Sábado, 9 de Agosto de 2008
Cuando Anne Rice publicó Entrevista con el vampiro en 1976 el género estaba seco y el público confinado a las tribus góticas que se habían formado alrededor del primer glam. Si Bram Stocker había hecho con Drácula una metáfora de su propia sífilis, Rice con Entrevista
había desahogado parte de cuanto había vivido con la leucemia de su hija cuatro años antes.
Pero el libro no salió del mundo oscuro hasta 1985, casi diez años después. En ese año tuvo su primera secuela, Lestat el vampiro, primer hito de la vampiro-manía de la cultura de la década. No olvidemos el Drácula de Coppola que se estrena en 1992 y la versión que Neil Jordan hace con Tom Cruise y Brat Pitt de la novela de Rice.
El vampirismo, confinado desde la universalización de la penicilina a la serie B, retorna con el SIDA, origen de uno de los cambios culturales que dieron forma a mi generación. Y es que el vampirismo, como explicaba el hemólogo Van Helsing, en el guión de la versión de Coppola, es una enfermedad sanguinea y por tanto venerea.
Pero la propia metáfora ha cambiado. El vampirismo no es ya sólo la enfermedad que obliga a Lestat a matar a aquel a quien le atrae, que imposibilita a Drácula unirse a Mina sin condenarla a sufrir como él. Ese era el vampirismo de Stocker.
El vampirismo que prepara la cultura del cambio se siglo para una nueva aproximación al sexo, es diferente. Sus amores, en las novelas de Rice, son puros, no dependen de la edad o el sexo original de los protagonistas. Imposibilitados para tener relaciones sexuales, los vampiros gozan sin embargo de una sexualidad física harto intensa. La metáfora popular del orgasmo como muerte (la petit mort de la lengua francesa) se invierte del mismo modo que la cultura sexual se estaba invirtiendo en nuestra cultura social. Rice, que no en vano ganó fama como escritora de novelas eróticas, juega muy bien con la metáfora en La reina de los condenados:
Ya sabéis, nunca fue sólo la necesidad de sangre, aunque la sangre es lo más sensual de todo lo que una criatura pueda desear; es la intimidad del momento (beber, matar), el gran baile cuerpo a cuerpo que se danza cuando la víctima se debilita y yo siento que me dilato, engullendo la muerte que, por una fracción de segundo, arde con tanta magnitud como la vida.
Es la nueva promiscuidad de los 90: intensa y superficial al tiempo. Divina y perversa. Vampírica:
Sin embargo, es una ilusión de los sentidos. Ninguna muerte puede durar tanto como una vida. Y ése es el motivo por el cual continúo tomando vidas, ¿no? En estos momentos, estoy más lejos que nunca de toda salvación. El hecho de que lo sepa, sólo empeora las cosas.
No todo el mérito fue sin embargo de los nuevos vampiros. En 1989-90 habían triunfado en las taquillas de todo el mundo Valmont de Milos Forman y Las amistades peligrosas de Stephen Frears. Versiones cinematográficas del clásico erótico de Choderlos de Laclos que recuperaban el vampirismo emocional de la decadencia aristocrática del Antiguo Régimen. El paralelismo no es mío, sino de Dan Simmons que publicó, también en 1989, Vampiros de la mente.
Y no olvidemos los juegos de rol, tan importantes para comprender la cultura de los avatares y de Internet. En 1991 aparece Vampiro: la mascarada. Un juego que podía ser completamente conversacional, es decir, no requerir siquiera los clásicos dados del rol. Una representación repetida en miles de lugares del mundo por millones de jugadores, de aquellos juegos de poder que hacían tan adictiva las tramas de Laclos y Rice. Con Vampiro una generación entera afiló sus armas de seducción y contención.
Por cierto, en 2003 la serie del juego se discontinuó. La última entrega es de 2002, el mismo año en que Warner lanza la versión cinematográfica de La reina de los condenados. Podemos decir que el ciclo vampírico termina entonces. Hace un lustro. Triunfarán entonces los neozombies bacteriológicos de la mano de los bodrios de Boyle y sus secuelas. Con ellos los vampiros volverían a las profundas oscuridades
de la serie B.
Jueves, 7 de Agosto de 2008
Estoy leyéndome El topo de Le Carré, que hace poco cayó por la Biliblioteca y al mismo tiempo viendo la miniserie que le dedicó, hace años, la BBC.
Es todo un contraste. El libro elimina sin ambajes buena parte del argumento en su traducción al español. La serie, con unos excelentes actores que, jugando con los acentos, te muestran con la primera línea de diálogo quién es oxoniano, quién cambridgeano y quién no, realza lo que ahora me doy cuenta, es el elemento fundamental del drama
no sólo del literario, sino del drama real que para el stablishment británico y la identidad del estado supuso el auténtico topo: Kim Philby.
Hay una expresión despectiva que fue eliminada de la traducción española y que a mi juicio es la piedra de toque del libro: red brick universities. Originalmente construidas en la época victoriana en Liverpool, Leeds y Manchester para los hijos de la primera burguesía industrial, extendieron su nombre en el periodo de entreguerras y aún después a toda una serie de universidades (Essex, Sussex, Hull
) que evidentemente ya no disponían de edificios góticos, sino que se construían en ladrillo
ese ladrillo rojo tan típico
tan clase media
En la lógica de Oxbridge, nada de ladrillo rojo es de fiar (no digamos lo foráneo). En el mejor de los casos es imitación, quiero y no puedo. Y ciertamente había mucho de eso también en el gótico victoriano. Emulación de clase.
La guerra fría tenía mucho también de proyección sobre el sentido de pertenencia. ¿A quién pertenecía ya Gran Bretaña? ¿A la nueva meritocracia formada en las redbricks de entreguerras? ¿A la que se estaba formando en los 60 en una nueva oleada de universidades de clase media? O a la élite de carraspeo, club y vocales arrastradas que sigue usando más palabras normandas que sajonas?
El caso es que los topos vinieron precisamente de ahí, de Cambridge, del corazón mismo de la vieja élite de Inglaterra. Su traición fue doble y con ella, simbólicamente, aquellos chicos bien, educados para gobernar las olas perdieron su papel en la Historia.
Al final del viaje fue la Inglaterra beatle, la que emergió. Emergió colocando a la hija de un tendero al frente de los tories y del estado
aunque eso sí, había estudiado en Oxford. La emulación, esa particular forma de conflicto de clase, es la que se acaba imponiendo y abriendo la clase dirigente
hacia una nueva generación que es igual, aunque más amplia, que la original.
Tampoco se hagan ilusiones: desaparecieron la pátina y la solera, pero no la insolecia xenófoba. La lucha de clases, al fin, la ganan los topos, pero no para hacer mundos como los que imaginaron Marx o Philby, sino imitaciones más asequibles y amplias, góticos de ladrillo rojo.
Lunes, 19 de Mayo de 2008
Leif GW Persson y Giancarlo de Cataldo conocen las tripas del estado. El lugar, no siempre oscuro, donde sus élites viven en regresión peremne hacia sus orígenes como banda. Factotum ministerial y juez, narran ahora la intrahistoria de los estados europeos de estos últimos 30 años.
La trilogía de Persson El declive del estado del bienestar y su sillar, Entre la promesa del verano y el frío del invierno, tiene mucho en común con Una novela criminal de Cataldo.
En ambos, paso a paso, descubrimos los itinerarios de incompetencia y criminalidad que conducen a la muerte de Palme por un lado y a la de Aldo Moro por otro. El ascenso del paraestado de los servicios y su concepción descarnada de la máquina social como mero territorio, como espacio de conflicto y alianza entre bandas sostenidas sobre redes clientelares, estructuralmente idénticas más allá de su representación pública como agentes políticos.
Toca releer los años 70 y 80, no sólo incorporando la perspectiva de los servicios y el amigo americano, sino sobre todo la lógica de descomposición, la pulsión suicida de unos estados clientelares incapaces de sostener un cuerpo político definido desde lo nacional y articulado democráticamente.
Toca -y es lo que está haciendo la gran novela negra europea en estos días- hacer una relectura radical de cuanto conduce a la refundación de los estados europeos tras la caída del muro. Dramática y sobrerepresentada en el caso italiano, sutil y vestida con aires de reforma catárquica en los demás.
Porque al final, el viento del Este llegó a Europa Occidental en los 90 no como un vendaval democrático, sino como la brisa de un nuevo pacto social, de una nueva lógica de bloques de poder.
Con aires camusianos, brutal y seco, Massimo Carlotto podría ser el epílogo de Cataldo, la continuación meridional del Otro tiempo, otra vida de Persson, el puente hacia la Europa berlusconiana, autoritaria e cinicamente neopuritana que vivimos.
Esos estados de brindis sobre socavones, xenofobia y grandes negocios audiovisuales. Pero no contada desde arriba, desde el relato del poder, sino desde abajo, desde esa promiscuidad de baretos cool, de tascas redecoradas a lo Kubrick con muchas pretensiones y vinos a 4 euros. La Europa descarnadamente utilitarista, post-democrática y definitivamente neomafiosa, de un poder privado y no demasiado amable que sonríe cínico, confortable y sobrado frente a los últimos creyentes en la democratización, siempre pendiente, de un sueño europeo que cada día parece más una pesadilla sin sobresaltos.
Viernes, 24 de Agosto de 2007
Anteayer acabé Un asesinato en directo
y estoy todavía en shock.
Batya Gur pertenece a la gran generación de novelistas de género del Mediterráneo. Es el par israelí de Vázquez Moltanbán, Camilleri, Markaris
La constante más significativa de su obra es la exposición, tan sutil como inmisericorde, de los principales ejes de conflicto interno de la sociedad israelí.
El tenaz relato de la irreductibilidad de la diferencia entre mizrajíes y askenazíes y la profundidad del racismo nacionalista -de indudable origen germánico- tan extendido entre los círculos de poder de estos últimos, la convirtieron en una de las figuras críticas más potentes y populares de la literatura israelí actual.
Seguramente, fuera de Israel, su obra más conocida sea Asesinato en el kibutz donde sella el acta de defunción de este modelo social relatando su funcionamiento wikipedico como último totalitarismo asambleario.
En Un asesinato en directo todavía hace un pequeño autohomenaje a lo que supuso aquel libro en 1994, de boca de un personaje marginal en la trama:
Hoy se puede decir que el kibbutz es una reliquia, pero en aquel momento
Fue el primer asesinato que investigó la policía en un kibbutz, la primera vez que la policía entró en uno, de hecho.
Pero el motor de la trama de esta última novela es un crimen de guerra. Un asesinato impune de prisioneros durante la guerra del Yom Kipur. Muy simbólico teniendo en cuenta que los protagonistas y guardianes del secreto son estrellas de los informativos de la televisión pública, el lugar donde se forja la conciencia nacional, que acaban amenazándose y matándose entre si.
Cuando Michael Ohayon, el protagonista de toda la serie de novelas, descubre finalmente la verdad, una plancha de silencio oficial se impone desde su mando directo, el director Shorer, que a lo largo de toda la serie se ha ido configurando como la figura paterna y la referencia moral de Ohayon, el símbolo de lo incorrupto que mantiene con vida el estado.
-No sé si podré callármelo -dijo Michael finalmente- no sé cómo va a ser posible vivir con un secreto como este.
-¡Ya lo creo que va a ser posible! -le dijo Shorer, ahora con pena-. ¡Y de qué manera! No vas a decir una palabra -afirmó cada vez más apenado. Y tras un breve silencio añadió-: ¿No ves que estamos evolucionando? Cada vez somos capaces de callarnos cosas más graves
En la escena final Ohayon queda con su hijo Yubal, reservista del ejército que comienza por pregutarle si siguie siendo sionista y argumenta con el tipo de razones que informan a los objetores israelíes de mi generación. Repasando la Historia israelí, cada vez más claramente repudiada por Yubal, Ohayon dice:
-El problema es que como judíos esperábamos tener un comportamiento más moral
, mostrarnos más comprensivos con el prójimo
. y resulta que somos exactamente iguales a los demás.
-Ése es el comportamiento que tienen los perros, que marcan su territorio- murmuró Yubal (
)
Más allá del conflicto específicamente israelí, la clave de la crisis del sionismo hertzeliano está en su propio aporte histórico: la conversión del sionismo en un nacionalismo. Al tener un estado como los otros hicimos lo que los estados hicieron siempre, nos viene a decir un Ohayon estupefacto todavía pues acaba de descubrir la raiz oscura de todo contrato nacional: callar, negar y hacer como que no existe aquello en lo que el estado nacional se basa y que por su propia naturaleza sanguinolienta no puede ser relatado en los términos de las leyendas identitarias que sostienen a la comunidad nacional imaginada.
Comunidad que por ser tan sólo imaginada, tiene tan poca existencia fuera del estado que éste tiene tiene que estar construyéndola permanentemente, es decir por un lado azuzando y exagerando los mitos morales sobre los que se construye y por otro reafirmando las bases de su propia existencia, marcando el territorio a sangre frente a vecinos o disidentes.
El secreto del estado nacional no reside en un crimen concreto. Es, como insinúa la frase de Shorer, general y cada día más grave, más oscuro. La cultura nacional, el orgullo nacional, el honor nacional
al fin las naciones, su identidad, se basan en ese tipo de pacto de silencio y olvido. Todas las naciones tienen sus cadáveres en las cunetas, sus crímenes de guerra, sus expolios, que sólo pueden ser desenterrados, expuestos a la luz y al recuerdo, destruyendo el contrato nacional1.
Pero
¿para qué hace falta un contrato nacional, no sería mejor un contrato cívico alrededor de un estado postnacionalista? Tal vez no haya tal alternativa, al menos en los estados nacidos del nacionalismo, nos insinúa Gur. En la última página del libro, cuando Ohayon califica de constructiva la rebelión pasiva de los soldados encargados de custodiar los asentamientos, Yubal le responde:
- Pero yo no quiero, de ningún modo vivir en un sitio así. Creo que sería mejor
marcharme a otro lugar. En realidad lo que quiero es marcharme de aquí.
-¿Adonde?- le preguntó Michael conteniendo la respiración, aunque al cabo de un instante se dijo que, de momento, aquello no eran más que palabras, de manera que se concentró en su panecillo con queso fresco.
-Puede que a Canadá2 -respondió Yuval pensando en voz alta, y Michael tuvo que disimular el escalofrío que le recorrió el cuerpo entero (
)
Y entonces Ohayon decide compartir con su hijo el peso del secreto
Nota 1: Por cierto que no deja de ser curioso que esta reflexión venga desde una escritora popular israelí y no desde otros países, donde los autores tienen ejemplos tan cercanos en el tiempo como los israelíes de esa dinámica de remitificación constante, exclusión y crimen de estado
y sin embargo
Nota 2: Canadá es también el punto de fuga de una trama paralela que aparece en la novela y que refuerza y prepara el replanteamiento del sionismo no religioso que subyace en las actitudes de Yubal. En ella un rabino profético organiza una red de evasión de capitales para contruir en el país norteamericano una nueva Yavné con ciento y picomil seguidores, convencidos de que es necesario un refugio donde poner a salvo nuestra raza.
Domingo, 16 de Abril de 2006
Estaba en un hotel del centro de Barcelona. Había esperado a bajar al comedor a esa hora aún temprana en que los ingleses ya han acabado con la panceta pero los latinos aún no se están duchando. Iba por la segunda taza de zumo de naranja, el meridiano exacto de mi escaso desayuno. Me faltaban los cafés. Sin haber bebido al menos uno, hablar puede mantenerme de mal humor durante todo el día. Casi podía cantar victoria, cuando una figura conocida cruzó la puerta: Yuri Dzhibladze. Corrí literalmente a por el café mientras le saludaba. La perspectiva de una conversación con el activista y académico ruso merecía las prisas. Había alguien sobre quien quería preguntarle tranquila y personalmente: Boris Akunin.
De evidente origen georgiano -nacido en Tblisi, su verdadero apellido es Чхартишвили- Akunin empezó a brillar como traductor de Mishima. Fue pronto director de la Revista de Literatura Extranjera -desde donde popularizó a autores como Kundera o Borges- y dirigió una macroantología de literatura japonesa dentro de la editorial Pushkin. Todo bajo el patrocinio de George Soros. Boris Akunin nacía entonces, aunque tardaría todavía en saberse quién era el autor bajo el nombre, disparando las especulaciones: ¿Era un homenaje a Bakunin? ¿A Anna Akhmatova, recientemente publicada en Rusia gracias de nuevo a Soros?
En realidad los libros de la serie del consejero Fandorin, de los que han aparecido 11 novelas en ruso [texto íntegro de 10 de ellas descargable en la página del autor], cuatro traducidas en español, son un homenaje divertido y erudito constante a la literatura popular del XIX. Si en las primeras entregas Turgeniev y Tolstoi se mezclan con Verne, en la tercera y cuarta los homenajes a Leblanc y Conan Doyle se mezclarán con referencias críticas a Herzen
Fandorin, tecnófilo, audaz, culto y lleno de recursos es la antropormofización del esfuerzo de invención de un imaginario ruso no marcado por el estalinismo. El resultado de la búsqueda de un pasado raiz desde el que redefinirse colectivamente. Sus novelas son posiblemente las mejores historias de aventuras desde Salgari. Y el público ruso las sigue masivamente.
Mensaje y vicisitudes políticas: el enigma Akunin
Me contaba Yuri que cuando el año pasado se adaptó al cine la séptima entrega de la serie, el Consejero de Estado
el final fue modificado. En la novela Fandorin, tras descubrir que la propia jefatura de la policía secreta alimentaba de información a los terroristas para ganar importancia y peso dentro del aparato del estado, rechaza el ascenso propuesto y abandona el servicio del estado. En la película lo hace en un primer arraque, pero luego se arrepiente y vuelve, diciendo que hay que poner por delante el interés nacional, reflejando asi los aires dominantes en la política rusa
Lo curioso es que ese tipo de asertos es bastante común en las novelas de Akunin. No es ya que en Gambito Turco, Fandorin rechace abiertamente la democracia, es que a lo largo de toda la serie, la definición de la identidad rusa en oposición a Europa parte de un discurso reaccionario presente en toda la tradición política nacionalista de aquel país. El mismo que en su día enfrenta a los decembristas, que es recogido en parte por Herzen y los paneslavistas y que está presente también en la escolástica soviética desde Stalin
hasta Putin. En Muerte en el Leviatan, el personaje japonés, Gintaro Aono, hace suyo este discurso de forma explícita:
Rusia se parece mucho a Japón: es el mismo Oriente que se alarga hasta Occidente. Sólo que a diferencia de nosotros, los rusos se olvidan de la estrella que marca el rumbo de la nave y su vuelven demasiado hacia los lados. Destacar el yo o disolverlo en el poderoso nosotros: he ahí donde radica la oposición entre Europa y Asia. Y yo creo que Rusia tiene ahora una inmejorable oportunidad para pasar del primer camino al segundo.
Si lo pensamos un poco, el ahora del aserto difícilmente puede referirse a 1878, ni en general al contexto histórico de Fandorin. Rusia sólo ha tenido breves y azarosos experimentos democráticos. El ahora de Akunin, es el ahora de Putin. Algo no cuadra. ¿Un autor de la órbita de Soros confluyendo con Putin? Esa era mi pregunta de fondo a Yuri. Quedó sin contestar.
¿Un antagonista para Akunin?
Pero el misterio Akunin no acaba ahí. En el 2001 apareció la primera entrega de una nueva serie firmada por el historiador y guionista Leonid Yusefovich, que retomaba así un trabajo suyo llevado al cine en el noventa y dos.
Костюм Арлекина, Las ropas del Arlequín, aparece ahora en español como En el nombre del Zar, tras su publicación en Alemania e Italia. Y no hace falta leer mucho para darse cuenta de que su protagonista es un rival directo dentro del aparato zarista de los jefes de Fandorin
Como os decía hace poco, y bien sabía Cóndor, una de las claves para entender la nueva Europa está en las novelitas baratas. En Rusia estas novelas no llegan a 2 euros
y para mi que bajo la intriga de la trama decimonónica hay una trama con otras intrigas mucho más actuales.
Miércoles, 4 de Mayo de 2005
Era la primera vez que me prohibían una palabra. Era un sábado, creo, e íbamos a Tetuán a cenar a casa de unos amigos de mis padres. Recuerdo que era una cena -algo raro en casa- porque me quedé dormido en el coche de vuelta.
Yo nunca se la había oído a mis padres, pero supongo que ellos temían que fuera de curso común en el colegio. Recuerdo que me puse colorado, me dió vergüenza que mis padres, pensaran que yo podría ser de esos. Esos eran los de los agustinos, el cole dónde había ido a parbulario. Yo era de las anejas del instituto, el cole público de Ceuta, al lado de las Puertas del Campo. La diferencia creo que me marcó toda la vida y para bien.
En mi memoria los agustinos es un sitio oscuro y estrecho con figuras incomprensibles y torturadas. Llueve en la puerta. El instituto es grande, soleado y con fascinantes vitrinas de museo. Los de los agustinos, con su equipo de balonmano, sus curas, sus jerseys azules y su patio carcelario bien podrían llamar moro a mi amigo Mustafá. Mustafá y mis primos Susana y Oscar eran como yo: siempre salen comiendo en las fotos de los cumples. En fin, evidentemente, éramos los buenos. ¿Cómo iba a llamar moro a nadie?
Los romanos llamaban maurus a los habitantes del Sur del Mar del Alborán, más o menos la zona que hoy ocuparía norte del Magreb. Los bereberes de entonces eran una cultura que contaba con un alfabeto propio desde al menos el siglo V aec, que tenía en ciertas zonas una fuerte influencia fenicio-cartaginesa y que fue tanto romanizada como cristianizada después en una parte de su territorio original, el correspondiente a las provincias romanas.
Es de imaginar que el gaditano de la época visigoda no tuviera una idea muy clara sobre dónde empezaban los mauros. ¿Se aplicaría a los tangerinos o a los ceutíes con los que compartía lengua y religión?. Es posible que en todo caso limitara el término a aquellos que conservaban la lengua bereber (amazig y tamazig).
Tras la invasión árabe y la islamización casi simultánea tanto del Magreb como de la mayor parte de la Península Ibérica, el moro aparece como distinto y ajeno. Ya no señala una denominación geográfica, sino al musulmán. Y no es inocente. En el cambio de significado late toda la ideología de Reconquista según la cual el no cristiano sería en realidad extranjero, invasor, independientemente de su origen o nacimiento.
Y moro al fin coaguló como sinómimo de musulman. ¿No lo apredimos así casi todos los niños españoles al menos desde el siglo XV?
Tres morillas me enamoran en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Tres morillas tan lozanas
iban a coger manzanas
y hallábanlas tomadas en Jaén:
Aisha, Fátima y Marién.
Díjeles: ¿Quién sois, señoras,
de mi vida robadoras?
Cristianas que éramos moras en Jaén:
Aisha y Fátima y Marién.
Y la canción no deja de tener, como toda la literatura popular, su cosa. Porque en ella aparece lo distinto, lo musulmán como fuente de atracción. Claro que al fin, se presentan como cristianas, que eran moras en Jaen
La sinonimia llegó a ser tan clara que cuando España fue asentando su dominio de Filipinas en el siglo XVI y los colonizadores se encontraron con una serie de grupos como los maranaos o los taosugs que habían sido islamizados, les llamaron Moros. Y hoy moro, en Mindanao, es el nombre común orgullosomente usado por todos los musulmanes originarios de la isla y muchas de sus organizaciones políticas.
Hasta aquí la historia casi puede reconstruirse siguiendo las definiciones del diccionario de la Real Academia Española, aunque tal vez habría que investigar como el término recuperó asociación con Africa con motivo de la campaña de invasión de Prim primero (de la que surgió el protectorado español en Marruecos) y la guerra de las cabilas después (algún día por cierto escribiré sobre Abdel Krim, el mayor genio militar a mi juicio con Sanmartín de la Historia española, más que nada por lo llamativo que es que nuestros genios militares lucharan siempre por la independencia ).
Volviendo a mi madre y a aquella escena de coche, creo recordar que me dijo algo así como, se dice, marroquí o musulmán
vale que yo tendría seis años, pero al fin la esquizofrenia del término sigue. Y su retintín despectivo también.
Hoy soy parte de un país distinto de aquel en el que me hablaba mi madre. Un país en el que viven y han nacido muchos que podrían ser bisnietos de aquellos moros que salen en las fotos de los años veinte que hacía mi tíoabuelo Bartolomé y con las que he ilustrado este post. Musulmanes españoles con familia marroquí o argelina que han ido en su mayoría a coles e institutos públicos españoles, que comparten las mismas identidades básicas que yo y la mayoría de la gente que conozco. Sus recuerdos, sus vivencias cotidianas, sus referencias, tienen tanto que ver con las de los que salen en estas fotos como los míos con los que pudo tener mi abuelo. Su mapa de referencias tanto que ver con el Marruecos del protectorado como el mío con la Castilla de El Quijote.
Vivo en un país, en un mundo, donde las referencias geográficas, religiosas y culturales se cruzan en cada vez más en cada uno de nosotros y cada vez menos en los puestos de aduanas. Identificarse o identificar a otro como moro debería dejar de sonar políticamente incorrecto para ser símplemente ridículo. ¿Quién es quién para dejar a nadie fuera de la casa común del bienestar y la libertad heredadas y construídas por todos? ¿Quién querría ser tan tonto de hacerlo? Porque a fin de cuentas, en nuestro mundo, y a diferencia del caballero trienamorado del romance, yo no quiero ni necesito que mi mora deje de serlo para enamorarme de ella. Y éso es lo que realmente merece la pena de este tiempo y, mientras eso dure, de este lugar.
Miércoles, 3 de Septiembre de 2003
Los recreos en el Instituto Blanco ofrecían pocos alicientes después de que Ana Alvarez se echara su primer novio y Lía Litvin me esquivara por los pasillos. Comenzaba marzo de 1987 y tenía 16 años. En la biblioteca, la portada del Investigación y Ciencia de ese mes traía el primer esquema del virus del SIDA y en mi sección favorita un titular que casi hacía la columna: El programa Ratones va royendo paso hasta la victoria en el primer torneo de Guerra Nuclear. Guerra Nuclear no era otra cosa que Core Wars, pero en español nos iba la caña, aquellos mini-tekis que éramos soñábamos con ser Mathew Broderick en Juegos de Guerra. Lo peor es que era creible. En aquellos tiempos apocalípticos el Presidente Reagan hablaba de los rusos como el Imperio del Mal y vaticinaba un próximo Armagedon que le daba a todo como muchas prisas. Sonaba Bruce Springsteen y los walkman iban con cinta.
El juego de los virus se había abierto en 1984 en la misma columna de la misma revista. En la versión americana salió en mayo, aquí en julio, en un número cuyo tema de portada eran las máquinas de Turing. El virus social del momento era el Spectrum y nos bebíamos lo que saliera sobre informática. En la misma columna, A. K. Dewdney hablaba del Core Wars, de la idea original de Von Neumann -era la primera vez que oíamos hablar de él- sobre organismos de software y presentaba la idea de un concurso en el que iban a competir. Blade Runner ya había impregnado nuestra imaginación: los seres electrónicos tenían vida, por pequeña que fuera y el viejo Sir Clive nos había dado todo para ser pequeños Frankensteins. La idea misma de los virus informáticos había nacido como argumento para una novela de ciencia ficción en los 50, aunque eso lo descubriría mucho después.
En el 87, cuando la portada del SIDA, estrenaba mi primer PC, un Amstrad con disquetera de 5,1/4, comprado con el dinero ahorrado en los años anteriores dando clases de informática a los chavales del barrio, vendiendo programitas en BASIC a revistas como ZX -que tenía la redacción al lado de mi casa- y mi primer programa para empresas, un algoritmo de optimización de trayectos que me había hecho aprender más álgebra que todas las clases de Alicia, la profe de matemáticas, juntas.
Antes de Internet la única forma de contagio de virus a nuestro alcance eran los disquetes. Los modems pertenecían al lejano mundo de las pelis americanas. La única forma informacional, porque por la época, el primer beso de Lía, mi primer beso, me hizo brotar también mi primer herpes. Seguramente no por contagio, sino por el trastoque de defensas en que aquellos besos me dejaron. Obsesivo como es uno, después de buscar y entender qué era aquello del herpes, la idea de un virus residente se me hacía tremendamente atractiva de traducir a código. Mi primer virus tendría dos partes, una pequeña señal que se contagiaría al cargar un disco infectado y una parte residente que al ser reinfectado modificaría el boot y formatería el disco a la siguiente carga de la máquina si la fecha coincidía con mi cumpleaños. Los módulos se llamaban v1 y v2. L1 y L2 después de dejarlo con Lía. Pero había varios problemas: la mayoría de ordenadores no tenían disco duro y los PCs no eran como el QL con su procesador 68008 de Motorola. Vamos que no sabía programar en ensamblador para PCs y hacer algo ligerito en archivos bat de instrucciones MSDOS era casi imposible. Al final, en vez de virus hice una bomba en dos fases. Aquello, aunque destructivo como buen programa adolescente, seguía sin estar vivo. No se reproducía sino tras un pesado y complicadísimo proceso tan escandaloso que no hubiera pasado inadvertido para nadie y que -suponía yo- sería abortado antes de concluir. Toda una metáfora de mis primeros intentos de ligar que al final sólo borraron a un pobre ordenador de la oficina de mi padre. El día de mi cumpleaños. Aún recuerdo el rubor cuando lo contó en la comida.
Con los años y sobre todo desde que llegó Internet, los virus acabarían convirtiéndose en lugares comunes y no en metáforas digitales inspiradas por la ciencia ficción. Todo el mundo sabía lo que eran y todos pasaban el Norton tan pronto metían tu floppy en el PC. Era la cultura del SIDA y del condón, de la distancia. Tras el 89, la caída del Muro y el fin de la paranoia nuclear, habíamos heredado un mundo descontrolado, poco usable, impredecible, donde cada intento de ordenar las cosas las volvía más caóticas: Windows. Cada avance que pretendía hacer algo más fácil se acompañaba de un nuevo susto que te obligaba a tomar distancias fuera a colgarse el invento. Como el Word y los virus de macros volando en los adjuntos, como las fiestas en pisos compartidos, los hongos y el SIDA. Cuando algo divertido caía a nuestro alcance teníamos que tomar ciertas distancias, precauciones, que amenazaban con cortar el rollo. Todo un sino.
Estábamos ya en la segunda mitad de los noventa, el mundo soñaba con la vacuna y nosotros comenzábamos a tener un mundo paralelo, libre y tranquilo: Linux. Un mundo donde la promiscuidad no tenía riesgos. Como con los virus digitales, habíamos ido un paso por delante y recuperado la alegría y la excitación de aquellos besos del instituto. El mundo no virtual todavía busca vivir en modo Linux. Busca. Como yo a Lía en mis amores. Intuyéndola, sin acabar de encontrarnos.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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