Vamos llegando a elementos definitorios sobre qué es lo que estamos debatiendo…
Esta segunda fase del debate postmodernidad vs modernidad con Lluís Perez Lozano creo que está llegando a distinciones realmente interesantes y clarificadoras.
Dice Lluis:
vuelvo a insistir en que los resultados de la Ciencia no tienen nunca consecuencias humanas y sociales necesariamente derivadas de sus propios postulados (…) La Ciencia no pone en circulación verdades morales sino simplemente verdades objetivas; lo que hagamos con ella es cosa de nuestras propias concepciones morales, que por otro lado también se pueden timonear racionalmente mediante la Ética.
Por otro lado, si hablamos de un “relato científico” debemos empezar por especificar donde podemos “leer ese relato”. No dudo de que habrá gente que sostenga ese “relato”, pero vuelvo a repetir que las mejores críticas a los límites de la Ciencia y a las extralimitaciones de los científicos las han formulado autores modernos (modernos histórica y filosóficamente). Las pseudocríticas de Baudrillard y compañia palidecen ante la hondura de las críticas de un Popper, un Russell, un Marx o incluso un Einstein. A ninguno de estos autores se le puede llamar, ni por casualidad, postmoderno. Así que… parece ser que este “relato científico” del que hablas dista mucho de ser el relato oficial ofrecido por la Modernidad.
Sigo pensando, Lluís, que menosprecias ese relato científico que por ejemplo en Marx es tan claramente teleológico y tan expreso que habla de las consecuencias políticas que elabora a partir de su cosmovisión como socialismo científico.
Es frente a ese relato -que es lo que yo identifico con Modernidad- frente a lo que relativizo… aunque las conclusiones no siempre me gusten.
Seguramente lleves razón cuando me criticas que lo hago con un espíritu que no deja de ser moderno. Seguramente es eso lo que llevo a Marina a hablar de ultramodernidad en vez de postmodernidad, precisamente para delimitar conceptualmente ese espacio que hay entre la relativización del relato científico y el relativismo cultural.
Pero ese relato no es un error, un accidente, al contrario, es inevitable pues como toda actividad humana que se desarrolla en el tiempo, la ciencia tiene un discurso social y simbólico. La ciencia tiene un contexto social y por tanto desde el planteamiento de las preguntas a las respuestas, éstas significarán distintas cosas en cada momento en función de ese contexto. El relato científico explica a la Ciencia como un proceso, como una fuerza y como algo relativamente neutral respecto al poder, algo cuyas consecuencias (incluso aunque sean erróneas después para su propio sistema) hay que asumir.
Este debate en realidad va exactamente de eso. Yo intento salvar el niño (la ciencia) tal vez dejándole un tanto en tenguerengue, no lo sé, pero tirando fuera el agua sucia del discurso sociopolítico de la ciencia como herramienta de la razón para llegar a un mundo mejor frente a cuyas consecuencias debe someterse el devenir social.
Tu símplemente niegas que ese discurso exista o dices que si existe no es el discurso moderno sino una malformación, una utilización espuria en todo caso salvable desde una ética racionalista. Yo dudo que los anticuerpos necesarios se puedan construir sin relativizar el relato científico, el discurso sobre lo que es y hacia dónde nos conduce la Ciencia.
Dices que los economistas somos popperianos. En realidad andamos todos a medias entre Popper y Feyerabend sin acabar de dejar de ver al primero como deseable y al segundo como un poco cínico.
El hecho es que la Economía anda rebajando sus pretensiones y requerimientos epistemológicos conforme amplia su campo, asumiendo y criticando su propia retórica por un lado y por otro entendiendo sus modelos cada vez más como analogías de una realidad que podrá representar (y esta es una palabra clave) de un modo que seguramente nunca será plenamente satisfactorio. En una palabra, la Economía está digiriendo la subjetividad y la complejidad poniéndose en jaque como ciencia y mirándose a si misma de un modo cada vez más crítico, menos pretencioso, más relativo.
Es en ese marco desde el que hablo y reivindico esa postmodernidad que te parece en realidad tan moderna.
Respecto al tema de los profes postmodernos en sociología… Bueno, como dices que dicen ellos en realidad, toda argumentación es un juego de poder, claro, y es desde esa lucidez desde la que toca argumentar, no escabullir el bulto como dices que hacen.
En Economía es muy claro. Recuerdo un modelo de Gary Becker que demostraba que el racismo favorecía a los trabajadores negros. Evidentemente me repateó en cuanto lo vi aunque formalmente era hermoso, como casi todo lo de él. Eso sí, tenía el mal gusto -muy extendido- de haber sido escrito en colaboración con un matemático mercenario que se había encargado de formalizar la historia.
No fue una duda formal sobre el modelo o la matematización la que me llevó a dedicar una semana a hackear toda la construcción hasta establecer que las conclusiones beckerianas sólo eran válidas en un rango empíricamente improbable. Fue una cuestión de poder y discurso social pura y simple.
Creo que en ese debate -en el que al presentar mis resultados descubrí por cierto que unos profesores suecos se me habían adelantado- todas las partes, incluidos los divertidos profesores que repasaban unos y otros modelos, hacíamos argumentación política con herramientas formales científicas, no Ciencia según lo que ciencia quiere decir en el relato científico -que no es cierto. Y que lo que nos movía era precisamente esa actitud postmoderna, un tanto cínica, al menos irónica respecto a lo que el trabajo del analista supone dado un discurso de la Ciencia y sus consecuencias sociales. Porque no lo olvidemos, de haber sido coherente el modelo de Becker -que no necesariamente cierto-, las consecuencias políticas no se habrían hecho esperar.
Y ¿por qué? Pues porque hay un discurso Moderno sobre lo que es la ciencia que lo hubiera hecho tan inevitable como los electroshocks, las terapias de la homosexualidad o las consecuencias de la argumentación científca que durante años nos demostró la verdad objetiva de la inferioridad intelectual de todo lo que no fueran los varones heterosexuales blancos no judíos… cuando no lo explicaba como una patología.
Es sobre ese discurso, sobre ese relato cuyas consecuencias no han podido ser más crueles, sobre lo que gira la diferencia entre modernidad y postmodernidad.






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Lo que tal vez fuera bueno para la discusión es averiguar de dónde le viene al discurso científico de la Modernidad la pretensión de veracidad y objetividad. Tal vez descubramos que el origen es el mismo que el de la pretensión de veracidad de la religión. Y tal vez la grandeza de la postmodernidad radica, precisamente, en que pone en duda dichas pretensiones de veracidad, entre otros muchos mitos.
A estas alturas ya han sido muchos los ensayistas científicos que han puesto el acento en las “trampas” de la mecánica newtoniana, por ejemplo en todo lo relacionado con la complejidad y el caos, que el bueno de Isaac no fue capaz de encajar adecuadamente en su máquina natural y, sencillamente, lo dejó fuera de forma totalmente consciente.
Creo que este es un ejemplo pintiparado sobre lo que debe suponer para nosotros la Ciencia. Una concepción que estaría relacionada con aquella idea de que nuestro cerebro no está creado para conocer la verdad, sino para buscar la supervivencia. En este sentido, en mi humilde opinión, deberíamos ver la Ciencia como una concreta interpretación de la realidad basada en hechos, en la medida en que ello es posible (esta limitación es de capital importancia), en contraposición a la interpretación de la realidad que ofrecen las religiones, basadas principalmente en constructos arbitrarios generados a partir de la ansiedad que genera en nosotros, los humanos, lo que Blumenberg denominaba “absolutismo de la realidad” y, sobre todo, en la ignorancia de las explicaciones racionales y en la renuncia a buscarlas.
De esta reflexión emanaría la conclusión de que la Ciencia solo podría aspirar a ser Verdad y enteramente objetiva en la medida en que ya hubiera ofrecido una explicación definitiva, indubitada e indubitable de Todo lo existente en el Universo y del Universo mismo. Sin embargo, es obvio que tal cosa no solo no se ha dado, sino que es más que probable que el Ser Humano no sea capaz, de ninguna de las maneras, de conseguir tal cosa jamás.
Si la Ciencia, en el mejor de los casos, solo es capaz de ofrecer explicaciones parciales sobre una parte ridículamente ínfima no ya del Universo, sino siquiera del planeta en que vivimos, nuestra reacción lógica debe ser la de relativizar la pretensión de Verdad de la Ciencia.
Esto no supone, de ninguna manera, minimizar la importancia “social” de la Ciencia. Puede que Newton hiciera trampas a la hora de “diseñar” su Mecánica (o sea, puede que no hiciera honor a la “verdad” con su propuesta), pero su aportación social fue gigantesca, porque su aportación científica hizo posible una concepción de la naturaleza, y por tanto una forma de actuar sobre ella, que incrementó espectacularmente la calidad de vida de la sociedad.
Si antes hemos dicho que el cerebro humano no está creado para conocer la verdad, sino para procuararnos la supervivencia, lo que hizo Newton fue precisamente eso: la Mecánica de Newton no es la verdad, pero sí supuso una merjora práctica y mesurable en las condiciones de vida de las personas.
Llevando esto al terreno más filosófico de vuestra discusión, podríamos concluir que la Ciencia tal vez no debería verse como El Sistema de explicación del mundo, sino más bien como el intento de ofrecer un cúmulo de conocimientos racionales sobre nuestro entorno que nos permita “habitar” una interpretación del mundo que nos permita ser agentes activos de nuestra propia supervivencia, en contraposición a la interpretación mítica de las religiones, que promueven una actitud pasiva ante el mundo, al dejar la responsabilidad del devenir de la especie humana en manos de supuestas divinidades. Simplificando, estaríamos enfrentando la Voluntad de Poder propia del Ser Humano de Nietzsche, a la Divina Providencia del cristianismo, en el caso europeo u occidental.
¿Por qué tanto las religiones como la Ciencia moderna aspiran a convertirse en verdades absolutas, en La Verdad? En mi opinión, por la necesidad que tienen quienes las representan de imponer como única posible su interpretación de la realidad. Un defecto enteramente humano. Si aceptamos que lo que caracteriza al Ser Humano, incluso al “Homo Tecnologicus” del siglo XXI, es la ignorancia sobre el qué, el cómo y el por qué del Universo y de su existencia en el mismo; y si aceptamos que esa ignorancia, sumada a la necesidad de supervivencia en las mejores condiciones posibles, nos lleva forzosamente a generar una interpretación de la realidad para habitar en ella (la “burbuja” de Sloterdijk), no es difícil darse cuenta de que quien imponga “su” interpretación de la realidad, con consecuencias evidentes para la concepción de la realidad física, o de la naturaleza del Ser Humano, o de las relaciones de este con la naturaleza, etc, etc, estará encaminando el devenir humano en una dirección concreta. Es una norma en la mecánica cuántica: controlando las condiciones iniciales del experimento, controlas su resultado.
Llegados a este punto, la discusión sobre la postmodernidad es importante, pues la principal característica de esta forma de pensamiento es, precisamente, que pone en cuestión la validez absoluta de los grandes metarrelatos, ya sean religiosos o científicos, caracterizados en la Modernidad por su pretensión de verdad absoluta. El pensamiento postmoderno lo que hace es desvelar esa voluntad de autoengaño y recordarnos a todos que no existe ningún fundamento que permita establecer verdades absolutas en el ámbito humano, ya que tanto las religiones como la Ciencia no son otra cosa que meros constructos emanados de nuestra ignorancia y de nuestra necesidad de supervivencia. Y por tanto, son relativos, no absolutos, están sujetos a variables de tipo cultural y, en todo caso, a la imposibilidad para el Ser Humano de acceder a un conocimiento total (qué, cómo, por qué) del Universo en el que ha de procurar su supervivencia como especie.
Creo que ya salió varias veces a colación el uso bastante “libre” (por decirlo de forma respetuosa) que los post-modernos hacen del lenguaje científico. Con respecto al comentario de Daniel Olano me gustaría matizar algunas cosas:
1. La mecánica de Newton no contradice ni el caos ni la complejidad, sino que los posibilita.
2. De acuerdo con Mircea Eliade, la religión y las mitologías no han sido nunca o casi nunca agentes pasivos sobre el mundo.
3. No sé que significa esto: “Es una norma en la mecánica cuántica: controlando las condiciones iniciales del experimento, controlas su resultado” Desde luego me parece una norma de uso científico bastante general y no particularmente cuántico, si añadimos las condiciones de contorno a las condiciones iniciales.
4. Me parece del todo natural que cuando cojo un avión, confio que las leyes sobre las que se asienta la posibilidad de volar no son relativas a las creencias de los que están volando conmigo. Otra cosa es que dichas leyes y los aviones surgiesen en determinado contexto histórico. Pocas cosas son más sanas (también para la ciencia) que el escepticismo, pero de comprobar y aceptar que la ley de Newton se va a cumplir a todos los niveles prácticos en todas las experiencias que se me ocurran (dentro de ciertos límites más o menos conocidos) a creer que es una descripción bastante completa de la parte de la realidad que pretende describir, no hay un gran salto, me parece a mi. Al menos para la mente humana.