Martes, 9 de Diciembre de 2008
Cortad el acceso de la animadora a la tarjeta de sonido y salvaréis el mundo. O al menos la paz familiar. En esta Navidad los fabricantes de la muñeca globalizada han decidido empezar a transformarla en spime.
El punto de partida
La ciudad de Hello Kitty y el escritorio de tu Barbie son espacios virtuales que trasladan a pixeles e interacción los universos de complementos y juegos de las tradicionales revistas de producto. En apariencia nada muy distante de aquellas navidades en las que Macromedia encontró a Disney.
El viejo concepto de agencia de marketing sigue estando ahí: no son las muñecas las que cobran biografía, las protagonistas de los juegos, sino los usuarios finales: niñas de 12 años o menos. Pero no hay Barbie inocente. Todo espacio bajo la marca de la muñeca del sueño americano es un espacio de significación. De asunción y enseñanza de roles. Una versión para primaria del Nuevo Vale optimizado para hijas de fans de Sexo en NY.
Barbie girls, Barbie spime
Pero se equivocan. No hablo de los valores (qué horror). El centro ya no está en el usuario, sino en el objeto, en la significación y biografía que lo hace único, que le aporta historias y memoria. Y eso es exactamente Barbie Girls, la primera muñeca-USB.
La Barbie de toda la vida se ha convertido en un mero stick que sirve de clave para entrar en un metaverso, un mundo de SIMs nacidas para convertir el mall en una orgía de secadores, cajas registradoras y mascotas grimosas. Pero cada una distinta a las demás, tan distintas como se espera que sus usuarias lleguen a serlo en el mundo techado y climatizado de los centros comerciales y las franquicias.
Como objeto, las Barbie girls, no van mucho más allá de los muñecos de lata de nuestra infancia. Eso sí, con mp3. Son puro spime, contexto hiperdesarrollado y destinado a enloquecer a los coleccionistas. ¿Qué Barbie girl vale más? No la que no se estrenó y conserva inmaculada su entrada USB en su packaging original, sino la de vida virtual más exitosa, la del chihuahua más lustroso y la VISA con más puntos regalo.
Todo un aviso. Los spimes son el presente. Del futuro, si lo dejamos en manos de Barbie, mejor ni hablemos.
Miércoles, 3 de Diciembre de 2008
Todos tuvimos una cajita secreta cuando éramos niños. Allí vivían el más preciado de los cromos de Marco, aquel pin ruso esmaltado, la medalla olímpica que venía en el bote grande de ColaCao, tal vez el reloj regalado por el padre o el abuelo. Tesoros. Evocaciones. Iconos que abrían en nuestra imaginación un batido de recuerdos y fantasías de aventura.
Nos hicimos mayores y aplicamos la misma lógica al bar, a la película, a la banda sonora, al vino… los lugares y las cosas nos gustaban más que por si mismas por su relato. Porque era mágico contar, porque era especial llevar a la chica que nos gustaba no a un bar, sino al escenario de una fantasía en la que podía ser protagonista. No es lo mismo beber un vino dulce que beber un Pedro Ximenez mientras se abre ante nuestros ojos un fugaz teatro de marionetas, un carrusel, por el que desfilan fenicios, griegos, romanos, califas omeyas… y hasta un barón de Rotshchild.
Hay objetos inertes y hay objetos que son puertas al imaginario. Con imaginario valen más.
Si usamos tecnología de la información para entretejer historias en una cosa tangible, tenemos un spime. Un spime es un objeto concreto, no un producto, una marca o una imagen. Tendremos spime si cada una de las prendas de una marca de moda, cada una de las botellas de una añada puede contar una historia diferente de la de sus compañeras.
Hacer un spime no es fácil. No es marketing. No hay generación de necesidad ni de expectativa. Hay generación de significado.
La lógica del spime se filtra a las formas tradicionales de relato. Es National Geographic disneyzando a los leones del Serengueti, convirtiendo los documentales de fauna salvaje en biopics basados en hechos reales. Es Joe the plumber en el centro de las presidenciales americanas.
Pero si hacer un spime parece relativamente fácil desde el poder mediático, hacer millones queda fuera del alcance de la propia CNN. Hacer spimes a millones es el nuevo arte postindustrial. Queda tan lejos de la mano de Ted Turner como competir en diversidad con la explosión de millones de blogs que vimos estos años. El spime es un hijo de la red y la interacción. Es la postmodernidad con tres dimensiones, un auca de ciego en forma de QRcode.
Los buenos spimes incorporan las historias y los significados de cada uno de sus dueños. Son reciclables, no sólo como material, sino como meme, como ese chiste que vuelve años después con un contexto nuevo. Los buenos spimes nunca serán fabricados por corporaciones de producción en masa. Precisan cuentacuentos y artesanos más que ingenieros y publicistas.
Los spimes son el caballo de Troya de la primera generación de Internet en el mundo de las fábricas, los objetos y las tiendas. Nuestro ariete y nuestro cebo. Nuestro ahora.
Miércoles, 26 de Noviembre de 2008
El ciclo de exploraciones de la Internet social se está cerrando. No porque vaya a dejar de existir o haya dejado de ser cool. Sino porque es ya una realidad consolidada, tan socialmente aceptada e inculturada como fue en su día la prensa de papel. Los nuevos servicios son regurgitados cada vez más barrocos de viejos conceptos, cuando no un intento de subvertir la estructura distribuida y abierta de la red social. En ese terreno, ya no somos exploradores sino burgueses bien establecidos cuyas verdades, ayer provocativas, se han convertido en material escolar.
Y mientras tanto, quedan territorios de innovación más que amplios por explorar. En un mundo donde hasta los cuece arroces llevan sistema operativo y la consola de videojuegos tiene wifi, es más fácil encontrar a quién fuera compañero de pupitre del parvulario durante dos meses, que tus propias gafas en casa.
El mundo que toca explorar ahora es el mundo de los objetos, de las cosas, de sus redes y metabolismos. Un mundo que habla sobre el reciclaje, la ubicuidad, la movilidad y ciertas formas de posicionamiento que poco tienen que ver con Google Maps. Es un mundo de muchas aristas, desde el fabbing y sus problemas medioambientales al control social que se intuye tras la extensión de los árfidos. Es un mundo tangible e hipersignificado informacionalmente. Un mundo etiquetado automáticamente. Un mundo de neveras inteligentes, ropas parlantes y microondas con buscador.
Un mundo que siempre estuvo ahí, aparentemente inerte. La Antártida de la sociedad de la información. La próxima frontera.
Sábado, 28 de Abril de 2007
No deja de resultar triste. The Economist para dar sentido a un especial de esos que le calca a la industria de las grandes Telecoms, saca un editorial hablando sobre la futura revolución inalámbrica y todo el mundo parece decubrir el Mediterráneo gracias a Londres. Ayer Nat contaba algo muy parecido sobre uno de estos estudios de encargo.
Seamos serios, lo que puede alcanzar masividad en unos años es la computación ubicua, la interconexión entre cosas, algo que ya está tecnológicamente listo hace años. No es una innovación tecnológica en hardware lo que falta. Lo que falta es la interación entre cosas y redes sociales distribuidas, entre los servicios que hoy llamamos web 2.1 y los chips de redes de cacharritos.
Seguramente por ahí vaya la futura web 3.0 y es por eso que el miniblogueo o GoogleMaps son piezas importantes de las narrativas de futuro.
El editorial del Economist por una vez no aporta nada. Si les interesa el tema les recomiendo leer Shaping things, el último libro de Bruce Sterling y su teoría de los spimes. Prometo prontas entradas en mi contextopedia sobre la terminología que usa Sterling en este libro. En una primera aproximación los spimes serían objetos físicos -pero también servicios- significados informacionalmente y conectados a los usuarios a través de la red
Por ejemplo, en la terminología de Sterling mientras mandar un paquete por UPS sería un spime (tanto el receptor como el remitente siguen el paquete en el mapa a través de la web en cada momento), mandarlo por DHL sería un gizmo (te avisa cuando llega mediante email o web) y enviarlo con Correos sería un mero producto industrial que te devuelve un recibo en caso de que -al contrario de lo que ocurre con nuestras suscripciones a Wired- lo enviado no le interese demasiado a alguien en la cadena.
Pero no divaguemos
el caso es que la red futura será una red tanto de personas conectadas a personas como de cosas conectadas entre si y a las personas. Será, tal vez una red que a su vez pueda fabricar cosas y esas cosas no serán sólo objetos parlantes, sino fuentes informativas que gestionaremos colectiva y personalmente.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
« « Portada » »
Salvo indicación o advertencia en contrario, el autor de todas las entradas de este blog hace devolución expresa de ellas al Dominio Público
|