De la mano de los maestros comienzo una reflexión sobre innovación, política de innovación y mecenazgo que espero profundizar en los próximos días
En Libro de Notas Marcos Taracido reseña un artículo reciente de Juan Urrutia sobre el mecenazgo destacando la siguiente frase
Lo que tendría que hacer un verdadero mecenas, cualquiera que sea la forma que revista su generosidad aparente es propiciar su propia competencia. Retar a su homólogo a que lo haga mejor, es decir a que se acerque más al objetivo de crear esos mercados de bienes intangibles todavía inexistentes. De esa manera, además de mostrar una cierta diferencia con los aspirantes a monopolistas, tiene la increíble oportunidad de llegar con cinco minutos de adelanto a conseguir ese nuevo bien que, debido a la competencia, habrá alcanzado unas características que acabarán reportando unos beneficios inmensos además de convertir su nombre en un sustantivo asociado para siempre a ese nuevo bien
Remarco en negrita una primera idea: la innovación produce beneficios extraordinarios al innovador. ¿Una obviedad? Tal vez, pero a lo mejor no tanto cuando todavía se arguye que sin el blindaje de la propiedad intelectual no existiría innovación, aunque la experiencia de medicamentos como el Coumadin o el Zovirax nos muestre que no sólo puede ser suficiente, sino perdurar en el tiempo aún bajo la existencia de competencia genérica.
Pero ahora querría unir la definición de Juan a las tesis que Fernando Flores está definiendo en el Senado de Chile. Tesis que comienzan planteando la definición misma de la innovación:
Uno de los aportes más interesantes que Geoffrey Moore nos entrega en su libro “Dealing with Darwin” es entender que la innovación es algo que al final lo definen los clientes, quienes determinan lo que es nuevo y lo que les produce valor. (…) El concepto básico es que la gente está dispuesta a pagar un valor diferencial, pagar el costo de aprendizaje que esta nueva práctica trae, porque le produce claros beneficios. (…) Mientras sigamos confundiendo investigación y desarrollo con innovación no vamos a poder tener una estrategia adecuada para el país.
Es decir, lo que define la innovación no es más que lo que busca el mecenas: la más o menos breve, pero jugosa, renta extraordinaria del explorador de nuevos mercados.
Hoy es bien sabido que el reforzamiento de la propiedad intelectual no sólo es innecesario, sino que pasa fácilmente a ser contraproducente, como recordaba Hal Varian.
Así que si nos olvidamos de una vez de seguir por el camino erróneo del reforzamiento del monopolio de la propiedad intelectual, no deberíamos empezar a preguntarnos ¿cómo mejorar la calidad de nuestros mecenas? ¿Son los incentivos y los objetivos del estado las mejores para desarrollar él mismo el mecenazago? Y si la respuesta es negativa ¿no debería el estado pensar en poner el foco en los mecenas y su calidad más que en los investigadores y los científicos diréctamente, al menos en algunos campos?
En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)
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[...] Uno esto al artÃculo en el que Juan Urrutia intenta entender el mecenazgo como una acción económica que aporta valor al propio mecenas. Extraigo la conexión de un post de David de Ugarte en su blog. No hace falta inventar algo nuevo para innovar. Se puede aplicar algo que ya existe a otra situación. Y aquà es donde se me ocurre, probablemente con escasa originalidad, la idea del mecenazgo como un recurso para competir a nivel global. Es bien sabido que grupos islamistas como Hizbulla o Hamas utilizan formas del mecenazgo para asegurar la fidelidad de su clientela ideológica, y que este tipo de acción a aportado un enorme valor a esas organizaciones. De hecho, es probable que sin él, ninguna hubiera sobrevivido a la presión de Israel. Las empresas transnacionales también pueden utilizar este tipo de tácticas, por ejemplo, patrocinando think-tanks y otras organizaciones que estudien y promuevan medidas para mejorar de la gente que vive en los paÃses donde están instalados. No tienen que ser grandes ideas, ni grandes proyectos. No se trata de cambiar el mundo en dos dÃas. Se trata de mejorar las condiciones de vida de unos cuantos, primero, y luego dejar que la idea se extienda y participen otros grupos en su realización. Esta pequeña innovación (y es muy pequeña) servirÃa para alentar la innovación en otros campos, ganando a la empresa que la lleve a cabo, el distintivo de ser pionera en esos otros campos. Este distintivo, a su vez, aportarÃa a la empresa otro valor: un lugar privilegiado en la sociedad donde se instala, haciéndo más difÃcil (pero no imposible, está claro) que otras empresas del mismo sector se instalen en su territorio. La competencia tendrÃa que empezar a crear confianza desde un terreno que probablemente desconoce. No sólo tendrÃa que utilizar todos sus recursos polÃticos y de negociación para conseguir concesiones, sino que tendrÃa que aplicar este otro recurso del mecenazgo. Y eso puede llevar mucho tiempo. [...]







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David:
estando de acuerdo contigo, creo que hay que apuntar algo importante. El mecenazgo ( a la usanza renacentista) en España no existe. El mecenazgo está ligado a unas desgravaciones fiscales, que al tiempo generan plusavalías. Es la legislación actual la que impera en el uso y utilidad del mecenazgo.
Otra cosa es lo que expresas, y estoy de acuerdo contigo en que el campo de la investigación y el desarrollo estén mayoritariamente supeditados al ámbito de la Universidad, al tiempo conocemos que el modelo social que hoy representa la Universidad no es el que necesitamos. Hay mucha endogamia en la Universidad…amparada en una teórica “Libertad de Cátedra”.
En fin…son cuestiones que a lo mejor te sorprenden al comentartelas yo…pero al fin y al cabo, es mi percepción de la sociedad, y en especial del progreso tecnológico en nuestro país. A los hechos me remito…los investigadores, los buenos investigadores marchan al extranjero…y la culpa no es del PSOE, es del sistema universitario y al tiempo de la mentalidad empresarial españolas que hay que cambiarlas.
Pero si estoy de acuerdo contigo, Enrique, tal vez la pregunta es ¿cómo hacemos mecenas con lógica de mecenas cuando las grandes empresas españolas han demostrado que no tienen esa lógica?
Sé que el estado ha de jugar un papel aunque no sé cual. Como tú, creo que la mentalidad empresarial de este país deja muchísimo que desear y la universidad no cumple las expectativas sociales (las privadas, menos aún), pero creo que toca hacer un mapa en el que nadie parece tener nada demasiado claro. O yo no llego a verlo claro, al menos.
Por eso en esta semana quiero dedicarme a estudiar algunas referencias que muchos citan como modelos punteros. Flores citaba la política de innovación de Singapur… Mañana la comentamos…
Estaré pendiente…