El poder de las redes De las naciones a las redes
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Viernes, 22 de Abril de 2005

Nieva sobre Kiev

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Una densa capa de nubes cubre Europa. Más allá de Colonia el suelo se vuelve inexcrutable, inimaginable bajo fantásticas orografías de vapor. Bienvenido al mundo según Friedrich.

El avión desciende rápidamente. “¿Qué ves?“, pregunta mi compañero de asiento en un ruso perfecto haciendo ademán de asomarse a la ventanilla. Niechevo, le digo, todo está blanco, tan blanco que no se pueden distinguir el suelo de las nubes. “Sí“, me responde, meditativo como un personaje de Turgeniev que volviera tras años en busca de su primer amor, “este año la primavera se ha retrasado”.

En el aeropuerto, esperando la cola de inmigración, fascinado ante las policías de aduanas -ceñidos los uniformes a la cintura, falda corta, maquillaje excesivo, taconazo de aguja imperativo- hablo un rato con Raul. Vino hace veinte años. Es cubano. Se casó con una ucraniana y en el trapicheo constante que es la supervivencia a este lado del Imperio acabó fundando una fábrica de velas artesanas en Dnopetrovsk. “Estamos esperando que entre alguien, da igual, alemanes, americanos… pero que entre alguien“.

Recuerdos de Africa en el hall del aeropuerto. Intermediarios de los taxistas a la caza del guiri. Regateo inevitable. Empezamos por 400 hrivnias. Aquí regatean mal, tienen una pulsión centroeuropea: la prisa. No entienden que retirarse no es romper la negociación, sino parte de la danza, del ritual. La prisa es compartida por la mayoría de los viajeros. Esto es una bolsa personalizada de taxis y hrivnias. Natalia está un poco asustada del ambiente. Observo los precios de equilibrio: 300 para los alemanes, 120 para los ucranianos de provincias. Los kievenses consiguen 90. Negocio con otro, más joven. Se desconcierta. Le recuerdo que el tiempo perdido conmigo son viajeros de menos que negocia y la posibilidad de meternos en un taxi “informal”. Trato hecho: 65 hrivnias, 11 euros por 40 kilómetros en un viejo cacharro que no ha visto una ITV en su vida. Ni la verá.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA media tarde llegamos a nuestro apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Sigue nevando. Tomamos un té mientras desoxido mi ruso con Olga, nuestra vecina a la que encontramos paseando el perro.

Obligatorio paseo luego por Jreschatek nevado. Cuesta acostumbrarse a las proporciones. La vida en estos días se hace subterránea en Kiev. Bajo la plaza de la Independencia se agolpan, junto a las tiendas, entre el humo y las cervezas, los jóvenes. Ambiente Blade Runner con pizza. Observo que la Kangool gana ya a la vieja gorra local tantas veces vista en las pelis de Einsestein. Vuelta a la nieve y cerveza casera en Shato, que parece estar de moda.

Timoshenko en ElleA la noche baño y tele. La geopolítica del gas ocupa las noticias. La portada de internacional la da Iushenko en la cumbre del GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia y Moldavia), las interiores España y su ley de adopciones.

A Iushenko se le ve agotado. Como a Timoshenko, portada en el Elle que compramos en Globus. “¡Primera!” asegura el titular. Y tanto, en un país terriblemente machista y precisamente por eso mantenido por las mujeres -siempre estresadas, siempre corriendo, siempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo más que el poder femenino, representa la vindicación de un profundo cambio social. En los años de la desindustrialización, de la miseria y el paro masivos, los hombres cayeron masivamente en el alcoholismo. Depresiones y suicidios triplicaron su tasa y con ella el ya de por si saturado y mal equipado sistema sanitario. Las mujeres trabajadoras mantuvieron el país y la cohesión social en pié a base de matarse a trabajar y, como dicen ellas, “conseguir”. Aunque fuera a base de mijo los niños de entonces -jóvenes revolucionarios hoy- comieron. Da angustia verlas corriendo con sus taconazos, la carperta en una mano, la bolsa de compra en otra y el maquillaje entre las dos. Siempre negociando, regañando, protestando… Timoshenko es ese espíritu. Ha puesto semana laboral de 7 días a ministros y diputados. Los minitros trabajan de 7 de la mañana a 2 de la mañana del día siguiente (y les obliga a patinar dos horas al día en Presidencia, para “relajarse y pensar”). La Rada, el parlamento, tiene sesiones hasta en domingo, un canal de televisión que retransmite los debates (que duran muchas veces hasta casi las once) y altavoces por las calles principales que lo retrasmiten, mientras la gente se acerca al Congreso para apoyar a unos u otros y discutir con los que pasan los temas del día. La revolución sigue indiscutiblemente viva. Nunca vi un telediario con tantas caras, con tantos portavoces ni tantos movimientos ciudadanos. Desde Odessa -donde el alcalde enfrenta una revolución naranja local- hasta Lviv, desde los estudiantes hasta los médicos o los obreros de la construcción, la revolución avanza saneándolo todo, dando voz a todos, abriendose paso entre la costra de mafias y torticeros intereses económicos.

Primer desayuno en KievPor la mañana bajo a la tienda, un antiguo despacho soviético de viejas mamparas de marmol en el que los productos alemanes o alemanizados han sustituido a las escasas marcas de los viejos tiempos. Los precios son demasiado parecidos a los españoles para un país donde un médico no alcanza los 200 euros de salario mensual. Las antiguas proveedoras, a las que la tienda debía lo poco que tenía en aquellos años para ofrecer, compraron la tienda en su día. Son del Oeste y no hablan casi ruso, me responden en un ucraniano para duros de oido. Me cuentan que en realidad cada una compró uno de los mostradores, así que en realidad son tres tiendas, una de embutidos, otra de lácteos y otra ultramarinos. A la segunda le compro el zumo y la leche. A la tercera el Nescafé, que está, por europeo, de moda, a pesar de que aquí, lo suyo es el café expresso, como en España.

A las diez aparece Aña. Ha tardado 11 horas en tren desde Lviv, que está a 450 kilómetros. Viene casi sin dormir porque en el compartimento de al lado una campesina llevaba a su gallo favorito consigo. Y se ve que al animalito le estresaba el viaje y no se aclaraba con el horario, así que no paró de cantar. Trae comida y una Bafelniy Tortye que ha hecho ella misma. Hora del desayuno.

Bafelniy TortyeTarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos una docena de obleas grandes con mucho relieve. En un cazo calentamos leche y la saturamos de azucar como si fueramos a hacer dulce de leche. Añadimos en la cocción avellanas picadas en trocitos muy pequeños y una cucharada de mantequilla. A fuego muy lento dejamos reducir y finalmente enfriar. Cuando, ya tibio, coge cuerpo un poco más compacto, vamos untado generósamente las obleas y haciendo pisos oblea tras oblea. Finalmente dejamos enfriar y servimos espolvoreando con azucar glacè.

Nieva sobre Kiev
Portugués Apertium

Uma densa capa de nuvens cobre Europa. Para além de Colónia o solo volta-se inexcrutable, inimaginable baixo fantásticas orografías de vapor. Bem-vindo ao mundo segundo Friedrich.

O avião desce rapidamente. “Que vês?“, pergunta meu colega de assento num russo perfeito fazendo ademán de assomar-se à janela. Niechevo, digo-lhe, tudo está branco, tão branco que não se podem distinguir o solo das nuvens. “Sim“, responde-me, meditativo como uma personagem de Turgeniev que voltasse depois de anos em procura de seu primeiro amor, “neste ano a primavera se atrasou”.

No aeroporto, esperando a bicha de imigração, fascinado ante as polícias de aduanas -cingidos os uniformes à cintura, saia curta, maquillaje excessivo, taconazo de agulha imperativo- falo um momento com Raul. Vinho faz vinte anos. É cubano. Casou-se com uma ucraniana e no trapicheo constante que é a sobrevivência a este lado do Império acabou fundando uma fábrica de velas artesanas em Dnopetrovsk. “Estamos a esperar que entre alguém, dá igual, alemães, americanosÂ… mas que entre alguém“.

Lembranças de Africa no hall do aeroporto. Intermediários dos taxistas à caça do guiri. Pechincho inevitável. Começamos por 400 hrivnias. Aqui pechincham mau, têm uma pulsión centroeuropea: a pressa. Não entendem que se retirar não é romper a negociação, senão parte da dança, do ritual. A pressa é compartilhada pela maioria dos viajantes. Isto é uma carteira personalizada de táxis e hrivnias. Natalia está um pouco assustada do ambiente. Observo os preços de equilíbrio: 300 para os alemães, 120 para os ucranianos de províncias. Os kievenses conseguem 90. Negócio com outro, mais jovem. Desconcerta-se. Recordo-lhe que o tempo perdido comigo são viajantes de menos que negocia e a possibilidade de nos meter num táxi “informal”. Trato feito: 65 hrivnias, 11 euros por 40 quilómetros num velho cacharro que não viu uma ITV em sua vida. Nem vê-la-á.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA meia tarde chegamos a nosso apartamente em Shelkavichnaya Bulitza. Segue nevando. Tomamos um chá enquanto desoxido meu russo com Olga, nossa vizinha à que encontramos passeando o cão.

Obrigatório passeio depois por Jreschatek nevado. Custa acostumar-se às proporções. A vida nestes dias faz-se subterrânea em Kiev. Baixo a praça da Independência se agolpan, junto às lojas, entre a fumaça e as cervejas, os jovens. Ambiente Blade Runner com pizza. Observo que a Kangool vontade já à velha gorra local tantas vezes vista nos filmes de Einsestein. Volta à neve e cerveja caseira em Shato , que parece estar de moda.

Timoshenko en ElleÀ noite baño e tv. A geopolítica do gás ocupa as notícias. A portada de internacional dá-a Iushenko na cimeira do GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia e Moldavia), as interiores Espanha e sua lei de adopções.

A Iushenko vê-se-lhe esgotado. Como a Timoshenko, portada no Elle que compramos em Globus . “¡Primeira!” assegura o titular. E tanto, num país terrivelmente machista e precisamente por isso mantido pelas mulheres -sempre estresadas, sempre correndo, sempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo mais que o poder feminino, representa a vindicación de uma profunda mudança social. Nos anos da desindustrialización, da miséria e o desemprego em massa, os homens caíram em massa no alcoholismo. Depresiones e suicídios triplicaron sua taxa e com ela o já de por se saturado e mau equipado sistema sanitário. As mulheres trabalhadoras mantiveram o país e a coesão social em pié a base de matar-se a trabalhar e, como dizem elas, “conseguir”. Ainda que fora a base de mijo os meninos de então -jovens revolucionários hoje- comeram. Dá angústia vê-las correndo com suas taconazos, a carperta numa mão, a carteira de compra em outra e o maquillaje entre as duas. Sempre negociando, regañando, protestandoÂ… Timoshenko é esse espírito. Pôs semana trabalhista de 7 dias a ministros e deputados. Os minitros trabalham de 7 da manhã a 2 da manhã do dia seguinte (e obriga-lhes a patinar duas horas ao dia em Presidência, para “relajarse e pensar”). A Rada, o parlamento, tem sessões até em domingo, um canal de televisão que retransmite os debates (que duram muitas vezes até quase as onze) e altavoces pelas ruas principais que o retrasmiten, enquanto a gente se acerca ao Congresso para apoiar a uns ou outros e discutir com os que passam os temas do dia. A revolução segue indiscutivelmente viva. Nunca vi um telediario com tantas caras, com tantos porta-vozes nem tantos movimentos cidadãos. Desde Odessa -onde o prefeito enfrenta uma revolução naranja local- até Lviv, desde os estudantes até os médicos ou os operários da construção, a revolução avança saneándolo tudo, dando voz a todos, abriendose passo entre a costra de máfias e torticeros interesses económicos.

Primer desayuno en KievPela manhã baixo à loja, um antigo despacho soviético de velhos painéis de marmol no que os produtos alemães ou alemanizados substituíram às escassas marcas dos velhos tempos. Os preços são demasiado parecidos aos espanhóis para um país onde um médico não atinge os 200 euros de salário mensal. As antigas provedoras, às que a loja devia o pouco que tinha naqueles anos para oferecer, compraram a loja em seu dia. São do Oeste e não falam quase russo, me respondem num ucraniano para duros de oido. Contam-me que em realidade a cada uma comprou um dos mostradores, assim que em realidade são três lojas, uma de embutidos, outra de lacticínios e outra ultramarinos. À segunda compro-lhe o zumo e o leite. À terça o Nescafé, que está, por europeu, de moda, apesar de que aqui, o seu é o café expresso, como em Espanha.

Às dez aparece Aña. Demorou 11 horas em comboio desde Lviv, que está a 450 quilómetros. Vem quase sem dormir porque no compartimento da o lado uma camponesa levava a seu galo favorito consigo. E vê-se que ao animalito lhe estresaba a viagem e não se aclaraba com o horário, assim que não parou de cantar. Traz comida e uma Bafelniy Tortye que fez ela mesma. Hora do café da manhã.

Bafelniy TortyeTarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos uma dúzia de obleas grandes com muito relevo. Num caço aquecemos leite e a saturamos de azucar como se fueramos a fazer doce de leite. Acrescentamos na cocción avellanas picadas em trocitos muito pequenos e uma cucharada de mantequilla. A fogo muito lento deixamos reduzir e finalmente enfriar. Quando, já morno, pega corpo um pouco mais compacto, vamos untado generósamente as obleas e fazendo andares oblea depois de oblea. Finalmente deixamos enfriar e servimos espolvoreando com azucar glacè.

Nieva sobre Kiev
Galego Apertium

Unha densa capa de nubes cobre Europa. Máis aló de Colonia o chan vólvese inexcrutable, inimaxinable baixo fantásticas orografías de vapor. Bienvenido ao mundo segundo Friedrich.

O avión descende rápidamente. “Que ves?“, pregunta o meu compañeiro de asento nun ruso perfecto facendo ademán de asomarse ao portelo. Niechevo, dígolle, todo está branco, tan branco que non se poden distinguir o chan das nubes. “Si“, respóndeme, meditativo como un personaxe de Turgeniev que volvese tras anos en busca do seu primeiro amor, “este ano a primavera atrasouse”.

No aeroporto, esperando a cola de inmigración, fascinado ante as policías de aduanas -cinguidos os uniformes á cintura, saia curta, maquillaje excesivo, taconazo de agulla imperativo- falo un intre con Raul. Viño fai vinte anos. É cubano. Casouse cunha ucraniana e no trapicheo constante que é a supervivencia a este lado do Imperio acabou fundando unha fábrica de velas artesanas en Dnopetrovsk. “Estamos esperando que entre alguén, dá igual, alemáns, americanosÂ… pero que entre alguén“.

Recordos de Africa no hall do aeroporto. Intermediarios dos taxistas á caza do guiri. Regateo inevitable. Empezamos por 400 hrivnias. Aquí regatean mal, teñen unha pulsión centroeuropea: a présa. Non entenden que retirarse non é romper a negociación, senón parte da danza, do ritual. A présa é compartida pola maioría dos viaxeiros. Isto é unha bolsa personalizada de taxis e hrivnias. Natalia está un pouco asustada do ambiente. Observo os prezos de equilibrio: 300 para os alemáns, 120 para os ucranianos de provincias. Os kievenses conseguen 90. Negocio con outro, máis novo. Desconcértase. Recórdolle que o tempo perdido comigo son viaxeiros de menos que negocia e a posibilidade de meternos nun taxi “informal”. Trato feito: 65 hrivnias, 11 euros por 40 quilómetros nun vello cacharro que non viu unha ITV na súa vida. Nin a verá.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA media tarde chegamos ao noso apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Segue nevando. Tomamos un té mentres desoxido o meu ruso con Olga, a nosa veciña á que atopamos paseando o can.

Obligatorio paseo logo por Jreschatek nevado. Custa afacerse ás proporcións. A vida nestes días faise subterránea en Kiev. Baixo a praza da Independencia apíñanse, xunto ás tendas, entre o fume e as cervexas, os mozos. Ambiente Blade Runner con pizza. Observo que a Kangool gana xa á vella gorra local tantas veces vista nas pelis de Einsestein. Volta á neve e cervexa casera en Shato , que parece estar de moda.

Timoshenko en ElleÁ noite baño e tele. A geopolítica do gas ocupa as noticias. A portada de internacional dáa Iushenko no cume do GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia e Moldavia), as interiores España e a súa lei de adopciones.

A Iushenko véselle esgotado. Como a Timoshenko, portada no Elle que compramos en Globus . “¡Primeira!” asegura o titular. E tanto, nun país terriblemente machista e precisamente por iso mantido polas mulleres -sempre tensas, sempre correndo, sempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo máis que o poder feminino, representa a vindicación dun profundo cambio social. Nos anos da desindustrialización, da miseria e o paro masivos, os homes caeron masivamente no alcoholismo. Depresións e suicidios triplicaron a súa taxa e con ela o xa de por si saturado e mal equipado sistema sanitario. As mulleres traballadoras mantiveron o país e a cohesión social en pié a base de matarse a traballar e, como din elas, “conseguir”. Aínda que fóra a base de mijo os nenos de entón -mozos revolucionarios hoxe- comeron. Dá angustia velas correndo coas súas taconazos, a carperta nunha man, a bolsa de compra noutra e o maquillaje entre as dúas. Sempre negociando, regañando, protestandoÂ… Timoshenko é ese espírito. puxo semana laboral de 7 días a ministros e deputados. Os minitros traballan de 7 da mañá a 2 da mañá do día seguinte (e obrígalles a patinar dúas horas ao día en Presidencia, para “relaxarse e pensar”). A Rada, o parlamento, ten sesións ata en domingo, unha canle de televisión que retransmite os debates (que duran moitas veces ata case as once) e altofalantes polas rúas principais que o retrasmiten, mentres a xente achégase ao Congreso para apoiar a uns ou outros e discutir cos que pasan os temas do día. A revolución segue indiscutiblemente viva. Nunca vin un telediario con tantas caras, con tantos portavoces nin tantos movementos cidadáns. Desde Odessa -onde o alcalde enfronta unha revolución laranxa local- ata Lviv, desde os estudantes ata os médicos ou os obreiros da construción, a revolución avanza saneándoo todo, dando voz a todos, abriendose paso entre a costra de mafias e torticeros intereses económicos.

Primer desayuno en KievPola mañá baixo á tenda, un antigo despacho soviético de vellas mamparas de marmol no que os produtos alemáns ou alemanizados substituíron ás escasas marcas dos vellos tempos. Os prezos son demasiado parecidos aos españois para un país onde un médico non alcanza os 200 euros de salario mensual. As antigas proveedoras, ás que a tenda debía o pouco que tiña naqueles anos para ofrecer, compraron a tenda no seu día. Son do Oeste e non falan case ruso, respóndenme nun ucraniano para duros de oido. Cóntanme que en realidade cada unha comprou un dos mostradores, así que en realidade son tres tendas, unha de embutidos, outra de lácteos e outra ultramarinos. Á segunda cómprolle o zume e o leite. Á terceira o Nescafé, que está, por europeo, de moda, malia que aquí, o seu é o café expresso, como en España.

Ás dez aparece Aña. tardou 11 horas en tren desde Lviv, que está a 450 quilómetros. Vén case sen durmir porque no compartimento de á beira unha campesiña levaba ao seu galo favorito consigo. E vese que ao animalito lle estresaba a viaxe e non se aclaraba co horario, así que non parou de cantar. Trae comida e unha Bafelniy Tortye que fixo ela mesma. Hora do almorzo.

Bafelniy TortyeTarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos unha ducia de obleas grandes moitísimo relevo. Nun cazo quentamos leite e saturámola de azucar coma se fueramos a facer doce de leite. Engadimos na cocción avellanas picadas en trocitos moi pequenos e unha cucharada de mantequilla. A lume moi lento deixamos reducir e finalmente arrefriar. Cando, xa morno, colle corpo un pouco máis compacto, imos untado generósamente as obleas e facendo pisos oblea tras oblea. Finalmente deixamos arrefriar e servimos espolvoreando con azucar glacè.

Nieva sobre Kiev
Occitan Apertium

Una denssa capa de bromalhs # # #el Euròpa. Mai ailà de Colònia lo solèr se torna inexcrutable, inimaginable jos de fantasticas orografias de vapor. Benvengut dins lo mond segontes Friedrich.

L'avion descen rapidament. “Qué veses?“, Pregunta lo mieu companh de sèti en un rus perfièch en fasent ademán de s'apuntar a la fenestreta. Niechevo, Li disi, tot es blanc, tan blanc que se pòdon pas distinguir lo solèr dels bromalhs. “Òc“, me respond, meditativo coma un personatge de Turgeniev que tornès après d'ans en cèrca de lo sieu primièr amor, “ongan la prima s'es retardada”.

En l'aeropòrt, en esperant la coa d'immigracion, fascinat davant las polícias de doanas -cenchas los uniformes a la centura, fauda cuerta, maquillaje excessiu, taconazo d'agulha imperativa- parli una estona a Raul. Vin fa vint ans. Es cuban. Se maridèt amb una ucraniana e en lo trapicheo constant qu'es la subrevivença a aqueste costat de l'Empèri acabèt en fondant una fabrica de velhas artesanas en Dnopetrovsk. “Esperam qu'entre quauquarrés, dona parièr, alemands, americanesÂ… mas qu'entre quauquarrés“.

Remembres de Africa en lo hall

# # #el envolopa Kiev
Català Apertium

Una densa capa de núvols cobreix Europa. Més enllà de Colònia el sòl es torna inexcrutable, inimaginable sota fantàstiques orografies de vapor. Benvingut al món segons Friedrich.

L'avió descendeix ràpidament. “Què veus?“, pregunta el meu company de seient en un rus perfecte fent posat d'apuntar-se a la finestreta. Niechevo, li dic, tot està blanc, tan blanc que no es poden distingir el sòl dels núvols. “Sí“, em respon, meditativo com un personatge de Turgeniev que tornés després d'anys a la recerca del seu primer amor, “enguany la primavera s'ha retardat”.

En l'aeroport, esperant la cua d'immigració, fascinat davant les policies de duanes -cenyits els uniformes a la cintura, faldilla curta, maquillatge excessiu, taconazo d'agulla imperatiu- parlo una estona amb Raul. Vi fa vint anys. És cubà. Es va casar amb una ucraniana i en el trapicheo constant que és la supervivència a aquest costat de l'Imperi va acabar fundant una fàbrica de veles artesanes en Dnopetrovsk. “Estem esperant que entre algú, dóna igual, alemanys, americansÂ… però que entre algú“.

Records de Africa en el hall de l'aeroport. Intermediaris dels taxistes a la caça del guiri. Regatejo inevitable. Comencem per 400 hrivnias. Aquí regategen malament, tenen una pulsión centroeuropea: la pressa. No entenen que retirar-se no és trencar la negociació, sinó part de la dansa, del ritual. La pressa és compartida per la majoria dels viatgers. Això és una borsa personalitzada de taxis i hrivnias. Natalia està una mica espantada de l'ambient. Observo els preus d'equilibri: 300 per als alemanys, 120 per als ucranianos de províncies. Els kievenses aconsegueixen 90. Negoci amb un altre, més jove. Es desconcerta. Li recordo que el temps perdut amb mi són viatgers de menys que negocia i la possibilitat de ficar-nos en un taxi “informal”. Tracte fet: 65 hrivnias, 11 euros per 40 quilòmetres en un vell cacharro que no ha vist una ITV en la seva vida. Ni la veurà.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA mitjana tard arribem al nostre apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Segueix nevant. Prenem un te mentre desoxido el meu rus amb Olga, la nostra veïna a la qual trobem passejant el gos.

Obligatori passeig després per Jreschatek nevat. Costa acostumar-se a les proporcions. La vida en aquests dies es fa subterrània a Kíev. Sota la plaça de la Independència s'amunteguen, al costat de les botigues, entre el fum i les cerveses, els joves. Ambient Blade Runner amb pizza. Observo que la Kangool gana ja a la vella gorra local tantes vegades vista en les pelis de Einsestein. Volta a la neu i cervesa casolana en Shato, que sembla estar de moda.

Timoshenko en ElleA la nit banyo i tele. La geopolítica del gas ocupa les notícies. La portada d'internacional la dóna Iushenko en el cim del GUAM (Geòrgia, Ucraïna, Armenia i Moldavia), les interiors Espanya i la seva llei d'adopcions.

A Iushenko se li veu esgotat. Com a Timoshenko, portada en el Elle que comprem en Globus. “Primera!” assegura el titular. I tant, en un país terriblemente masclista i precisament per això mantingut per les dones -sempre estresadas, sempre corrent, sempre hiperarregladas- Timoshenko representa alguna cosa més que el poder femení, representa la vindicación d'un profund canvi social. En els anys de la desindustrialización, de la misèria i l'atur massius, els homes van caure massivament en l'alcoholisme. Depressions i suïcidis van triplicar la seva taxa i amb ella el ja de per si saturat i malament equipat sistema sanitari. Les dones treballadores van mantenir el país i la cohesió social en pié a força de matar-se a treballar i, com diuen elles, “aconseguir”. Encara que fora a força de mijo els nens de llavors -joves revolucionaris avui- van menjar. Dóna angoixa veure-les corrent amb les seves taconazos, la carperta en una mà, la borsa de compra en una altra i el maquillatge entre les dues. Sempre negociant, regañando, protestantÂ… Timoshenko és aquest esperit. Ha posat setmana laboral de 7 dies a ministres i diputats. Els minitros treballen de 7 del matí a 2 del matí del dia següent (i els obliga a patinar dues hores al dia en Presidència, per a “relaxar-se i pensar”). La Rada, el parlament, té sessions fins a en diumenge, un canal de televisió que retransmet els debats (que duren moltes vegades fins a gairebé les onze) i altaveus pels carrers principals que el retrasmiten, mentre la gent s'apropa al Congrés per a recolzar a uns o uns altres i discutir amb els quals passen els temes del dia. La revolució segueix indiscutiblemente viva. Mai vaig veure un telediari amb tantes cares, amb tants portaveus ni tants moviments ciutadans. Des de Odessa -on l'alcalde enfronta una revolució taronja local- fins a Lviv, des dels estudiants fins als metges o els obrers de la construcció, la revolució avança saneándolo tot, donant veu a tots, abriendose pas entre la crosta de màfies i torticeros interessos econòmics.

Primer desayuno en KievAl matí baix a la botiga, un antic despatx soviètic de velles mampares de marmol en el qual els productes alemanys o alemanizados han substituït a les escasses marques dels vells temps. Els preus són massa semblats als espanyols per a un país on un metge no aconsegueix els 200 euros de salari mensual. Les antigues proveïdores, a les quals la botiga devia el poc que tenia en aquells anys per a oferir, van comprar la botiga en el seu dia. Són de l'Oest i no parlen gairebé rus, em responen en un ucraniano per a durs de oido. M'expliquen que en realitat cadascuna va comprar un dels mostradors, així que en realitat són tres botigues, una d'embotits, una altra de làctics i una altra ultramarinos. A la segona li compro el suc i la llet. A la tercera el Nescafé, que està, per europeu, de moda, a pesar que aquí, el seu és el cafè expresso, com a Espanya.

A les deu apareix Aña. Ha trigat 11 hores en tren des de Lviv, que està a 450 quilòmetres. Ve gairebé sense dormir perquè en el compartimento del costat una camperola portava al seu gall favorit amb si. I es veu que al animalito li estresaba el viatge i no s'aclaria amb l'horari, així que no va parar de cantar. Porta menjar i una Bafelniy Tortye que ha fet ella mateixa. Hora del desdejuni.

Bafelniy TortyePastís de Obleas (Bafelniy Tortye): Comprem una dotzena de obleas grans amb molt relleu. En un caço escalfem llet i la saturem de azucar com si fueramos a fer dolça de llet. Afegim en la cocció avellanas picades en trocitos molt petits i una cullerada de mantega. A foc molt lent deixem reduir i finalment refredar. Quan, ja tebi, agafa cos una mica més compacte, anem untat generósamente les obleas i fent pisos oblea després de oblea. Finalment deixem refredar i servim espolvoreando amb azucar glacè.

Neva sobre Kíev

Una densa capa de nubes cubre Europa. Más allá de Colonia el suelo se vuelve inexcrutable, inimaginable bajo fantásticas orografías de vapor. Bienvenido al mundo según Friedrich.

El avión desciende rápidamente. “¿Qué ves?“, pregunta mi compañero de asiento en un ruso perfecto haciendo ademán de asomarse a la ventanilla. Niechevo, le digo, todo está blanco, tan blanco que no se pueden distinguir el suelo de las nubes. “Sí“, me responde, meditativo como un personaje de Turgeniev que volviera tras años en busca de su primer amor, “este año la primavera se ha retrasado”.

En el aeropuerto, esperando la cola de inmigración, fascinado ante las policías de aduanas -ceñidos los uniformes a la cintura, falda corta, maquillaje excesivo, taconazo de aguja imperativo- hablo un rato con Raul. Vino hace veinte años. Es cubano. Se casó con una ucraniana y en el trapicheo constante que es la supervivencia a este lado del Imperio acabó fundando una fábrica de velas artesanas en Dnopetrovsk. “Estamos esperando que entre alguien, da igual, alemanes, americanos… pero que entre alguien“.

Recuerdos de Africa en el hall del aeropuerto. Intermediarios de los taxistas a la caza del guiri. Regateo inevitable. Empezamos por 400 hrivnias. Aquí regatean mal, tienen una pulsión centroeuropea: la prisa. No entienden que retirarse no es romper la negociación, sino parte de la danza, del ritual. La prisa es compartida por la mayoría de los viajeros. Esto es una bolsa personalizada de taxis y hrivnias. Natalia está un poco asustada del ambiente. Observo los precios de equilibrio: 300 para los alemanes, 120 para los ucranianos de provincias. Los kievenses consiguen 90. Negocio con otro, más joven. Se desconcierta. Le recuerdo que el tiempo perdido conmigo son viajeros de menos que negocia y la posibilidad de meternos en un taxi “informal”. Trato hecho: 65 hrivnias, 11 euros por 40 kilómetros en un viejo cacharro que no ha visto una ITV en su vida. Ni la verá.

Nieva sobre Shelkavichnaya BulitzaA media tarde llegamos a nuestro apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Sigue nevando. Tomamos un té mientras desoxido mi ruso con Olga, nuestra vecina a la que encontramos paseando el perro.

Obligatorio paseo luego por Jreschatek nevado. Cuesta acostumbrarse a las proporciones. La vida en estos días se hace subterránea en Kiev. Bajo la plaza de la Independencia se agolpan, junto a las tiendas, entre el humo y las cervezas, los jóvenes. Ambiente Blade Runner con pizza. Observo que la Kangool gana ya a la vieja gorra local tantas veces vista en las pelis de Einsestein. Vuelta a la nieve y cerveza casera en Shato, que parece estar de moda.

Timoshenko en ElleA la noche baño y tele. La geopolítica del gas ocupa las noticias. La portada de internacional la da Iushenko en la cumbre del GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia y Moldavia), las interiores España y su ley de adopciones.

A Iushenko se le ve agotado. Como a Timoshenko, portada en el Elle que compramos en Globus. “¡Primera!” asegura el titular. Y tanto, en un país terriblemente machista y precisamente por eso mantenido por las mujeres -siempre estresadas, siempre corriendo, siempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo más que el poder femenino, representa la vindicación de un profundo cambio social. En los años de la desindustrialización, de la miseria y el paro masivos, los hombres cayeron masivamente en el alcoholismo. Depresiones y suicidios triplicaron su tasa y con ella el ya de por si saturado y mal equipado sistema sanitario. Las mujeres trabajadoras mantuvieron el país y la cohesión social en pié a base de matarse a trabajar y, como dicen ellas, “conseguir”. Aunque fuera a base de mijo los niños de entonces -jóvenes revolucionarios hoy- comieron. Da angustia verlas corriendo con sus taconazos, la carperta en una mano, la bolsa de compra en otra y el maquillaje entre las dos. Siempre negociando, regañando, protestando… Timoshenko es ese espíritu. Ha puesto semana laboral de 7 días a ministros y diputados. Los minitros trabajan de 7 de la mañana a 2 de la mañana del día siguiente (y les obliga a patinar dos horas al día en Presidencia, para “relajarse y pensar”). La Rada, el parlamento, tiene sesiones hasta en domingo, un canal de televisión que retransmite los debates (que duran muchas veces hasta casi las once) y altavoces por las calles principales que lo retrasmiten, mientras la gente se acerca al Congreso para apoyar a unos u otros y discutir con los que pasan los temas del día. La revolución sigue indiscutiblemente viva. Nunca vi un telediario con tantas caras, con tantos portavoces ni tantos movimientos ciudadanos. Desde Odessa -donde el alcalde enfrenta una revolución naranja local- hasta Lviv, desde los estudiantes hasta los médicos o los obreros de la construcción, la revolución avanza saneándolo todo, dando voz a todos, abriendose paso entre la costra de mafias y torticeros intereses económicos.

Primer desayuno en KievPor la mañana bajo a la tienda, un antiguo despacho soviético de viejas mamparas de marmol en el que los productos alemanes o alemanizados han sustituido a las escasas marcas de los viejos tiempos. Los precios son demasiado parecidos a los españoles para un país donde un médico no alcanza los 200 euros de salario mensual. Las antiguas proveedoras, a las que la tienda debía lo poco que tenía en aquellos años para ofrecer, compraron la tienda en su día. Son del Oeste y no hablan casi ruso, me responden en un ucraniano para duros de oido. Me cuentan que en realidad cada una compró uno de los mostradores, así que en realidad son tres tiendas, una de embutidos, otra de lácteos y otra ultramarinos. A la segunda le compro el zumo y la leche. A la tercera el Nescafé, que está, por europeo, de moda, a pesar de que aquí, lo suyo es el café expresso, como en España.

A las diez aparece Aña. Ha tardado 11 horas en tren desde Lviv, que está a 450 kilómetros. Viene casi sin dormir porque en el compartimento de al lado una campesina llevaba a su gallo favorito consigo. Y se ve que al animalito le estresaba el viaje y no se aclaraba con el horario, así que no paró de cantar. Trae comida y una Bafelniy Tortye que ha hecho ella misma. Hora del desayuno.

Bafelniy TortyeTarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos una docena de obleas grandes con mucho relieve. En un cazo calentamos leche y la saturamos de azucar como si fueramos a hacer dulce de leche. Añadimos en la cocción avellanas picadas en trocitos muy pequeños y una cucharada de mantequilla. A fuego muy lento dejamos reducir y finalmente enfriar. Cuando, ya tibio, coge cuerpo un poco más compacto, vamos untado generósamente las obleas y haciendo pisos oblea tras oblea. Finalmente dejamos enfriar y servimos espolvoreando con azucar glacè.

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a las 11:26 am

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