contextopedia El poder de las redes De las naciones a las redes
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Martes, 4 de Marzo de 2008

Lengua e identidad en un mundo de redes distribuidas

Un nuevo capítulo de “De las naciones a las redes” redactado a partir de un texto original en catalán de Pere Quintana

El mundo de las redes distribuidas es un mundo necesariamente diverso. Los procesos de globalización económica no están resultando unidireccionales -o al menos no tan unidireccionales- como muchos temían. Como nos comentaba Augusto de Franco1:

Todo moviento de globalización implica un reforzamiento simultáneo de lo local, si globalizas, localizas.

Es decir la globalización es en realidad un proceso de extensión del ámbito de las redes socioeconómicas ligadas al comercio que multiplica y traslada la diversidad compartimentada del viejo mapa internacional a un nuevo tablero de juego compuesto fundamentalmente por ciudades. El mundo se convierte en fractal: en cada ciudad se hablarán más o menos las mismas lenguas, pero serán miles en cada ciudad. Esa será la marca de las ciudades red en un mundo cada día más neoveneciano que nacional.

Lo interesante de cómo funcionan ya esas redes es que no habrá una lengua franca, habrá muchas conviviendo en cada espacio geográfico porque cada red y cada actividad que implique a varias redes cercanas, tendrá la suya.

Es un fenómeno que ya hoy podemos observar con el punjabí, el árabe al-yazira o el urdu, irremediablemente ligados a circuitos comerciales y financieros, a redes de negocio e identidad, que se han extendido durante los últimos 50 años siguiendo la estela de las migraciones postcoloniales.

Es interesante señalar que de momento, estas redes extensas, unidas por un origen geográfico cercano y por un espacio social similar en su llegada a la metropoli, no han sabido configurar de una forma sólida identidades que son ya desterritorializadas.

Merecería la pena preguntarse si el auge de nuevas formas de identidad islámica, del renacimiento del concepto de Umah, no es sino producto del choque entre esa incapacidad y la necesidad perentoria para la llamada tercera generación de dotarse de una identidad sólida que explique su propia transnacionalidad y aterritorialidad.

Marc Sageman2, estudioso del proceso de conversión de jóvenes musulmanes europeos en yihadistas señala cuatro etapas en la adopción de esta identidad basada en la Umah que serían difícilmente explicables sin este vacío identitario previo:

The initial trigger is a sense of moral outrage, usually over some incident of Muslim suffering in Iraq, Palestine, Chechnya or elsewhere. This acquires a broader context, becoming part of what Mr Sageman calls a “morality play” in which Islam and the West are seen to be at war. In stage three, the global and the local are fused, as geopolitical grievance resonates with personal experience of discrimination or joblessness. And finally the individual joins a terrorist cell, which becomes a surrogate family, nurturing the jihadist world-view and preparing the initiate for martyrdom. Many Muslims pass through the first three phases; only a few take the final step.3

Esto señala un elemento radicalmente nuevo respecto a los procesos de formación de identidades nacionales: la lengua ya no es un determinante central en la identidad imaginada. Otra cosa es preguntarnos si las identidades de red, incluso dentro de imaginarios más amplios no estarán limitadas por ella. En ese sentido, la experiencia del yihadismo vuelve a ser llamativa: los grupos yihadistas formados en Europa desde 2001 agrupaban personas que compartían dialectos similares de la misma lengua, usando finalmente para la comunicación interna una versión estandarizada de esta. Cuando hablamos de la comunidad real, la proximidad lingüística cuenta y cuenta mucho.

Tampoco hay que olvidar que el estado seguirá existiendo y que por muy transnacionalizadas que estén las redes que articulen identidades alternativas a la nacional, habrán de convivir con estados que seguirán unidos a una lengua concreta. No sólo haciendo uso de ellas, sino utilizándolas para generar y cohesionar el cuerpo político.

De aquí a cincuenta años es más que previsible que el estado siga teniendo una lengua oficial. La lengua de Londres seguirá siendo el inglés… pero servirá como lengua franca en la relación con la administración y en ciertos ámbitos socioeconómicos. Será la lengua franca de la City… pero apenas será hablada en un nivel muy básico en buena parte de los barrios de la ciudad.

Así una persona normal tendrá un idioma familiar, seguramente compartido con su barrio y con su comunidad virtual de conversación y trabajo, un idioma institucional que le comunicará con el estado y un tercer e incluso cuarto idioma, comerciales, que usará en el circuito económico.

Es perfectamente imaginable un enólogo que tenga por lengua familiar y de empresa el español, que viva más o menos establemente en el Sur de Brasil, usando el portugués para relacionarse con el estado y que se maneje con cierta soltura en francés -lengua de estudio e información profesional especializada- e italiano, lengua de los inversores en el sector. Es tan imaginable como que hoy, casos así son ya una realidad emergente en muchos países sudamericanos.

Lo que en cualquier caso es claro es que no existe una lengua de la globalización. Porque la globalización no es un proceso de centralización, sino un proceso distribuido que multiplicará la potencia de las redes reales por encima de los estados y las identidades nacidas de estos.

Eso no significa que la distribución lingüística sea azarosa o igualitaria. Uno no aprende idiomas por la mera existencia de curiosidad o contacto cultural. Son los mapas de red de la globalización personal y económica los que determinan ese espacio de diversidad que será el multilingüismo del nuevo siglo, no los estados nacionales.

Nuestras vidas y nosotros mismos, estaremos definidos sobre una cesta de lenguas, de dialectos y de lenguas francas. Irremediablemente las hablaremos cada vez peor, es decir cada vez más lejos de los ideales lingüísticos inmobilistas de los estados y las academias. La diversidad nos hará y haremos nosotros mismos a la diversidad. Y en el camino la lengua, las lenguas, volverán a ser un continuo mestizo y fertil, cada vez más lejano del estado con su irremediable mística del territorio y su amor por la pureza de las comunidades imaginadas.


1. A revoluçao do local (2004)
2. Leaderless Jihad: Terror Networks in the Twenty-First Century by Marc Sageman (2007)
3. How jihad went freelance, The Economist 31 de enero de 2008

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 9:47 pm

Comentarios

  1. cbsol el 10/03/08 a las 1:59 pm

    David creo que tu visión es muy europea. En nuestro país argentina a los planteos que vos haces debemos agregarles que hay culturas latinoameericana, en nuestra región de tradición incaica que todavía se mantienen en el barrocco. El manejo del lenguaje es agrafo como señala la Dra Requejo acahttp://usuarios.arnet.com.ar/yanasu/pobreza1.htm.
    Es muy interesante plantear el probelma para adelante pero necesariamente debemos plantearlo para atrás también ya que con culturas tan diferentes y con tradiciones tan diferentes la comunicación se hace muy dificil. sin establecimiento de vínculo es impisible la comunicación. Y que vínculo podemos tender hacia estas culturas.
    Otro dato que aporto es que el silencio como contrafigura de la palabra es otro impedimento muy marcado en nuestras tierras. Según Paulo Freyre la la cultura del silencio como la llama se debe a que :”Así vivíamos todo nuestro período de la vida colonial. Presionados siempre. Casi siempre imposibilitados de hablar. La única voz que se podía oír era la del púlpito (…) el gran servicio que prestan ‘las iglesias’ al poder establecido, cuando hablan de tantos pecados, de amenazas de fuego eterno, de perdición sin rescate.”
    La negación de la palabra no hace a dictos, ( no dicho) que a su vez nos introduce en un mundo de dependencia.
    Sin habla, sin lenguaje, como podremos tejer las redes?
    Tengo algo escrito al respecto, si te interesa te lo mando

  2. David de Ugarte el 10/03/08 a las 8:07 pm

    cbsol… ¿no era que el guaraní por ejemplo fue utilizado ampliamente por la Iglesia Católica? ¿No ha sido el estado argentino -armado por un nacionalismo lampante aún a día de hoy- el que ha casi eliminado el guaraní de su territorio?

    Te pregunto en serio, porque mi visión es que el proceso argentino es sumamente parecido al proceso nacinalizador europeo, donde el estado nacional acabó con la diversidad lingüística en su homogeneización nacional… que fue, a un lado y otro del Atlántico, a sangre y fuego. En Europa desde los balcanes (el Dálmata es la lengua románica muerta más reciente) a la península ibérica, pasando por Francia… Creo que un concurso donde puntuara la represión y el fin de idiomas, etnias y culturas (luego absorvidas por decir algo como estratos sociales) por los estados dinásticos modernos primero (siglos XVI a XVIII) y por sus hijos, los estados nacionales del XIX, estaría muy reñido. No sólo entre Europa y América, sino también en Asia y Africa…

  3. cbsol el 12/03/08 a las 6:54 pm

    David primero el guaraní existe y se habla en el NE de nuestro país y en Paraguay. Subsiste por que la orden de la iglesia que se instaló en esa zona fueron los jesuitas que son los únicos que respetaron el multiculturalismo hasta que los echaron.

    Segundo. José Hernández padre de nuestras letras es uno de los primeros cronistas de la frontera, ese territorio oscuro de nuestro país en su etapa de unificación. La frontera es la línea difusa que marca inclusiones y exclusiones, adentros y afueras, padentranos y pejueranos, ciudadanos y marginales, civilización y barbarie. Aquellos excluidos de la civilización eran los que habitaban más allá de esos territorios. Indios, negros, viajeros, algunos inmigrantes, gauchos y partidas militares eran los transeúntes de una tierra de nadie dominada por lo que Domingo Sarmiento, siguiendo la tradición europea, llama “barbarie”. Allí también iban a parar las lacras de la ciudad: los excluidos, los prófugos y los marginales. Optaban por cruzar esa línea, a veces escapando, otras para hacer más soportable una vida miserable y así se internaban en el “desierto”.
    Dice Marisa Moyano en su trabajo “Escritura, frontera y territorialización en la construcción de la nación”: “Configurar el cuerpo de la patria, su historia y sus trazos definitorios para hacer del espacio un territorio, y de éste una Nación, implicará incursionar en la frontera con la “barbarie”: la zona que une y separa a la vez el mundo conocido del desconocido, lo perfilado de lo amorfo, el “yo” del “otro”, la identidad de la diferencia; la zona donde se tocan y trafican las dimensiones del presente y del pasado, de un espacio sin marca, de una naturaleza sin saber, de un territorio sin propiedad, de monstruosas otredades sin asimilar que los habitan y transitan. Así en los textos escritos en la Argentina desde la independencia hasta que se concrete la modernización del estado en 1880 (en donde incluimos a los de Hernández), el territorio fronterizo emerge como un espacio donde entran en juego los conflictos centrales en el proceso de constitución de la Nación: la lucha entre “civilización“y “barbarie”, la tensión entre cultura y naturaleza, el pasado y el futuro. Por eso la letra, en su capacidad de nombrar, describir y construir la realidad, será la primer arma puesta en juego, la primera exploración en la lucha por exorcizar la barbarie. Porque para estas elites letradas, “territorializar” será “civilizar”, y “civilizar” construir la Nación.”
    Afirma que el proceso discursivo era una “operación ideológica de invención social del espacio y las fronteras, como mecanismo previo al plan político de apropiación material del espacio en el proceso de conformación del territorio de un Estado Nacional”. Dice que la avanzada discursiva ”prepara el proceso de apropiación efectiva del espacio y de configuración del mapa político real del Estado.]…[Ese procedimiento territorializador, en el proceso de inventar un espacio nacional, define sus límites y explora sus fronteras para exorcizar la barbarie y apropiarse discursivamente de ese cuerpo. Una estrategia eficaz que configuró y legitimó ese procedimiento fue la utilización de lo que Navarro Floria denomina metáfora del desierto, como un doble movimiento discursivo que consistía primero en operar conceptualmente un “vaciamiento del desierto” – a partir de las textualizaciones que lo configuraron como imagen de la negatividad y de la nada absoluta, de espacio sin límite ni propiedad, pura “naturaleza bárbara”- para procesarlo después, en un segundo movimiento, como espacio potencialmente productivo para la mano de hombres civilizados. Con ello se produce la apropiación discursiva del espacio que precede a la apropiación política posterior.”
    Refiere Moyano que la “metáfora del desierto” como estrategia territorializadora “se articuló sobre la idea de vacío: de nada, de pura negatividad, de espacio de tránsito y de tierra de nadie, espacio en blanco que el cuerpo de la patria no puede precisar como línea de continuidad civilizada. Como tal, ese vacío representaba un desafío que el Estado debía asumir, porque crear el mapa significaba crear la Nación.”[…]”La nada y el vacío, lo inmodificable, son las formas que ese espacio asume en el marco heredado del saber europeo configurado en las textualidades del recorrido, la descripción y el viaje en procura de marcar y nominar para acumular conocimiento que articule de algún modo una apropiación territorial sobre esos espacios.” (en definitiva como relato lineal)[…] ”Tras la metáfora del desierto lo que se oculta en realidad es una frontera interna en el proceso de constitución del Estado y la nación”, (que en nuestro país aún persisten hasta hoy ),”que se perfila como una muestra de la asimetría estructural entre una sociedad y un orden estatal que pretende proyectarse frente a una otredad radical, la de la población gaucha excluida de ese proyecto y la idea de sociedad aborigen no reconocida como tal, que como no pueden instituir un orden cultural y jurídico reconocible desde la perspectiva civilizada no existen sino como obstáculo y rémora de la amorfa barbarie…”. El desierto no estaba vacío: lo habitaban gauchos, indios, cautivas, nómades, esclavos indios y españoles, comerciantes y viajeros. Cita a Sorondo Ovando quien dice que el desierto también puede entenderse como un lugar por donde no circulan los mensajes, como un lugar vacío de mensajes, interpretación ésta en concordancia con el concepto de “sociedad de la información”. Un espacio incomunicado. No es el caso de la pampa del siglo XIX ya que por el transcurrían y habitaban sociedades dispares sí, pero civilizaciones al fin, que en definitiva sí establecían vínculos con el “mundo civilizado”.
    En estructuras de redes permanentemente nos chocamos con el concepto de frontera ligado al de identidad y al de fraternidad. Juan Urrutia define a la fraternidad como el espacio donde se da el conocimiento y la confianza. De alguna manera dentro de ese cluster fraternal originario la información que circula se plantea como membrana o piel digital con tres operaciones diferenciables: la perceptiva o sensible a lo de afuera, la mediática que intercambia con el medio y la de frontera que actúa como interfase. Asta aquí llega, hasta aquí es. Más allá no se.
    Hay una relación entre piel digital, piel social y opinión pública. Los discursos afirman o destruyen y el lenguaje con la capacidad de nombrar es el que demarca la frontera. El silencio como sostiene Noelle Neuman integra, incluye. Si no quiero ser excluido como el personaje de Martín Fierro de Hernandez por marginal o el del Quijote por alienado debo o permanecer en silencio, negando crítica y opinión personal (esto no siempre ocurre). El discurso dominante de la opinión pública es el que en definitiva se transmitirá y se convertirá en información.

  4. Carlos Boyle el 12/03/08 a las 7:03 pm

    Marisa Moyano es doctora en letra y actualmente es profesora en la Universidad Nacional de Río IV, Argentina, autora de varios trabajos sobre la frontera. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v09/moyano.html

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