Tercera entrega de la serie para móviles “Lía MAD phreaker”
Del diario de Lía
Y la verdad es que lo de Algeciras había sido tremendo. Estábamos en los días después de Ramadán. En casa, el ayuno musulmán se traduce en Ras llegando antes y de peor humor: le levantan sus padres a las cinco y media para desayunar en la suposición de que no comerá durante el día. Luego, con el madrugón se pasa la mañana picando, come conmigo como un campeón y finalmente cena con sus padres como si hubiera ayunado. En las fiestas de fin de Ramadán alcanza su máximo volumen anual. El chico, por lo que se ve, sigue creciendo.
Pero bueno, el caso es que coincidiendo con las fiestas siempre hay una oleada de marroquíes que van a visitar a la familia, alentados por los hijos que así tienen una excusa para no ir (exámenes, clases, trabajo) que no tendrían en verano. Llegan desde todos lados. Y paran en Algeciras, el semáforo de Europa. Una masa de medio millón de marroquíes significa en términos gubernamentales movilizar una buena colección de UVIs móviles, depósitos de agua potable, urinarios, policía para que no les desvalije el simpático lumpen algecireño (en buena parte magrebí, por cierto) y tanquetas de Guardia Civil por si hay agitación excesivamente violenta en el puerto.
Resumiendo: Algeciras Puerto y alrededores es el escenario ideal para que una guerrilla urbana islamista se ponga las botas. Y nadie había caído en ello. Hasta ayer.
De las Memorias de Alfonso Rojo, volumen dos
La calle Trafalgar es una cuesta de unos 300 metros que une el paseo marítimo con el Ayuntamiento de Algeciras. Una calle muy transitada con coches aparcados en batería y bloques de pisos construidos a finales de los setenta, principios de los ochenta. A las siete de la mañana del lunes prácticamente no había nadie. Un par de personas que iban coger el coche camino del trabajo y una furgoneta de reparto en doble fila a la altura del número 12. A las 7:02 AM, dobla frente al Ayuntamiento una tanqueta antidisturbios de la Guardia Civil que se dirige al puerto. En ese momento la furgoneta de reparto maniobra ocupando el centro de la calzada. Cuando el blindado llega junto a ella, dos coches aparcados en batería salen marcha atrás imposibilitándole retroceder. Durante unos segundos no se oye nada, salvo el ruido de los motores. Después una explosión. Y otra. Y una tercera. Hasta ocho bombazos que sacan de la cama a una ciudad somnolienta. Los técnicos del CEDAX dirán después que se trataba de granadas autopropulsadas de fabricación rusa AG7, las misma que utilizaron los chechenos en la batalla de Grozny. Cuando el viento de poniente despeje la humareda sólo quedarán despojos y chatarra. Ningún superviviente.
Mientras la policía, los equipos médicos y la GC comienzan a reaccionar y la noticia vuela por una ciudad con las centralitas y las líneas móviles saturadas, una colla del puerto prepara la estiba del “Nuestra Señora de África” el ferry que tenía que haber salido a las siete para Ceuta pero que va con retraso. En un momento uno de los coches que esperan para embarcar, se salta la fila, acelera y a toda velocidad atropeya a un empleado de la Trasmediterranea que en ese momento habla por el walkie en la pasarela de embarque. Sin frenar ni un segundo entra en la bodega. El tiempo se detiene durante un instante como si todos los que mirasen la escena inspirasen a la vez. Como si el mundo se contrayera.
La tremenda explosión, que destrozaría el casco semihundiendo el buque, pareció una señal. Las tomas aéreas sacadas desde los helicópteros de tráfico en la siguiente hora, muestran un rosario de explosiones por toda la Bahía: desde la térmica de Palmones, al Este, al Hospital de Puerta Europa, al Oeste. El mayor ataque terrorista sufrido nunca en Europa. Más de una docena de atentados prácticamente simultáneos. Un verdadero proyecto fin de carrera del terrorismo de la década: del coche bomba a la guerrilla urbana, pasando por ametrallamientos indiscriminados, granadas de mano y kamikazes explosivos. Y por supuesto la inevitable guinda caucásica: el secuestro del Hospital. Con medio millón de civiles atrapados en un puerto bombardeado, sin los mínimos servicios, en pleno caos, Algeciras sería durante una semana el centro humanitario e informativo del mundo. Una bonita escena de lo que se nos venía encima.
Del diario de Lía
Todavía tenía la boca abierta leyendo las noticias cuando una mano me cogió por el hombro
- Hola guapa
Coño, el colega del interesante. No pude evitar un respingo.
- Hola - me quedé mirándole con cara de horror, supongo, y sin saber muy bien qué decir.
- Te estaba buscando
- Espera un segundo, iba justo ahora a ir al baño
- OK, ¿Me dejas tu móvil para leer las noticias?
Bajé la vista y vi que ya había cogido el keitai. Se me había adelantado. Me sentí cazada porque precisamente lo que quería era llamar al poli al que había mandado la foto.
Me tomé un minuto en el lavabo para pensar algo. Miedo en el cuerpo. No sabía si era peor que me siguiera o que se fuera. Pero seguía ahí al salir. Y el keitai reposaba tranquilo sobre la mesa.
- Siento lo de tu amiga
Me quedé helada. Pero había algo bueno: éste todavía no sabía que yo era la vecina. ¡Claro! por éso me había venido a buscar aquí. Bebí un poco de vino. Me sentía de repente dueña de la situación.
- ¿Y tu colega?
- Probablemente con tu amiga Marina - dijo con una sonrisa amarga mientras se levantaba
¿Qué habría querido decir?
- ¡Espera!…-me miró directamente a los ojos- ¿Cómo te llamas?
- Da igual… encogió los hombros mientras me daba la espalda y se iba
Ahora si que estaba liada. Cogí el móvil. Marqué el número del policía. Me cogió al primer tono como si hubiera estado esperando la llamada. - Me estoy volviendo paranoica- pensé. Pero no era cierto. Había razones.
- No se preocupe por esos tipos, no tienen ninguna relación con lo sucedido
¡Manda cojones!. Colgué y me di cuenta de que algo había de raro en el keitai. La MMC. La saqué. ¡Mierda!. Me había dado el cambiazo. Aquella no era mi tarjeta de memoria. Ésta era de 64 Mb. Se había pirado llevándose dos horitas de emepetreses. Claro que buscaba otra cosa. Y yo llevaba ventaja.
Cuando llegué a casa empecé a organizar mentalmente por dónde seguir el día siguiente. Miré el reloj: todavía eran las diez. En la tele empezaba CSI. Otra vez reposiciones para dar soporte a los anuncios de DVDs y canales de pago con los capítulos actuales. A estas alturas Grishom debía de tener sesenta años en DVD cuando apenas llegaba a los cincuenta en la tele. Las reposiciones funcionan porque las series de éxito son como un cuento antes de dormir. Y como a los niños, nos gustan más cuanto más nos las repiten. Deseamos que lo hagan y predecir la historia, integrarnos en ella a puro golpe de memoria…
Memoria. CSI. Reposiciones. ¿No era un poco frívolo pensar en éso?. El cerebro quiere huir, banalizar, escapar del horror…
O decir algo. Había reconocido el capítulo. Tal vez había algo en él… Durante casi una hora (vi el segundo de una temporada aún más antigua) analicé cada escena buscando qué había querido decirme el subconsciente… sin éxito.
Sonó la puerta. María y Marcos, los vecinos. Venían con una caja de “Piedras de Santiago” en la mano. Son un sol. Saben que me vuelven loca. ¡Joder! Ya ni me acordaba de ellos. María había quedado muy impresionada con el cadaver de Marina. Y eso que es dentista y se supone que está acostumbrada al gore. Pero vió algo, algo que tiene que ver con torturas. Porque tortura fue lo que dijo. Torturas. ¿Las había visto antes?… Teníamos, desde luego, mucho que hablar juntas.
De la novela inédita “El policía omnisciente” de Manuel Gutiérrez
-Hoy soñé con ratas- se dijo, y al brusco pensamiento siguió, como un rubor, una sensación física de duda. Había de tener causa.
Gutiérrez siempre había querido trabajar en la brigada de Información. De niño, en la tele, los “Diez días del Condor” le habían mostrado un tipo de trabajo a medida de su carácter. Se veía a si mismo como una especie de generador de hipertexto oculto: “lo importante son los enlaces”.
No le gustaba la gente del CNI y no podía dejar de sentir una cierta simpatía por aquella piratilla que se había colado accidentalmente en una historia que le superaba. Por eso había dado media vuelta en el coche. La centralita le había rebotado la llamada al móvil y le había cogido camino de casa.
Vió al tipo del CNI salir del bar. Vió que ella seguía en la mesa. Por un instante dudó si entrar y hablar con ella o seguir al militar. Optó por lo segundo. Instinto. Luego visitaría a la chica. No acababa de enlazar a los de Inteligencia en ésto. Inconscientemente, mientras ella le recitaba por la mañana el cuadro que rodeaba a la chica asesinada, había decidido protegerle. Cosas de freakies.
Cuando el militar dobló Montepríncipe hacia la trasera del parking del VIPs, se dió cuenta de que alguien esperaba. Un escolta. Tal vez indeseado. No le había visto, iba por el listillo del Centro. Apretó el paso para rodear la manzana y entrar en el parking por Fuencarral. Seguramente habían dejado allí el coche.
Del diario de Lía
Un ruido grave y la sensación de que el metro pasaba por casa del vecino de abajo. Se me cayó el café en mitad del pasillo. Crucé una mirada con María mientras Marcos abría la puerta del balcón que da a la calle Fuencarral. Nos asomamos apretados contra la máquina de aire acondicionado. No se veía nada, sólo la calle paralizada. Un instante de respiración contenida rota tan sólo por las alarmas subitamente enloquecidas por el susto. Unos segundos después una columna de humo comenzó a salir del garaje del VIPs.
Las chicas del peepshow subterraneo que hace de tierra de nadie entre el VIPs y el garage, salían a medio vestir como si les hubieran sorprendido sus madres en mitad de una guerra de almohadas. Un tropel de gente salío de la cafetería sin reparar en motos y perros atados a la puerta ni en el guarda de seguridad petrificado. Recuerdo atávico: la alarma era como la campana y la explosión el primer instante de vacaciones.
María cogió la mano de Marcos y me agarró con la otra de la cintura. Por un instante dudé que el balcón pudiera con los tres y el aire. De la humareda salieron dos figuras. Una tosía y se retorcía volviendo a cada poco la mirada al interior. Debía ser el empleado del parking. La otra cojeaba mientras doblaba la esquina y avanzaba como un zombi por la calle hacia nosotros.
-Mira, es el policía de esta mañana
María llevaba razón, era el arenque. Un escalofrío. Demasiadas cosas para un sólo día.
-Voy a bajar -les dije- llama a la policía y al SAMUR.
Bajé los cinco pisos de escaleras a saltos. Cuando llegué a la glorieta la paz del susto ya había acabado. Unos chicos con la cara medio tapada por kefiyas -me sonaban de haberles visto por el Albur o el Babán- aprovechaban para romper con el cubo de basura los cristales del Comercial, el café de mis caseras. No me extrañó. Ni siquiera lo relacioné. Son desagradables de sobra como para que a la mínima cualquiera les rompa lo que pueda.
Scaneé la calle: gente corriendo, coches parados, alarmas quedando roncas. ¿Dónde está Wally?. Y lo vi. Transparente, gris, dolorido hasta las muelas, doblando hacia Manuela Malasaña. Corrí hacia él.
De la novela inédita “El policía omnisciente” de Manuel Gutiérrez
-¡Eh, amigo!- el agente del CNI se volvió como si fuera movido por un automatismo- Ya vi que le dabas el cambiazo a la chica
El agente intentó aguzar la vista. No podía ver si llevaba un arma. Estaba al contraluz entre dos coches.
-No hagas el tonto -le dijo Gutiérrez como si pudiera leerle el pensamiento. Demasiado tarde: el de Inteligencia saltó de espaldas sobre el capó de un coche y abrió la puerta del suyo a toda velocidad.
-¿Por qué le llamarán Inteligencia?
Gutiérrez se dió cuenta de que todo era inútil. Echó a correr hacia la salida. Antes de poder dar media docena zancadas la onda expansiva le tiró al suelo. Sintió como si una inmensa ventosa se llevara el aire. Un bramido del techo cayendo. Se levantó y dió dos pasos más. De nuevo otra explosión, un tanto más débil, le empujó de bruces contra el hormigón apenas pintado del piso. Le sangraban raspadas las manos. Oía un zumbido mareante, un bajo contínuo.
-Mierda, quedé sordo- pensó.
Como en una peli mala de acción varios coches se pusieron a arder amenazando con explotar a su vez. Trastabillando, a cuatro patas, cruzó la rampa. A su espalda las vigas del techo del segundo nivel habían cedido dejando un cuadro de ruinas VPO: forjados oxidados y hormigón. Lo que quedara del espía estaba ahora bajo un par de toneladas de cemento e hierros retorcidos. A modo de guinda un Land Cruiser que debía haber estado aparcado en el piso superior.
Estaba cubierto de polvo y ceniza. Una nube de humo de pinturas plásticas y neumáticos le alcanzó llegando a la salida mientras los coches se consumían uno tras otro a su espalda.
Al llegar a la barrera, chocó, ciego por la negra humareda, con el guardés. Aún presintiendo ya la salida, era sorprendentemente reconfortante sentir un tacto humano. Todo le dolía. No era capaz de pensar en nada. Una vez en el exterior sintió el miedo en el aire. Olor de manada en fuga. Dobló la esquina, enfiló hacia Bilbao. Dobló en Malasaña. Nunca había echado tanto de menos su coche. Ni un baño.
-¿Estás bien?- la voz le resultaba familiar aunque la sentía lejos. Dobló la cara y abrió la boca. No le salió nada, sintió congoja nada más.
-Creo que tienes que contarme muchas cosas- le dijo ella. Él nunca había sentido tantas ganas de hablar. Una coqueta verguenza le vino al ganar consciencia de su aspecto. -A los de info no nos entrenan para la acción- se autojustificó en un pensamiento rápido.







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Joder… que duro es esto de leer novelas por entregas… Espero la próxima, vale.