Todos tuvimos una cajita secreta cuando éramos niños. Allí vivían el más preciado de los cromos de Marco, aquel pin ruso esmaltado, la medalla olímpica que venía en el bote grande de ColaCao, tal vez el reloj regalado por el padre o el abuelo. Tesoros. Evocaciones. Iconos que abrían en nuestra imaginación un batido de recuerdos y fantasías de aventura.
Nos hicimos mayores y aplicamos la misma lógica al bar, a la película, a la banda sonora, al vino… los lugares y las cosas nos gustaban más que por si mismas por su relato. Porque era mágico contar, porque era especial llevar a la chica que nos gustaba no a un bar, sino al escenario de una fantasía en la que podía ser protagonista. No es lo mismo beber un vino dulce que beber un Pedro Ximenez mientras se abre ante nuestros ojos un fugaz teatro de marionetas, un carrusel, por el que desfilan fenicios, griegos, romanos, califas omeyas… y hasta un barón de Rotshchild.
Hay objetos inertes y hay objetos que son puertas al imaginario. Con imaginario valen más.
Si usamos tecnología de la información para entretejer historias en una cosa tangible, tenemos un spime. Un spime es un objeto concreto, no un producto, una marca o una imagen. Tendremos spime si cada una de las prendas de una marca de moda, cada una de las botellas de una añada puede contar una historia diferente de la de sus compañeras.
Hacer un spime no es fácil. No es marketing. No hay generación de necesidad ni de expectativa. Hay generación de significado.
La lógica del spime se filtra a las formas tradicionales de relato. Es National Geographic disneyzando a los leones del Serengueti, convirtiendo los documentales de fauna salvaje en biopics basados en hechos reales. Es Joe the plumber en el centro de las presidenciales americanas.
Pero si hacer un spime parece relativamente fácil desde el poder mediático, hacer millones queda fuera del alcance de la propia CNN. Hacer spimes a millones es el nuevo arte postindustrial. Queda tan lejos de la mano de Ted Turner como competir en diversidad con la explosión de millones de blogs que vimos estos años. El spime es un hijo de la red y la interacción. Es la postmodernidad con tres dimensiones, un auca de ciego en forma de QRcode.
Los buenos spimes incorporan las historias y los significados de cada uno de sus dueños. Son reciclables, no sólo como material, sino como meme, como ese chiste que vuelve años después con un contexto nuevo. Los buenos spimes nunca serán fabricados por corporaciones de producción en masa. Precisan cuentacuentos y artesanos más que ingenieros y publicistas.
Los spimes son el caballo de Troya de la primera generación de Internet en el mundo de las fábricas, los objetos y las tiendas. Nuestro ariete y nuestro cebo. Nuestro ahora.

- Hoy tengo que verme con la gente del Projecte Bressol
- En la industria textil catalana no tiene cabida la ética #
- No te pongas así… ¿Sabes qué me apetecería de verdad?… Encontrarme al volver un buen pao de queijo recien hecho..
- Nos falta polvilho doce (500g) y queso de minas #
- Vaaaaaaaale… pues pídeme una pizza para las 14:30
- Te recuerdo que has engordado 2 kilos en el último mes. Tu objetivo era perder uno.
Suena un poco forzado. Pero tampoco se puede esperar más de una conversación con la nevera. Y no es que se haya vuelto inteligente. Aunque… tal vez. Ya saben, Turing: la inteligencia conversacional, basta.
La mayor parte de la caja de herramientas de la inteligencia conversacional está ya preinstalada en cualquier ordenador normalito con linux. Y mañana podremos meterla en la nevera. En la puerta de la nevera.
Un simple sintetizador de voz como festival, un analizador sintáctico como el lttoolbox de Apertium, un sistema de reconocimiento de voz como el que ya incorpora gnome y un interfaz conversacional… que está por hacer.
Las fuentes de datos usadas en el ejemplo son una mezcla entre los primeros resultados de Google para las búsquedas asociadas a lo dicho por el interlocutor humano y los resultados previsibles que ofrecería la red de objetos de una casa normal -como los registros de la báscula- centralizada en el ordenador de la nevera. Hoy Google -entre otros muchos buscadores- escanea y unifica la internet de las redes sociales, la blogsfera, tanto como la web de los grandes repositorios corporativos. Falta la Internet de las cosas.
Pero si nos acercamos lo suficiente a la nevera, ahí, junto a la máquina de hielo, podremos sentir ya como el enjambre se forma, como se conectan sus piezas, como se preparan las primeras sílabas de esa voz que dentro de poco nos saludará en el desayuno.
Madrid, martes por la tarde. Gonzalo Fernández Rodríguez, director general de Loterías y Apuestas del Estado estudia unos papeles sobre su escritorio. Junto al monitor, un pequeño bulbo de cristal cambia de color y toma un naranja cálido. Fernández lo mira y sonríe. Sabe lo que significa: la venta de billetes para el sorteo de Navidad empieza a superar las proyecciones de ventas.
Cerca, en un supermercado, un cliente se acerca a la caja con el carrito lleno a rebosar. Pasa junto a la caja y la cajera parece saludarle con un pequeño guante, inmediatamente el ticket empieza a generarse en el terminal de venta. De repente un mensaje en el móvil de la hija del cliente, le recuerda que ha olvidado la salsa de mostaza. Se gira hacia la tienda y mira. Teclea “mostaza” en su móvil. La loseta bajo el lineal de las salsas se ilumina.
Tron
Cámaras digitales, sistemas de navegación de coches, video cámaras, letrinas, teléfonos, faxes y cómo no cuece-arroces y máquinas de karaoke. Discreto, casi invisible, preparado para conectar cualquier cosa con cualquier otra: Tron, The Real-time Operating-system Nucleus. Más de 2700 millones de nuevos aparatos salen al mercado cada año con él en sus circuitos.
Desconocido casi en Europa, Tron es el sistema operativo más instalado del mundo. También el primero que se pudo considerar software libre. Cuando en 1989 Estados Unidos amenazó a Japón con un bloqueo comercial si lo instalaba en sus escuelas, Tron se orientó definitivamente hacia un sector virgen: electrodomésticos, teléfonos, faxes…
Japón perdió 20 años de liderazgo, pero ganó los 20 siguientes. Los que comienzan ahora.
La propuesta Sakamura
A principios de los 80, un profesor de la Universidad de Tokio, Ken Sakamura empezó a hablar de computación ubicua, imaginaba un mundo donde todos los dispositivos tendrían pequeñas memorias y procesadores. Nuestro mundo.
Sakamura fue más allá: pensó que estos dispositivos deberían poder conectarse y hablar entre si: en un mundo con computación ubicua, los dispositivos son el interfaz entre las personas y el entorno; Sakamura fue el primero en pensar, hace casi veinte años, en lo que hoy llamamos inteligencia ambiental.
En 1984, el mismo año en que Richard Stallman lanzaba el proyecto GNU, Sakamura presentaba la hoja de ruta de Tron. Aún faltaban siete años para que Linus Torvalds empezara a trabajar en el núcleo de un GNU para procesadores Intel, que luego se llamaría Linux. En 1986 Tron fue el primer sistema operativo libre que estuvo disponible al público.
El futuro que no fue
En 1986 el futuro de la informática se libraba en el hardware. Dos empresas norteamericanas, Intel y Motorola, dominaban el mercado de los microprocesadores. Hitachi y Fujitsu que habían producido bajo su licencia los procesadores de 16 bits, unieron fuerzas en octubre para desarrollar sus propia tecnología en la generación por venir, la de 32 bits, la base de la microinformática hasta el día de hoy. En mayo de 1987 se unió Mitsubishi y a finales de 1988 presentaban un prototipo capaz de procesar la entonces increible cifra de 20 millones de instructiones por segundo (es decir que corría a 20 MHz, frente a los 3.3 de los americanos. NEC, que siempre había producido tecnología propia, lanzaba a la venta entonces un procesador de 32 bits a 6.6 Mz.
La batalla del hardware parecía ganada por Japón. Pero la guerra se decidiría en el software, en el sistema operativo que sacara todo el partido de la nueva potencia de proceso al aplicarse no sólo a los jóvenes PCs, sino a todo tipo de dispositivos electrónicos. Y Tron, un estándar abierto era el candidato favorito
Un error imperdonable
En 1988 se crea la Asociación Tron aunando a toda la industria tecnológica japonesa en el desarrollo conjunto y libre del sistema. Los planes se multiplican. Japón ha encontrado su sistema operativo del futuro. Sakamura empieza a trabajar en una versión para ordenadores de sobremesa.
La sensación de que un nuevo estándar va a configurar el futuro es tremendamente fuerte. Motorola y ATT solicitan unirse a la asociación. El futuro de los PCs pende de un hilo y por un momento parece que se van a decantar dos bloques: Intel con Microsoft por un lado frente a la industria japonesa, Motorola y ATT con Tron por otro.
Pero entonces, la industria, sintiendose fuerte, desoye a Sakamura y rechaza la participación en el desarrollo de Tron de los americanos. Las calabazas, para mayor vergüenza pública aparecen en Nikkei Sangkyo bajo titulares nacionalistas como
Los extranjeros bloqueados por la barrera del made in Japan.
Será un error fatal. Cuando en 1989 Estados Unidos descubra que el gobierno japonés planea instalar la versión para ordenadores de sobremesa de Tron en todas las escuelas del país amenazará con incluir Tron en la lista de barreras comerciales sucias de su famosa Ley 301.
Tron está muerto como sistema operativo para ordenadores. Japón tiene que elegir entre ver cerradas las fronteras norteamericanas a sus nuevos procesadores o continuar con la batalla por los escritorios. La versión de Tron que habría de haber competido con Windows ni siquiera llegaría a completarse.
Las razones por las que no Tron no se usa en ordenadores de sobremesa no son técnicas, sino políticas - declarará Sakamura vindicando tristemente lo que podría haber sido y no fue.
El resurgir de Tron
Durante estos quince años Tron no ha dejado de mejorar y desarrollarse según el mapa de ruta de su creador. Y ahora, cuando la industria se da cuenta de que la situación que se dió en su día con los ordenadores personales se va a dar de nuevo en los dispositivos portátiles, llega su segunda oportunidad.
Este año decenas de las empresas más innovadoras de Japón reservan plaza en el TronShow. Logística sostenible, información ciudadana, buscadores domésticos, sistemas domóticos para discapacitados… Mientras los presupuestos de innovación se reorientan, Tokio se etiqueta y la ubicuidad informativa se convierte en política municipal Tron empowered:
De acuerdo con las autoridades públicas japonesas, Sakamura está llenando Tokio de miles de tags, está creando una inmensa “demo” real de su visionaria tecnología. Mediante pequeños dispositivos se captan continuamente las señales de estos ucodes, que por medios inalámbricos, acceden a bases de datos que envían información contextual de vuelta al comunicador: guía turístico multi-idioma, información gráfica sobre desplazamientos, avisos de emergencia, o para ciegos o personas en silla de ruedas poder incrementar su autonomía personal con comunicadores incrustados en el bastón o en la silla (no olvidemos su larga autonomía por su bajo consumo), en resumen: información ubicua, atención, privacidad, vida más fácil.
Tron es ya hoy el cerebro de millones de abejitas electrónicas. Dispositivos tan pequeños y cotidianos que no nos hacen sospechar. Son las abejas obreras del mundo por venir. El cerebro es el enjambre. Y su destino es unirse con la nube social en la que se ha convertido la Internet de las personas y las redes. El mar de flores se acerca a la primavera.
Si te resultaba familiar este post, no te preocupes, retoma uno de la Bitácora de las Indias en 2003, que fue la primera página web en español que informaba sobre Tron y su historia.
El ciclo de exploraciones de la Internet social se está cerrando. No porque vaya a dejar de existir o haya dejado de ser cool. Sino porque es ya una realidad consolidada, tan socialmente aceptada e inculturada como fue en su día la prensa de papel. Los nuevos servicios son regurgitados cada vez más barrocos de viejos conceptos, cuando no un intento de subvertir la estructura distribuida y abierta de la red social. En ese terreno, ya no somos exploradores sino burgueses bien establecidos cuyas verdades, ayer provocativas, se han convertido en material escolar.
Y mientras tanto, quedan territorios de innovación más que amplios por explorar. En un mundo donde hasta los cuece arroces llevan sistema operativo y la consola de videojuegos tiene wifi, es más fácil encontrar a quién fuera compañero de pupitre del parvulario durante dos meses, que tus propias gafas en casa.
El mundo que toca explorar ahora es el mundo de los objetos, de las cosas, de sus redes y metabolismos. Un mundo que habla sobre el reciclaje, la ubicuidad, la movilidad y ciertas formas de posicionamiento que poco tienen que ver con Google Maps. Es un mundo de muchas aristas, desde el fabbing y sus problemas medioambientales al control social que se intuye tras la extensión de los árfidos. Es un mundo tangible e hipersignificado informacionalmente. Un mundo etiquetado automáticamente. Un mundo de neveras inteligentes, ropas parlantes y microondas con buscador.
Un mundo que siempre estuvo ahí, aparentemente inerte. La Antártida de la sociedad de la información. La próxima frontera.