Ahora sé lo que sintieron los primeros lectores de las grandes novelas del siglo pasado: sobrecogimiento
Corría el año 1997, va para diez años ya. Yo organizaba un debate en Santiago sobre el sector cultural e iba preparado para lo peor. Había invitado al consejero de cultura de la Xunta, un señor de trayectoria más bien terrorífica y actitudes lamentables que al final la gente recuerda -fíjense si la memoria es selectiva y generosa- por aquello de Carmiña Burana. Como lo mío es hacer amigos, había invitado también a la mesa a su bestia negra, Suso de Toro, a quien entonces los medios PRISA -que recien descubrían el país y aún no habían dado con Manuel Rivas- trataban tan bien que uno no podía pensar más que se trataba de un producto Babelia.
No me costó mucho prepararme una docena de preguntas inconvenientes en galego para Pérez Varela -que, oh sorpresa, lo hablaba peor que yo. Pero claro, eso tampoco quería decir que fuera a dejar pasar la oportunidad de darle caña a Suso. Mi prejuicio, alimentado por Babelia y Canal+, era fuerte: me temía yo que Suso de Toro no fuera sino una invención mediática promocionada no tanto por sus méritos literiarios sino en cuanto que gallego oficial de la cuadra editorial del grupo.
Pero no olviden que yo nunca he sido periodista. Documento y leo más allá de mis prejuicios. Así que me fui de cabeza a la FNAC de Madrid a comprar todos los libros que tuvieran de Suso. Recuerdo que me enfadó el que tuvieran libros en francés e inglés pero no en gallego. Compré algunas ediciones traducidas y esperé a llegar a Folhas Novas para comprar las originales.
Cuando iba en el avión camino de Santiago, empecé a leer, creo que era, “Zapatos Lola”. Y tuve una visión clarísima: Suso de Toro era el mejor autor español vivo que había leido. Todo menos un montaje mediático. Pura literatura, lengua real, trama compacta, un oido asombroso para el habla de la calle y para dar profundidad y matiz a los personajes a base de sutiles variantes léxicas. Este tío era un genio.
De todo esto me acordaba anoche, maravillado leyendo las galeradas de “Hombre sin nombre“. El cuerpo no me daba para más, estaba por desconectarse el solito y sin embargo sabía que si intentaba dormir no iba a conseguir salir del universo de la novela. Me había absorvido.
El otro día Suso me comentaba que era “lo mejor que había escrito”. Aún no lo he acabado, también me da pudor comentar más antes de que haya una presentación pública. Pero si les sirve de algo la opinión de alguien que lee desde hace años una media de tres libros y pico a la semana, es lo mejor que leido en mi vida.
Ahora entiendo lo que pudieron sentir los primeros lectores de il Gatoppardo, el Otoño del patriarca o Conversación en la Catedral. Sobrecogimiento.





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Esto no se hace… dar envidia es muy feo…Estaremos al hilo de su llegada a las librerías y de la presentación