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Lunes, 17 de Octubre de 2005Un mundo sin patentes: la industria farmaceúticaVersiones Latoc De entrada en ninguna industria los argumentos convencionales de la Teoría Económica contra el copyright, los derechos de autor y las patentes son tan válidos como en la industria farmaceútica. Sin embargo, pocos sectores industriales han conseguido afianzar mejor en la población la falacia de la necesidad de su monopolio -seguramente el de mayores costes sociales. La realidad sin embargo es bien distinta. El último libro de los profesores en UCLA Michele Boldrin y David K. Levine no sólo no hace ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, la dan como ejemplo de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación. En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista: Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia. Una industria farmaceútica sin patentes significa que el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos se reduciría por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc. Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado. Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado. Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas. Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes. Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados. En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente. Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias. La única solución a medio plazo, como siempre, es la devolución. Un mundo sin patentes: la industria farmaceútica Primeiramente em nenhuma indústria os argumentos convencionales da Teoria Económica contra o copyright, os direitos de autor e as patentes são tão válidos como na indústria farmaceútica. No entanto, poucos sectores industriais conseguiram afianzar melhor na população a falacia da necessidade de seu monopólio -seguramente o de maiores custos sociais. A realidade no entanto é bem diferente. O último livro dos professores em UCLA Michele Boldrin e David K. Levine não só não faz nenhuma excepção, senão que recolhendo todas as referências da análise económica dos últimos anos, a dão como exemplo de uma indústria onde a patente resultou desincentivadora para a inovação. Em realidade para onde apontam as análises económicas é a assinalar que o efeito do sistema de patentes farmaceúticas ao que levou foi à geração de uma costosísima indústria improductiva e altamente concentrada: as patentes não financiaram a inovação e o I+D senão o marketing e a concentração monopólista: Como escrevem Xabier Barrutia Etxebarría e Patxi Zábalo Areia, professores do Departamento de Economia Aplicada da Universidade do País Basco num artigo republicado por CIDOB:
Imaginar um mundo sem patentes farmaceúticas não consiste em procurar incentivos alternativos, senão em imaginar como os incentivos de mercado vão pôr em marcha de novo a concorrência por inovar, criar novos medicamentos e ter linhas mais efectivas de investigação e baratas de produção, acabando com a concorrência actual, centrada no costosísimo controle dos canais de prescripción e o assalto mediante lobbies das instituições reguladoras (basicamente a EMEA européia e a FDA norte-americana, financiadas por verdadeiro, em mais de 75% pela própria grande indústria). O sistema funcionou: segundo dados da própria indústria, os cinco maiores laboratarios acaparan o 25% do valor da produção mundial. Não nos enganemos, as grandes farmaceúticas colaboram mais que competem em aquilo que a patente lhes fundamenta: o bloqueio de possíveis novos concorrentes. Que lho digam se não a ilustres inovadores zancadilleados no processo regulatorio, como Patarroyo ou Zeltia. Uma indústria farmaceútica sem patentes significa que o tempo de exploração exclusiva dos medicamentos reduzir-se-ia por embaixo dos quatro anos. Conforme avançasse a tecnologia de síntese é provável que chegasse inclusive a rondar os dois anos, que é o record actual de plagio , acusado ainda que nunca demonstrado no caso do Warfarin, a versão genérica de um anticoagulante chamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc. O interessante do caso Coumadin é que segue gerando uns rendimentos de uns 500 milhões de dólares anuais a DuPont. Segundo o Wall Street Journal o gasto mensal por paciente custaria 35.50 dólares em frente aos 28.60 do genérico. No entanto, apesar da diferença de preços, Coumadin segue retendo quase o 80% do mercado. Algo parecido nos diz a experiência do Zovirax, a famosa pomada contra o herpes labial, quem apesar de existir um genérico (aciclovir) até mais seis vezes barato, conserva dez anos depois um 66.5% do mercado. Isto se deve a que nos países ricos, os maiores consumidores mundiais de medicamentos, os preços em relação às rendas médias, são o suficientemente baixos como pára que os consumidores mantenham estratégias conservadoras e fidelidade às marcas. Os grandes beneficiarios dos genéricos são os países periféricos, os sistemas nacionais de saúde e através destes as pessoas de rendas mais baixas. Mas pelo mesmo, na indústria farmaceútica, o que chega primeiro, o inovador, tem incentivos para além da patente suficientes como para justificar e rentabilizar sobradamente o I+D. Hoje Coumadin segue sendo o produto estrela de DuPont, fundamental dentro das contas da multinacional, apesar de ter sido um dos poucos casos onde o aparecimento quase simultâneo de um genérico cria uma situação asimilable à que dar-se-ia em ausência de patentes. Um mercado farmaceútico sem patentes veria pois com toda probabilidade um investimento maior em I+D pois só a inovação garantiria rendas extraordinárias temporárias próximas às de monopólio. Mas também veria uma rápida extensão das inovações, baixo a forma de genéricos, nos países menos desenvolvidos. Em alguns segmentos como os fármacos unidos a epidemias, levaria sem dúvida às farmaceúticas a aceitar riscos maiores mantendo estoques disponíveis mais amplos pois ante uma ameaça de pandemia os laboratórios de genéricos poderiam lhe ocupar parte do mercado. O que nestes dias estamos a ver em Europa com o Taminflu é conhecido de sobra nos países periféricos, com um alto preço em vidas humanas, algo que poderíamos chamar o preço social da patente. Pretender solventar estas situações mediante compra -isto é, só quando afectam aos países ricos- é inmoral (sobretudo após as experiências com a malaria em boa parte do Terceiro Mundo ou o SIDA em África do Sul). Pretendê-lo mediante expropiación contraproducente, pois existindo as patentes, reorientará os investimentos para outro tipo de doenças e freará a investigação de fármacos unidos às novas epidemias. A única solução em médio prazo, como sempre, é a devolução. Um mundo sem patentes: a indústria farmaceútica De entrada en ningunha industria os argumentos convencionais da Teoría Económica contra o copyright, os dereitos de autor e as patentes son tan válidos como na industria farmaceútica. Con todo, poucos sectores industriais conseguiron afianzar mellor na poboación a falacia da necesidade da súa monopolio -seguramente o de maiores custos sociais. A realidade con todo é ben distinta. O último libro dos profesores en UCLA Michele Boldrin e David K. Levine non só non fai ningunha excepción, senón que recollendo todas as referencias da análise económica dos últimos anos, dana como exemplo dunha industria onde a patente resultou desincentivadora para a innovación. En realidade cara a onde apuntan as análises económicas é a sinalar que o efecto do sistema de patentes farmaceúticas ao que levou foi á xeración dunha costosísima industria improductiva e altamente concentrada: as patentes non financiaron a innovación e o I+D senón o marketing e a concentración monopólista: Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría e Patxi Zábalo Area, profesores do Departamento de Economía Aplicada da Universidade do País Vasco nun artigo republicado por CIDOB:
Imaxinar un mundo sen patentes farmaceúticas non consiste en buscar incentivos alternativos, senón en imaxinar como os incentivos de mercado van poñer en marcha de novo a competencia por innovar, crear novos medicamentos e ter liñas máis efectivas de investigación e baratas de produción, acabando coa competencia actual, centrada no costosísimo control das canles de prescripción e o asalto mediante lobbies das institucións reguladoras (basicamente a EMEA europea e a FDA norteamericana, financiadas por certo, en máis dun 75% pola propia gran industria). O sistema funcionou: segundo datos da propia industria, os cinco maiores laboratarios acaparan o 25% do valor da produción mundial. Non nos enganemos, as grandes farmaceúticas colaboran máis que compiten naquilo que a patente lles fundamenta: o bloqueo de posibles novos concurrentes. Que llo digan si non a ilustres innovadores zancadilleados no proceso regulatorio, como Patarroyo ou Zeltia. Unha industria farmaceútica sen patentes significa que o tempo de explotación exclusiva dos medicamentos reduciríase por baixo dos catro anos. Conforme avanzase a tecnoloxía de síntese é probable que chegase ata a roldar os dous anos, que é o record actual de plagio , acusado aínda que nunca demostrado no caso do Warfarin, a versión genérica dun anticoagulante chamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc. O interesante do caso Coumadin é que segue xerando uns ingresos duns 500 millóns de dólares anuais a DuPont. Segundo o Wall Street Journal o gasto mensual por paciente custaría 35.50 dólares fronte aos 28.60 do genérico. Con todo, malia a diferenza de prezos, Coumadin segue retendo case o 80% do mercado. Algo parecido dinos a experiencia do Zovirax, a famosa pomada contra o herpes labial, quen malia existir un genérico (aciclovir) ata seis veces máis barato, conserva dez anos despois un 66.5% do mercado. Isto débese a que nos países ricos, os maiores consumidores mundiais de medicamentos, os prezos en relación ás rendas medias, son o suficientemente baixos como para que os consumidores manteñan estratexias conservadoras e fidelidade ás marcas. Os grandes beneficiarios dos genéricos son os países periféricos, os sistemas nacionais de saúde e a través destes as persoas de rendas máis baixas. Pero polo mesmo, na industria farmaceútica, o que chega primeiro, o innovador, ten incentivos máis aló da patente suficientes como para xustificar e rendibilizar sobradamente o I+D. Hoxe Coumadin segue sendo o produto estrela de DuPont, fundamental dentro das contas da multinacional, malia ser un dos poucos casos onde a aparición case simultánea dun genérico crea unha situación asimilable á que se daría en ausencia de patentes. Un mercado farmaceútico sen patentes vería pois con toda probabilidade un investimento maior en I+D pois só a innovación garantiría rendas extraordinarias temporais próximas ás de monopolio. Pero tamén vería unha rápida extensión das innovacións, baixo a forma de genéricos, nos países menos desenvolvidos. Nalgúns segmentos como os fármacos ligados a epidemias, levaría sen dúbida ás farmaceúticas a aceptar riscos maiores mantendo stocks dispoñibles máis amplos pois ante unha ameaza de pandemia os laboratorios de genéricos poderían ocuparlle parte do mercado. O que nestes días estamos vendo en Europa co Taminflu é coñecido dabondo nos países periféricos, cun alto prezo en vidas humanas, algo que poderiamos chamar o prezo social da patente. Pretender liquidar estas situacións mediante compra -é dicir, só cando afectan aos países ricos- é inmoral (sobre todo logo das experiencias coa malaria en boa parte do Terceiro Mundo ou a SIDA en Sudáfrica). Pretendelo mediante expropiación contraproducente, pois existindo as patentes, reorientará os investimentos cara a outro tipo de enfermidades e freará a investigación de fármacos ligados ás novas epidemias. A única solución a medio prazo, como sempre, é a devolución. Un mundo sen patentes: a industria farmaceútica D'entrada en cap indústria els arguments convencionals de la Teoria Econòmica contra el copyright, els drets d'autor i les paleses són tan vàlids com en la indústria farmaceútica. No obstant això, pocs sectors industrials han aconseguit afianzar millor en la població la fal·làcia de la necessitat del seu monopoli -segurament el de majors costos socials. La realitat no obstant això és ben distinta. L'últim llibre dels professors en UCLA Michele Boldrin i David K. Levine no només no fa cap excepció, sinó que recollint totes les referències de l'anàlisi econòmica dels últims anys, la donen com exemple d'una indústria on la palesa ha resultat desincentivadora per a la innovació. En realitat cap a on apunten les anàlisis econòmiques és a assenyalar que l'efecte del sistema de palesos farmaceúticas al que ha portat ha estat a la generació d'una costosíssima indústria improductiva i altament concentrada: les paleses no han finançat la innovació i l'I+D sinó el màrqueting i la concentració monopólista: Com escriuen Xabier Barrutia Etxebarría i Patxi Zábalo Sorra, professors del Departament d'Economia Aplicada de la Universitat del País Basc en un article republicado per CIDOB:
Imaginar un món sense palesos farmaceúticas no consisteix a buscar incentius alternatius, sinó a imaginar com els incentius de mercat van a posar en marxa de nou la competència per innovar, crear nous medicaments i tenir línies més efectives d'investigació i barates de producció, acabant amb la competència actual, centrada en el costosíssim control dels canals de prescripció i l'assalt mitjançant lobbies de les institucions reguladores (bàsicament la EMEA europea i la FDA nord-americana, finançades per cert, en més d'un 75% per la pròpia gran indústria). El sistema ha funcionat: segons dades de la pròpia indústria, els cinc majors laboratarios acaparen el 25% del valor de la producció mundial. No ens enganyem, les grans farmaceúticas col·laboren més que competeixen en allò que la palesa els fonamenta: el bloquejo de possibles nous concurrentes. Que l'hi diguin si no a il·lustres innovadors zancadilleados en el procés regulatorio, com Patarroyo o Zeltia. Una indústria farmaceútica sense paleses significa que el temps d'explotació exclusiva dels medicaments es reduiria per sota els quatre anys. Conformi avancés la tecnologia de síntesi és probable que arribés fins i tot a rondar els dos anys, que és el record actual de plagio, acusat encara que mai demostrat en el cas del Warfarin, la versió genèrica d'un anticoagulante anomenat Coumadin patentat originalmente per DuPont Pharmaceuticals Inc. L'interessant del cas Coumadin és que segueix generant uns ingressos d'uns 500 milions de dòlars anuals a DuPont. Segons el Wall Street Journal la despesa mensual per pacient costaria 35.50 dòlars enfront dels 28.60 del genèric. No obstant això, malgrat la diferència de preus, Coumadin segueix retenint gairebé el 80% del mercat. Alguna cosa semblat ens diu l'experiència del Zovirax, la famosa pomada contra l'herpes labial, qui malgrat existir un genèric (aciclovir) fins a sis vegades més barat, conserva deu anys després un 66.5% del mercat. Això s'ha d'al fet que en els països rics, els majors consumidors mundials de medicaments, els preus en relació a les rendes mitges, són el suficientment baixos com perquè els consumidors mantinguin estratègies conservadores i fidelitat a les marques. Els grans beneficiaris dels genèrics són els països perifèrics, els sistemes nacionals de salut i a través d'aquests les persones de rendes més baixes. Però pel mateix, en la indústria farmaceútica, el qual arriba primer, l'innovador, té incentius més enllà de la palesa suficients com per a justificar i rendibilitzar sobradamente l'I+D. Avui Coumadin segueix sent el producte estavella de DuPont, fonamental dintre dels comptes de la multinacional, malgrat haver estat un dels pocs casos on l'aparició gairebé simultània d'un genèric crea una situació asimilable a la qual es donaria en absència de paleses. Un mercat farmaceútico sense palesos veuria doncs amb tota probabilitat una inversió major en I+D doncs només la innovació garantiria rendes extraordinàries temporals properes a les de monopoli. Però també veuria una ràpida extensió de les innovacions, sota la forma de genèrics, en els països menys desenvolupats. En alguns segments com els fàrmacs lligats a epidèmies, portaria sense dubte a les farmaceúticas a acceptar riscos majors mantenint estocs disponibles més amplis doncs davant una amenaça de pandemia els laboratoris de genèrics podrien ocupar-li part del mercat. El que en aquests dies estem veient a Europa amb el Taminflu és conegut de sobra en els països perifèrics, amb un alt preu en vides humanes, alguna cosa que podríem cridar el preu social de la palesa. Pretendre solucionar aquestes situacions mitjançant compra -és a dir, només quan afecten als països rics- és immoral (sobretot després de les experiències amb la malària en bona part del Tercer Món o la SIDA a Sud-àfrica). Pretendre-ho mitjançant expropiació contraproducente, doncs existint les paleses, reorientará les inversions cap a un altre tipus de malalties i frenarà la investigació de fàrmacs lligats a les noves epidèmies. L'única solució a mig termini, com sempre, és la devolució. Un món sense palesos: la indústria farmaceútica
De entrada en ninguna industria los argumentos convencionales de la Teoría Económica contra el copyright, los derechos de autor y las patentes son tan válidos como en la industria farmaceútica. Sin embargo, pocos sectores industriales han conseguido afianzar mejor en la población la falacia de la necesidad de su monopolio -seguramente el de mayores costes sociales. La realidad sin embargo es bien distinta. El último libro de los profesores en UCLA Michele Boldrin y David K. Levine no sólo no hace ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, la dan como ejemplo de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación. En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista: Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia. Una industria farmaceútica sin patentes significa que el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos se reduciría por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc. Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado. Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado. Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas. Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes. Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados. En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente. Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias. La única solución a medio plazo, como siempre, es la devolución. Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 8:58 am
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