Siguiendo mi luna acabo de ruta nocturna kievense entre guardaespaldas de dos por dos y lo más cool de la sociedad ucraniana.
La libertad es el alma del viaje
(William Hazlitt)
(Continuación) La puerta más bonita del mundo, esa era nuestra Aña “tan sólo” tres horas después de haber entrado a una ducha rápida. La estética de la noche kievense es un tanto ochentero-mecanera. Nada que ver con la calle y el rock. La noche es exclusiva y su epicentro el club.
Planeamos ir a Opium, lo más de lo más. Anuncian la programación y los DJ’s (traidos desde Londres) en Afish, un cruce local entre El País Estilo de principios de los noventa y la Guía del Ocio.
No puedo evitar temerme lo peor: en este país piensan que Eurovisión es cool, europeo y moderno, y el uso público y comercial, los anuncios de CocaCola, de Samsung y la publicidad institucional lo pintan como la macro rave del milenio, como la oportunidad definitiva de mostrarles al mundo (cuando ellos creen que les van a estar mirando) que son definitivamente europeos guays y no atrasados exsoviéticos. Aquí Europa vende. La mayonesa que más se anuncia en la tele se llama Mayonesa Europea, en el anuncio un chico preparara una ensalada y unas patatitas cocidas para la cena de una chica que por algún misterioso motivo cultural le regaña y le da un beso como premio; el mensaje es claro, para merecerte una auténtica timoshenka ucraniana tienes que europeizarte, man. Esta revolución de mujeres sobre zancos no va a esperar a una nueva generación para cambiar los roles. “Tu Samsung, tu europeidad” proclaman los coreanos más listos que el hambre. Cuando se enteren en Seul del rollo que lleva la filial local no quiero ni imaginarme.
Natalia y yo nos miramos escuchando el relato de Aña y nos entra una pereza infinita. Nat decide quedarse en casa. Yo exploraré sin embargo las calles al paso de los tacones de fiesta y junto al brillo de las chupas de poliester. Kiev bien vale una disco.
Opium por fuera es un híbrido entre bingo madrileño y restaurante marbellí llevado por la mafia local. Los deportivos se agolpan en la puerta salpicados por el barro de un camino, que aún en pleno centro, sigue sin asfaltar. Tremenda la seguridad. Tremendos los seguratas. Exclusiva entrada de pago (dos euros).
Pongo cara de ucraniano-enfadado-que-quiere-tener-un-punto-europeo-pero-no-le-acaba-de-salir y me encomiendo a los dioses. No hay way. En la cola de la consigna veo que se me acerca, tremendo, el jefe de los seguratas: traje negro, camisa negra, corbata negra. Le miro serio a los ojos. “Chto eta?” pregunto sacando mi mejor acento. Sonríe con una pena infinita, como quien va a darme el pésame por la muerte de un ser querido y señala mi brazo bajando los ojos. ¡¡Sielos!! ¡¡Una mancha!! Sigo el rollo y pongo cara de me han pillado con la bragueta abierta, limpiándomelo inmediatamente. Es sólo el comienzo.
La discoteca está más reluciente que una patena. En la zona de baile no se puede fumar ni beber, sólo bailar. Me sorprende la ordenación espacial: el DJ -gogos a los lados- frente a la gente pero a su misma altura y un amplio espacio desaprovechado detrás para que se preparen los ayudantes… hasta que me doy cuenta de que es exactamente igual que la de la misa bizantina que vimos por la tarde. ¿Nosotros elevamos a los DJ’s por que nuestros curas hablan desde el púlpito?
Hay un bar para tomar algo. Poco, muy poco alcohol, esto es de clase alta y hay que diferenciarse del macho ucraniano. Por un momento temo que me saquen mayonesa europeizante de tapa del Bacardí-Cola que pido, para compensar la vulgaridad. Por cierto, la Pepsi del combinado es de litro, como en los cumples.
Paseamos por los muchos saloncitos limpios como ellos solos y ordenados en ambientes que podrían llamarse Arabesque, Kubrick e Ikea sin que causara la más mínima sorpresa. Por un momento dudo si estoy en alguna expo y venta de muebles en la carretera de Toledo. Y es genial: todos usan ceniceros, no hay ni una colilla en el suelo. Los chicos llevan gafas de sol (para que se les vea), las chicas visten interpretaciones creativas -más o menos- de la ropa de fiesta de los setenta y maquillajes que harían recuperar el sentido del color a un daltónico. Como es de noche, hay que maquillarse más, como en la tele, para que se vea, me dice Aña.
En toda la noche sólo veo una pareja que se da un beso. Ni un roce violento ni una mala cara tampoco. Ni una borrachera. Todos educadísimos, sensatísimos… y hasta sonrientes. Un cruce entre guateque y fiesta de peli de James Bond. Me doy cuenta de lo lamentable que es -por comparación- nuestra borrachuza y escandalosa pijería. Me entra una cierta confianza en la futura burguesía de este país.
Volvemos con la amanecida. La luna aún cuelga tras las torres de oficinas. Negociamos taxi, estamos muy cerca de casa, pero los tacones finalmente se cobran su precio en Aña.
El tiempo se acaba y un mordisco me agarra la boca del estómago.
Pasta uki de queso fresco para brunchs dominicales: Pelamos un arenque ahumado y lo limpiamos cuidadosamente. Lo picamos. Picamos también un cuarto de cebolla. Mezclamos con un queso fresco tipo “afuegaelpitu” (nada tipo burgos) añadiendo un chorreon de nata o mantequilla para que no se haga demasiado duro. Servimos con una capita de pimienta por encima.
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No tengo ni idea lo que es un haiku, pero da igual. Disfruto cada vez que leo lo que escribes con ese espiritu tan positivo. Gracias. Con eso es suficiente.