Lunes, 9 de Julio de 2007
Sigo dándole vueltas al debate de este fin de semana con Pere, Pablo y Lore. En realidad no se trata de un debate sobre el OLPC. Es un debate sobre la educación, la enseñanza y el rol del estado y la tecnología a partir del OLPC
que es bastante diferente.
Ayer, antes de publicar el post, le pasé el borrador tanto a Pablo como a Pere porque me interesaba que las posiciones, todavía borrosas, no se vieran deformadas por mi propio punto de vista. Comentaba yo que intuía que bajo este debate había más de lo que veíamos, que intuía que había diferencias de las que podríamos acabar aprendiendo y sacando una posición tras mucho debatir, argumentar y aprender, como en los viejos tiempos de Ciberpunk. El comentario que me hizo Pablo entonces me ha estado haciendo pensar:
- La cuestión de fondo es el estado. Tu quieres que el estado atienda a los hackers y yo quiero que atienda a todos.
Suena muy mal, pero tiene razón en parte.
Los más jóvenes bricoleurs y el estado
Tal como yo lo veo, siguiendo a Stuart Mill, la diversidad es un bien universal, una solución adaptativa para la sociedad ante un futuro en el que no sabemos de entrada qué estrategias serán las que nos permitan adaptarnos a un mundo en cambio acelerado.
Hay niños con habilidades de bricoleur, con tendencias hacker
hay niños especialmente creativos en todos los campos. Y la sociedad debe entender que es bueno que sea así y no intentar achatarlos como hizo con nosotros la escuela. No todos los profesores, pero sí la escuela. Esto es, la enseñanza pública, el estado, debe ayudar a que si alguien es así pueda desarrollarse, pero no todos van a ser así, ni sería bueno siquiera que todos fueran así. Y sería tan castrante como antes, que la enseñanza intentara que todos los niños se convirtieran en bricoleurs, en hackers.
La posición que defendía Pere era algo así como:
que dejen las herramientas a los niños, pero que no se imponga su uso en clase durante la enseñanza, que cada niño tenga a su alcance conexión, ordenadores, redes
pero que no se le imponga un uso, una manera y unos objetivos mediante las horas lectivas
¿Qué aparece en el fondo de este debate, creo yo? Pues una cierta intuición, que creo nadie se atreve a decir del todo, de que el sistema de enseñanza es un mecanismo pensado para la homogeneización social (nacional en realidad), una especie de mecanismo centralizador a lo 2.0 que inevitablemente genera escasez
escasez de tipos humanos. El sistema de enseñanza, mediante sus técnicas, sus estructuras, sus modos de calificación, inevitablemente y como conjunto transmite y forma un molde, un tipo de comportamiento y actitud, como estándar deseable.
No muchos. Pensar que la escuela, el instituto e incluso la universidad, más allá de lo que Daniel Bellón llamaba la hiperminoría de profesores inquietos y los alumnos que tienen la lotería de que les toque uno/una de estos, pueden ayudar a conformar diversidad, a que cada uno se desarrolle en sus cualidades y no a imponer el molde de las socialmente dominantes a través del sistema escolar, sería no tener en cuenta su naturaleza centralizada, su realidad de máquina homogeneizadora.
Si me permiten ir un pasito más allá, el sistema de enseñanza es la gran máquina de fabricar ciudadanos nacionales. Enseña ciudadanía (cada vez menos en todo el Mundo). Pero sobre todo enseña el modo nacional, el molde del ser nacionalista ligado al estado, por eso y en esos términos genera tanto debate político. La ciudadanía y el pensamiento crítico no darían para tanta batalla.
Aprendiendo de la desescolarización
Por eso, lo que latía bajo la posición de Pere y mía era la idea de que no podemos dejarle al estado que diga a los niños cuales son los usos de las máquinas y las redes. Si así es, adios bricolage. Adiós lo que de liberador tiene aprender en un mar de redes y referencias. Deje el estado a disposición de los niños y las niñas la conectividad y las herramientas, los manuales (que la mayoría no usuaran) y unas cuantas clases de uso instrumental básico. Pero que los niños exploren por si mismos.
Cuando hace unos años debatíamos sobre la el movimiento por la desescolarización este era el implícito de fondo: lo importante no es si el estado incorpora o no las tecnologías de red, lo importante es quien es el protagonista: el profesor, que representa al estado, o el niño. Por éso, lo que nos preocupaba de este movimiento no era la red -que en manos de los niños podía ser liberadora- sino la precariedad del elemento social, del espacio presencial con otros niños y otras referencias.
Tenía razón Pablo en parte: miramos la escuela desde el punto de vista de los niños hackers que fuimos. Niños que no cabían en el molde y aprendieron el costo de hackear, de hacer bricolage de conocimientos en un mundo reglado. De ser diferentes. Y que precisamente por eso, entendían mejor que nadie hasta que punto ese profesor hacker, comprometido, que de verdad nos incentivó, era un anómalo, un hacker puesto en otro lugar, no un producto del sistema, sino a los ojos de este y como decía Pere, un error que andaba en ayudarnos a desarrollarnos y no en imponernos el molde nacional de lo aceptable.
Domingo, 8 de Julio de 2007
Este está siendo un fin de semana muy intenso en encuentros y conversaciones. Ayer amanecí en Barcelona con Enrique Gómez y Gema Llorens. Cuando llegué a Madrid por la tarde, me encontré en las Indias a Pere Quintana. Reencontrarme en tan poco tiempo con los que eran los principales teóricos del ciberpunk hasta la hibernación de hace un año, ha sido un continuo bullir de ideas y nuevas perspectivas.
El que más preguntas me abre y creo que puede contribuir en mayor manera a un cierto avance conceptual es el que surgió ayer tarde, de terracitas, entre Lore, Pablo, Pere y yo.
Pere comenzó preguntando a Pablo sobre el estado del proyecto OLPC en el Cono Sur Sudamericano tras las últimas noticias que anuncian, cuando menos, su letargo en Argentina. A partir de ahí, comentando Pablo y Lore las carencias y objetivos del proyecto, fue emergiendo una diferencia de perspectivas que siempre estuvo ahí, de base, y que parece que producía que cuando decíamos lo mismo que muchos de nuestros interlocutores americanos, no quisiéramos, en realidad, decir lo mismo.
Me explico: como recordaréis, yo partía de una posición muy crítica con el OLPC. Básicamente me parecía financieramente poco sostenible cuando hay alternativas que permiten construir cibercentros comunales o escolares a un coste muchísimo menor sin necesidad de darle en propiedad un ordenador a cada niño. En vez de un ordenador, un usuario. De 175$ a 8$ por cabeza.
Es decir, tal como yo lo había entendido, el proyecto OLPC consiste repartir ordenadores para cada niño en el sistema escolar para que estos pudieran jugar por su cuenta y abrir por si mismos un mundo. De hecho, cuando en el mismo post citaba a una activista y profesora que reclamaba un proyecto educativo que sostuviera al OLPC, recordaba que precisamente el atractivo de la idea de darle un ordenador a cada niño y ya, lo que finalmente me convencía del modelo Negroponte era que al fin, los de la generación Spectrum europea sabemos que la magia funciona:
los que en Europa -o en escuelas privadas latinoamericanas- tuvimos la suerte de ser la primera generación con ordenadores en la escuela, sabemos además que la cosa quedó más bien en inútil porque se absorvió -bajo la forma de horas lectivas- en el aburrimiento de la educación reglada.
En realidad todos sabemos que somos autodidactas y que la única manera de aprender no ya a usar un programa, sino a hacer el bricoleur, a perder el miedo a la máquina, es dejar a los niños pasar tiempo y jugar con ellas. Y sin decirlo, todos miramos con amor al OLPC porque en realidad no requiere profesor ni apoyo, viene con un entorno de software relativamente intuitivo que confiamos -no hay experiencias reales- prenda en los chicos del mismo modo que el Spectrum prendió en aquellos chicos europeos de los 80.
La mirada desde la escuela
Pero ayer, Pablo y Lore nos presentaron OLPC de una manera distinta, como un proyecto ligado a las escuelas y al sistema de enseñanza. La idea de ellos, que me pareció entender, es una idea extendida de los sectores implicados en su desarrollo y recepción, al menos en Argentina, no reduce la escuela y al sistema de enseñanza a centro distribuidor/socializador como hace mi planteamiento.
Al contrario, tal como Lore y Pablo lo entienden, la oportunidad de OLPC y la causa de ligarlo a la escuela reside en incorporar el ordenador a las clases. No hablamos de las clases de informática. No hablamos de un cibercentro junto a la biblioteca. Hablamos de que el OLPC juegue un papel similar al del cuaderno de papel o la pizarra en una clase de Historia o Matemáticas.
Trasfondos
La verdad es que una clase de Geografía donde los alumnos viajen sobre GoogleEarth, suena muy bien y a todos los levanta la mirada y nos pone a pensar. Pero como nos explicaban, esta perspectiva es la que lleva a que el famoso plan pedagógico sea necesario. Y por ende el estado
lo que llevaba a plantear a Pere si realmente era necesario el ordenador para dar clases, si aportaba algo en Matemáticas, Física, Filosofía o Historia
más allá de poder buscar documentación en el momento, frente al profesor
aunque ¿por qué no buscarla después y seguir entonces caminos aleatorios, itinerarios personales a partir de la clase y no limitados a ella?
La diferencia de fondo es, creo yo, una cierta concepción de las herramientas y del rol del estado a la hora de garantizar el acceso a ellas. En una palabra, en nuestra mirada de chicos Spectrum, el foco estaba en la relación niño-ordenador-red y podía darse en dos marcos distintos, el ideal pero caro (un ordenador portatil por niño) o el más sencillo del acceso en un entorno no reglado como un cibercentro de escuela o comunal (un usuario por niño) donde los tekis del cole, los futuros bricoleurs y hackers, pudieran pasar las horas de recreo y estudio y realizar actividades extraescolares.
En vez de una escuela informatizada que utilizara internet como tecnología pedagógica en todo el sistema, los ordenadores como nueva pizarra, se trataría, en esta mirada, de que no quedara ningún niño teki, ningún futuro hacker, sin oportunidad de acceder a las herramientas que le van a permitir desarrollarse. Al fin, pensaba yo, no fueron los libros de texto los que me hicieron amar los libros y la lectura. Fueron los libros que estaban en la biblioteca del colegio, el instituto y los que tomaba del cuarto de estar de mis padres.
Jueves, 30 de Noviembre de 2006
De la mano de Pablo Mancini llegábamos hace una semana a lo que parecía la noticia del año:
la Argentina prevé tener 50 unidades para demostración en los próximos 15 días y, que antes de fin de año, se pueda contar con 500 prototipos para realizar una experiencia piloto. Si todo anda bien, el gobierno compraría el año que viene un millón de maquinas
Pasada la primera resaca, a algunos no les salen las cuentas. Es lógico. Piscitelli, el gerente del proyecto estatal educ.ar, empezaba a mostrar públicamente sus dudas sobre la escalabilidad de la iniciativa:
Hay distintas cuestiones dando vueltas. Primero, hay que ver si el gobierno argentino compra el primer millón de computadoras, algo que esta en evaluación. Aunque las comprara, y al valor original, un millón de máquinas es nada en un país que tiene 10 millones y medio de alumnos. Es el 10 por ciento de la población. Habría que comprar un millón todos los años, durante 10 años. Además, ingresan cada año 850 mil chicos al sistema educativo. Tendrías que comprar siempre un millón de máquinas. ¿Es posible? No es impensable desde el punto de vista presupuestario, sería muy caro ahora y más barato dentro de cuatro años. Pero el tema no es ése, sino algo mucho más complejo: qué se hace con las máquinas, el tema de la conectividad, qué pasa con los docentes, la logística
¿Qué supone para un país en desarrollo comprar cada año 850.000 nuevos ordenadores para las escuelas? A los precios actuales del MIT (140 dólares como mínimo) una inversión anual de 119.000.000 de dólares tan sólo en equipamiento. Ahora súmenle 1.400 millones de dólares como inversión de partida para que realmente estemos hablando de un portatil por niño y no se olviden de lo que cueste instalar el wifi en las escuelas y formar al profesorado.
Comparen estas cifras con el actual presupuesto para educación del gobierno argentino que es de 5.600 millones de dólares, salarios del profesorado incluídos. Si le quitamos la carga salarial del profesorado, por cierto, tan sólo quedan 300 millones, que es con lo que se paga el mantenimiento de infraestructuras y la innovación. Tomando como referencia esos 300 millones, aunque alguien regalara la wificación y la formación y aunque tan sólo se tratara de comprar un ordenador MIT por niño nuevo que se incorporara al sistema educativo, asumir el proyecto OLPC supondría para Argentina multiplicar por 3 su presupuesto educativo en cinco años.
Y ahora vayan al Banco Interamericano de Desarrollo y como dice Negroponte, pídanle un préstamo. ¿Alguien ha calculado la carga financiera que supondría? Aunque los tipos actuales del BID para estos proyectos son muy bajos, a ojo de buen cubero resultaría el proyecto más ambicioso del Banco en la región. Seguramente por eso su acuerdo con el OLPC es tan genérico e insiste, a pesar de la indignada resistencia de Negroponte, en establecer mecanismos de cuantificación mediante proyectos piloto, de los efectos de la iniciativa.
Pero el hecho es que aunque la generalización del proyecto OLPC en la región no parece financiable por los estados a día del hoy con los actuales instrumentos, si que se trata de una excelente herramienta para proyectos de ámbito local que pueden contar más fácilmente con financiación BID para la inversión pública y donaciones de ONGs y de empresas.
Claro que para eso Negroponte y compañía deberían empezar a pensar en pequeño, a confiar realmente en el efecto sobre el desarrollo de la alfabetización digital y apostar por producir a gran escala, aceptando vender en paquetes más pequeños de los que actualmente ofrecen. Digámoslo claro: No es aceptable que el OLPC sólo se pueda comprar de millón en millón de unidades, porque lo abordable hoy en la región son proyectos como el de Salamanca en Chile, y la perspectiva es multiplicar este tipo de experiencias, no enfrentar financiaciones gigantescas para proyectos mastodónticos.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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