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Viernes, 14 de Diciembre de 2007

Urrutia, el Papa y el tamaño máximo de una red distribuida

El estado nacional confronta hoy la amenaza de un mundo distribuido que escapa de los tradicionales mecanismos de control de empresas y particulares. Indefectiblemente será cada vez más trascendente, cada vez más esperanzado, conforme necesite ciudadanos más temerosos. Será más represivo y contradictorio también.

Criticaba Juan ayer la última encíclica papal: Spe Salvi. Las conclusiones del texto, resumido por Juan vienen a ser que:

Sin Dios y con la sola razón no hay esperanza para el mundo y los humanos. Siempre se fracasará. La verdad revelada no puede ni debe restringirse al ámbito privado, ha de ser parte de la organización política porque sin ella vamos a un callejon sin salida.

Un pensamiento sincero en el Papa que tiene su lectura cínica y materialista entre neocons desde los tiempos de Leo Strauss. Según los neocons, ateos pero neovictorianos, la religión es la base de un comportamiento moral necesario para mantener aglutinada a la nación y dar rumbo al estado. No hago ningún descubrimiento si recuerdo que este planteamiento hizo de fondo a la alianza interreligiosa conservadora en los EEUU del reaganismo.

Pero tal vez se sorprendan más si digo que creo que es absolutamente cierto con independencia de la verdad revelada que se postule y más allá de plantear que “engañándonos con esa verdad de cierre estaríamos mejor“. La cuestión está en el sujeto. Urrutia se equivoca con ese nosotros implícito. Porque el sujeto no somos nosotros, las personas reales, sino el estado. La cuestión es que el estado simplemente no estaría. Cada día veo más claro que no hay ni puede haber un estado ciudadano. El estado siempre ha tenido apellidos: dinástico, teocrático, nacional… A veces hasta segundo apellido: totalitario, democrático, etc.

En el viejo estado dinástico europeo la pequeña comunidad real, una red distribuida, se subsumía en el estado merced a la relación directa con la corona quien a su vez ocupaba ese lugar central en la red social por gracia divina. El paso, necesario, al estado nacional supuso la organización descentralizada que el pujante mercado reclamaba, pero también el nacimiento de un imaginario abstracto, de una cierta idea de comunidad, de sujeto colectivo que convirtió en seres animados y sintientes, en una suerte de dioses politeistas, a las lenguas, los territorios y los destinos tenían vida propia y prestaban identidad a las personas que, ya directamente, les pertenecían.

Pero no hay dioses sin trascendencia. Sin relato de destino ni voluntad. Imaginada, abstracta, la comunidad nacional en la que se basa todo estado ha de fabricar ciudadanos para mantener la lealtad a sus convenciones. Religión civil o religión histórica, sin verdad revelada, el estado se sabe inane y condenado a ser despedazado bien por otros imaginarios de diferente ámbito, bien por su enemigo identitario último: la comunidad real.

Ahora bien. ¿Puede la comunidad real llegar a constituir estado? Es más que dudoso porque la comunidad real, esa pequeña red distribuida es necesariamente pequeña, muy pequeña. Los antropólogos nos dicen que las comunidades tribales humanas rara vez pasan de los 60 miembros. Los historiadores militares que las unidades con mando único directo de mayor tamaño no han tenido nunca más de 80 soldados. Algo que es consistente con lo que apuntan algunos neurólogos que nos aseguran que es más que posible que nuestro cerebro sólo pueda reconocer y captar los matices emocionales que superan la empatía hacia sentimientos más fuertes (amor, amistad, etc.) de unas 100 o 120 personas. Parece incluso que la experiencia del terrorismo distribuido de la última década apunta en el mismo sentido.

Así que si el tamaño máximo de una red distribuida anda entre los 80 y los 120 miembros, no hay estado capaz de aglutinar -o constreñir- sin imaginario finalista, la diversidad de fondo que le compone. El Papa lleva razón…

…otra cosa es que el futuro no venga tanto de estados nacionales informados de valores religiosos o nacionalistas (esa religión laica) como de un nuevo tipo de redes de redes distribuidas muy lejanas de lo nacional, que ni siquiera se piensan a si mismas como estado aunque de alguna manera ensayen el aggiornamento de sus formas en un mundo distribuido.

Pienso, sí, en Alqaida pero sobre todo en las nuevas Venecias corporativas. El estado nacional confronta hoy la amenaza de un mundo distribuido que escapa de los tradicionales mecanismos de control de empresas y particulares. Indefectiblemente será cada vez más trascendente, cada vez más esperanzado, conforme necesite ciudadanos más temerosos. Será más represivo y contradictorio también.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 11:45 am

En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)

  1. Juan Urrutia 4.0 » Gorriti

    [...] de las Indias Electrónicas Juan Urrutia: David de Ugarte me honra con un post de los de su moleskine colocándome en su título junto al Papa. Es un post serio que exige un rejoinder; pero, al verme en [...]

  2. Gorriti « Camyna

    [...] el 15-Diciembre-2007 Por Juan Urrutia y guardada en rmd David de Ugarte me honra con un post de los de su moleskine colocándome en su título junto al Papa. Es un post serio que exige un rejoinder; pero, al verme [...]

  3. Juan Urrutia 4.0 » Puntualiza Gorriti

    [...] en el post de David de Ugarte varias cuestiones, todas ellas de interés. Interesante es el excursus inicial sobre los neocons;los [...]

  4. » Urrutia, la nación y la comunidad real deUgarte.com

    [...] con el debate que abríamos el otro día, creo que la respuesta de Juan acaricia más que toca el centro del debate SD sobre la cuestión [...]

  5. » El tamaño máximo de una red social distribuida I deUgarte.com

    [...] pregunta tiene incluso consecuencias políticas: ¿Cual es el tamaño máximo de una comunidad humana digna de ese nombre, es decir, estructurada en [...]


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