
Fuera una eternidad, o solamente un minuto, allí estaba Frenkel, en el cruce, mientras las balas le pasaban volando en todas las direcciones. En lugar de cruzar la calle le vi bailar como si estuviera en trance. Maldecía a los francotiradores como si deseara seguir allí eternamente. Como si quisiera presumir de su forma de bailar el vals en medio del tiroteo, con los carteles de Bashir sobre su cabeza.
Definitivamente la poesía no es esa cosa pretenciosa de cafés e hiperestesia, de niños y niñas desocupados ante el abismo del fin de la carrera y la adultez. La poesía, la que merece la pena, está hecha de esos sueños que ocultan lo terrible una vez se ha cruzado.
Vimos Vals con Bashir el sábado. Creo que, una vez arrancó, ni siquiera pestañeé. Tan sólo una sonrisa cómplice, imagino que un poco estúpida, allí, frente a la nada de pantalla. Entré en el relato. Al salir sólo quedaban escenas, fogonazos que salieron de la proyección pegados a mi, hablando para mi de esas puertas que una vez necesité cerradas para siempre. Esas ganas de contar, de relatar que lo visto era verdad, que yo lo había visto en otros lugares y otros años, que esa irrealidad es, de alguna manera, verdad. Tal vez lo único parecido a una verdad que nos haya sido dado, que lo terrible es así, que simplemente es éso, así: absurdo, cómico, mortal.
Y ni siquiera pude dormir tranquilo. Mis propias escenas de lo terrible me asaltaron, incómodas, ásperas, antiguas, intimamente sórdidas, tiernas. Yo mismo, emergido de unos dibujos que si estaban animados era por la pura potencia del relato. Poesía. Poesía.
No dejen de ver Vals con Bashir.



