El poder de las redes De las naciones a las redes
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Martes, 4 de Octubre de 2005

Más allá de las campañas

En la segunda entrega del tercer capítulo del Manual ilustrado para ciberactivistas, hablaremos de algo de lo que no se suele hablar: ¿qué hacer entre campañas? De camino nos acercaremos a la estructura real de la gran red social y a la naturaleza de fondo del ciberactivismo

La dinámica de movilización de las redes distribuidas podría representarse a lo largo de un eje temporal como una sucesión de “aes mayúsculas” cursivas, separadas por amplios valles. Es decir, cada movilización más o menos tendría el mismo patrón: al principio el mensaje crece poco a poco, pero llegado un punto alcanza masa crítica y el número de personas a las que llega y que participan en su difusión se dispara hasta alcanzar un máximo. Después, la gráfica cae casi en vertical hasta llegar a un nuevo nivel de valle, normalmente un poco más alto que el valle anterior.

El objetivo del ciberactivista, cualquiera sea su patrón ideológico, es a lo largo del tiempo doble:

  1. que tanto los máximos como los valles sean cada vez más altos, que cada vez haya más gente implicada. Entre otras cosas porque sólo alcanzado cierto nivel de movilización puede darse el salto del online al offline necesario para enfrentar determinadas estructuras u oponerse a las políticas de instituciones poco permeables.
  2. que “el despegue” de las aes sea cada vez más rápido, que se alcance la masa crítica en menos tiempo. Dicho de otro modo, que la A fuera cada vez menos parecida a una cursiva y cada vez más simétrica

La forma en “A cursiva” de la distribución tiene su origen en la misma estructura de la red social. Al principio la propagación es pequeña, se da básicamente en nuestro entorno de confianza y rebota de nodo a nodo hasta salir de nuestro círculo habitual y conquistar otro “cluster”. En un momento dado, el número de clusters “contagiados” llega a una masa crítica y el discurso estalla rápidamente hasta hacerse general.

¿Pero de dónde vienen estos “clusters”? ¿Qué son? Para entender la dinámica de la movilización que el ciberactivismo dispara debemos mirar primero hacia la propia estructura de la gran red social. Y es ahí donde nos encontramos con lo que en Teoría de Redes se conoce como fenómeno “small world”… es decir “el mundo es un pañuelo”.

Un día, lejos de nuestra ciudad, tomamos un tren y comenzamos a conversar con el pasajero del asiento de al lado. La conversación se anima, se pasa de las generalidades al relato de los propios mundos de cada cual y en un momento descubrimos conocidos comunes… y es que “el mundo es un pañuelo”, o como se diría en inglés “what a small world it is”.

En 1967 el controvertido psicólogo social Stanley Milgram realizó un experimento original: seleccionó cincuenta personas a las que entregó un mensaje para un único destinatario. El mensaje sólo podía ser entregado a un conocido o, por estos, a otro conocido, hasta alcanzar el objetivo final. El experimento no salió muy bien las primeras veces, con una tasa de recepción final del 5% (cosa que no impidió a Milgram publicar los resultados y abrir un debate que ha sido sumamente fértil). En sucesivos intentos la tasa de recepción se elevó incluso hasta el 97%. Poco a poco una idea emergió de los experimentos, la de los seis grados de separación: cualquier persona podría llegar a cualquier otra siguiendo tan sólo seis pasos de “amigos de amigos” (en ingles “friend of a friend” o FOAF).
¿Sorprendente? Si aplicásemos la lógica de la venta piramidad no debía de serlo. ¿Quién no conoce a cien personas? Si cada una de ella conociera a otras cien (distintas), en dos grados podría llegar a 10.000 personas y en seis grados a más de 9000 millones, lo que es bastante más de la población mundial.

Pero la cuestión es que en realidad es muy posible que comparta la mayor parte de mis conocidos con mis contactos de primer grado. Si “limpiásemos” del listado de conocidos de cada uno de estos de los que ya han aparecido previamente como conocidos directos míos, es muy probable que la mayoría de ellos no llegaran al centenar de contactos. Por eso recibimos los mismos mensajes de email en cadena varias veces, se repiten las convocatorias por SMS en el móvil y definitivamente la venta piramidal nos parece un timo para sacarle los cuartos a la familia y el entorno más cercano.

Este fenómeno se llama clustering y podríamos definirlo como la tendencia que tienen dos conocidos comunes a un tercero a conocerse entre si. O dicho a la manera de la teoría de grafos, la tendencia a que dos nodos conectados a través de un tercero se conecten directamente entre si.

El clustering hace que la gran red social se parezca más a una red de redes que a una única red muy interconectada. La gran red social es todavía y básicamente una red descentralizada.

En el lenguaje del análisis estructural diríamos que la red social real tendería representarse como un conjunto de “clusters” unidos entre si por puentes locales. Son estos puentes los que permiten que sólo haya seis grados de separación media en una red social amplia dándonos la impresión de que “el mundo es un pañuelo” (el “Small World Phenomenon”).

Claro que para que los puentes reduzcan tanto el número de grados de separación medio en grandes poblaciones hace falta algo más que su existencia. Los puentes garantizan la existencia de uno o más caminos entre dos nodos, no que los caminos más cortos (llamados geodésicos en teoría de grafos) tengan pocos grados. Para eso hacen falta que los nodos de los que surgen los puentes sean verdaderos conectores (”hubs”), que estén muy conectados con distintos clusters y conectados entre si. Dicho de otro modo, los conectores son nodos de fácil acceso desde distintas subredes.

En 1973 el sociólogo Mark Granovetter realizó un famoso estudio sobre dos comunidades bostonianas que se movilizaban frente las consecuencias del crecimiento urbano. De este estudio emergía la idea de que la coordinación social dependía, a la hora de la verdad no tanto de los vínculos fuertes como las relaciones familiares, de amistad o de cuadrilla, como de los vínculos débiles establecidos con anterioridad con otros actores con los que hasta entonces habían tenido poco o ningún contacto.
En un estudio posterior corroboró esta idea estudiando qué contactos servían realmente a la hora de encontrar trabajo. Granovetter llamó a este fenómeno la fuerza de los vínculos débiles.

Y esa fuerza debería impulsarnos un par de reflexiones: en primer lugar que en el grafo de una red las claves pueden estar jústamente en aquellos lazos que, en el análisis estático parecen menos relevantes, enlaces que “ensucian” el mapa y que muchas veces se borran para “facilitar el análisis”.

Los límites de la propagación vienen determinados por vínculos débiles, poco llamativos. En segundo lugar y en parte por lo mismo que los vínculos que unen a los hubs entre si y con las redes que conectan probablemente serán también “débiles”.

En una red descentralizada los conectores cumplen una función social: minimizar los caminos geodésicos entre nodos, hacer que el mundo sea un pañuelo.

Surgen en general en todas las redes que crecen por agregación de nodos y en las que los propios nodos pueden determinan a quién se vinculan. Estas redes se llaman free scale networks y fueron estudiadas por el profesor Barabasi2 quien las popularizó en un estupendo libro. En ellas los conectores surgen de manera espontánea obedeciendo una ley potencial.

La razón de fondo es sencilla: si abro un aeropuerto en Cuenca lógicamente será más útil que los vuelos vayan a Madrid o Londres que a Reus, porque desde ahí los viajeros tendrán que hacer menos escalas para llegar a cualquier lado.

¿Qué quiere decir ley potencial? Pues que si relacionamos el número de nodos (y) con el de vinculos que soporta cada nodo (x), nos encontramos con funciones del tipo y= k x-n.

Es decir, que el número de nodos que sólo tienen un enlace será una potencia del número de enlaces que soporta el nodo más conectado. Al exponente n se le llama el grado de la función o escala de la red. Empíricamente redes como las formadas por el contagio de enfermedades de transmisión sexual o el sistema aéreo de transporte han demostrado funcionar así.

Los conectores surgen por tanto, a consecuencia de los intereses y la estrategia de vinculación de los propios nodos de la red, en especial de los “recién llegados”. Pero los hubs no sólo son actores pasivos buscarán mantenerse arriba en la dura carrera de la ley potencial, en la que un vínculo perdido puede hacerte caer varios escalones en el escalafón y lógicamente aceptarán todos los enlaces. Son actores no controvertidos, simpáticos a todos. Y por lo mismo su agenda estará hecha fundamentalmente de vínculos débiles.

Por otro lado, se trate de un aeropuerto, de un relaciones públicas o de un confidente policial, saben que su función y su peso en la comunidad derivan de su función como interconector y su objetivo es interconectar para mantener su estatus en una red siempre en crecimiento, siempre cambiante.
Por ello, su estrategia de propagación será normalmente pasiva. Pasarán la mayor de las veces la info sin más, pues no tienen otra interés que su consolidación. En realidad los conectores son “usados” por los dinamizadores de la red que normalmente no son hubs. Los hubs no son “influyentes” porque renuncian a influir -es decir a defender un discurso nuevo o propio- a cambio de ganar siempre más y más contactos.

Hasta aquí nos hemos hecho una idea relativamente clásica de cómo funciona la gran red social: se trataría básicamente de una red descentralizada en la que los hubs conectarían mundos ideológica y socialmente diferenciados.

Cuadrillas y redes

La red social en su conjunto funciona para muchos propósitos como tal. Pero no lo es en su totalidad ni en el conjunto de la trayectoria vital de las personas.

Durante nuestra infancia y adolescencia somos agregados pasivamente como nodos a una serie de clusters preexistentes o creados ad-hoc por otros (la familia, el colegio, el instituto…).

No existe “agregación preferente”, no nos ligamos al mundo a través de conectores de nuestra elección (normalmente ni siquiera les conocemos todavía). Los conectores de nuestro mundo son institucionales (padres, profesores…). Al entrar en la adolescencia, los lazos formados durante este periodo, especialmente en entornos físico-sociales pequeños, cuajan en un tipo especial de cluster marcado por esta “no elección” de los iguales: la cuadrilla.

Sin embargo en las grandes ciudades, en los entornos donde la movilidad social y geográfica son amplias, a partir de cierto momento biográfico, que suele coincidir con la Universidad y la integración laboral, empezamos a conocer gente nueva por motivos de afinidad y a reorganizar nuestro entorno de relaciones de forma pareja. Poco a poco, en nuestro cluster empiezan a funcionar las leyes potenciales y aparecer grandes conectores de entornos.

La diferencia entre red y cuadrilla es capital desde el punto de la permeabilidad de los nodos y del tipo de mensajes que corren por la red. Mientras la cuadrilla es ideológicamente heterogénea y tiende a aislar las creencias del individuo en un campo “íntimo” y terriblemente sensible a los medios de comunicación de masas, una red identitaria las fortalece, siendo más sensible a las corrientes de pensamiento dentro de la red que a los mensajes emitidos desde los centros de poder.

Esto se debe en buena medida a la actitud de los hubs, siempre temerosos de perder contactos si lanzan mensajes potencialmente controvertidos dentro de un cluster heterogéneo. En general, los hubs sólo propagarán aquello que creen será bien recibido. Por eso tantas personas creen que “todo el mundo” piensa como ellos.

Durante los años 90 España vivió una de las peores y más virulentas epidemias sociales de su Historia: el “chiquitismo”. “Chiquito de la Calzada” era el nombre artístico de un humorista que se parodiaba a si mismo recitando una serie de letanías sin sentido. Durante años las frases vacías y siempre iguales de Chiquito se convirtieron en un verdadero sistema de claves comunes extendido a lo largo de todo el país. El programa de televisión que lo dio a conocer, identificado con su humorista, se convirtió pronto en el de máxima audiencia de su franja horaria. Tras intentar promocionar alternativas, los programas de la competencia acabaron contratando imitadores de Chiquito para competir con el original. El lenguaje popular se preñó de las expresiones de unos y de otros en una suerte de barroquismo surrealista.

El chiquitismo creció porque sobre todo porque era una epidemia de conectores. Al haber nacido de un programa telivisivo, los nodos podían suponerlo conocido por los demás previamente, es decir, generaba un código comunicativo común. Los conectores podían “dejarlo pasar” a los clusters sin peligro de no ser entendidos. Tampoco resultaba polémico de ninguna manera -de hecho no decía nada ni se identicaba con nada que no fuera el propio atraso de la cultura popular española- así que podían transmitir sin temor a ofender la identidad de los clusters o dañar la relación con ellos. Además proporcionaba un arsenal de frases vacías para distender el ambiente cuando no se sabía que decir. Algo preciado por el conector típico, cuyo objetivo es mantener una red social lo más extendida posible, no transmitir mensajes especializados.

El ejemplo del chiquitismo, por su propia amplitud y estulticia, nos revela los límites de la propagación en una red social descentralizada. Funcionó llegando al máximo de gente precisamente en la medida en que transmitía un mensaje vacío, previamente “broadcasteado” y sobre una arquitectura de red que no transformaba.

En el momento en que quisieramos aportar sentido al mensaje veríamos reducirse el número de conectores que le darían paso a otros clusters. Y eso, en países donde la estructuración social en cuadrillas es relativamente amplia (como España) tiene efectos mortales para la expansión del mensaje en situaciones normales. Siendo los clusters heterogéneos, la propagación siempre es arriesgada para los conectores.

Por eso, el marketing masivo, aunque se venda como marketing de red, suele funcionar en nuestros países al revés de lo esperado: desde el broadcasting, intentando conseguir la generación de códigos comunicativos comunes a base de un “bombardeo” mediático tradicional. Es decir, busca sustituir a unos conectores generalmente inhibidos por la heterogeneidad de los clusters, con la difusión masiva.

De la red social descentralizada a la distribuida

¿Y las nuevas tecnologías que pintan en todo esto? Un número creciente de personas unen a las formas tradicionales de socialización nuevas formas propias del nuevo gran entorno distribuido: Internet. Además situaciones de polarización social permiten que nuevos medios distribuidos, como los SMS de los teléfonos móviles, permitan transformaciones de la red sumamente rápidas (como el 13M) de la que emergen redes distribuidas que hasta entonces existían solamente de modo potencial.
El efecto de estas tecnologías de arquitectura distribuida es pues aumentar el tamaño de los clusters, hacerlos más homogéneos identitariamente y menos represivos ideológicamente a costa de las tradicionales “cuadrillas”.

Pero el efecto realmente revolucionario nace de que al permitir fácilmente la formación de lazos débiles dota al individuo de una autonomía creciente respecto a los hubs.

En la blogsfera es común dirigirse o escribir a cualquiera directamente, sin buscar la mediación de ningún conocido común.

Pero la socialización en Internet forma parte de la socialización real de las personas. Para los que vivimos Internet y la blogsfera, nuestro entorno social es cada vez más mestizo: nuestros contactos conocidos en entornos físicos tradicionales tienden a “virtualizarse”, a desarrollar una parte creciente de la relación a través de la red. Por otro lado nuestras relaciones “virtuales” tienden a hacerse “físicas” con la misma facilidad. A ese respeto Internet es un lugar de socialización más aunque cada vez más importante en nuestra vida. No hay un mundo real y otro virtual opuestos, hay una única red social que se desarrolla en distintos medios.

Pero como vimos la estructura del medio virtual no es inocente. La blogsfera, la web, las comunidades virtuales… reproducen las condiciones y lógicas de las redes distribuidas.

Esto hace que la subred de hubs tienda a hacerse cada vez más volatil y que tienda a desaparecer. No sólo en el entorno virtual. La mediación de los conectores es cada vez menos necesaria para entrar en contacto con cualquiera porque si ese alguien tiene un blog o pertenece a una comunidad virtual, podemos leer sus ideas, conocer sus preocupaciones, repasar su trayectoria y finalmente dirigirnos a él con muchas probabilidades de ser bien recibidos sin necesidad de pedirle un favor a nadie.

Internet nos hace libres porque impusa a que la red social se parezca cada vez menos una red descentralizada y cada vez más a una red distribuida. La ética del hacker, la lógica de la enredadera, tienden a diluir cuadrillas y hacer innecesarios a los hubs.

Consecuencias para el ciberactivista

Todo lo que haga a la red desarrollar “enlaces”, tender a una forma más distribuida, facilita que el doble objetivo del ciberactivista se haga más asequible al diluir el poder de cancerbero de los hubs. Se trata de que la gran red social se parezca cada vez más a un P2P, que cualquiera pueda llegar a cualquiera directamente, de modo que los mensajes corran más fácilmente, sin necesidad de mediaciones. En el límite cualquier nodo podría llegar a todos los demás. En ese caso la A con la que representábamos el alcance de las movilizaciones sería en el primer tramo prácticamente vertical y su pico, el máximo, sería igual al conjunto social.

Evidentemente esto es en el límite. Es cierto que la gran red social siempre tendrá una base de lazos fuertes que formarán clusters unidos por hubs. Pero no es menos cierto que Internet en general y la blogsfera en particular ayudan a formar conforme se expanden, una gran red de lazos débiles que conecta unos clusters con otros multiplicando el número de hubs y diluyendo su poder de filtro.

Y cuanto más así sea, cuanto más se expandan Internet y la blogsfera, más alto será el máximo potencial de personas que podrían sumarse a cada campaña y más fácil será llegar a ellas en menos tiempo. Hacerlo posible es la tarea principal del ciberactivista entre campañas. De su éxito en el intento, lo que es lo mismo, en su capacidad para “bloguizar” a su entorno off line entre una campaña y otra, dependerá que pueda cumplir sus objetivos a lo largo del tiempo.

El ciberactivista es por propio interés, un alfabetizador digital. Y alfabetizar, hoy, es “bloguizar”, dar las herramientas para que cada persona pueda emitir, convertirse en nodo del gran medio de comunicación distribuida de nuestro tiempo.

Al hacerlo, cada uno de ellos actúa como un pequeño enzima que modifica localmente la estructura de la gran red social. El ciberactivismo podría entenderse globalmente como una forma de swarming, cuyo resultado último, independientemente de lo heterogéneo de los objetivos concretos de movilización de cada ciberactivista, no es otro que la transformación de la estructura social, de las redes descentralizadas y por tanto jerárquicas (todo poder de filtro es poder jerárquico) a las redes distribuidas de iguales.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 8:18 am

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  1. Blog de Pablo Mancini » Blog Archive » Manual para ciberactivistas

    [...] Más allá de las campañas [...]

  2. Crecen los enlaces entrantes y eso nos ilusiona mucho.- — Sebastián Lorenzo

    [...] razón es simple: trabajamos en red y juntos comenzamos a ser poderosos. Hace algún tiempo nos parecía dificil hacer algo [...]


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