Apuntes para un epílogo a la última pieza de arte económico de Juan Urrutia
Decía John Kay en el Financial Times que
Casi las únicas compañías que emplean hoy economistas son los bancos y las casas de bolsa. Esta gente (los economistas) no son realmente valorados por sus recomendaciones: son entertainers que hacen su número ante clientes y que publicitan los servicios de sus patrones en la franja matinal de la televisión.
Por éso, a pesar de su cátedra y a pesar del enfoque e incluso título de sus libros, Juan Urrutia difícilmente encaja en el perfil del economista conocido por el gran público a través de los media. Tampoco en la del académico temeroso de ser arrastrado por las resacas y mareas de la opinión pública. La del economista académico español es una posición de expatriado para la que no faltan incentivos y que no criticaré, pero que desde luego no participa del aristocrático y artístico vértigo del verdadero descubrimiento… algo que sin embargo es el sabor característico de los trabajos de Juan Urrutia.
Desde mi punto de vista, el de un gourmet intelectual no excesivamente refinado que sin embargo entiende y busca el precioso tesoro de un argumento sugerente, formalmente impecable y por lo mismo tan falsamente inocente como acerado, Juan Urrutia es el pensador español más original de las últimas dos décadas.
Me niego por eso a definirle como un economista o como un filósofo mundano. Urrutia es un hacker, porque como comentaba Richard Stalman en una entrevista para la Bitácora de las Indias
Hacker, usando la palabra inglesa, quiere decir divertirse con el ingenio [cleverness], usar la inteligencia para hacer algo difícil. No implica trabajar sólo ni con otros necesariamente. Es posible en cualquier proyecto. No implica tampoco hacerlo con computadoras. Es posible ser un hacker de las bicicletas. Por ejemplo, una fiesta sorpresa tiene el espíritu del hack, usa el ingenio para sorprender al homenajeado, no para molestarle. Hay algo también en común con el héroe medieval, la idea de mostrar la propia capacidad, a veces en competencia con otro.
Y de todas formas la definición stalmaniana, un tanto naive-californiana, tal vez sea demasiado ligera para Urrutia, quien, a mi juico responde más a los móviles del hacker duro, esto es, del artista verdadero:
Un hacker es un hacker porque obtiene placer. Porque es un yonki de la curiosidad. Y porque en algún momento de la pubertad descubrió que no le importaba que nadie entendiera lo que se siente cuando cruzas la línea, esa frontera escurridiza que separa lo que los demás pueden llegar a entender de lo que sólo tú comprendes. El chute de endorfinas haciendo temblar tu cerebro. A veces el fogonazo es tan fuerte que pareciera que vieras el mundo crearse en ese momento. Por eso no importa el dinero. Por eso no hay horarios. Por eso asociarse a un hacker es cuestión de fe. Fe en que por un instante volverá a sentirse Dios y regalará un valioso pedazo de Universo. Fe en que sea un pedazo rentable.
Urrutia -que nos ha regalado valiosos pedazos de universo- es un hacker duro, un artista, porque sus motivaciones -que al fin son las que dan forma característica a sus viajes intelectuales- son las de un bricoleur que desmonta categorías y con las propias reglas del sistema en el que juega reconstruye el gran juguete interpretativo del análisis económico para, colocando en un orden orginal las piezas -tratadas ya como objets trouvés- dar lugar a una globalidad alternativa, a un paralaje desde el que la realidad social se torna comprensible de una forma completamente nueva.
En cierta manera Juan Urrutia es un hacker accidental, un hacker que no pretendía serlo pero que no ha tenido otra opción en momento y en un lugar en el que la figura del economista-autor tiene casi imposible encaje (tanto profesional como editorial). Por eso, la selección de posts de su blog, artículos en Expansión y otras publicaciones que conforman su próximo libro me recuerdan terríblemente a una obra que Rubén Verdú expuso hace poco en una galería de Nueva York. La obra, uno de sus “contínuos”, estaba encerrada en una de las salas de la galería. La sala había sido tapiada y la obra sólo podía verse a través de una estrecha franja abierta a la altura de los ojos en el tabique. El observador debía mover cabeza y ojos para hacerse una idea de la totalidad de la obra mientras una cola de impacientes diletantes y coleccionistas esperaba a su espalda.
Y como quiera que Juan Urrutia me ofrece el honor de epilogar esta pieza (tal vez collage) de arte económico contemporáneo, me gustaría compartir con vosotros los apuntes y materiales de mi trabajo. Comenzando por una serie de citas y párrafos de artículos contenidos en el libro cuyos resultados podrían considerarse pequeños pedazos valiosos de Universo, de ese universo al menos de nuestro más valioso hacker accidental…
[Para Derrida] todo problema intelectual (no sólo todo problema filosófico) habrá de ser deconstruído hasta encontrar la arquitectura o estructura que lo singularice como tal problema; pero para entender esta tarea como clausura de la propia filosofía, como la estrategia que ésta usa para dar cuenta de sí misma, tiene que salirse de su territorio propio y ver en la palabra no sólo un significante más sino también un signo que le deriva hacia la literatura.
La garantía del conocimiento no se logra desde el análisis lógico, ni siquiera en una misma forma deconstructora reiterada al infinito, sino desde la magia de la literatura. Esta complicada vocación de clausura hace de ambos personajes bichos raros que actúan como outsiders a pesar de su centralidad en sus campos correspondientes. Derrida no puede confundirse con los posmodernos de salón parisino y Prescott es mucho menos prêt-à-porter que muchos de sus pretendidos discípulos que sólo aprenden las formas y no asimilan la pasión.
Prescott y Derrida, Juan Urrutia
Algo como la cooperación es un resultado que surge, en cierto sentido, de la irracionalidad o, más precisamente, de algo que no se puede distinguir de ella como es la ignorancia de esa racionalidad. En otras palabras, el equilibrio de Nash no es robusto a cambios en la especificación de lo que los agentes saben. A mí esto me parece inquietante. Pero lo realmente fascinante es que un poquito de irracionalidad pueda dar origen a soluciones que nos parecen mucho mejores que las que se pueden obtener con racionalidad total. Cuando la irracionalidad se entiende, como aquí, en términos de una cierta ignorancia sobre la racionalidad ajena, resulta que podemos poner en jaque al la propia noción del equilibrio de Nash
Sobre Aumann
Sea por el gesto o por el marco, los que trabajan con lo ya usado, con lo creado para algo distinto, con lo desechado por su primer usuario, con lo pasado de moda, con lo que se pensaba era disponible sin coste, son un magnífico ejemplo de lo que es un cierto tipo de creatividad que la tolerancia hace surgir. A través de esta creatividad se recuperan las ideas que la moda, el paradigma predominante, la simple necesidad industrial, la sed de novedades de los científicos o la simple falta de espacio mental, ha dejado de lado y sin clasificar para el recuerdo. La combinación experimental de todos estos objetos encontrados puede dar origen a formas novedosas, a fórmulas diferentes, a moléculas inesperadas y, sobre todo, a ideas originales que parecen surgir cuando se necesitan.
Si realmente queremos ser competitivos en el capitalismo global, ligero y tecnológico que nos viene encima deberíamos ser como la Holanda que acogió al Baruch Spinoza que huía de todos los dogmatismos y especialmente de ese dogmatismo español que todavía apunta aquí y allí su feo rostro. Que los creadores de ideas vengan aquí por el clima, por la alegría de vivir, porque ya hay una masa crítica de talento o porque nuestras autoridades han hecho una política inteligente y oportuna; pero, sobre todo, porque aquí toda idea es admitida a contemplación y toda forma de vida es aceptada.
Objets trouvés
No hemos de extrañarnos si, junto con los progresos en la productividad observamos cambios en el control desde el capital financiero al capital humano. Este cambio, ya perceptible, generaría otros cambios profundos y no se llevará acabo sin resistencia. Pero acabará imponiéndose como forma de promiscuidad social ya que el factor productivo escaso hace tiempo que es el talento y no la capacidad financiera.
Pero la promiscuidad en la que se traduce la tolerancia no se agota en la promiscuidad intergeneracional o en la social. Cabe hablar de una promiscuidad cultural que afecta a una economía entera, que está asociada a la diversidad, cultural en este caso, y que, como las otras formas de promiscuidad, redunda en incrementos de productividad. La diversidad puede ser nociva porque incrementa los costes asociados a la provisión de bienes públicos; pero también puede ser buena y no solo por la complementariedad productiva que se suele asociar a ella. Puede ser buena porque da origen a nuevas formas de solucionar problemas, es decir porque propicia la innovación propiamente dicha con su correspondiente incremento en la productividad.
Promiscuidad
Quizá esta [capacidad de] resistencia [la asociada a la diversidad] tenga una naturaleza parecida a la de un relé que salta cuando hay peligro de cortocircuito, o al funcionamiento de una red de transporte muy tupida, que permite que siempre se pueda alcanzar el destino deseado a partir de cualquier origen aunque haya accidentes que inutilicen parte de las vías, o al GranTeCan (Gran Telescopio Canarias) que consigue un enorme alcance gracias al gran diámetro de su lente que, sin embargo sería muy frágil si no fuera porque está hecha de pequeños espejuelos que actúan coordinadamente.
Diversidad cultural
Lo que yo quiero decir es que la novela lineal (…) y supongo que el narrador omnipresente que suele presidirla, representa, evoca o refleja ese Estado moderno que todo lo ordena desde su poder omnímodo. Este Estado está en la raíz de un árbol de la que nacen todas las demás instituciones como ramas. La diversidad de estos avatares del Espíritu es fácil de entender y de medir, pues se trata de la mera distancia entre uno y otro medida por los pasos que hay desde una rama hasta la raíz y de ahí a la otra rama.
Puro siglo XIX, un siglo que también perfecciona el espíritu clasificatorio en Zoología, Botánica o Arqueología. El siglo XX fue testigo de la crisis de esa manera de pensar y del paso de la percepción política de la convivencia humana desde la idea del Estado hasta las ideas de finales de siglo sobre comunidades identitarias solapadas cuyas relaciones son algo muy parecido al hipertexto y que se simbolizan no en un árbol y sí en un rizoma (Guattari y Deleuze) o en una enredadera (de Ugarte), en donde los contactos no tienen por qué pasar por ningún nodo obligatorio y en donde la diversidad es mucho más difícil de entender y mucho más complicada de medir. ¿No sería la no-linealidad la forma de reflejar esta diversidad?
Esta contraposición metafórica entre el árbol y el rizoma o enredadera también es útil para pensar sobre el secreto puesto en juego en un mundo en el que lo oral está siendo sustituido por lo escrito digital perfectamente registrado. Si yo me veo como parte de un árbol, parece fácil proteger mi intimidad consciente, pues esa estructura es poco reveladora ya que las conexiones son poco escasas y las distancias largas. Si entiendo mi intimidad como lo consciente que no quiero revelar, preferiré un árbol y la red me parecerá peligrosa. Si, por el contrario la intimidad que quiero preservar es la inconsciente, un árbol sirve a fortiori, pero lo interesante es cómo festejo mi intimidad, del tipo que sea, si, como ocurre hoy, estoy enredado en una estructura que es muy reveladora porque las conexiones son muchas y las distancias cortas. En esta situación el silencio es una estrategia poco efectiva pues es imposible que sea total.
La estrategia buena para preservar la intimidad, especialmente la subconsciente, es la de los indios sioux, borrar las huellas con una escoba que consiste precisamente en dejar más huellas, todas ellas creíbles. En una enredadera, la transparencia es la forma posmoderna del secreto.
Linealidad y secretos
Con relación al liberalismo económico, y a pesar de la sabiduría de Adam Smith, parece que el sentido común no ha llegado a captar algunas verdades, sino todo lo contrario. En efecto, la planificación central parece de sentido común porque, en el peor de los casos, siempre puede imitar al mercado; parecería también de sentido común cerrar las fronteras si el comercio internacional nos hace perder oro; y parece hoy a la mayoría de la gente como algo de sentido común proteger la propiedad intelectual.
Hace tiempo que aprendimos, sin embargo, que el planificador central nunca imitará al mercado porque no puede por falta de información o porque no le dejan quienes le han capturado. Todavía hace más tiempo que sabemos que el mercantilismo era una falacia y que la apertura del comercio es buena incluso si se hace de manera unilateral. Y hoy estamos empezando a entender que la protección de la propiedad intelectual tiene límites más allá de los cuales es un barrera objetiva a la innovación.
Sobre el sentido común
Miremos por donde lo miremos, sin futuro no hay posibilidad alguna de convertir el juego social en un juego de suma positiva. Sin futuro no hay más que juegos de suma cero y en ellos lo único sensato es no reparar en los medios y llevarse el gato al agua como sea.
Como no entendemos lo que pasa nos comportamos de tal manera que es como si no hubiera futuro ya que no podemos planificar nada. En una situación así lo único entendible es ser consecuencialista y hacer lo que sea para conseguir nuestro objetivo.
Una consecuencia inmediata es la polarización en todos los órdenes. Para unos hay conflicto de civilizaciones y para otros una oportunidad para la alianza de esas civilizaciones. La separación entre Demócratas y Republicanos en los EE.UU. de América es mayor que nunca a pesar del peligro común que confrontan. En España los dos grandes partidos nacionales se alejan cada vez más uno del otro en diagnósticos y en propuestas. Lo que antaño eran derechas e izquierdas solo se diferencian hoy precisamente en eso mismo, en la propia diferenciación enfatizada hasta el paroxismo para ganar como sea.
Consecuencialismo
Internet es capaz de ir tejiendo redes identitarias entre cuyos nodos hay confianza mutua, y de ir solapando unas con otras hasta que, en el límite, cada nodo está enlazado con cualquier otro nodo. En ese límite el coste social coincide con el privado y los costes de transacción se han evaporado. Decía en la publicación citada al comienzo, que en este punto la competencia perfecta se había hecho realidad. Y tenía razón porque, como decía Stigler, el monopolio se comportará como un competidor perfecto. La razón es ahora transparente. Un monopolio es un consumidor convertido en hub y éste no tiene nada que ofrecer pues todos los demás consumidores están conectados entre sí. De hecho, el hub cuando existe es porque tiene alguna ventaja en paliar la desconfianza mutua pero ésta se ha disipado del todo en la red que visualizamos en el límite.
El corolario político que anunciaba al principio es ahora obvio. En la red-límite nadie tiene poder. Se tiene poder cuando se puede infligir un daño a los demás y esto no ocurre en la red- límite. Un consumidor cualquiera puede retirarse sin que eso afecte a las oportunidades de intercambio de los demás (más allá del hecho obvio de que las cantidades que aportaba ya no están disponibles). Un consumidor que en esta red sea de facto un hub se dará cuenta de que no cumple ninguna función socialmente útil porque no hay ninguna que cumplir cuando la confianza mutua está generalizada tal como muestra la presencia de todos los enlaces posibles. Su amenaza de retirarse y dejar de ser hub no importa, por lo que sería ocioso preguntarse si es creíble o no.
Dando un cierto salto lógico y disciplinar yo me atrevería a aventurar la sugerencia de que los neoconservadores de un lado u otro del Atlántico, seguidores más o menos fieles de Carl Schmitt que pretenden hacer valer el poder y/o la fuerza para organizar la convivencia de una manera definitiva que naturalmente consagra ese poder y/o esa fuerza, son como los hubs sin función social. Sobran y su poder es inexistente. En consecuencia, su deseo de parar la historia es un mal sueño. Son como monopolistas que desearían perpetuar su poder de monopolio, pero que ven sus deseos frustrados por la imposibilidad de materializarlos en un mundo en que no hay costes de transacción y en donde, análogamente, la confianza mutua permite no contar para nada con el monopolista.
Termino diciendo con Rorty que prefiero una comunidad en donde lo intersubjetivo aparece en primer plano, difuminando así lo presuntamente objetivo, y en donde las novedades (que surgen a causa de los vaivenes de todo tipo que se producen en la dinámica de la confianza mutua) son el acicate del pensamiento y de la acción, que el mundo propio del neoconservadurismo donde parecen revivir la objetividad y la ontología que bien sabemos representan fantasías inalcanzables que adormecen el pensamiento y enervan la potencia transformadora del mundo.
Neoconservadurismo y costes de transacción
(Continuará)
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