Unos párrafos que han de servir de introducción al capítulo sobre el segregacionismo del siglo XIX y que contienen una idea fundamental para entender el previsible fin de las naciones como las entendemos hoy…
Aunque la famosa frase de Pildudski, es el estado el que hace a la nación y no la nación al estado, es verdad en grandes términos históricos, hemos visto que el origen de la nación es mucho más denso y complejo. Para que surgieran estados nacionales la nación debía existir previamente en la simbología y la identidad de una capa social determinada definiendo una comunidad imaginada que a su vez comprehendiera el espacio de sus relaciones sociales.
Como comenta Hobsbawn1, hasta entonces el país era:
el centro de una comunidad real de seres humanos con relaciones sociales reales entre sí, no la comunidad imaginada que crea un cierto tipo de vínculos entre miembros de una población de decenas de millones. (…)
Por eso hoy el paisano sigue remitiendo a lo rural o al paisanaje, la vecindad de origen… aunque hablemos de Argentina, España o Italia como países.
La clave histórica de nuestro viaje por los símbolos constitutivos de lo nacional está, en realidad, en la globalización de los mercados que, gestada en las redes marítimas medievales, estalló a partir de la conquista de América. Al fundirse la globalización comercial con la experiencia social de las grandes administraciones imperiales y lo que Anderson llama el capitalismo impreso, surgió una base identitaria y lingüística para el mercado cercano, el que definía el nuevo país en el que la gente vivía realmente a través de su consumo, su trabajo y sus transacciones cotidianas. Mercado que ahora llamamos sin pudor mercado nacional. Siguiendo a Hobsbawn:
Con el declive de las comunidades reales a las que estaba acostumbrada la gente -aldea, familia, parroquia, barrio, gremio, cofradía y muchas otras- declive que se produjo porque ya no abarcaban, como en otro tiempo, la mayor parte de los acontecimientos de la vida y de la gente, sus miembros sintieron la necesidad de algo que ocupara su lugar. La comunidad imaginada de “la nación” podía ocupar ese vacío
Es decir, la nación superó como sustento identitario al país y las comunidades reales articuladas sobre la religión y los lazos familiares, precisamente por la misma causa por la que el desarrollo de Internet y las redes de comunicación distribuidas amenazan hoy a la identidad nacional. Porque la identidad debe explicar la vida realmente vivida y dar cuenta, o cuando menos permitir imaginar, a los que toman parte en las relaciones sociales que la definen.
En el siglo XIX allá donde el mercado capitalista dominaba la vida social las viejas identidades eran ya insostenibles. Sólo pervivirían allá donde el capitalismo tardó en permear la vida cotidiana de las grandes masas sociales, y aún así en contradicción con unas élites formadas bajo las referencias imperiales que no podían ya sino definirse como nacionales. Antes de la Primera Guerra Mundial este vacío entre la élite nacional generada por el imperialismo y la nación que imaginaban, entonces todavía mero mapa administrativo colonial, podía llegar a parecer un desmentido cotidiano del nacionalismo:
Los jóvenes estudiantes indios que regresaban del Reino Unido podían llevar consigo los eslóganes de Mazzini o Garibaldi, pero por el momento eran pocos los habitantes del Punjab, y mucho menos aún los de regiones como Sudán, que tenían la menor idea de lo que podían significar.
Pero aunque no existiera más que en tanto comunidad imaginada por unos pocos, la nación estaba destinada a existir políticamente, pues los imperios generaban indefectiblemente la base de una administración unificada y un mercado nacional, al romper las viejas barreras estamentales que les estorbaban. De este modo, el imperialismo europeo decimonónico se convirtió en la matriz de la mayor parte de las naciones que hoy conocemos. Exportando e imponiendo las nuevas relaciones sociales de mercado, imponiendo el inglés o el francés como lingua franca en zonas hasta entonces divididas lingüística administrativamente, exportaba también la necesidad de una identidad nacional que permitiera autocomprenderse en ellas.
En todo este proceso de extensión y homogeneización administrativa y comercial del territorio es fundamental y sería inimaginable sin el desarrollo de los medios de comunicación descentralizados. Su estructura consagraría definitivamente la lógica nacional como principio universal de identidad personal y organización social, desde las empresas a los estados y partidos, desde el federalismo a los sindicatos. La nación madura de la segunda mitad del XIX que será también la del siglo XX, es en buena medida, hija del telégrafo y compartirá sus estructuras y metáforas2.
1. Eric Hobsbawn, La era del imperio. Editorial Crítica 1998.
2. David de Ugarte, El poder de las redes. 2007
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Sigo este trabajo con interés, como me gusta por cierto Eric Hobsbawn…
A mi también. De todas formas, Luis, todo esto son apuntes y borradores. Habrá que limpiar y corregir muchísimo a ver si para el otoño que viene está listo…