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Miércoles, 25 de Octubre de 2006

Lógicas extractivas

Crónica de mi segundo día en el Río de la Plata

Me despierto con frío. Milagro. El cielo encapotado promete lluvia. Ayer el calor fue insoportable. Siete duchas y otras tantas mudas de ropa empapada dan la escala. Por la noche nada indicaba que fuésemos a bajar de los treinta y muchos.

El día se fue no tanto en explorar como en buscar conectividad. Tema difícil. No puedes comprar un móvil prepago y llevártelo puesto, tardan casi un mes en el papeleo. Vamos que si lo compro al llegar podría empezar a usarlo al marchar.

Opto por llamar desde locutorios a los móviles de los amigos. Difícil también: si llamas desde locutorio la conexión se hace en modo roaming vaya usted a saber por qué y el teléfono avisa al receptor de que habrá de pagar un pico por la llamada… de alguien que no sabe quién es y que bien podría ser un comercial plasta. Me cogen sin embargo el teléfono, menos mal. Me cuentan que al fin, los precios de movil les resultan tan prohibitivos que lo habitual es usar el sms y completar la comunicación acercándose uno de los dos al fijo más cercano y el otro a un locutorio.

En la misma línea de barroquismo para lo más simple, me resulta imposible encontrar un ciber donde me dejen conectar mi ordenador y no solamente utilizar un terminal bajo Windows.

¿Qué os voy a contar? Imaginad un país donde Telefónica actúe a sus anchas. Lógica extractiva: sacar lo máximo, dar lo mínimo. Sadico disfrute corporativo de una continua agresión al cliente. Pésima calidad de servicio con precios de un servicio personalizado. En los anuncios de conexión doméstica a internet se ofrece “banda ancha”, pero en ningún lado te dicen el ancho, no sabes si lo que te cuesta más de 50 pesos es medio, uno o veinte megas. ¿Qué importa si no hay otra cosa?

Paseando por Buenos Aires descubres pronto que las telecos son la última entrega de una serie de plagas que han asolado el país y estructurado la ciudad según sus necesidades: desde los ferrocarriles ingleses que terminaban en las dársenas del puerto para exportar carne y grano hasta las nulas inversiones en conectividad o la abrumadora presencia de libros impresos en la lejana España en las librerías. De fondo, un continuo en el que el capital exterior entendió ésto como mera plataforma, como un gigantesco take away condenado a pagar por lo básico un plus de lejanía metropolitana.

En el pateo, inevitable pausa para un asadito. El asadito común, barato, de menú en restaurante popular (6 euros para tres personas) es asado de tira, mollejas -que por primera vez en mi vida me gustan- y riñones -que siguen sin gustarme desde la infancia. Si quieres carne de verdad pide un bife, que moriras del gusto y pagarás poco más.

Por la tarde visita al abasto, el barrio del mercado. Roger había de pasar por Kábbalah para recoger su sim. Hombre precabido, la había solicitado hace un tiempo. Aprovechamos para comprar carne, comino y otras cosas en el hiper. En casa les hago un cous-cous. Se unen a la cena las amigas de Caro que vienen a conocer a Roger. Cargo de canela la carne para suavizar roces y tal vez por eso, a pesar del calor brutal, la cena acaba en una conversación bien divertida. Las chicas se sueltan y se confirman los tópicos: el machismo argentino no es para nada un mito, el sexo se viste irremediablemente de clandestinidad y “telos” (los hoteles de habitaciones por horas) bajo un sistema moral apretadito como el sólo que alaga la promiscuidad en los hombres y la condena en las mujeres. Cosas como que vuelvas a salir con una chica con la que estuviste en otro momento de tu vida y que haya estado entre tanto con algún otro, resultan por lo visto casi inimaginables bajo la óptica de un inseguro varón porteño que al parecer vive en la fantasía de un festival de estrenos continuos.

Las relaciones y el sexo parecen, en su retrato, obedecer a la misma lógica que las teleoperadoras: todo cuesta demasiado, en todo se mide tan sólo el número y, como todo vale, nunca serás suficientemente tenaz en tus objetivos, ni desconfiado frente a los demás sobre cuanto les oigas.

Empieza a asustarme esta ciudad.

[+ en el fotoblog]

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 8:29 pm

En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)

  1. Blog de Pablo Mancini — “Empieza a asustarme esta ciudad”

    [...] Sexo. Telos. Machismo. Cibers y locutorios a puro Windows. Servicios de telefonía jurásicos. Parrilladas con chinchulines. Mujeres como pocas. Humedad. Conectividad imposible. Siete duchas y otras tantas mudas de ropa empapada. Lógicas extractivas. David de Ugarte está en Buenos Aires y en su diario de viaje no se anda con rodeos: “Empieza a asustarme esta ciudad”. [...]


Comentarios

  1. daniel el 25/10/06 a las 10:03 pm

    Ya tardabas… ;), aunque veo porqué. Yo tambiñen tenía la fantasía de Corrientes. Y de las grandes avenidas. ¿Tiene solución Argentina? Hace apenas una semana volvieron a balacearse alrededor del féretro de Perón. Qué pena. Pásalo bien y cuidadito con la carne (de vacuno).

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