Reflexiones sobre el papel del estado y las redes ciudadanas, desde la cotidianidad argentina…
Leyendo el último post de Lorena Betta he sufrido una especie de visión de paralaje. El tema parece pequeño pero es revelador. El choque frente a los carteles en los que las cosas piden piedad es común en todo europeo que visita Argentina. Dice Lore:
Si hay algo que me pone nerviosa es cuando la gente no se hace cargo de nada. Un ejemplo es colocar carteles autoreferenciales. La mejor manera de bajar moral, haciendo hablar a las cosas.
Entonces tenemos desde esta bicicleta que habla, hasta el el árbol que dice “No me lastimes”, el auto que dice “Me venden”. Los juegos de la plaza y el cartel “cuidame”, etc, etc…
Pero ¿es la gente la que no se hace cargo de nada? En realidad si miramos hacia Europa quien se hace cargo de reprimir los comportamientos vandálicos o llevarse la bici mal aparcada o atada donde no toca, es el estado. Las cosas que hablan son, en su indefensión, sintomáticas de la desaparición de éste en áreas de la vida social en el que los europeos damos por sentada su presencia invisible.
La bici parlante o el árbol temeroso invocan piedad porque se saben plantados en un terreno social que el estado dejó en sombra, la zona de penumbra donde la ley no se da por sentada. El coche que dice me venden, desubjetivando la transacción que se propone y remitiéndola en apariencia a un mundo Disney de objetos antropomórficos, nos recuerda que en una sociedad donde la fina costra que mantiene el estado haciendo cumplir los contratos, anda cuando menos desquebrajada, el vendedor es lo de menos; y al fin, habrá que pagar al contado y en cash. Los objetos hablan porque el oscurecimiento del estado, su desaparición práctica de amplios espacios de la vida cotidiana, ha devaluado la palabra.
Pero podría ser peor y de hecho lo es en los lugares que pasaron antes por ello.
Tal como nos ha enseñado la práctica desde que este nuevo siglo comenzara (allá por 1989) el poder tiene horror vacui. No hay espacio social que no genere, en ausencia del estado, un nuevo pacto hobbesiano. Este pacto, como el ideal imaginado por Hobbes, se articula sobre una serie de donaciones del conjunto social a un grupo articulador y desde éste al conjunto social que sustituyen a un circuito similar donde la donación involuntaria se llamaba impuesto y el regalo servicio público.
Se me ocurren varios ejemplos. La reflexión no es nueva ni gratuita. ¿Qué pasa cuando el estado abandona o deja en sombra la cobertura social, la seguridad social, los comedores populares? Aparecen cosas como Hamas. ¿Qué pasa cuando el estado deja en sombra la seguridad? Que te surge algo como el Primeiro Comando da Capital, un grupo mafioso que se permite negociar con la policía y el estado o asaltar simultáneamente las comisarias paulistas (con éxito). Y evidentemente ¿qué pasa cuando el estado deja de proveer las bases mínimas para una identidad común a través del sistema de enseñanza? Pues que aparecen netocracias que las definen épicamente. Nada que los estudiosos de los llamados conflictos posmodernos o la netwar no cuenten en el origen de los sujetos que estudian.
Evidentemente un mundo de paraestados y redes armadas como las citadas se parece más a una pesadilla ciberpunk que a ningún modelo social aceptable. Por eso seguramente el gran reto de nuestro tiempo sea enfrentar la revolución neoconservadora reconstruyendo un estado pequeñoburgués desde el poder de las redes.
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[...] creo que el surgimiento de los paraestados y las sociedades de bandas se explica mejor desde la teoría de las sombras del estado que sobre las categorías de Berlin… pero en cualquier caso y volviendo al espíritu del post [...]





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Hola David, coincido plenamente con vos en que este tipo de carteles son sintómáticos de la desaparición del estado en la vida social. Son lugares donde la ley hace aguas, y es necesario suplantarlo con una ley moral provisoria que regule este tipo de “peligros”.