Vuelvo a escribir después de unos días en los que la programación del blog sirvió automáticamente los últimos posts. Unos días tras los que, casi literalmente, regreso de entre los muertos.
Cuando volvíamos a Madrid vi un caballo pinto seguirnos al galope por la autopista. Aguantaba el paso. Tuve que escorarme para ver el cuentaquilómetros del Yaris, escondido al copiloto. 130. Imposible. Miré de frente al caballo y desapareció. Así hasta tres veces.
En la cena se lo conté a Imán, Nat y María. No se rieron. A la salida Imán me dijo: yo también vi hoy cosas. No pregunté más. Estoy aprendiendo a respetarle los silencios.
Anteayer al mediodía. La primera en llamar fue Rosa, siempre pegada al teletipo, luego mis padres mientras las llamadas de Natalia se convertían en un tono que se acoplaba sobre la voz preocupada y sorprendida de mi madre.
Es extraño desmentir la propia muerte. Me sentí un tanto ridículo escribiendo en el foro de Ciberpunk que estaba bien, que no era yo el que salía en las primeras noticias. No pude evitar pensar quién sería mi homónimo. Cuando algo terrible y espectacular como este accidente le pasa a alguien con tu mismo nombre, cuando le ocurre además en un lugar conocido, de repente su muerte cobra inmediatez, cercanía. De alguna manera es la muerte de alguien tuyo.
Hace apenas un año, por septiembre, Enrique y yo andábamos por Chipre. Mi avión de vuelta a Atenas era el mismo que el que ahora se ha estrellado. Tal vez, símplemente se confundieron las bases de datos y mi homónimo no existe, su asiento iba vacío, una víctima menos. Tal vez sólo era un fantasma de base de datos. Bien pensado era lo más probable. ¿Qué probabilidad había de encontrar alguien con mi mismo nombre y apellidos que vive en mi misma ciudad -eso decía el teletipo- en un accidente aéreo?
En las páginas blancas aparecen dos abonados en la provincia de Madrid con los que comparto ambos apellidos. Ninguno tiene mi mismo nombre de pila. La víctima sería, tal vez, hermano de ambos o de alguno de los dos. Tras mucho pensarlo llamé. Primero al que vive en la ciudad, luego al teléfono asociado a una dirección de un pueblo Oeste. Imaginé chalets adosados y no sé por qué me vino una sensación enorme de soledad. Parece una locura, pero… en realidad quería ofrecerme para lo que hiciera falta, transmitirles que a alguien, aunque sólo fuera por una siniestra casualidad, la noticia no le había llegado como una estadística más, como una banalidad de los telediarios.
Pero no. Ninguno tenía relación con nadie de mi mismo nombre. La teoría de la base de datos, la esperanza de que mi homónimo no hubiera muerto simplemente por no existir, cobraba fuerza.
En mi Kopete aparecían conectados a Jabber Lobo y Sombra. Abrí una sala para los tres y les pregunté a bocajarro: ¿Qué probabilidades hay?
Debí imaginarlo, estaban a otra. Rompieron con todo un análisis de las posibles causas del accidente y de la improbable conjunción de pequeños errores que tuvieron que coincidir para que tuviera lugar. Les dejé a lo suyo. Sólo dos notas saqué en claro para lo que yo realmente quería: que lo improbable acaba ocurriendo y que nunca hay una causa única para nada, sino conjuntos, redes de interacciones, como en un programa de ordenador o un mapa genético. Algo que no debería haber olvidado y que en medio de las circunstancias cobraba un cierto tinte paranoide, porque ¿con qué se relacionaba todo esto?
Hace una semana Jesús Clavijo, un nuevo ciberinvitado, me había escrito preguntándome si sabía algo de Ramón, un viejo conocido de Ciberpunk. Cuando Jesús había comenzado a federar sus contenidos con nosotros, ambos se habían hecho amigos a través del jabber y finalmente Ramón le había encargado un pequeño trabajito para la empresa que representaba en España. A todos nos había sorprendido la rapidez con la que habían hecho migas cuando nos enteramos por Amaya, que era la más cercana desde hacía tiempo a ambos.
Lobo había comentado sarcásticamente que era cosa de la soledad del country manager de fondo. Pero nos lo habíamos tomado a coña. Nadie mejor relacionado que Ramón. Tenía amigos hasta en Beirut, donde había pasado una amplia agenda a Amaya.
Pero ahora Jesús estaba realmente preocupado: su último encuentro había sido realmente extraño, apresurado, un tanto irreal. Jesús le había entregado el proyecto encargado pero había olvidado devolverle no se qué carpeta a Ramón que con las prisas se había olvidado de reclamar. Cuando en los días siguientes intentó hablar con él descubrió que no sólo los dos móviles de Ramón estaban desconectados, sino que en su empresa no tenían razón de él desde hacía un mes y en su casa tampoco. Obviamente todos estaban preocupados, por lo visto hasta el jefazo francés de su empresa había venido corriendo a interesarse por él.
Según pasaban los días, el blog de Ramón, normalmente arriba todo el tiempo en la columna de ciberinvitados, iba cayendo hacia el pie de la página… Sé que es un tanto ridículo, una especie de cibersuperstición, pero me prometí a mi mismo no preocuparme hasta que llegara abajo del todo. Es decir hasta que renovaran los dos Javieres y Jaume que son los que menos se prodigan, sin que lo hubiera hecho él…
…Y eso ocurrió anteayer.
En complejidad, o mejor, cuando la complejidad de las relaciones entre las cosas supera nuestro conocimiento, la navaja de Occam no funciona y la paranoia se dispara. Me digo una y otra vez que ni siquiera se pueden calcular las probabilidades. Que todo depende de una topología, de una arquitectura de relaciones entre las cosas que desconozco. Pero lo confieso. Estoy agobiado. Siento angustia por la desaparición de Ramón y mi cabeza de alguna manera lo liga a la angustia producida por la muerte de mi homónimo en Grecia. Tal vez la única lógica aplicable sea la de los sueños: cuando un amigo desaparece sientes la necesidad de una especie de luto. Tal vez. Pero si alguien sabe algo, de alguno de los dos… bueno, para eso están los comentarios.
En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)
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[...] Sigo mi particular via crucis a cuenta del accidente en el que no estuve. Ayer, en pleno nerviosismo de la organización de nuestra boda, me citaron para esta mañana en el aeropuerto para devolverme mis supuestas pertenencias. [...]






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“Es que no he sabido de ti en mucho tiempo, no se si te ha pasado algo malo” me cuestiona mi madre por mi ausencia -alguna de años- ante lo cual mi respuesta (hasta ahora afortunadamente para los dos) ha sido: ¿Y cuando se pregunta eso, que le ha dicho su corazón?
Que estás bien.
Ese ejercicio me ha servido tanto para con mi familia como con mis amistades más cercanas en momentos en que la falta de noticias han llegado ocasionarme inquietud.
Nota: Me acabo de dar cuenta de que el blog de Ramón está caído, aunque no lo están los de otros compas. Entré como admin y no hay nada. Ha sido borrado. Ramón, ¿estás ahí? Di algo, anda.
En cuanto “te manifiestes” y haya algo en tu site lo volvemos a colocar en Ciberpunk
cumpa no tengo novedades tuyas y cuando entro a ciberpunk me encuentro con que andas desmintiendo te muerte!!!!! espero que ande todo bien cuidate un abrazo grande
el sobreviviente de galapagar
El caballo no va a tu misma velocidad, igual que la luna no va a tu misma velocidad, igual que los caballos del tiovivo no van a la misma velocidad. Hay bastantes efectos ópticos que pueden explicarlo: igualdad de velocidad angular, por ejemplo.