Nuevos apuntes sobre los orígenes del imaginario nacional que aporta pistas para entender los elementos de continuidad y ruptura en los relatos actuales sobre la nación, el mapa y el territorio.
La normalización de las lenguas producida por la imprenta fue fundamental para que surgiera en Europa la experiencia de una comunidad nacional imaginada. Sin embargo ni fue el único tipo de relato que confluyó a formar los primeros imaginarios nacionales ni siquiera fue determinante en la aparición de vigorosos nacionalismos en América, Asia o Africa. Como comenta Shapiro1,
La cartografia ha sido uno de los géneros tempranos de la construcción nacional desde el estado (…)
Alrededor del siglo XVII las imágenes sobre los mapas europeos comenzaron a mostrar la secuencia histórica de la Cristiandad Universal a los estados dinásticos y [de estos hacia] la nación territorialmente definida
Irina Popova cuenta en un breve pero interesante paper2 como en el Imperio Austrohúngaro el relato cartográfico sirvió para construir un discurso de legitimidad nacional dentro del mapa dinástico imperial, presentando de forma homogénea las distintas regiones y sobre todo presentando al Imperio como el resultante de la unión de una serie de piezas con sentido (nacional) pleno y propio. Un tipo de mensaje que como cuenta Shapiro siguiendo el estado del Arte de la Historiografía contemporánea, había comenzado ya con Bonaparte, cuando
Las prácticas cartográficas francesas pasaron a orientarse a sustituir los espacios de privilegio aristocrático con un espacio uniforme sostenido por un ideal republicano: la aplicación uniforme de la ley bajo una única administración
Claro que fuera de Europa, los mapas bien puedieron formar parte más de una profecía autocumplida que de un relato de los avances del estado nacional:
El mapa se anticipaba a la realidad espacial y no a la inversa. En otras palabras, un mapa era un modelo para lo que pretendía representar, en vez de un modelo de lo representado3
Y esto no ocurría sólo en Asia, donde las fronteras dinásticas eran difusas, zónas y no líneas. Marcó sobre todo el primer imaginario nacional en América, donde grandes unidades coloniales, como Brasil o el virreinato del Río de la Plata, veían representados bajo su ámbito administrativo territorios mucho mayores de los que efectivamente administraban o incluso habían explorado.
La unidad homogénea del mapa daba una proyección, una trascendencia espacial a la comunidad criolla. Los criollos eran una realidad urbana, prácticamente aislada de la población amerindia. Pero también reducida en rangos y poder frente a la metrópolis. Una de las claves de que las naciones latinoamericanas se definan sobre las viejas delimitaciones coloniales sin haber acertado desde el bolivarismo al APRA a contruir una nación continental basada en la comunidad imaginada de la lengua, fue que aquellos burócratas criollos nunca eran mandandos a servir a otras colonias. Su mundo era en realidad unidimensional, un vector que unía Buenos Aires o Santiago, Lima o México, Bahía o Goa, con la capital imperial, pero que jamás unía colonias entre si. Una constricción que se vería profundizada por la restricción de las rutas comerciales impuesto por los borbones a partir de la segunda mitad del XVIII y que impidio el comercio directo intercolonial.
Es difícil imaginar lo que el mapa, la asociación de su función con el territorio representado en la superficie homogénea e imaginada de su superficie coloreada podía representar para aquellos criollos. El mapa literalmente les redimensionaba. Del vector jerárquico de la relación con la capital al espacio de una superficie que emanaba de su mundo real, el puerto comercial, la capital virreinal o la sede administrativa.
Los hijos de la aristocracia criolla en distintas colonias podían sentir una cierta fraternidad entre si, pero no tanta como para que sus imaginarios se confundieran en la misma nación. Su nación surgía del mapa y se restringía al mapa. Representaba los límites del espacio donde era posible vivir una vida paralela a la de la metrópolis. Un mapa que hablaba no del pasado, como los mapas históricos europeos que surgirán a partir de la segunda mitad del XIX, sino del futuro. De lo que habrá de explorarse, colonizarse… y en muchos casos (EEUU, Argentina, Chile, Brasil) incluso conquistarse. La fantasía de vivir una vida paralela a la metrópolis, propia de la élite criolla y presente desde la colonización a través de los mismos nombres de los terriotorios y ciudades (Nueva York, Nueva Granada, Nueva España, Nueva Vizcaya…), se convertía al representarse sobre el mapa en un destino manifiesto. Aquello para lo que nuestros padres vinieron aquí parecía exigir -al representarse cartográficamente- el fin de las ataduras coloniales. Ataduras convertidas en una traba para un proyecto de vida metropolitana trasladada de continente, que conduce a la ruptura con el centro europeo ante la incomprensión de los pares del modelo original:
Tampoco hemos dejado de dirigirnos a nuestros hermanos británicos. Los hemos prevenido de tiempo en tiempo de las tentativas de su poder legislativo para englobarnos en una jurisdicción injustificable. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y radicación aquí. Hemos apelado a su innato sentido de justicia y magnanimidad, y los hemos conjurado, por los vínculos de nuestro parentesco, a repudiar esas usurpaciones, las cuales interrumpirían inevitablemente nuestras relaciones y correspondencia. También ellos han sido sordos a la voz de la justicia y de la consanguinidad. Debemos, pues, convenir en la necesidad, que establece nuestra separación y considerarlos, como consideramos a las demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz, amigos.4
Pronto además la comunidad imaginada sobre el mapa generaría una comunidad imaginada sobre la palabra y el contexto merced a la naciente prensa, que por la misma regulación colonial sobre el comercio vería en el mapa de la unidad administrativa el alcance máximo de su relato. La especial importancia definitoria del mapa en la conformación de la identidad nacional en América ha llegado hasta hoy. Pocos países del mundo representan su mapa nacional en el pasaporte… pero la mayoría de ellos están en América del Sur.
De una forma más general, es sobre esta proyección identitaria, liberadora e igualitaria de la comunidad imaginada en el espacio vacío y homogéneo del mapa, sobre la que se construye la idea de las fronteras ideales, de la asociación entre límites “naturales”, fronteras lingüísticas, y unidad de destino. El concepto de plenitud nacional es hijo del relato cartográfico de la nación. Plenitud que será ante todo completitud pues como hemos visto el mapa representa no tanto una realidad administrativa como un proyecto, un programa.
Todavía hoy es el mapa y la lógica de completar sus líneas lo que sigue fundamentando la reclamación del estado Marroquí sobre Ceuta, Melilla y Canarias, de Japón sobre las islas Curiles o de Argentina sobre las Malvinas. La habitual confusión entre España y la Península Ibérica en los mapas que hacen los escolares españoles es, precisamente por la invisibilidad inconsciente de la diferencia para tantos profesores, la muestra del discurso de invisibilización de Portugal inserto en el nacionalismo español desde la segunda mitad del XIX.
El mapa casa comunidad lingüística imaginada con territorio natural y proyecto estatal. Es el totem y el logo5 que convierte el relato del mundo en un puzle donde cada estado no representa ya una administración dinástica o un territorio sagrado, sino una pieza, un destino, una pequeña placa tectónica imaginaria cuya suma última sobre el plano sería igual al mundo mismo. Son los mapas mundi de finales del XIX, tras el reparto colonial de Africa, con cada pedazo de tierra adjudicado por fin a un estado nacional, con sus colores homogéneos representando hasta la última porción de tierra emergida, los que abren camino a la Sociedad de Naciones y la ONU, a la idea de que en el gobierno del mundo el demos está compuesto por naciones y no por ciudadanos, súbditos o fieles.
Notas
1. Methods and Nations: Cultural Governance and the Indigenous Subject, Michael J. Shapiro.
2. Representing National Territory: Cartography and Nationalism y Hungary 1700-1848 en Creating the Other: Ethnic Conflict and Nationalism in Habsburg Central Europe, Nancy Meriwether Wingfield
3. Siam mapped, tesis doctoral de Thongchai Winichakul en la Universidad de Sidney en 1988 citada por Anderson.
4. Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.
5. Véase Comunidades Imaginadas de Anderson
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[...] sociedades, tanto en las relaciones con otros Estados como hacia sus propios ciudadanos. David ha explicado muy bien el papel de los mapas en la formación de los imaginarios nacionales. La cartografía oficial sigue [...]
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[...] Pero sobre todo hay que señalar que no es el territorio lo que da corporeidad y materialidad a una identidad conversacional hasta convertirla en algo parangonable a una nación, sino la economía, la existencia de un metabolismo económico subyacente. La nación se imagino desde la conversación en lengua vulgar, pero esa conversación ya venía siendo representada y era consciente de distintas maneras desde al menos el siglo VII… Fue realmente el mercado nacional, su papel determinante a la hora de explicar el ser social de cada uno lo que hizo imaginar la nación y su proyección en el espacio lo que cambió el relato cartográfico en un diálogo nacionalizador. [...]






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Hubo otra visión radicalmente opuesta: la de los geógrafos anarquistas del siglo XIX, en especial Elisée Reclus y, en parte, también Kropotkin. Tal vez es hora de volver la vista a su obra, hoy ignorada.
jeje, si, la verdad que sí… aunque lo guardaba para un poquito más adelante…
¿Encontraste algún buen material online?
Vale la pena leer a nuestros maestros… ellos relacionaban la “geografía” y la exploración con el conocimiento…
Espero que os sea muy sugerente para la reflexión-conversación iniciada.
Es un texto al que le tengo un espcial cariño.
Ernesto Sábato
XI Premio Internacional Menéndez Pelayo
Discurso de agradecimiento, 30.07.97
Fragmento
“….
En cambio, yo pertenezco a esa clase de hombres cuya cultura se forjó en sus tropiezos con la vida: los libros que leí, las teorías que frecuenté, se debieron a obsesiones que nada tienen que ver con los programas universitarios. De manera que, cuando algún exégeta habla de mi filosofía no puedo sino turbarme, porque tengo la misma relación con un filósofo que la existente entre un geógrafo y un aventurero explorador, cuya intuición le sugiere la existencia de un tesoro, pero del que no tiene más que ambiguas noticias, ni sabe con precisión dónde se encuentra. Y así he andado a tientas, en medio de un confuso y paradójico universo.