El llamado Pacto de Shanghai y los nuevos bríos militaristas de Putin en alianza con China ponen nerviosos a Europa y EEUU. ¿Volvemos a los esquemas de la guerra fría? ¿Renacen los bloques y el nacionalismo?
El Economist de hoy abre con un editorial centrado en la vuelta de los bombarderos nucleares rusos, que volverán a patrullar el mundo 24 horas al día cargados de bombas nucleares, la apertura de una nueva base militar en el Mediterráneo y la creciente presión sobre el Artico del ejército ruso. Este escenario sería coherente -nos asegura la revista británica- con un resurgir de la lógica de bloques impulsado desde Moscú y Pekin y sobre todo con el creciente peso del servicio de inteligencia en la dirección política del país.
El panorama es ciertamente inquietante, pero en cualquier caso, creo que conviene puntualizar algunas ideas para entender este pretendido resurgir nacionalista y de los bloques.
¿Resurrección o continuidad?
La ideología del estado soviético, fue esencialmente la un nacionalismo rusificante cuya virulencia fue in crescendo continuo desde 1928 hasta 1945. La obligatoriedad del paso al cirílico de muchas de las lenguas de las repúblicas soviéticas no eslavas, el pacto con la Iglesia Ortoxa y sobre todo los esfuerzos movilizadores de la Gran Guerra Patria marcaron otros tantos jalones visibles todavía en la propaganda y el cartelismo de la época.
El nacionalismo gran ruso se vestiría con adornos universalistas marxistas, igual que el nacionalismo francés lo hizo de valores universales republicanos, el español con los católicos cristianos o el estadounidense con los liberales jeffersonianos… Pero eso no cambio su naturaleza aunque engalanara su discurso. Discurso que enseñado machaconamente con toda la fuerza de la institucionalidad estatal, informó incluso a los disidentes y contradictores del sistema de las generaciones posteriores a la Revolución del 17. Recordemos tan sólo a Solzhenitsyn.
No hay pues ningún resurgir, tan sólo una continuidad del discurso nacionalista de estado que hemos visto reciclarse y buscar nuevas raices tanto desde la literatura popular como desde el sistema oficial de enseñanza (que como dirían los defensores españoles de la construcción nacional, como Andrés de Blas: para eso está).
El papel de los sistemas de inteligencia
Pero seguramente lo más interesante de todo este fenómeno es el ascenso del FSB al poder. Ascenso simbolizado por Putin y que pone al nacionalismo ruso contemporáneo más cerca del autoritarismo estalinista que del nacionalismo popular democrático ruso, origen de los movimientos narodniki y eserita que marcaron la Historia social y política del país durante casi un siglo.
Y es que la subida de los servicios de inteligencia es una muestra más de la crisis de la nación, de su incapacidad para dar sustento a un estado solvente. Los estados se construyen -o reconstruyen- desde estructuras jerárquicas capaces de estar y representar su poder unificador y homegeneizador en cualquier punto del territorio, de la capital a la última aldea. La última novela de Camilleri publicada en español (El movimiento del caballo) ofrece una interesante perspectiva sobre esto.
Por eso el ejército -o el clero, como en Irán- suele ser la última opción antes de la caída definitiva: la conversión en estado fallido a la somalí o la afgana. En Rusia ni siquiera el ejército era operativo como estructura de cohesión/represión/representación territorial. Sólo el FSB, heredero directo del KGB y por tanto de su complejo financiero e industrial, ha tenido la potencia suficiente como para enfrentar la descomposión alimentada por las mafias y los clanes mafiosos herederos de la burocracia soviética. El triunfo de Putin en su lucha por todos los medios por retomar el control estatal de las grandes empresas energéticas privatizadas en los años de Yeltsin, representó sin duda un punto de inflexión, el momento en el que el poder en ascenso del nuevo estado ruso era por fin equivalente al de los grandes señores mafiosos. El horror checheno, por cierto, representó algo parecido respecto a los nuevos sujetos de la descomposición aparecidos en la periferia imperial, mitad yihadistas, mitad mafiosos.
¿Un nuevo bloque?
Es muy aventurado a mi juicio pensar en terminos de “bloque” respecto al pacto de Shanghai. Una alianza militar no es un bloque tal y como los conocimos en la guerra fría. Aquellos bloques no sólo tenían contenido ideológico, representando una cierta forma imperial de superación del nacionalismo clásico, sino que sobre todo generaban y mantenían un cierto ordenamiento económico, una cierta división internacional del trabajo que revelaba la incapacidad del estado nacional para sostener al modo clásico, el crecimiento de la productividad y la aceleración subsiguiente del desarrollo.
La alianza chino-rusa tiene la lógica de una alianza militar regional clásica, no de un bloque. Y todo el aspecto de estar internamente motivada por la necesidad de acotar y amedrentar a las poderosas fuerzas centrífugas que siguen surgiendo de la descomposición de las capas dirigentes de ambos países.






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La verdad es que Putin va a pasar a la historia como un Napoleón, controvertido pero temido, mientras que Bush encarna un tipo de canalla más inédito, y pasará a la historia como el peor presidente de EEUU. Nos encantan los mapas, y el de los bloques OTAN y Shangai parece un anexo del ensayo de Huntington. Y los liberales rusos, como los sirios: agobiados. La mejor manera de combatir toda esta locura armamentística es apoyar la democratización de los nuevos espacios sociales, en concreto los digitales. Seguro que no faltan caminos de paz.
Lo lei ayer por la noche y lo releo hoy. Es muy bueno David, me encantan tus procesos de reconstruccion a partir de un hecho (aparentemente) aislado.Gracias!
…”reconstrucción” y “deconstrucción” que de las dos cosas hay… por cierto hoy leía que 3 de cada cuatro altos cargos en Rusia ha trabajado en el KGB… un buen dato para sostener la tesis del post sobre el papel de los servicios secretos en la reconstrucción del estado post-soviético.