Un homenaje al maestro danés, aliñado con un poco de memoria sobre los ciberpunks, lo que pensábamos y cuanto ha cambiado la realidad la red en tan sólo 6 años. Todo a raiz de la última película de Lars van Triers.
Acabamos de ver El jefe de todo esto, la última película de Lars von Triers. Es una joya. Brutal. Densa como un fractal en sus metáforas. Sería un insulto reducirla a una parábola de la relación entre el estado, las empresas, el capital y la globalización. Porque es mucho más en sus contínuos jump cuts, en su sintáxis de encuadres rotos que ironiza, diez años después, sobre dogma 95.
Tras la peli he ido corriendo a rescatar un post que creo escribí por el 2001. Recuerdo que lo escribí y publiqué desde mi palm, como casi todos los de entonces. En esa época andábamos haciendo moblogs y ni siquiera tenía ordenador en casa.
Y claro, en estos años en más de una cosa he evolucionado. Juan me ganó definitivamente a esa conflictiva postmodernidad a la que seguimos dando vueltas.
Creo interesante hoy el doble contraste. Por un lado von Triers y sus películas. Por otro mis posts. Copio y tacho. Pero no añado ni borro. Esta bien constatar la evolución.
Sólo querría dejar una nota: En esa época nos obsesionaba la posibilidad de liberarnos, mediante la creación consciente de mitos de futuro ligados a la red, de las ataduras de la concepción convencional, historicista, moderna de nuestro papel en el mundo. Las categorías de la modernidad se habían roto definitivamente una década antes pero el imaginario seguía constituyéndose desde la centralidad del discurso mediático, un discurso que no había avanzado un paso porque las estructuras mismas que lo generaban no se habían enfrentado todavía a la convivencia con las formas distribuidas de comunicación que llevábamos predicando desde principios de los 90.
Poco más de un año después de este post, publicado originalmente en Ciberpunk.com, nacería ciberpunk.org, con la que viviríamos las primeras quiebras del sistema mediático. Quiebras que se veían venir desde la huelga de usuarios de Internet del 98 y que se hicieron explícitas en el 13M.
Ahora uno mira hacia atrás y se ve producto también. Tacho el párrafo formalmente antipostmoderno que se contradice abiertamente en si y con el anterior, pero me doy cuenta de que no podíamos ser abiertamente postmodernos, no podíamos relatarnos postmodernos, mientras sólo existiera un relato social real. Tenía que ganar realidad la sociedad red, la información distribuida para que pudieramos no sólo ser, sino llamarnos. Teníamos que poner en marcha aquello que veíamos enunciado en Triers: la capacidad generadora del mito.
Han pasado seis o siete años. Triers anda en otra. Nosotros también. El relato mutó. Pero seguimos maravillados ante su potencia.
Creí que hacía ciencia pero hacía ficción. Era ingenuo, peligroso. Siempre buscamos el fundamento del crimen en la sociedad, pero ¿por qué no en la naturaleza misma del hombre? - El elemento del Crimen, 1984
Lo esencial del ciberpunk, como hemos defendido tantas veces en estas páginas, es la ruptura con la visión según la cual pasado, presente y futuro se enlazan en una cadena causal. La negación de las grandes leyes históricas explicativas y presuntamente predictivas que caracterizan el pensamiento historicista tan querido de la generación que nos precedió.
No hay necesidad histórica o al menos no una sóla y coherente. Nada fue porque tuviera que ser y nada puede definirnos como será. Toda explicación del pasado es selectiva, arbitraria, y por tanto tan sólo una forma de relato que sólo cobra pleno sentido dentro de un programa de futuro, dentro de un ejercicio más o menos consciente de mitificación.
Para los postmodernos, que podrían aceptar tesis semejantes, esto lleva al relativismo cultural de cabeza: Todo relato es igualmente válido ya que supuestamente no habría otra medida de certidumbre que los valores (siempre particulares, nunca universales). No es esta nuestra posición. Que haya una multiplicidad de lecturas del pasado, asumir que el futuro no venga determinado -a través de tal o cual hilo rojo- por éste y constatar que es ante todo el futuro deseado el que lleva a elegir una opción explicativa y dota de unidad a la lectura del pasado, no quiere decir que toda lectura sea posible, ni mucho menos, igualmente cierta.
Es esta reflexión sobre el pasado como relato subjetivo la que informa la obra de Triers y la hace tan sugestiva.
En El Elemento del Crimen (1984) un policía europeo se somete en El Cairo a hipnosis con el objeto de encontrar en el pasado las causas de un persistente e insoportable dolor de cabeza. La película toda es una claustrofóbica ensoñación en la que aparecerán distorsionados paisajes y personajes que coinciden en la investigación de unos asesinatos en serie que continúan los de un asesino detenido y muerto por su maestro 13 años antes.
La enseñanza del maestro (de la que reniega en la cita con la que abrimos este artículo) parte de reconstruir asépticamente el modo de análisis y pensamiento del criminal sin juzgarle. Triers, parece estar repitiendo el debate académico: objetividad científica vs incomprensibilidad de lo diferente… pero al final explicita su propia tesis: son el maestro y el policía los que -sumergidos sucesivamente en la mente del autor original- culminan por su cuenta la obra de este. Obra, que tiene lugar en un lugar llamado vagamamente, Europa.
Europa será precisamente el título de su obra maestra (1992). En ella, el personaje central, el otro ajeno, diferente, y distinto (ejemplarizado en un hijo de inmigrantes en EEUU que vuelve en 1945 para entender y ayudar a la reconstrucción ) acabará tan implicado -y tan confuso- que acabará volando por los aires con el símbolo de la nueva Europa: el magnífico tren fruto del esfuerzo colectivo que avanza penósamente por la noche (de la Historia :-))
Pero no acaba aquí la brutal lección de esta película en la que no existe un sólo detalle (plástico o narrrativo) de más. Triers asume la tesis de la “Gran Guerra Civil Europea (1914-89)” y lo que es más, la tesis de la “invasión” norteamericana de Alemania y la naturaleza de la RFA como país satélite. El el paroxismo de este ejercicio consciente de mitificación nos hace un ambiguo retrato de los Werewolf (la resistencia filonazi)… sin olvidar recordarnos el “vagón de atrás” que nadie quiere nombrar (los supervivientes del exterminio) y dar una buena coz al proyecto europeo tal y como se entiende desde Bruselas (simbolizado por los rigurosos funcionarios que le examinan midiendo y cronometrando mientras el personaje sólo puede pensar en la bomba de relojería que está a punto de estallar).
Europa conmocionó a muchos jóvenes que intentábamos entender algo en el primer post-muro, pero no caló en las generaciones anteriores. Habría de ser Breaking the Waves (1996) la que permitiera a Triers llegar al Olimpo cinematográfico europeo… aunque fuera como freak.
Esta película recibió grandes críticas (imbuidas por la pasión por el drama y la ilusión que tanto critica Triers) que indefectiblemente la comparaban con Ordet del viejo maestro danés Dreyer. Pero lo importante de Breaking the Waves es precisamente lo que le diferencia de Ordet. Hay sufrimiento y duda, hay milagro sí. Pero sobre todo hay voluntad y relato. Dios es en Trier, un proyecto enfermizo, un mito cruel y grandilocuente al que la fe de la protagonista acaba dando sentido. Dios existe porque ella le hace existir… y más valdría que no hubiera sido así.
En su forma más cruel, esta película cierra lo que podríamos llamar, la trilogía de la voluntad. Tres relatos sobre cómo la voluntad del individuo (o su falta en el caso de Europa) son los verdaderos constructores y destructores de sus mitos.







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Lars Von Triers, precisamente anoche vimos Los idiotas
(http://www.mundofree.com/cine_escandinavo/Los_idiotas.html)y, aunque siempre tengo que hacer acopio de fuerzas para enfrentarme a sus bofetadas fílmicas, está claro que levanta ampollas y no deja indiferente. Estoy deseando ver su nueva película ya que desde Dogville, Rompiendo las olas o Bailando en la oscuridad, me parece que es el único que se atreve a sentir tras de una cámara asumiendo los riesgos o tal vez, sin sopesarlos siquiera. A veces, los nexos de conexión entre ciberpunks son inescrutables, David… ;P