Juaristi confiesa el espíritu de los noventa
A finales de los 90, Jon Juaristi publica El bucle melancólico y Sacra Némesis, dos libros que marcarán la línea del antivasquismo ilustrado de las legislaturas de Aznar. Su proyecto entonces consiste en historiar los avatares del nacionalismo vasco, revelando el carácter y origen contemporáneo de sus mitos históricos y leyendas fundacionales.
No cabe un planteamiento más moderno ni más inocente. Juaristi quería mostrarnos que los mitos no eran verdad histórica, que los padres fundacionales no eran santos y andaban en malas compañías (ideológicas y políticas), que los relatos desde los que ese y en general todos los nacionalismos (como mostraría luego con más dulzura en El bosque originario) basan los implícitos de sus reclamos políticos son sólo cuentos de nacionalistas, cosas que no pasaron más que en el espacio de una suerte de melancolía adolescente colectiva…
Recuerdo que en esa época me inflé a escribir en Ciberpunk.com sobre la naturaleza del mito frente a la pretensión juaristiana de desvelar su realidad histórica abriendo las mentes nacionalistas a las luces de la Razón…
El racionalismo antinacionalista juaristiano estaba condenado a la frustración. El mito al ser asumido genera realidad social. Al asumirlo -que no es lo mismo que creer en su realidad histórica- la gente se comporta como si su sujeto (la nación) tuviera realmente una memoria y esa memoria fuera operativa. Los resultados del mito son indistinguibles de los que produciría el consenso general sobre el más contrastado y auténtico discurso histórico. El mito es generador de verdad social, pues no hay modo en el presente de falsarlo basándose en sus resultados políticos y sociales.
Por eso el argumento racionalista que viene a decir símplemente que los relatos del nacionalista son cuentos no llega ni a arañar su conciencia identitaria. El consenso generado por el mito, una vez es utilizado como parte del estatus social, es en si mismo generador de verdad también. El consenso identitario nacionalista no surge de una lectura común del pasado, sino de una vocación compartida, de un mito de futuro, que genera un pasado a su medida destinado a reforzarlo. A nadie -salvo a los más inocentes conversos- le importa su verdad histórica. Son verdad social y políticamente.
Esto era lo que significaba el viejo slogan ciberpunk: El futuro influye en el presente mucho más que el pasado. Al fin, como decía Juan, una obviedad. Explorábamos la postmodernidad y nos rechinaba ya la fe en la razón histórica única.
En contraste con el carácter hegemónico que llegó a tener hace diez años el discurso juaristiano, llama la atención ahora el poco eco generado por La caza salvaje. Es una novela divertida, con un punto friki-erudito en su documentación. Pero sobre todo es una verdadera confesión del autor. Juaristi se relata en una proyección histórica de sus propios viajes ideológicos como una suerte de Zelig descreido. Alguien que realmente sabe de la ausencia de una verdad social no circunstancial, con existencia propia al margen de tal o cual consenso, de tal o cual estatus de poder… y que no sabe que hacer a partir de ahí. Alguien que en el fondo cree que no hay conocimiento sin fe o al menos sin programa.
Y ante este vacío opta por el cinismo del aventurero político, del cazador: se va sumergiendo en los sucesivos relatos, apurando el caliz de su coherencia interna hasta las heces, hasta el límite de su razón interna, en un viaje destructivo en busca de unas esencias inexistentes.
La casa salvaje es el psicodrama novelizado de toda esa generación de intelectuales conversos que venían del nacionalismo vasco y que en los 90 y más allá, sirvieron al neonacionalismo español enfrentando en lógica moderna a sus antagonistas internos.
Merece la pena leerlo aunque sea sólo para constatar la derrota de aquel neoracionalismo tuerto que se pretendía alternativa moderna al nacionalismo y que, incapaz de asumir gozosamente la postmodernidad, sólo encontró el oscuro cinismo del cazador que hace sus presas al amparo de las jaurías desenfrenadas de un estado que se impregnaba de nacionalismo estatal a marchas forzadas. Y se quedaron solos.
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[...] posts de David, uno de esos que va acumulando para conformar, dentro de poco tiempo, otro libro. Ugarte escribe un brillante y apretado post sobre Juaristi como parte de su nuevo proyecto ensayístico sobre las naciones o el sionismo [...]







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Lo leeremos, lo leeremos… aunque sea solo por el mucho respeto que me merece, vecino como fuí suyo durante varios años - de hecho, vivo ahora en su piso de entonces!
Quizá partamos de nuestra propia contextopedía, David, una contextopedia limitada, pobre, sin herramientas, de un tiempo que fue, de la razón como mito, de los monstruos que inevitablemente ésta nos produjo y del miedo que nos devolvio a la falsa seguridad de la herramienta: la desolación de los círculos. Si algo he entendido
Pero que algo tendremos en cuenta. Gracias por el post, desde cualquiera de las contextopedias en las que yo esté. Y un abrazo muy fuerte 