Miércoles, 20 de Febrero de 2008

El debate mundial sobre la plurarquía

La Conferencia Mundial de Desarrollo de Ciudades fue un verdadero multiverso: cientos de escuelas y tendencias debatieron sus temas al mismo tiempo, solapándose y fertilizándose unas a otras. Uno de los clusters y no el menor en relevancia, desde luego, fue el que desarrolló el debate sobre la plurarquía.

Hoy he dedicado todo el día a sistematizar en mi contextopedia todo lo aprendido al respecto en estos días. De aquí en adelante por favor, pinchad en los enlaces, aunque espero pulir y profundizar las entradas en las próximas semana -incluso con cosas que de momento sólo aparecen en este post- de momento creo que son útiles a la claridad de la argumentación, especialmente si no habéis seguido el debate durante los últimos años.

La evolución de Bard y Soderqvist

Plurarquía y netocracia son términos que aparecen por primera vez en 2002 de la mano de Alexander Bard y Jan Sodervisq en su libro Netocracia.

Ya entonces lo novedoso del enfoque encajaba un tanto forzadamente en la vocación neomarxista de los autores, que trataba de definir a la netocracia como una clase en el sentido marxista del término. Alter ego internetero de la burguesía, encontraba su antagonista pasivo en el consumariado, nueva clase negativa de la sociedad nacida de Internet.

Con los años ambos autores radicalizaron su visión de la plurarquía. Originalmente descrita como la forma de organización natural de la netocracia y definida como un sistema en el que

todo actor individual decide sobre sí mismo, pero carece de la capacidad y de la oportunidad para decidir sobre cualquiera de los demás actores

la plurarquía va perdiendo poco a poco su sentido liberardor e identificándose con el sistema global de sometimiento del consumariado

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La mirada del ciberactivismo español

Aunque el movimiento ciberpunk y las Indias dieron noticia desde el primer momento de las tesis y los conceptos de Bard y Soderqvist, ayudándolos a popularizarse en nuestro idioma, sus desarrollos insistieron desde el principio en presentar tanto netocracia como plurarquía como una propiedad de las redes sociales distribuidas.

Se une entonces al planteamiento de Juan Urrutia sobre la lógica de la abundancia, desarrollando los fundamentos económicos del concepto:

[En la sociedad de las redes distribuidas] se produce un doble fenómeno, por un lado reaparece la esfera pública deliberativa, al liberarse del control de los grandes grupos mediáticos, por otro se redimensiona, pues la lógica de la abundancia reduce cada vez más los campos sobre los que es necesaria la elección colectiva en favor de aquellos donde reina la pluriarquía

La plurarquía tendría pues un sentido positivo, incluso programático, pues representaría la restricción del ámbito de la escasez y una razón para enfrentar la generación artificial de esta.

El la misma lógica, la netocracia será definida no como una clase, sino como los dinamizadores, los pequeños mumis que inevitablemente surgen en una red distribuida para mantener la lógica de la abundancia en su interior:

Las redes distribuidas se organizan pluriárquicamente, es decir no existe dirección en el sentido tradicional. Sin embargo surgen en el interior de estas redes grupos cuyo principal objetivo es dar fluidez al funcionamiento y los flujos de la red. Son grupos especializados en proponer acciones de conjunto y facilitarlas. No suelen estar orientados hacia fuera sino hacia el interior, aunque inevitablemente acaben siendo tomados, desde fuera, por la representación del conjunto de la red o cuando menos como la materialización de la identidad que les define.

Estos grupos son los netocracia de cada red, sus líderes en el sentido estricto, pues no pueden tomar decisiones pero juegan con su trayectoria, prestigio e identificación con los valores que aglutinan la red, a la hora de proponer acciones comunes.

La crítica al planteamiento de Bard y Soderqvist está implícita: el desconocimiento de los autores suecos de las bases materiales (topología y economía) de las redes distribuidas, les llevan a encajar artificialmente a la netocracia en el molde de la clase marxista.

Sin embargo, la propia insistencia sobre las lógicas materiales de la plurarquía a partir de la definición económica de lógica de la abundancia, restringían en principio demasiado el ámbito de aplicación del concepto a ámbitos de alta productividad o presencia de efectos red.

Poco a poco y a partir de la crítica de la web 2.0 y la práctica del neovenecianismo a pequeña escala, el concepto de abundancia se irá abriendo de lo virtual hasta significar, más allá del precio cero, la posibilidad de generar entornos donde no se imponga la elección democrática -o autocrática- a la acción colectiva.

Aunque la renuncia a las economías de escala suponga un coste de oportunidad cuyo marginal (el coste extra generado al conjunto social por cada nodo que decide no seguir la opción mayoritaria) no tiene por qué ser siempre decreciente, los beneficios de la diversidad pueden considerarse suficientes, ante incertidumbre, como para optar por una organización pluriárquica.

En otras palabras, para cuando el ciberpunk se está transformando en neovenecianismo, la plurarquía deja de ser una consecuencia de abundancia, para entenderse la abundancia como un resultado de la práctica de la plurarquía, poniéndose el centro del relato en el carácter distribuido de la red social.

El “localismo” de Agusto de Franco

Este era precisamente el presupuesto del localismo desarrollado por Augusto de Franco, quien partirá de una redefinición de local como cluster distribuido para teorizar y experimentar la práctica de la plurarquía en el contexto del desarrollo local.

Incorporando al análisis elementos de la democracia cooperativa de John Dewey y sus propios desarrollos sobre teoría de redes sociales, de Franco aportará contribuciones notables. Enfrentado a un entorno donde la sostenibilidad -tanto del desarrollo socioeconómico como la ambiental- es uno de esos consensos arraigados precisamente porque nadie sabe definirlos muy bien, de Franco, materializará el concepto en términos de robustez de la red.

Por definición sólo reestructurando como redes distribuidas las redes que les sirven de base puede asegurarse la sostenibilidad en cualquier ámbito: el energético, el desarrollo económico o la democratización del proceso político. La vindicación social de la sostenibilidad se convierte por tanto, al llegar a su materialidad básica, en un verdadero programa de desarrollo de los entornos sociales de la plurarquía.

Así la plurarquía aparece como una profudización del proceso democratizador que lejos de enfrentarse a la democracia como sistema político del estado nación, la defiende como presupuesto y la desarrolla desde lo local.

Una línea argumental que cierra el triángulo democracia-desarrollo-sostenibilidad en una especie de círculo virtuoso de la distribución de poder y la generación de mecanismos pluriárquicos en distintas facetas de la vida social. Este discurso de hecho ha servido de inspiración teórica a programas de la importancia del Gobierno Solidario Local de Porto Alegre (Brasil).

Conclusiones

De la teoría de la netocracia al neovenecianismo y el localismo, la plurarquía se revela como el gran concepto matriz para entender nuestra época. El debate sobre su significado y aplicación se da ya plenamente en el terreno de lo que hemos llamado los ejes del nuevo mundo, y sus distintas escuelas e interpretaciones representan ya, sin duda, los gérmenes de las grandes corrientes ideológicas del mañana.

Olvídense de los vacuos debates dospuntoceristas, si quieren conocer las divisorias que durante el próximo siglo ocuparán el espacio que en su día tuvieron la de liberales-conservadores durante el XIX o derecha-izquierda durante el XX, empiecen a profundizar en las diferencias entre las teorías de la plurarquía y las de la netocracia

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 2:45 am | (0)

Lunes, 2 de Agosto de 2004

Al Qaida como netocracia

El primer atentado contra las torres gemelas tuvo lugar en 1993, ideado por dos “independientes”: Ramzi Ahmed Yusef, pakistaní de 25 años y Jaled Sheij Muhammad, saudí. Escribe Burke:

Se puede ver claramente cómo estos dos hombres consiguieron reunir una y otra vez a los individuos que necesitaban para un ataque terrorista sin que estuviesen afiliados en ninguna de las etapas a ningún individuo u organización. Tanto Sheij Muhammed como Razi Yusef estaban decididos a sembrar el caos en Occidente. Para eso necesitaban gente, dinero, conocimientos técnicos y equipo. Ambos disponían, o si no consiguieron enseguida, los contactos, el dinamismo y la experiencia para poder encontrar esos recursos. Eran los dos “centros operativos”. Como el organizador de fiestas profesional (…) recurrieron a su agenda de direcciones, llenas de números recogidos durante el periodo de la yihad [afgana] o en los campamentos de instrucción o por sus relaciones familiares o tribales para reunir lo que necesitaban.

Ramzi sirve de ejemplo a Burke para hacer un modelo general de la red islamista, AlQaida incluída:

Ramzi era un inividuo sumamente motivado que, como cualquier combatiente político de éxito, es capaz de unir una serie de apoyos, activistas y especialistas diferentes en diferentes momentos para llevar a cabo proyectos diferentes. Buscar una línea de mando o una fuente de recursos única es interpretar de forma completamente errónea el carácter de lo que Ramzi y miles de hombres estaban haciendo entonces y están haciendo ahora.

El islamismo como enredadera

La tesis de Burke sobre la naturaleza de AlQaida ajusta como un guante en el modelo general que, dando como ejemplos la red española y el movimiento ciberpunk, trazábamos en estos primeros apuntes de verano. Burke y su detallado análisis prueba una de las tesis centrales de 11M: redes para ganar una guerra: el islamismo armado no se parece al viejo terrorismo más que marginalmente, como sólo marginalmente se parecen las redes distribuidas a las viejas organizaciones descentralizadas. AlQaida y el movimiento más amplio del que forma parte, es una enredadera, no un árbol. Como escribíamos en esta bitácora hace poco:

Las redes distribuidas o bien nacen de un pacto entre iguales que se reconocen como tales, o bien articulan una relación que en nigún caso es de dependencia (…) Lo que define a una red distribuida es como dicen Alexander Bard y Jan Söderqvist que “todo actor individual decide sobre sí mismo, pero carece de la capacidad y de la oportunidad para decidir sobre cualquiera de los demás actores“. En este sentido toda red distribuida es una red de iguales.

En un sistema así la toma de decisiones no es binaria. No es “si” o “no”. Es “en mayor o menor medida”. Alguien propone y se suma quien quiere. La dimensión de la acción dependerá de las simpatías y grado de acuerdo que suscite la propuesta. Este sistema se llama plurarquía y según los mismos autores “hace imposible manterner la noción fundamental de democracia, donde la mayoría decide sobre la minoría cuando se producen diferencias de opinión“. Aunque la mayoría no sólo no simpatizara sino que se manifestara en contra, no podría evitar su realización.

Con un sistema así es comprensible por qué en las redes no existe “dirección” en el sentido tradicional, pero también por qué inevitablemente surgen en su interior grupos cuyo principal objetivo es dar fluidez al funcionamiento y los flujos de la red. Son grupos especializados en proponer acciones de conjunto y facilitarlas. No suelen estar orientados hacia fuera sino hacia el interior, aunque inevitablemente acaben siendo tomados, desde fuera, por la representación del conjunto de la red o cuando menos como la materialización de la identidad que les define. Estos grupos son los netócratas de cada red, sus líderes en el sentido estricto, pues no pueden tomar decisiones pero juegan con su trayectoria, prestigio e identificación con los valores que aglutinan la red, a la hora de proponer acciones comunes.

Es claro que AlQaida es una parte de la netocracia islamista, la élite de prestigio de una red amplísima tanto geográfica como socialmente que no se articula como una pirámide de mando, sino sobre una enredadera de agendas, contactos y complicidades. Como en cualquier red, el verdadero capital no es otro que la confianza derivada y surgida de la identidad. El islamismo radical contemporáneo es -parafraseando la definición de la red académica que hacía Juan Urrutia- la suma de biografías y conversación.

Dentro de esa red, AlQaida, la organización formal, es un grupo pequeño, una minoría propositora cuyo objetivo es influir en los miembros y através de ellos en el mundo. Alrededor de este núcleo se articulan una agenda de contactos con otros líderes de la red amplia y, con el tiempo, una telaraña más o menos amplia de activistas y simpatizantes en cuya identidad las tesis del núcleo han hecho mella. Gente que sigue los textos y amplifica los mensajes nacidos del nodo teórico, a la que se puede convocar y que suele participar en las acciones concretas que el núcleo propone a la red general. La arquitectura de cualquier netocracia en cualquier campo y a cualquier escala, como escribe Burk:

Esta división tripartita en un “núcleo”, una red de redes y un movimiento más amplio de simpatizantes militantes con objetivos más o menos coincidentes, se repite una y otra vez, en los ámbitos nacional, regional internacional, cuando examinamos la posición de Bin Laden en el movimiento más amplio de la militacia islámica moderna.

Maestros y patrocinadores

En AlQaida, como en las redes netocráticas en general, el poder aparece como resultado de la unión de capacidad de acceso y conocimiento. Acceso a la red de personajes relevantes en la propia red amplia, desde Abú Qutada, el ulema de Londres siempre dispuesto a interpretar los textos a conveniencia de los yihadistas hasta los millonarios simpatizantes del Golfo que aportan fondos con los que financiar las acciones.

Y también conocimiento. Conocimientos prácticos y visión estratégica. Durante mucho tiempo Bin Laden ha sido ante todo el proveedor de formación especializada y el impulsor de campos de entrenamiento donde poco a poco ha ido cuajando un “espíritu común” en el yihadismo. Bin Laden y su círculo incitaban a la creatividad de sus alumnos (miles a lo largo de los años), animándoles a instalarse en otros países y plantear acciones. En algunos casos ayudaban además a conseguir los fondos o los contactos necesarios para ejecutar sus “proyectos fin de carrera”. AlQaida era entonces literalmente “la base”, el centro operativo al que recurrir en busca de ayuda técnica y financiera. Una base que construía así una enorme influencia dentro de la red: formación más fondos igual referencia. Referencia igual marca. Con el tiempo, la netocracia de teóricos vería materializar su liderazgo mediando en disputas entre grupos y recibiendo peticiones en la que lo más relevante era la solicitud de usar la marca. AlQaida se había hecho sinómino de Yihad internacional.

Construyendo confianza con acciones

Burke argumenta con razón y conocimiento el carácter de shahada, de profesión de fé, que tiene el sacrificio de la vida del suicida en el atentado. Incorporando su propia muerte a los objetivos de la acción, presentándose frente a la comunidad musulmana como “mártires”, los terroristas en realidad proponen con su ejemplo un camino estratégico para la red. La propia muerte sirve de enfático argumento. El objetivo de los atentados nunca es tanto conseguir un resultado inmediato, como mantener el camino de la yihad abierto y señalar la ruta a los demás. Shahid, la palabra con que los terroristas suicidas se designan a si mismos no quiere decir sólo “martir caído en el combate” sino también “testigo”. El tiempo en el que viven es el tiempo de las redes, tremendamente inmediato y trascendente al mismo tiempo. Inmediato porque vive rápido, trascendente porque no cabe esperar resultado de la propia acción que no sea mediado por la red. La acción más que el argumento es el construye la identidad frente a otros y en la comunidad de los muyahidim.

El 11S y AlQaida

Burke insiste una y otra vez en que Bin Laden y AlQaida no son más que una parte, durante mucho tiempo ni siquiera especialmente destacada, de esa red más amplia. Lleva razón. Sin embargo la polémica con el tratamiento que desde las agencias de información y los medios dan a la red yihadista, presentándola como un cuerpo coherente y jerarquizado, hace perder a Burke parte del significado estratégico del 11S.

Antes del 11S el movimiento islamista armado se desarrolla fundamentalmente en el terreno nacional. Siquiera entienda ya la yihad como esa “guerra cósmica” de la que habla Burke, la realidad era la de una serie de grupos locales, minoritarios y en marginalización. Su enemigo material eran los viejos y corruptos regímenes del nacionalismo árabe laico, verdaderos zombies políticos tras la caída del Muro de Berlín… y aún así no parecían tener ninguna oportunidad real de victoria. En todo el mundo árabe tan sólo Sudán pasa a un régimen islámico (1991)… y es mediante un golpe militar, no por una insurrección popular o la extensión de la guerra de guerrillas. Cuando Sudán -posiblemente con participación del propio Bin Laden- intente exportar a Egipto su revolución, intentando asesinar al presidente Moubarak en 1994, el resultado será contraproducente y acabará forzando la salida del país del núcleo de AlQaida (1996).

El yihadismo queda como una telaraña en descomposición, unidos sus nodos todavía por unos mitos comunes y una red de solidaridad y socorro generósamente nutridas por las fortunas wahabíes del Golfo. La inteligencia de este proceso es la que llevó al conocido islamólogo Gilles Kepel a entonar el RIP del islamismo en el 2001… No era el único, Bin Laden también se había dado cuenta de que la yihad estaba perdiéndose en un mar de frentes dispersos y locales. O cambiaba la escala o el sueño de un ejercito muyahidin internacional y reticular, se diluiría, a falta de un nuevo Afganistán, como grillos en la mañana.

Así, desde el primer atentado “con firma AlQaida” en Yemen en 1992, las acciones patrocinadas, impulsadas o diseñadas por el núcleo y ejecutadas por la red de simpatizantes, se orientarán hacia esa ampliación del campo de batalla en un crescendo que acabará el 11 de septiembre de 2001 con el atentado suicida contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono.

Como escribe Burke sobre la respuesta americana (bombardeo con misiles) al atentado contra su embajada en Kenia:

Bin Laden consideró los ataques una confirmación de que su polémica decisión de atacar a Estados Unidos antes que a los gobernantes hipócritas que estaban en el poder en Oriente Próximo era la correcta. Para los activistas islámicos de todo el mundo, los atentados demostraban que Bin Laden no era, como habían creído muchos, sólo un joven rico diletante y fanfarrón que vivía seguro en Afganistán lejos de la dura lucha contra el aparato de seguridad del estado en Arabia Saudí, Egipto, Jordania o Argelia. Para los aspirantes a activistas de todo el mundo islámico, Bin Laden, del que muchos no habían oido hablar antes, se convirtió en el foco de sus ambiciones.

Las consecuencias del 11S

El 11S multiplica la escala de Nairobí hasta el punto de cambiar el panorama del yihadismo completamente. Es el comienzo del gran triunfo de AlQaida. En primer lugar cambia la definición política y geográfica del campo de batalla dramáticamente. A partir de entonces, los muyahidines ya no luchan contra regímenes locales, luchan contra Occidente enfrentandose a su imperio directamente, en su propio terreno, a los “cruzados y los judíos”. En el nuevo marco, cuando los islamistas describan su lucha, los regímenes laicos árabes ya no aparecerán como actores del mundo islámico, sino como apéndices de “los cruzados”, como zipayos desprovistos de legitimidad. En un sólo golpe AlQaida ganó la guerra simbólica para todos los activistas, grupitos y bandas terroristas locales en descomposición, dotando de proyección global y creíble a la identidad que los teóricos afganis (Laden, Azzam, Zawahiri…) llevaban años proponiendo en la red como base para una redefinición de la yihad tras la guerra contra los soviéticos.

En segundo lugar, las invasiones norteamericanas de Afganistán y sobre todo Iraq, representan una oportunidad única de replicar el fenómeno muyahidim de la guerra contra los soviéticos y multiplicar sus efectos en una nueva generación. Como escribía en mayo de 2004 el analista Gassan Sharbil en Al-Hayat y traducía Amaya del Amo en La Yihad vista por los árabes, comentando la posición de Bin Laden en Iraq:

La ocupación americana de Iraq proporciona una inestimable oportunidad para transformar un conflicto de baja intensidad en una guerra total, que aspire a cambiar conjuntamente Iraq y la región. El pais del Éufrates y el Tigris, que nada en petróleo, proporciona por su situación, su composición y su extensión una oportunidad de difusión que no han dado las montañas de Afganistan.

Por esto, el mensaje [de Bin Laden sobre la situación en Iraq] llama a avivar el fuego iraquí y a los jóvenes musulmanes al reclutamiento. Los combatientes de Al-Qaeda ya no necesitan vagar y acechar para fijar el objetivo americano y su encuentro casual. Los americanos tienen aquí un ejército, cuarteles, convoys, cárceles y abusos. La oportunidad del choque es factible y el escenario de las operaciones suicidas está abierto.

Iraq es el escenario y el programa de Osama Bin Laden se amplia. Por eso intenta repetir el anterior experimento, a pesar de las diferencias, y cambiar los papeles. Apuesta a que el incendio iraquí se caracterice por una capacidad de atracción semejante a la que adquirió la yihad afgana contra los soviéticos. Lo que implicaría que el escenario de los choques polarizase a los jóvenes de diferentes paises y nacionalidades. Y lo ve como una oportunidad de involucrarles, asegurar su lealtad y reenviar a los que sobrevivan a otros incendios, tal vez en sus propios paises de origen. Busca una guerra larga, no sólo debilitar al ejército de ocupación y desgastar a la potencia hegemónica (…). Hundir a las fuerzas americanas en una larga guerra reaviva la indignación árabe: ganar el espíritu del musulman es el objetivo.

Conclusiones: jugando el juego de AlQaida

Desde el punto de vista de un entorno pluriárquico AlQaida ya ha vencido: ha reorientado estratégicamente a su red amplia (los grupos, militantes, simpatizantes y donantes del yihadismo) hacia una nueva identidad de acuerdo con sus postulados internacionalistas. Ha dinamizado la red llevándola hasta un grado de conocimiento público en el mundo islámico impensable a finales de los noventa. Y sobre todo ha conseguido que el mundo occidental, con Estados Unidos a la cabeza, juegue su juego con las reglas que le son más propicias y en su terreno. Aunque AlQaida fuera eliminada “quirúrgicamente” hoy mismo (EEUU asegura haber capturado o muerto a dos terceras partes de sus cuadros), el movimiento yihadista es más fuerte que nunca. No sólo militarmente, sino en el imaginario, en la identidad musulmana. Ese es el verdadero campo de batalla. Y la causa de que AlQaida vaya, a día de hoy, ganando la guerra que emprendió hace ahora diez años.

AlQaida es un ejemplo destructivo del poder de las redes, de la operatividad de la plurarquía y de la potencia de una pequeña netocracia cuando hace buen análisis estratégico y dispone de fondos suficientes para respaldar acciones clave y centros de formación especializada. La forma de organización es su principal ventaja tecnológica, ¿cuando dejarán de invertirse fortunas en una ciberguerra imaginaria que no ha existido hasta ahora para dar el salto hacia una nueva concepción del conflicto que vivimos y que sin duda nos seguirá azotando en los próximos años? ¿Cuantos muertos más tendrán que alfombrar Europa para que nos demos cuenta de que a las redes se les gana con redes, que el campo de batalla no son los arenales de Iraq sino “los espíritus de los musulmanes”?

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 12:08 pm | (0)

Viernes, 25 de Enero de 2002

Netocracia

Bard y Söderqvist tienen biografías curiosas. Uno es profesor en la Stockholm School of Economics, músico y fundador de la principal discográfica sueca, el otro ensayista y un conocido periodista. Ambos cuentan que lo que les llevó a escribir el libro fue la puerilidad de casi todo lo publicado sobre la red… Claro que para vender un libro hay que rellenar cierto número de páginas. En las trescientas de la edición española hay mucho pastiche, pero también unas cuantas propuestas, tan valiosas como arriesgadas, que sirven de columna vertebral a la argumentación.

La tesis central es que a feudalismo y capitalismo seguirá un nuevo orden social y económico: el informacionismo, del que estamos viviendo los primeros albores. Paralelamente, si los anteriores sistemas sociales vieron el protagonismo de la nobleza y la burguesía, el nuevo verá el de los netócratas, una nueva clase social que se definirá por su capacidad de relación y ordenación en las redes globales. Una clase social definida no tanto por su poder sobre el sistema productivo como por su capacidad de liderazgo sobre el consumo de la nueva clase inferior, el consumariado. “La diferencia fundamental entre la netocracia y el consumariado es que la primera controla su propia producción de deseo, mientras que la segunda obedece las órdenes de la primera“. Los netócratas son los magos del netweaving y por tanto del marketing de red, claves del nuevo poder reticular.

Valores de la Netocracia

En una organización social en contínua revolución, en la que la información “en sí misma tiene un valor limitado” y lo realmente valioso en la atención y sobre todo la capacidad para generarla, la jerarquía social viene determinada por la pertenencia a las redes más valiosas. Redes que se hacen y deshacen continuamente en una competencia sin fin y sin triunfadores estables.

Cambian los valores sociales en consecuencia, se pedirá a los individuos inteligencia social y facilidad para cambiar de personalidades según la red, de hecho según los autores “una forma manejable de esquizofrenia es un ideal netocrático” en un enfoque general que hace explícitamente de los netócratas deudores del viejo ideal nietzchiano

Sistema político de los netócratas

Los netócratas quieren ir más alla de la democracia, hacia “la Plurarquía, un sistema en el que todo actor individual decide sobre sí mismo, pero carece de la capacidad y de la oportunidad para decidir sobre cualqra de los demás actores, lo que hace imposible manterner la noción fundamental de democracia, donde la mayoría decide sobre la minoría cuando se producen diferencias de opinión (…) Las reglas del juego de la red serán mem-darwinistas, el intrincado sistema conocido como netiqueta, y será esto lo que caracterice a la estricta ética del informacionalismo y lo que sustituya cada vez más a las leyes y regulaciones del paradigma capitalista“.

¿Ce moi?

Hasta aquí los valores de la netocracia nos resultan próximos y familiares. Las referencias al afan de independencia y libertad nietzchiano, construido en la práctica sobre la influencia en las redes, la memética y el juego de personalidades, esa deliciosa esquizofrenia funcional… en fin, parece que habla de un perfil muy cercano al lector -y los autores- de ésta bitácora. Pero ¿bastan esos valores?. ¿Basta nuestra práctica -la de tantos netócratas que en el mundo somos- para transformar la realidad social tan profundamente como para hablar de un nuevo sistema?. Incluso ¿somos así? o ¿nos gustaría ser así como nos retratan?

En un detalle desde luego aciertan. Desde hace años los que luego fundamos la Sociedad de las Indias tratamos de actualizar y divulgar las normas de netiqueta. ¿Adivinan cual es la configuración mayoritaria que visita nuestra web sobre el tema?. A diferencia del resto de las webs que capitaneamos, netiqueta.org recibe sobre todo visitantes con Linux y Mozilla. Símbolos ambos de la aristocracia teki del conocimiento. ¿Los incipientes netócratas?

“La Netocracia, el nuevo poder en la red y la vida después del capitalismo” de Alexander Bard y Jan Söderqvist, ha sido publicado recientemente en español por la editorial Prentice Hall quien le ha añadido un prólogo de Eduardo Punset.

Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 1:11 pm | (0)

Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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