|
|
« Los mapas de un mundo postnacional « Portada » De las naciones a las redes »
Domingo, 13 de Enero de 2008El horizonte de un mundo postnacionalVersiones Latoc La conquista de Venecia por Napoleon en 1797 es uno de los grandes puntos simbólicos de la Historia. Es importante entenderlo hoy con todo su significado pues representó el fin de un largo ciclo histórico y la verdadera acta de nacimiento de la Europa de los estados nacionales. Una ola que no pararía hasta finales del siglo XIX con la unificación italiana y que tendría su broche con las independencias noruega e irlandesa. Desde principios del siglo XV, con su expansión italiana, estaba ya más que claro que el modelo político, económico e identitario de la República representaba una amenaza para el Papado y un disolvente para la Cristiandad. La Serenísima, que había sabido mantenerse independiente tanto de Bizancio como del Sacro Imperio, había jugado su propio juego en las cruzadas y basaba su economía en la fortaleza de redes comerciales que no reconocían en la frontera con el mundo musulmán mayor abismo que el que le separaba de los reinos cristianos. Inmersa en un mundo católico, Venecia jugará sin embargo a hacer política vaticana e incluso a dar batallas teológicas con tal de debilitar la posición bizantina, romana e imperial. Y las jugará con astucia e inteligencia, ganando su propia supervivencia. Sufrirá sí, una larga decadencia, producto no del agotamiento de su modelo político e identitario, sino de la posición excéntrica en la que queda tras el descubrimiento de América. Y lo que es más importante cuando desaparece, no lo hace a manos de Roma, sino de Napoleón. No será un reforzamiento de la cristiandad lo que la destruya ni lo que de forma finalmente a Europa, sino la soberanía nacional, descendiente in filo tempore de esa identidad superpuesta a las redes económicas y las carreras personales que Venecia había generado gracias a su sistema de gobierno colectivo pegado a la gestión económica de sus mercados. La Cristiandad sigue existiendo y nadie dirá que la identidad religiosa no haya sido importante en los dos últimos siglos. Pero tras la autocoronación de Napoleón en presencia del Papa, la Iglesia, las iglesias, poco han tenido que hacer frente a un concepto de soberanía y una identidad ligada al mercado nacional de orígenes adriáticos. Estado dinástico y Cristiandad no son ya categorías operativas políticamente. La religión e incluso la monarquía se han privatizado en la orilla septentrional del Mediterráneo de forma estable. Cuando trazamos una perspectiva a largo plazo, cuando tratamos de imaginar un mundo postnacional futuro, la analogía veneciana parece oportuna. Algunos autores como Xabier Zabalza1 o Juan de Aranzadi2 llevan años analizando la perspectiva de una desnacionalización de la vida pública e incluso de la indentidad personal. El primero lo presenta de un modo un tanto voluntarista, naif y en bastantes sentidos ahistórico:
Y el segundo desde un antinacionalismo de origen libertario y racionalista que permite entrever elementos del sueño PT cuando construye una ética que pretende fundamentar la felicidad, no en el honor o la valentía, no “en el diálogo o, mucho menos, el enfrentamiento violento”, sino en el hecho de “huir, desplazarse, cambiar de lugar y de gente, irse a vivir con otro grupo”, hasta disolver cualquier “ilusión de pertenencia a un pueblo”. Lo interesante de ambas miradas es que otean ya un mundo postnacional donde el sentimiento nacional, el amor por la comunidad nacional imaginada, sea puramente privado o incluso inexistente. El problema es, en realidad, mucho más complejo. El presente nos muestra, como hemos visto al hablar del neovenecianismo o de las comunidades etnico-familiares al hablar de las redes lingüísticas, un mundo en el que identidad y economía se van reticularizando, estallando en una multitud de nodos interconectados en redes que son generadoras de identidad y que se superponen a los estados. Nodos y redes que se forman y articulan comunidades reales, cuyos miembros se conocen entre si aunque no hayan estado nunca físicamente juntos. En la práctica la situación actual de la mayoría de esas redes, cuando actúan políticamente frente a su exterior, no es muy diferente de la de los burgos y repúblicas comerciales medievales. De muchas maneras representan ya una superación de la identidad nacional y germinalmente del estado nacional mismo, en la medida en que su metabolismo económico es capaz de proveer a sus miembros de ciertas garantías sociales, económicas y de carrera personal. Pero necesariamente se vuelven al estado nacional o mejor dicho, a los estados nacionales en los que operan, para reclamar condiciones de base, acceso a infraestructuras y autonomía de un modo similar al que las ciudades de la Hansa o los burgueses de las empalizadas alemanes reclamaban independencia política y seguridad en las rutas a los señores feudales y más tarde a los estados dinásticos. Hoy una nueva Venecia es no sólo ensoñable, sino predecible. Y sin duda, las nuevas venecias tendrán conflictos con los estados nacionales puesto que atienden a lógicas diferentes tanto en lo identitario como en lo económico. Y por lo mismo, tomarán partido en batallas internas de los estados, ganando influencia en ellos como lo hacían tanto reyes como repúblicas marítimas en el Vaticano. Es predecible que estado y nacionalidad permanezcan entre nosotros largo tiempo, del mismo modo que la Cristiandad sigue existiendo y algunas dinastías siguen reinando… aunque reinar signifique muchísimo menos que unos siglos atrás y la Cristiandad no sea ya un sujeto político ni militar global capaz de movilizar a nadie. En un largo horizonte seguiremos oyendo hablar de orígenes y cultura, del mismo modo que hoy seguimos teniendo religión y, algunos, somos leales súbditos del rey. A diferencia de la famosa frase de Trotsky, la Historia no tiene un basurero, las formas identitarias no desaparecen sin más, sino que perduran incluso a costa de su significado y operatividad política. Sólo podemos estar seguros de que el futuro es postnacional y que las nuevas venecias darán, como la original, forma a un nuevo mundo, aunque tal vez, como la Serenísima misma, sólo viéndolo por un instante. Lo importante es que desde hoy, sus formas no son tanto la alternativa de una elección, sino el comienzo de una superación que tendrá tanto de conflicto como de dilución. 1. Mater Vasconia. Lenguas, fueros y discursos nacionales en los países vascos, Editorial Hiria, 2005 2 El escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001 El horizonte de un mundo postnacional A conquista de Veneza por Napoleon em 1797 é um dos grandes pontos simbólicos da História. É importante entendê-lo hoje com todo seu significado pois representou o fim de um longo ciclo histórico e a verdadeira acta de nascimento da Europa dos estados nacionais. Uma onda que não pararia até finais do século XIX com a unificación italiana e que teria sua broche com as independências noruega e irlandesa. Desde princípios do século XV, com sua expansão italiana, estava já mais que claro que o modelo político, económico e identitario da República representava uma ameaça para o Papado e um disolvente para a Cristiandad. A Serenísima, que tinha sabido se manter independente tanto de Bizancio como do Sacro Império, tinha jogado seu próprio jogo nas cruzadas e baseava sua economia na fortaleza de redes comerciais que não reconheciam na fronteira com o mundo muçulmano maior abismo que o que lhe separava dos reinos cristãos. Inmersa num mundo católico, Veneza jogará no entanto a fazer política vaticana e inclusive a dar batalhas teológicas com tal de debilitar a posição bizantina, romana e imperial. E jogá-las-á com astúcia e inteligência, ganhando sua própria sobrevivência. Sofrerá sim, uma longa decadência, produto não do agotamiento de seu modelo político e identitario, senão da posição excéntrica na que fica depois da descoberta de América. E o que é mais importante quando desaparece, não o faz a mãos de Roma, senão de Napoleón. Não será um reforço da cristiandad o que a destrua nem o que de forma finalmente a Europa, senão a soberania nacional, descendente in fio tempore dessa identidade superpuesta às redes económicas e as carreiras pessoais que Veneza tinha gerado graças a seu sistema de governo colectivo colado à gestão económica de seus mercados. A Cristiandad segue existindo e ninguém dirá que a identidade religiosa não tenha sido importante nos dois últimos séculos. Mas depois da autocoronación de Napoleón em presença do Papa, a Igreja, as igrejas, pouco tiveram que fazer frente a um conceito de soberania e uma identidade unida ao mercado nacional de origens adriáticos. Estado dinástico e Cristiandad não são já categorias operativas politicamente. A religião e inclusive a monarquia privatizaram-se na orla setentrional do Mediterráneo de forma estável. Quando traçamos uma perspectiva em longo prazo, quando tratamos de imaginar um mundo postnacional futuro, a analogia veneciana parece oportuna. Alguns autores como Xabier Zabalza1 ou Juan de Aranzadi2 levam anos analisando a perspectiva de uma desnacionalización da vida pública e inclusive da indentidad pessoal. O primeiro apresenta-o de um modo um tanto voluntarista, naif e em bastantees sentidos ahistórico:
E o segundo desde um antinacionalismo de origem libertario e racionalista que permite entrever elementos do sonho PT quando constrói uma ética que pretende fundamentar a felicidade, não na honra ou a valentia, não “no diálogo ou, muito menos, o confronto violento”, senão no facto de “fugir, se deslocar, mudar de lugar e de gente, se ir a viver com outro grupo”, até dissolver qualquer “ilusão de pertence a um povo”. O interessante de ambas miradas é que otean já um mundo postnacional onde o sentimento nacional, o amor pela comunidade nacional imaginada, seja puramente privado ou inclusive inexistente. O problema é, em realidade, bem mais complexo. O presente mostra-nos, como vimos ao falar do neovenecianismo ou das comunidades etnico-familiares ao falar das redes linguísticas, um mundo no que identidade e economia se vão reticularizando, estallando numa multidão de nodos interconectados em redes que são generadoras de identidade e que se superponen aos estados. Nodos e redes que se formam e articulam comunidades reais, cujos membros se conhecem entre se ainda que não tenham estado nunca fisicamente juntos. Na prática a situação actual da maioria dessas redes, quando actuam politicamente em frente a seu exterior, não é muito diferente da dos burgos e repúblicas comerciais medievales. De muitas maneiras representam já uma superação da identidade nacional e germinalmente do estado nacional mesmo, na medida em que sua metabolismo económico é capaz de proveer a seus membros de certas garantias sociais, económicas e de carreira pessoal. Mas necessariamente voltam-se ao estado nacional ou melhor dito, aos estados nacionais nos que operam, para reclamar condições de base, acesso a infra-estruturas e autonomia de um modo similar ao que as cidades da Hansa ou os burgueses das empalizadas alemães reclamavam independência política e segurança nas rotas aos senhores feudales e mais tarde aos estados dinásticos. Hoje uma nova Veneza é não só ensoñable, senão predecible. E sem dúvida, as novas venecias terão conflitos com os estados nacionais já que atendem a lógicas diferentes tanto no identitario como no económico. E pelo mesmo, tomarão partido em batalhas internas dos estados, ganhando influência neles como o faziam tanto reis como repúblicas marítimas no Vaticano. É predecible que estado e nacionalidade permaneçam entre nós longo tempo, do mesmo modo que a Cristiandad segue existindo e algumas dinastías seguem reinandoÂ… ainda que reinar signifique muitíssimo menos que nuns séculos atrás e a Cristiandad não seja já um sujeito político nem militar global capaz de mobilizar a ninguém. Num longo horizonte seguiremos ouvindo falar de origens e cultura, do mesmo modo que hoje seguimos tendo religião e, alguns, somos leais súbditos do rei. A diferença da famosa frase de Trotsky, a História não tem um lixeiro, as formas identitarias não desaparecem sem mais, senão que perduran inclusive a costa de seu significado e operatividad política. Só podemos estar seguros de que o futuro é postnacional e que as novas venecias darão, como a original, forma a um novo mundo, ainda que talvez, como a Serenísima mesma, só o vendo por um instante. O importante é que desde hoje, suas formas não são tanto a alternativa de uma eleição, senão o começo de uma superação que terá tanto de conflito como de dilución. 1. Mater Vasconia. Línguas, fueros e discursos nacionais nos países bascos, Editorial Hiria, 2005 2 O escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001 O horizonte de um mundo postnacional A conquista de Venecia por Napoleon en 1797 é un dos grandes puntos simbólicos da Historia. É importante entendelo hoxe con todo o seu significado pois representou o fin dun longo ciclo histórico e a verdadeira acta de nacemento da Europa dos estados nacionais. Unha ola que non pararía ata finais do século XIX coa unificación italiana e que tería a súa broche coas independencias noruega e irlandesa. Desde principios do século XV, coa súa expansión italiana, estaba xa máis que claro que o modelo político, económico e identitario da República representaba unha ameaza para o Papado e un disolvente para a Cristiandad. A Serenísima, que soubera manterse independente tanto de Bizancio como do Sacro Imperio, xogara o seu propio xogo nas cruzadas e baseaba a súa economía na fortaleza de redes comerciais que non recoñecían na fronteira co mundo musulmán maior abismo que o que lle separaba dos reinos cristiáns. Inmersa nun mundo católico, Venecia xogará con todo a facer política vaticana e ata a dar batallas teolóxicas con tal de debilitar a posición bizantina, romana e imperial. E xogaraas con astucia e intelixencia, gañando a súa propia supervivencia. Sufrirá si, unha longa decadencia, produto non do agotamiento do seu modelo político e identitario, senón da posición excéntrica na que queda tralo descubrimento de América. E o que é máis importante cando desaparece, non o fai a mans de Roma, senón de Napoleón. Non será un reforzamento da cristiandad o que a destrúa nin o que de forma finalmente a Europa, senón a soberanía nacional, descendiente in filo tempore desa identidade superpuesta ás redes económicas e as carreiras persoais que Venecia xerara grazas ao seu sistema de goberno colectivo pegado á xestión económica dos seus mercados. A Cristiandad segue existindo e ninguén dirá que a identidade relixiosa non sexa importante nos dous últimos séculos. Pero trala autocoronación de Napoleón en presenza do Papa, a Igrexa, as igrexas, pouco han #ter que facer fronte a un concepto de soberanía e unha identidade ligada ao mercado nacional de orixes adriáticos. Estado dinástico e Cristiandad non son xa categorías operativas políticamente. A relixión e ata a monarquía privatizáronse na beira septentrional do Mediterráneo de forma estable. Cando trazamos unha perspectiva a longo prazo, cando tratamos de imaxinar un mundo postnacional futuro, a analogía veneciana parece oportuna. Algúns autores como Xabier Zabalza1 ou Juan de Aranzadi2 levan anos analizando a perspectiva dunha desnacionalización da vida pública e ata da indentidad persoal. O primeiro preséntao dun modo un tanto voluntarista, naif e en bastantes sentidos ahistórico:
E o segundo desde un antinacionalismo de orixe libertario e racionalista que permite entrever elementos do soño PT cando constrúe unha ética que pretende fundamentar a felicidade, non no honor ou a valentía, non “no diálogo ou, moito menos, o enfrontamento violento”, senón no feito de “fuxir, desprazarse, cambiar de lugar e de xente, irse a vivir con outro grupo”, ata disolver calquera “ilusión de pertenencia a un pobo”. O interesante de ambas miradas é que otean xa un mundo postnacional onde o sentimento nacional, o amor pola comunidade nacional imaxinada, sexa puramente privado ou ata inexistente. O problema é, en realidade, moito máis complexo. O presente móstranos, como vimos ao falar do neovenecianismo ou das comunidades etnico-familiares ao falar das redes lingüísticas, un mundo no que identidade e economía vanse reticularizando, estalando nunha multitude de nodos interconectados en redes que son xeradoras de identidade e que se superponen aos estados. Nodos e redes que se forman e articulan comunidades reais, cuxos membros #coñecer entre si aínda que non estean nunca físicamente xuntos. Na práctica a situación actual da maioría desas redes, cando actúan políticamente fronte ao seu exterior, non é moi diferente da dos burgos e repúblicas comerciais medievais. De moitos xeitos representan xa unha superación da identidade nacional e germinalmente do estado nacional mesmo, na medida en que a súa metabolismo económico é capaz de prover aos seus membros de certas garantías sociais, económicas e de carreira persoal. Pero necesariamente vólvense ao estado nacional ou mellor devandito, aos estados nacionais nos que operan, para reclamar condicións de base, acceso a infraestructuras e autonomía dun modo similar ao que as cidades da Hansa ou os burgueses das empalizadas alemáns reclamaban independencia política e seguridade nas rutas aos señores feudales e máis tarde aos estados dinásticos. Hoxe unha nova Venecia é non só ensoñable, senón predecible. E sen dúbida, as novas venecias terán conflitos cos estados nacionais posto que atenden a lóxicas diferentes tanto no identitario como no económico. E polo mesmo, tomarán partido en batallas internas dos estados, gañando influencia neles como o facían tanto reis como repúblicas marítimas no Vaticano. É predecible que estado e nacionalidade permanezan entre nós longo tempo, do mesmo xeito que a Cristiandad segue existindo e algunhas dinastías seguen reinandoÂ… aínda que reinar signifique muchísimo menos que uns séculos atrás e a Cristiandad non sexa xa un suxeito político nin militar global capaz de mobilizar a ninguén. Nun longo horizonte seguiremos oíndo falar de orixes e cultura, do mesmo xeito que hoxe seguimos tendo relixión e, algúns, somos leais súbditos do rei. A diferenza da famosa frase de Trotsky, a Historia non ten un basurero, as formas identitarias non desaparecen sen máis, senón que perduran ata a costa do seu significado e operatividad política. Só podemos estar seguros de que o futuro é postnacional e que as novas venecias darán, como a orixinal, forma a un novo mundo, aínda que talvez, como a Serenísima mesma, só véndoo por un instante. O importante é que desde hoxe, as súas formas non son tanto a alternativa dunha elección, senón o comezo dunha superación que terá tanto de conflito como de dilución. 1. Mater Vasconia. Linguas, fueros e discursos nacionais nos países vascos, Editorial Hiria, 2005 2 O escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001 O horizonte dun mundo postnacional La conquista de Venècia per Napoleon en 1797 # # #el òm dels grandes ponchs simbolics de l'Istòria. Es important o entendre uèi amb tot lo sieu significat doncas representèt la fin d'un long cicle istoric e la veritabla acta de naissença de l'Euròpa dels estats nacionales. Una onda que parariá pas fins a de fins del sègle XIX amb l'unificacion italiana e qu'auriá lo sieu fermalh amb las independéncias noruega e irlandesa. Dempuèi de principis del sègle XV, amb la siá expansion italiana, èra ja mai que clar que lo modèl politic, economic e identitari de la Republica representava una menaça pel Papado e un disolvente per la Cristiandad. La Serenísima, qu'aviá sabut se manténer independenta tant de Bizancio coma del Sacro Empèri, aviá jogat lo sieu pròpri jòc en las crosadas e basava la siá economia en la fortalesa de rets comercialas que reconeissián pas dins la frontièra amb lo mond musulman màger abisme qu'eth quau li separava dels reialmes crestianes. Immergida dins un mond catolic, Venècia jogarà malgrat aiçò a far politica vaticana e quitament a donar de batalhas teológicas amb tala d'afeblir la posicion bizantina, romana e imperiala. E las jogarà amb astucia e intelligéncia, en ganhant la siá pròpria subrevivença. Sofrirà òc, una L'orizon d'un mond postnacional La conquesta de Venècia per Napoleon en 1797 és un dels grans punts simbòlics de la Història. És important entendre-ho avui amb tot el seu significat doncs va representar la fi d'un llarg cicle històric i la veritable acta de naixement de l'Europa dels estats nacionals. Una ona que no pararia fins a finals del segle XIX amb la unificación italiana i que tindria el seu fermall amb les independències noruega i irlandesa. Des de principis del segle XV, amb la seva expansió italiana, estava ja més que clar que el model polític, econòmic i identitario de la República representava una amenaça per al Papat i un disolvente per a la Cristiandad. La Serenísima, que havia sabut mantenir-se independent tant de Bizancio com del Sacro Imperi, havia jugat el seu propi joc en les creuades i basava la seva economia en la fortalesa de xarxes comercials que no reconeixien en la frontera amb el món musulmà major abisme que el qual li separava dels regnes cristians. Immersa en un món catòlic, Venècia jugarà no obstant això a fer política vaticana i fins i tot a donar batalles teológicas amb tal de debilitar la posició bizantina, romana i imperial. I les jugarà amb astúcia i intel·ligència, guanyant la seva pròpia supervivència. Sofrirà sí, una llarga decadència, producte no de l'esgotament del seu model polític i identitario, sinó de la posició excèntrica en la qual queda després del descobriment d'Amèrica. I el que és més important quan desapareix, no ho fa a les mans de Roma, sinó de Napoleó. No serà un reforzamiento de la cristiandad el que la destrueixi ni el que de forma finalment a Europa, sinó la sobirania nacional, descendent in tall tempore d'aquesta identitat superpuesta a les xarxes econòmiques i les carreres personals que Venècia havia generat gràcies al seu sistema de govern col·lectiu pegat a la gestió econòmica dels seus mercats. La Cristiandad segueix existint i ningú dirà que la identitat religiosa no hagi estat important en els dos últims segles. Però després de la autocoronación de Napoleó en presència del Papa, l'Església, les esglésies, poc han hagut de fer enfront d'un concepte de sobirania i una identitat lligada al mercat nacional d'orígens adriáticos. Estat dinástico i Cristiandad no són ja categories operatives políticament. La religió i fins i tot la monarquia s'han privatitzat en la riba septentrional del Mediterrani de forma estable. Quan tracem una perspectiva a llarg termini, quan tractem d'imaginar un món postnacional futur, la analogía veneciana sembla oportuna. Alguns autors com Xabier Zabalza1 o Juan de Aranzadi2 porten anys analitzant la perspectiva d'una desnacionalización de la vida pública i fins i tot de la indentidad personal. El primer ho presenta d'una manera un tant voluntarista, naif i en bastants sentits ahistórico:
I el segon des d'un antinacionalismo d'origen libertario i racionalista que permet entreveure elements del somni PT quan construeix una ètica que pretén fonamentar la felicitat, no en l'honor o la valentia, no “en el diàleg o, molt menys, l'enfrontament violent”, sinó en el fet de “fugir, desplaçar-se, canviar de lloc i de gent, anar-se a viure amb un altre grup”, fins a dissoldre qualsevol “il·lusió de pertinença a un poble”. L'interessant d'ambdues mirades és que otean ja un món postnacional on el sentiment nacional, l'amor per la comunitat nacional imaginada, sigui purament privat o fins i tot inexistent. El problema és, en realitat, molt més complex. El present ens mostra, com hem vist al parlar del neovenecianismo o de les comunitats etnico-familiars al parlar de les xarxes lingüístiques, un món en el qual identitat i economia es van reticularizando, esclatant en una multitud de nodes interconectados en xarxes que són generadoras d'identitat i que es superponen als estats. Nodes i xarxes que es formen i articulen comunitats reals, els membres de les quals es coneixen entre si encara que no hagin estat mai físicament junts. En la pràctica la situació actual de la majoria d'aquestes xarxes, quan actuen políticament enfront del seu exterior, no és molt diferent de la dels burgos i repúbliques comercials medievals. De moltes maneres representen ja una superació de la identitat nacional i germinalmente de l'estat nacional mateix, en la mesura en què la seva metabolismo econòmic és capaç de proveir als seus membres de certes garanties socials, econòmiques i de carrera personal. Però necessàriament es tornen a l'estat nacional o millor dit, als estats nacionals en els quals operen, per a reclamar condicions de base, accés a infraestructures i autonomia d'una manera similar al que les ciutats de la Hansa o els burgesos de les empalizadas alemanys reclamaven independència política i seguretat en les rutes als senyors feudales i més tarda als estats dinásticos. Avui una nova Venècia és no només ensoñable, sinó predecible. I sense dubte, les noves venecias tindran conflictes amb els estats nacionals ja que atenen a lògiques diferents tant en el identitario com en l'econòmic. I pel mateix, prendran partit en batalles internes dels estats, guanyant influència en ells com ho feien tant reis com repúbliques marítimes en el Vaticà. És predecible que estat i nacionalitat romanguin entre nosaltres llarg temps, de la mateix manera que la Cristiandad segueix existint i algunes dinasties segueixen regnantÂ… encara que regnar signifiqui moltíssim menys que uns segles enrere i la Cristiandad no sigui ja un subjecte polític ni militar global capaç de mobilitzar a ningú. En un llarg horitzó seguirem sentint parlar d'orígens i cultura, de la mateix manera que avui seguim tenint religió i, alguns, som leales súbditos del rei. A diferència de la famosa frase de Trotsky, la Història no té un escombriaire, les formes identitarias no desapareixen sense més, sinó que perduren fins i tot a costa del seu significat i operatividad política. Només podem estar segurs que el futur és postnacional i que les noves venecias donaran, com l'original, forma a un nou món, encara que tal vegada, com la Serenísima mateixa, només veient-ho per un instant. L'important és que des d'avui, les seves formes no són tant l'alternativa d'una elecció, sinó el començament d'una superació que tindrà tant de conflicte com de dilución. 1. Mater Vasconia. Llengües, fueros i discursos nacionals en els països bascos, Editorial Hiria, 2005 2 L'escut de Arquíloco, ed. MT, 2001 L'horitzó d'un món postnacional
La conquista de Venecia por Napoleon en 1797 es uno de los grandes puntos simbólicos de la Historia. Es importante entenderlo hoy con todo su significado pues representó el fin de un largo ciclo histórico y la verdadera acta de nacimiento de la Europa de los estados nacionales. Una ola que no pararía hasta finales del siglo XIX con la unificación italiana y que tendría su broche con las independencias noruega e irlandesa. Desde principios del siglo XV, con su expansión italiana, estaba ya más que claro que el modelo político, económico e identitario de la República representaba una amenaza para el Papado y un disolvente para la Cristiandad. La Serenísima, que había sabido mantenerse independiente tanto de Bizancio como del Sacro Imperio, había jugado su propio juego en las cruzadas y basaba su economía en la fortaleza de redes comerciales que no reconocían en la frontera con el mundo musulmán mayor abismo que el que le separaba de los reinos cristianos. Inmersa en un mundo católico, Venecia jugará sin embargo a hacer política vaticana e incluso a dar batallas teológicas con tal de debilitar la posición bizantina, romana e imperial. Y las jugará con astucia e inteligencia, ganando su propia supervivencia. Sufrirá sí, una larga decadencia, producto no del agotamiento de su modelo político e identitario, sino de la posición excéntrica en la que queda tras el descubrimiento de América. Y lo que es más importante cuando desaparece, no lo hace a manos de Roma, sino de Napoleón. No será un reforzamiento de la cristiandad lo que la destruya ni lo que de forma finalmente a Europa, sino la soberanía nacional, descendiente in filo tempore de esa identidad superpuesta a las redes económicas y las carreras personales que Venecia había generado gracias a su sistema de gobierno colectivo pegado a la gestión económica de sus mercados. La Cristiandad sigue existiendo y nadie dirá que la identidad religiosa no haya sido importante en los dos últimos siglos. Pero tras la autocoronación de Napoleón en presencia del Papa, la Iglesia, las iglesias, poco han tenido que hacer frente a un concepto de soberanía y una identidad ligada al mercado nacional de orígenes adriáticos. Estado dinástico y Cristiandad no son ya categorías operativas políticamente. La religión e incluso la monarquía se han privatizado en la orilla septentrional del Mediterráneo de forma estable. Cuando trazamos una perspectiva a largo plazo, cuando tratamos de imaginar un mundo postnacional futuro, la analogía veneciana parece oportuna. Algunos autores como Xabier Zabalza1 o Juan de Aranzadi2 llevan años analizando la perspectiva de una desnacionalización de la vida pública e incluso de la indentidad personal. El primero lo presenta de un modo un tanto voluntarista, naif y en bastantes sentidos ahistórico:
Y el segundo desde un antinacionalismo de origen libertario y racionalista que permite entrever elementos del sueño PT cuando construye una ética que pretende fundamentar la felicidad, no en el honor o la valentía, no “en el diálogo o, mucho menos, el enfrentamiento violento”, sino en el hecho de “huir, desplazarse, cambiar de lugar y de gente, irse a vivir con otro grupo”, hasta disolver cualquier “ilusión de pertenencia a un pueblo”. Lo interesante de ambas miradas es que otean ya un mundo postnacional donde el sentimiento nacional, el amor por la comunidad nacional imaginada, sea puramente privado o incluso inexistente. El problema es, en realidad, mucho más complejo. El presente nos muestra, como hemos visto al hablar del neovenecianismo o de las comunidades etnico-familiares al hablar de las redes lingüísticas, un mundo en el que identidad y economía se van reticularizando, estallando en una multitud de nodos interconectados en redes que son generadoras de identidad y que se superponen a los estados. Nodos y redes que se forman y articulan comunidades reales, cuyos miembros se conocen entre si aunque no hayan estado nunca físicamente juntos. En la práctica la situación actual de la mayoría de esas redes, cuando actúan políticamente frente a su exterior, no es muy diferente de la de los burgos y repúblicas comerciales medievales. De muchas maneras representan ya una superación de la identidad nacional y germinalmente del estado nacional mismo, en la medida en que su metabolismo económico es capaz de proveer a sus miembros de ciertas garantías sociales, económicas y de carrera personal. Pero necesariamente se vuelven al estado nacional o mejor dicho, a los estados nacionales en los que operan, para reclamar condiciones de base, acceso a infraestructuras y autonomía de un modo similar al que las ciudades de la Hansa o los burgueses de las empalizadas alemanes reclamaban independencia política y seguridad en las rutas a los señores feudales y más tarde a los estados dinásticos. Hoy una nueva Venecia es no sólo ensoñable, sino predecible. Y sin duda, las nuevas venecias tendrán conflictos con los estados nacionales puesto que atienden a lógicas diferentes tanto en lo identitario como en lo económico. Y por lo mismo, tomarán partido en batallas internas de los estados, ganando influencia en ellos como lo hacían tanto reyes como repúblicas marítimas en el Vaticano. Es predecible que estado y nacionalidad permanezcan entre nosotros largo tiempo, del mismo modo que la Cristiandad sigue existiendo y algunas dinastías siguen reinando… aunque reinar signifique muchísimo menos que unos siglos atrás y la Cristiandad no sea ya un sujeto político ni militar global capaz de movilizar a nadie. En un largo horizonte seguiremos oyendo hablar de orígenes y cultura, del mismo modo que hoy seguimos teniendo religión y, algunos, somos leales súbditos del rey. A diferencia de la famosa frase de Trotsky, la Historia no tiene un basurero, las formas identitarias no desaparecen sin más, sino que perduran incluso a costa de su significado y operatividad política. Sólo podemos estar seguros de que el futuro es postnacional y que las nuevas venecias darán, como la original, forma a un nuevo mundo, aunque tal vez, como la Serenísima misma, sólo viéndolo por un instante. Lo importante es que desde hoy, sus formas no son tanto la alternativa de una elección, sino el comienzo de una superación que tendrá tanto de conflicto como de dilución. 1. Mater Vasconia. Lenguas, fueros y discursos nacionales en los países vascos, Editorial Hiria, 2005 2 El escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001 Si crees que puedes aportar algo interesante deja un comentario...Debes estar registrado como usuario para postear. Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just « Los mapas de un mundo postnacional « Portada » De las naciones a las redes »
Salvo indicación o advertencia en contrario, el autor de todas las entradas de este blog es David de Ugarte, quien las escribe y hace devolución expresa de ellas al Dominio Público
|
|