Estoy documentándome e investigando sobre el nacionalismo como parte de mi trabajo sobre las nuevas identidades postnacionales y transnacionales emergentes en la sociedad de las redes distribuidas…
Estoy documentando y buscando fuentes sobre el nacionalismo como parte de mi próximo libro (tranquilos, aún tardará un año como poco) sobre el sionismo digital, los neonómadas y las nuevas identidades transnacionales.
En este marco empiezan a cuadrar viejos debates también. Leyendo a Anderson, por ejemplo, es fascinante descubrir el origen de las llamadas lenguas nacionales en lo que él llama el capitalismo impreso:
En la Europa anterior a la imprenta, y por supuesto en el resto del mundo, la diversidad de las lenguas habladas, esas lenguas que son para quienes las hablan la trama y la urdimbre de sus vidas, era inmensa; tan inmensa, en efecto, que si el capitalismo impreso hubiese tratado de explotar cada merado potencial de lengua vernácula habría conservado minúsculas proporciones. Pero estos variados idiolectos eran capaces de reunirse, dentro de límites definidos, en lenguas impresas de número mucho menor. La misma arbitrariedad de cualquier sistema de signos para los sonidos facilitaba el proceso de conjunción. (…) Nada servía para “conjuntar” lenguas vernáculas relacionadas más que el capitalismo, que dentro de los límites impuestos por las gramáticas y las sintáxis, creaba lenguas impresas mecánicamente reproducidas, capaces de diseminarse por medio del mercado.
En realidad, no es sólo que “detrás de la imprenta se encuentran los impresores y las editoriales” como dice Anderson, no sólo es que la necesidad de incurrir en economías de escala lleve a los editores a fomentar el nacimiento de las lenguas literarias normalizadas. Es que los lectores juegan por que así se benefician de unos efectos red evidentes. El nacimiento de las lenguas nacionales europeas, de la primera gran normalización lingüística, es producto no sólo de la oferta, sino de la demanda. Y más interesante aún, opera sólo en los espacios geográficos y sociales en los que existe un potencial mercado nacional o este es incipiente.
Así el alemán nacerá, como lengua impresa, devorando decenas de idiolectos centroeuropeos, pero a medio plazo no conseguirá absorver al alemán del noroeste (el holandés) porque este venía a coincidir con un espacio de mercado que miraba no hacia el interior, sino hacia el mar.
Simétricamente, las lenguas latinas mediterráneas se normalizarán como lenguas impresas en espacios marcados por los incipientes mercados comunes a lo largo de casi trescientos años, pero no darán pie a un latín contemporáneo simplemente porque no había atisbo de un mercado común. El asturiano y el aragonés desaparecerán fundidos en el potente español impreso, el occitano y el gascón en el francés, y casi doscientos años más tarde las decenas de dialectos de la península itálica en el italiano. Todos bajo la hegemonía del lenguaje de poder dominante en sus respectivos espacios políticos y de mercado (castellano, francés parisino y piamontés), pero incapaces de hacerlo entre si a pesar de que la proximidad entre las respectivas gramáticas y sintaxis era mucho mayor que la que unía, por ejemplo, a las lenguas alemanas.
El mapa de las lenguas impresas europeas es el mapa de los mercados nacionales emergentes entre los siglos XVI y XIX, en el que una segunda ola, ya conscientemente nacionalista, cerrará definitivamente los espacios lingüísticos y dará dignidad impresa a lenguas, que como el checo, el catalán o el húngaro, habían quedado básicamente fuera de la primera revolución de la imprenta.
Estas lenguas impresas echaron las bases de la conciencia nacional de tres formas distintas. En primer lugar y sobre todo, crearon campos unificados de intercambio y comunicaciones por debajo del latín y por encima de las lenguas vernáculas habladas. Los hablantes de la enorme diversidad de franceses, ingleses o españoles, para quienes podría resultar difícil, o incluso imposible, entenderse recíprocamente en la conversación, pudieron comprenderse por la vía de la imprenta y el papel. En el proceso, gradualmente cobraron conciencia de los centernares de miles, incluso mnillones, de personas en su campo lingüístico particular, y al mismo tiempo que “sólo esos” centenares de miles, o millones, pertenecían a “ese” campo. Estos lectores semejantes, a quienes se relacionaba a través de la imprenta, formaron, en su invisibilidad visible, secular, particular, el embrión de la comunidad nacionalmente imaginada.
Y esta idea, la comunidad imaginada, es fundamental en el nacionalismo, de hecho es la metáfora emocional, identitaria de aquellos mercados nacientes. El fin de la constricción nacional de los mercados, las sucesivas globalizaciones, producirá casi mecánicamente las distintas crisis identitarias que irán rompiendo la capacidad totalizante de la identidad nacional. Desde el internacionalismo de la izquierda comunista en la Primera Guerra Mundial (que es mundial como símbolo y consecuencia directa de la incapacidad del mercado nacional para mantener el desarrollo de la productividad en las viejas fronteras) hasta los neonómadas y las identidades transnacionales correspondientes a un mundo de comunicaciones globales distribuídas.
En segundo lugar, el capitalismo impreso dio una nueva fijeza al lenguaje, lo que a largo plazo ayudó a forjar esa imagen de antigüedad tan fundamental para la idea subjetiva de nación. Como nos lo recuerdan Fevre y Martin, el libro impreso conservó una forma permanente, capaz de una reproducción virtualmente infinita, en lo temporal y lo espacial. Ya no estaba sujeto a los hábitos individualizantes e “inconscientemente modernizantes” de los monjes amanuenses. Así pues mientras que el francés del siglo XII, difería marcadamente del francés escrito por Villon en el siglo XV, el ritmo de cambio se frenó decisivamente en el siglo XVI. “Para el siglo XVII las lenguas de Europa habían adquirido generalmente sus formas modernas”. Dicho de otro modo, estos lenguajes impresos ya estabilizados habían ido oscureciéndose durante tres siglos; las palabras de nuestros antecesores del siglo XVII son accesibles a nosotros en una forma en que no lo eran para Villon sus antepasados del siglo XII.
Así, desde la RAE instalada por Felipe V como acto parejo a la primera unificación administrativa y legal de España a la FUNDEU de hoy, nacida con la internacionalización de las empresas españolas en Iberoamérica, mantener la unidad de la lengua es un esfuerzo político que sostiene conscientemente el propósito de la unidad de mercado.
A partir de la normalización de las lenguas, ese origen impreso, esa diferencia previa con la lengua vernácula, generará la primera idea de lo nacional como constituyente: la propia lengua ya no será una pertenencia de las personas, de las comunidades concretas de gente con las que uno habla y a las que conoce; la lengua será un bien dado, una gracia, que la nación histórica nos entrega y cuyas normas tenemos que seguir para mantener la unidad de esa comunidad imaginada que sostiene las economías de escala y los efectos red del mercado nacional (o internacional en el caso de las lenguas imperiales). El ejemplo más radical de esto podría ser la relación entre el italiano y las lenguas realmente habladas y ya consideradas como dialectos de uso familiar en toda Italia. La comunidad imaginada (la nación italiana) se impone a la comunidad real (la de personas con las que hablamos y que conocemos) y le impone simbólicamente sus normas.
Tercero, el capitalismo impreso creo lenguajes de poder de una clase diferente a la de las antiguas lenguas vernáculas administrativas. Ciertos dialectos estaban inevitablemente “más cerca” de la lengua impresa y dominaban sus formas finales. Sus primos en condiciones menos ventajosas, todavía asimilables a la lengua impresa que surgía, perdieron terreno, sobre todo porque fracasaban (o sólo triunfaban relativamente) en el esfuerzo por imponer su propia forma impresa. El “alemán del noroeste”, oral en gran medida, se convirtió en el dialecto holandés considerado inferior porque era asimilable al alemán impreso en una forma en que no lo era el checo hablado en Bohemia. El alto alemán, el inglés del rey, y más tarde el tai central, fueron elevados a su vez a una nueva eminencia política-cultural.
Así se explican las luchas de fines del siglo XX en Europa, por las que ciertas “sub” nacionalidades tratan de cambiar su posición subordinada irrumpiendo firmemente en la prensa y en la radio.
Claro, que esté último fenómeno se produce ya en unas condiciones de clara superación del marco nacional del mercado, aún más claras en la Europa de la UE, que en el resto del mundo y merece ya una explicación desde los nuevos ejes provistos por el mundo de las redes distribuidas…
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Yo también he reflexionado sobre el aspecto lingüístico del nacionalismo últimamente. Mi conclusión es que los Estados modernos se definen en última instancia por una lengua común: ésta es necesaria para crear Estado (considera esto a la luz de tu propio artículo).
Por eso en España tenemos tantas tensiones nacionalistas que vienen -caramba, qué coincidencia- de regiones con una importante lengua vernácula distinta a la “estatal”; también Bélgica y Canadá sufren un problema similar; en Centroeuropa, los arreglos de fronteras “postmilitem” han dejado islas lingüísticas, cuyos habitantes se consideran nacionales del Estado de la misma lengua, y no de aquel donde realmente residen.
Contraejemplos hay pocos: Suiza, la India (aunque esta última aventuro que, o bien se federaliza, o bien se romperá en múltiples estados independientes).
Desde la óptica de las redes, los Estados representan un nudo que estorba la interacción hacia arriba; y ese nudo es más duro que el nudo Gordiano, porque se traba en la propia lengua.
En fin, para una simple réplica me parece más que suficiente. En algún momento desarrollaré más extensamente esta teoría. Disculpa si me he extendido demasiado.