No falla. Cada vez que se pregunta a los ciudadanos europeos (salvo a los españoles), emerge un gran NO.
Y es que esta Europa que desmonta el estado de derecho, que redescubre las virtudes del manchesterianismo y que troca universalismo por xenofobia en sus principios legales no es aquella que nos vendieron de chavales.
No es cosa de este último año. Es una política coherente desde, al menos, el 2002. Como siempre esta deriva autoritaria comenzó en Internet, siguió con la patentabilidad del software (una batalla, por cierto, temporalmente ganada) y maduró con el endurecimiento de la propiedad intelectual. Desde hace años la UE rema contra de las tendencias más esperanzadoras que emergen de la sociedad y socava las bases de su propia soberanía (y de la ajena).
Esta Europa disciplinaria que quiere ser Singapur no dará, a este ritmo, ni para comerciar. No, definitivamente no, no soy, ni seré, europeo. Si hace unos años sentía ajeno ese proyecto, ahora lo siento como una agresión continua a mis libertades. La UE no es una alternativa democrática a los excesos del estado nación, es la más firme vanguardia de su deriva autoritaria.



