0.
Todos los analistas y teóricos, desde Juan Urrutia que fue seguramente el primero en teorizar el tema allá por 2003 ([1], [2 y sobre todo [3]) hasta hoy, pasando por Tim O’Reilly que acuñó el término un par de años más tarde, coinciden en que la novedad fundamental aportada por esta fase de la evolución de los servicios de Internet es la confusión de papeles entre consumidor, productor e intermediario.
La esencia de la web 2.0 al fin es la aparición de repositorios masivos como YouTube o Flickr que son el resultado de la puesta en disposición de materiales por una gran masa de usuarios distintos que generan un poderoso efecto red que periclita el atractivo de hacer valer los derechos legales monopolísticos: el valor de lo que pongo a disposición de la red siempre será menor que lo que pertenecer a la red me ofrece. Es más, dada la lógica de las comunidades distribuidas, cuanto más uso se haga de aquello que yo comparto y ofrezco mayor será el valor presente que la sociedad adjudique a mis creaciones futurasa.
Pero la web 2.0 es sólo un primer apunte del modo de innovación y creación que está cuajando. En los últimos meses han ido cobrando relevancia una serie de herramientas que van un paso más allá y generan un entorno que ya empieza a conocerse como web 2.1.
La esencia de este nuevo modelo social y comunitario es fomentar la creación individual a partir de un repositorio colectivo, el bricolage digital.
Si YouTube es simplemente un gran repositorio audiovisual, Jumpcut, su alternativa 2.1, no sólo permite descargar los vídeos de otros, sino remontarlos, mezclarlos con contenidos de cualquier usuario y volver a poner el resultado, como un objet trouvé, a disposión de quien quiera seguir con la gran digestión social.
La web 2.1 escenifíca de manera radical lo que es una referencia común en el mundo del arte y la ciencia: no hay tanto creación, como postproducción. Aportes y propuestas individuales que generan capas de sentido a partir de un gran almacen social preexistente. Un bricolage individual sobre el acerbo social. Continua propuesta. El mito del autor como creador, trasposición moderna de la figura divina, portadora de la gracia, se revela definitivamente como un rey desnudo.
El fabbing y las patentes
Pero hasta ahora hemos hablado de bienes digitales, productos reducibles a bits y enviables a través de la red: música, vídeos, textos… Bienes de conocimiento a los que Internet y los ordenadores han liberado de sus tradicionalmente costosos soportes. Pero una cosa son los contenidos y otras los objetos, una los bits y otra los átomos… ¿o no?
Pues la verdad es que cada vez menos. Cualquier objeto es ante todo conocimiento. De hecho la gran fuerza motriz tras la revolución tecnológica propiciada por las tecnologías de proceso y comunicación de información no es otra que el crecimiento sostenido de la proporción que el componente inmaterial (científico, técnico, creativo, de diseño…) tiene en el valor total de la producción. Si relacionamos peso y valor en la producción mundial, encontraremos una curva clara y continuamente decreciente desde los años 40. Motivo que dicho sea de paso, es la principal base racional para pensar en un crecimiento sostenible… y en una sociedad distinta.
Porque si hasta ahora Internet ha supuesto un brutal empujón para la creatividad aplicada a ideas y objetos culturales digitales, gracias a la popularización de los ordenadores e Internet, en unos años nos encontraremos con una sociedad donde la posibilidad de fabricar, de construir objetos físicos sea tan inmediata como lo es hoy descargar una canción, un estudio científico o un ensayo desde la red.
La próxima gran revolución tecnológica ya tiene nombre: fabbing. El fabbing es mucho más que la posibilidad de montar pequeños talleres (fablabs) computerizados. Es mucho más que las impresoras 3D capaces de producir en poco tiempo objetos de plástico o silicona a partir de los planos suministrados por una computadora normal.
El fabbing se generalizará en un contexto y una lógica 2.1 donde los planos digitales de cualquier cosa serán descargables, modificables y compartibles desde grandes repositorios colectivos. Planos que serán más que una representación del objeto para convertirse en el objeto en si mismo. Del mismo modo que un archivo digital de una canción, colocado en un servidor, deja de ser un componente del disco desde el momento en que los ordenadores conectados a la red tienen un reproductor y acceso de banda ancha.
La web 3.0, la web del fabbing nos permitirá, equipados con pequeñas impresoras tridimensionales de bajo costo, la fabricación individual a partir de un repositorio colectivo.
Es evidente que la generalización de un sistema así trae innumerables incógnitas y un previsible cambio de ejes. Ya hoy, en las Indias trabajamos en temas como la reciclabilidad de los objetos creados con la vista puesta en los efectos medioambientales de una tecnología de fabricación individual y masiva. Pero lo que es prácticamente seguro es que asistiremos a un incremento de la innovación tan potente o más que el que han vivido la comunicación textual, la música y empieza a disfrutar ahora el audiovisual. Es más, que de una manera tanto o más radical que en esos sectores, la fabricación personalizada de todo tipo de objetos democratizará drásticamente el acceso a nuevos bienes de consumo, extendiendo las innovaciones en el diseño de cosas a una velocidad desconocida hasta hoy.
El problema es que todo lo batallado y sufrido hasta ahora por la sociedad frente a las normativas del copyright y el derecho de autor que protegen la materialización de las ideas en un medio transmitible, seguramente parezcan escaramuzas comparando con lo que nos viene. Como escribía David Gil:
En el caso del fabbing damos de lleno en las patentes, que protegen las ideas mismas. ¿Qué sentido tendrá una patente cuando cualquiera pueda reproducir en casa eso por lo que alguien ha pagado millones? Seremos aún más criminales y la falacia de la propiedad intelectual todavía será más evidente.
Si la sociedad de las redes distribuidas de comunicación planteaba ya la devolución como necesidad para la innovación y sobre todo para la extensión social del conocimiento, la sociedad de las redes distribuidas de producción lo plantea como una alternativa, como una dicotomía dramática.
¿Es Creative Commons una herramienta válida para enfrentar esta alternativa?
La economía del reciclaje, la épica del bricoleur del espíritu hacker, es tal vez el vector identitario mas constante del cuanto hay de positivo en el mundo de las redes distribuidas, la base material de nuestro no esperar, de la posibilidad de construir y vivir otro mundo aquí y ahora. Como escribía Bruce Sterling en Green Days in Brunei:
Eres un bricoleur. Puedes apañártelas, puedes aprovechar. Eso es el bricolage… usar los recortes para hacer algo que merezca la pena. Brunei es ahora demasiado pobre para empezar con planes nuevos. No tenemos más que la basura que Occidente nos hizo comprar, botellas de Cocacola y garages para dos coches. Y ahora tenemos que vivir entre los desechos y convertirlos en una comunidad.
Pero para poder reciclar, para poder construir y distribuir al modo bricoleur, necesitamos poder hurgar libremente en la basura del viejo mundo y entre otras cosas no tener que ponernos a buscar la etiqueta del Creative Commons, todo lo más, mirar la fecha de caducidad.
El bricolage consiste en crear cosas nuevas a partir de trozos de otras que fueron creadas para fines distintos de los que cumplen en la nueva obra. La variedad de protecciones “otorgadas” para cada una de esas piezas por sus autores bajo Creative Commons genera una traba, un coste innecesario y probablemente insalvable. La idea de otorgar más “derechos de propiedad”, más control de los posibles usos, es una mala idea, siquiera aparezca como una flexibilización del sistema de copyright. Precisamente porque el bricolage, consiste en descubrir usos no esperados, no imaginados previamente. Como argumentaba Hal Varian, uno de los padres de la Economía de la Información, en el NYT :
Demasiado control puede ser malo, particularmente cuando la innovación es una fuente crítica para la ventaja competitiva
Lo que se precisa para que la innovación se extienda y sea factor de cohesión social en vez de parte de un proceso de dualización, es la libertad que genera diversidad en los usos. Se trata de pensar en nuevas aplicaciones, en reciclajes inimaginados del conocimiento social acumulado.
Creative Commons extiende los poderes de los autores sobre los usos hechos por otros de sus creaciones. Por éso es incompatible con el bricolaje tecnológico que la extensión de la cohesión social exige. Son preferibles patentes y derechos intensos pero breves y cláramente delimitados en el tiempo a sistemas de “derechos” eternos que controlen sin embargo el rango de aplicación. Y esa es jústamente la lógica de la Devolución:
No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita “generosas” donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación… y si hay demasiados intereses en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5…
No se trata tan sólo de evitar los sustos y las trampas del viejo sistema de patentes y Derechos, se trata de no abortar en su origen ni limitar en su alcance ese bricolage, ese reciclaje tecnológico y creativo que es la principal vía de extensión y aplicación social del conocimiento y la innovación.
Conclusiones
Sólo la Devolución nos permite un horizonte en el que el par diversidad~innovación no sea alternativo al par cohesión~extensión del conocimiento. Sólo la Devolución genera un verdadero procomún: el viejo y estupendo “dominio público” de la tradición jurídica continental, el gran contenedor del que durante siglos los comunes hemos sacado las piezas con las que participar de las Artes, las ciencias y el cambio tecnológico.
Su restauración, refresco y actualización mediante una restricción temporal progresiva de las patentes y derechos de exclusividad otorgados por el estado a las creaciones, es el camino a seguir. Para que el tríptico Libertad, diversidad, impatentabilidad tenga opciones de futuro, el grito de hoy no puede ser más que uno: Devolución.
Nota: Este texto está escrito desde la lógica del bricoleur a base de enlazar, copiar, pegar y modificar textos de Juan Urrutia, Michele Boldrin y una multitud de otros autores, incluído yo mismo.
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Supongo que en líneas generales será esto mismo lo que comentaras en el encuentro de Inclusiva.net ¿no?
Redondo.
Gracias Daniel!
Carlos: no, no, para nada es la misma. Esta está enfocada sobre la devolución, la otra sobre el fabbing en el mundo del arte.
Nunca repito espectáculo porque no hay nunca dos públicos iguales, ya sabes, el principio de la salsa de spaghetti
En el medialab en julio creo que estaremos ante un público de artistas plásticos y por eso me centraré en ejemplos de usos expresivos del fabbing y en entrever como puede ser el rol del artista en una sociedad donde los niños acostumbren a “fabricar” sus juguetes descargándolos de la red y modificándolos ellos mismos, es decir en una sociedad donde todos somos/seremos bricoleurs
“Pero hasta ahora hemos hablado de bienes digitales, productos reducibles a bits y enviables a través de la red: música, vídeos, textos… Bienes de conocimiento a los que Internet y los ordenadores han liberado de sus tradicionalmente costosos soportes. Pero una cosa son los contenidos y otras los objetos, una los bits y otra los átomos… ¿o no?”
En realidad creo que, aunque es cierto lo que dices, y tiene sentido sacar a colación el fabbing, no creo que sea un buen planteamiento el de recurrir al “todo es información”. Y digo esto porque creo que en esta parte del discurso se pierde un poco el Norte. Estamos hablando de propiedad intelectual, y dado que el conocimiento sí es digitalizable (todo conocimiento comunicable o susceptible de ser verbalizado es también susceptible de ser digitalizado) entonces creo que tiene sentido hablar bienes digitales y no tanto de objetos físicos.
No creo que el fabbing haga cambiar mucho el discurso porque no es cierto que lo que vayamos a compartir sean “planos que serán más que una representación del objeto para convertirse en el objeto en si mismo”. Sea como sea, lo digitalizable seguirá siendo lo comunicable, lo intelectual. Y es aquí donde la propiedad intelectual es un obstáculo. Los planos del fabbing seguirán siendo planos aunque literariamente tenga sentido (y elegancia) decir que compartiremos el objeto mismo. Y si me permites la sugerencia, te recomendaría que añadas en alguna parte del discurso el concepto “generación de escasez”. Aunque hablas de lo que implica la generación de escasez a lo largo de casi todo el discurso, echo de menos una mención explícita.
PD: Perdona mi desfachatez al criticar y sugerir.
PD II: Si algún día das una conferencia abierta sobre la devolución en Madrid prometo hacer difusión.
Saludos,
Carlos Capote
Carlos… ¡¡Gracias!!, no es una desfachatez en absoluto!!! Es un honor y una ayuda que no sólo tomaré en cuenta sino que llevaré a la práctica.
Y sobre lo de montar un acto devolucionista en Madrid… ¡hablemos y montémoslo entre todos!
Ahora estoy en San Sebastián. ¿Hablamos a partir del miércoles?
El enlace al artículo de Zábalo y Barrutia no va. Te envío los buenos:
- A la revista donde sale el artículo de Urrutia y Zábalo… http://www.cidob.org/es/publicaciones/revistas/revista_cidob_d_afers_internacionals/num_64_miscelanea
- Al PDF… http://www.cidob.org/es/content/download/3459/36665/file/64barrutia.pdf
Ok, hablamos el Miércoles.
Pa´, David, que forma de producir que tenés! Es dificil seguirte el paso siemplemente leyendo, no quiero pensar poder escribir las cosas que me voy formulando. Se puede ver la conferencia de mañana de alguna forma. Espeor que te vaya muy bien.
Abrazo grande.