Grecia resume Europa. En el poder, fundida casi en el hormigón oscuro de los edificios de Sintagma y Omonia, una clase política donde los hijos de los dos grandes líderes de los 80 son literalmente herederos de los dos grandes aparatos políticos nacionales. Oir hablar a Karamanlis junior o a Papandreu junior de la igualdad de oportunidades y los sueños de los jóvenes es una broma de mal gusto en el país de la precariedad y la edad de emancipación más alta de Europa.
Pero Grecia es el Mediterráneo. El que a los románticos ingleses parecía un país de salvajes, se sostiene en una tradición social de fuerte cohesión aún sobre las viejas instituciones precapitalistas (familias, cofradías, etc.). Instituciones y relaciones basadas en el conocimiento directo y la solidaridad interpersonal, a la que se superpone una tecnología -el móvil- que rápidamente se torna masiva y se introduce en la cultura con la naturalidad de algo que siempre fue obvio.
Resultado: un primer aviso en agosto de 2007. Un 13M oriental abortado por una triste constatación: no hay alternativas en el el viejo sistema político.
Un sistema que repite cual letanías unos mitos nacionales (nacionalistas) y refundacionales (la caída de la dictadura de los coroneles y la llegada de la democracia) que ya no bastan para explicar los problemas ni la vida de una generación que ahora se hace visible en el mundo.
Resultado: el país arde en un nuevo noviembre, en un swarming que sólo acabará por agotamiento. Bajan todos los partidos en intención de voto. Ni la realidad cotidiana (crisis y represión) cabe en el estado nacional ni los nacionales caben en la nación.
La Era de las ciberturbas descubre lo que siempre temimos: el estado nacional está desnudo… pero armado.



