El camino a seguir va por dónde Manuel Castro señalaba a principios de este verano: fuera de la industria, con nuevos formatos, creando una verdadera esfera de comunicación literaria que nos permita entender el mundo globalizado sin filtros ni cortesanos.
En estos días hemos estado de compras en la Biblioteca. Nos interesa el pulp. Nos interesa lo que llega del anglomundo vía la industria editorial y nos interesa como va construyendo un imaginario de la globalización.
Tomemos dos ejemplos de éxito de este año que a primera vista podrían mostrar la apertura de miras del anglomundo editorial y por tanto darnos confianza en que lo que nos llega a través suya es realmente una interconexión, algo que nos permite entender mejor otras esferas lingüísticas distintas de la inglesa.
Cometas en el cielo ha sido uno de los grandes éxitos de este año. A través de una historia un tanto edulcorada nos pretende contar el Afganistán de los 70 y explicar las raices y el contexto del conflicto afgano.
¿Estupendo no? Pues no, porque su autor Khaled Hosseini (qué manía transcribir la jota como Kh en español), en realidad no participa de la realidad afgana. Basta echar un ojo a su biografía para darnos cuenta de que desde 1976, cuando tenía 11 años, no ha pisado Afganistan, que no forma parte del debate intelectual afgano y que no participa de sus redes sociales. Hosseini es por formación, pasaporte y vida un norteamericano.
Por cierto que se trata de algo muy parecido una figura muy típica en la Universidad británica y en los congresos organizados desde la London School of Economics: el académico exótico… que en realidad apenas conoce el lugar en cuyo nombre habla… pero que es útil porque refuerza los tópicos cocinados en el anglomundo desde una perspectiva pretendidamente local. Se ve que ya ni de los cipayos se fían, mejor tomar alguien formado en colegio y universidad anglo.
Otro ejemplo es La ladrona de libros. Ultima banalización edulcorada sobre la Shoah, escrita por un chico australiano nacido en 1975. ¿Esperaban algo que ligara aquel horror con nuestro presente donde también despuntan horrores y genocidios? No. La mirada es una mirada distante y ajena. No viene de Rwanda ni de la ex-Yugoslavia, ni del Caúcaso, ni de… no, viene de eso que Max Barry calificó una vez como estado asociado a California: Australia.
Por cierto, que el mundo editorial en lengua española no es sustancialmente distinto. Con un mercado dividido en facturación en dos mitades entre América del Sur y España, la capital editorial (y la fabricación física de la mayoría de los libros) sigue haciéndose en Barcelona y alrededores. Los datos son abrumadores también en lo que se refiere a los autores promocionados por la industria. En su inmensa mayoría o son de Barcelona como Ruíz Zafón o viven en ella (como Asensi, alicantina o Santiago Roncagliolo, limeño).
La causa material es que el viejo mundo editorial es una corte caduca y reaccionaria… que lógicamente, como todas las cortes, produce cortesanos.
Por eso, confiarle la comprensión de la globalización a las multinacionales anglocéntricas o la creación de un espacio cultural y comunicativo en español a las editoriales barcelonesas, es simplemente absurdo. No valen para eso.
¿Qué hacer?
Cada vez tengo más claro que el camino a seguir va por dónde Manuel Castro señalaba a principios de este verano: fuera de la industria, con nuevos formatos, creando una verdadera esfera de comunicación literaria que toque todos los palos (poesía, narrativa, ensayo, cómic…) de forma abierta a todos tanto para emitir como para recibir.
Primero en nuestro ámbito lingüístico. Luego abriéndose a otros mundos… y alentando su interconexión directa. Sin el anglomundo ni la industria como filtros centralizadores. Sin cortes ni cortesanos. Sin copyrights. Al modo de las Indias Electrónicas.


Como hemos visto,



