El sol se deja entrever ya en Kiev y nosotros, ya con nuestra compañera Aña, nos lanzamos voraces sobre el primer restaurante popular de comida tradicional ucraniana de la capital.
(Continuación). Esto de viajar consume mucho. ¿De dónde nos habrá salido tremenda hambre? Nos vamos directamente de casa al Putzata Jata, un restaurante self-service de auténtica -y sabrosísima- comida ucraniana.
El Putzata Jata está de moda porque es moderno y tradicional al mismo tiempo y los ucranianos están empezando a darse cuenta de que la globalización está muy bien cuando uno, pasado el sarampión y la fiesta del primer encuentro con la diversidad empaquetada de las multinacionales, elige y vuelve a valorar aquello de lo que partía sin renunciar a nada, haciendo una cesta donde todo cabe en distintas medidas.
Y es curioso, todo, todo, pero todo cuanto se hace aquí tiene un sabor característico, desde la omnipresente pizza a la Pepsi, un saborcillo de fondo que sólo se presenta en primera persona cuando, por abrir el estómago y templar el ánimo, te tomas un auténtico borsch y una cerveza de los Cárpatos. Algo irrenunciable y definitivamente uki. Como esta pasta con nata agria que comemos maravillados. Maravillados porque cuando uno mira el mapa y y sabe que Crimea era la última base europea (veneciana y genovesa alternativamente) hacia Asia, se da cuenta de que la pasta llegó aquí primero… ¡¡y aquí entendieron la receta mejor!! No sólo eso, sino que años después le añadieron patata, creando ese mix de gnochi con ravioli, relleno a elegir de carne, pollo o queso, que reposa sus últimos segundos en la foto junto a Nat y Aña.
Tras la comida, en la que nos ha faltado hueco para carnes y dulces (ya volveremos a por ellos), paseito de nuevo por Jraschatek. Los fines de semana cortan la avenida -8 carriles y un bulevar- hasta más allá de la Plaza de la Independencia. Como ha dejado de nevar, la gente ocupa, vestiditos de domingo, el paseo. Algunos lo hacen en una especie de triciclo-taxi que va tan rápido que no me ha dado tiempo a cazar en foto.
El paisaje humano es fascinante: soldados en uniforme de combate discuten con activistas ecologistas sobre el aniversario de Chernobil. Las mujeres duplican la capa de maquillaje y alzan -y parecía imposible- los tacones de aguja para remarcar que ha empezado el fin de semana. Parejas de jóvenes tártaros, provenientes seguramente de Crimea, pasean de la mano. Un tipo vestido de kosaj (cosaco), toca un bandur, primo lejano de la bandurria y la zamboñas castellanas, entonando una canción triste mientras grupos heavies, cantautores y roqueros, despliegan sus trastos a lo largo de la avenida. La atracción sin embargo la ganan unos peruanos que a los locales les parecen exotiquísimos y que se aprestan a perpetrar una versión andino-ascensor del irremediable Condor que nunca acaba de pasar. Al fondo, en la plaza de la Independencia, operarios del ayuntamiento preparan el concierto gratuito de esta noche. Los grupos que participarán no son públicos, pero se rumorea que tocará Okean Elzi. Vendremos.
Tomamos café en el Pasash, el “Pasaje”, un cafe pijo que quiere recuperar el aire vienés, centroeuropeo, elvosense, de la cultura del café local. Antes, en una farmacia/supermercado con toques de dispensario soviético y carritos Jané, compro pasta de dientes.
En la mesa, con Aña y Nat, junto al café, que traen con un chupito de agua y una minipastita con forma de corazón, saco mi Moleskine y apunto una idea para un cuento. Kiev, aún gris el cielo, empieza a parecerse a casa.
Borsch (sopa de remolacha). Según Aña, hay tantas recetas de borsch como madres ucranianas. Básicamente se trata de una sopa agridulce de remolacha que en algunos casos incorpora judías rojas, caldo de carne, de pescado, de ganso o en general, de lo que haya en el mercado. La receta básica sería algo así:
Se cuece la remolacha en agua abundante, añadiendo un chorrito zumo de limón para mantener el color y darle un saborcillo ácido.
En otra olla cocemos una cebolla, un par de zanahorias y un puñadito de perejil picado durante un cuarto de hora. Un cuarto de hora después añadimos tres tomates picados muy finitos. Cinco minutos después, un par de patatas pequeñas peladas, a los 10 minutos las hojas de la misma remolacha o en su defecto berza junto con una cebollita cortada en juliana. Otros cinco minutos después añadimos la remolacha y muy poquito antes de retirar del fuego un diente de ajo bien picado.
Lo ideal es dejarlo reposar incluso un par de días, pero cuando menos hay que dejarlo media horita y calentarlo luego a fuego muy muy bajo.
Antes de servir se espolvoréa con perejil o eneldo picado y se le echa una bolita de nata agria (que en realidad no es agria, sino esa nata que tampoco es dulce y que tiene cuerpo de yogurt griego).
(Sigue leyendo el relato de este viaje)







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