El poder de las redes De las naciones a las redes
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Lunes, 15 de Agosto de 2005

El fin del dilema

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A lo largo de los anteriores entregas de esta serie de posts nos hemos aproximado a entender el significado social de la diversidad. Intuitivamente entendemos que la aceptación de un mayor grado de diversidad supone una mayor libertad efectiva para el individuo, es mayor el campo de alternativas que se le abre a la hora de crear y ordenar su vida. La diversidad, o al menos la consecución social del grado de diversidad que le permitiría ser aceptado, aparece para el individuo como un fin en si mismo, como un sinónimo de libertad real.

Sin embargo, la diversidad tiene un coste, en la medida en que “tolerarla” supone aceptar que recursos sociales valiosos sean destinados a objetivos que no son los determinantes en el sistema en un momento dado. Y si una sociedad, una cultura, acepta un determinado grado de diversidad es porque ese grado, ese nivel de coste, es compatible con sus fines. El fin de toda cultura en realidad no es otro que maximizar la supervivencia del medio social para un entorno históricamente definido. La cultura entiende la diversidad como una herramienta.

Como veíamos todos los sistemas económicos buscan mantener de forma más o menos automática un cierto equilibrio entre una cosa y otra, entre innovación y desarrollo de lo existente. Lo hacen orientando a los innovadores hacia sus propios fines (la supervivencia del sistema). Por ejemplo, en nuestro sistema económico el sistema de patentes y derechos de autor asegura -mediante un monopolio temporal de la explotación de las creaciones- un premio automático para aquellas obras que conocen el éxito, que son valoradas por la comunidad mediante el propio mercado ya existente. La finalidad es doble: por un lado se incentiva así a los innovadores, pero no a todos, sino sólo a aquellos cuyos resultados son explotables, útiles dentro del marco “aceptable” en un momento dado.

Ese premio selectivo (no a la innovación, sino a aquella que tiene sentido para la comunidad) tiene a su vez un coste: la extensión de la innovación, su repercusión social, se retrasa artificialmente. La mal llamada “propiedad intelectual” supone un pacto implícito: La comunidad acepta el coste del retraso a cambio de que la innovación dominante sea la que se produce dentro del sistema de valores imperante.

Por eso, las dos veces en que históricamente los derechos de autor y el copyright han aparecido legalmente coinciden con periodos en los que se parecía estar viviendo el fin de la Historia. Primero, aunque de manera tentativa y más como declaración que como realidad, aparecieron en la Revolución Francesa, que soñaba con estar “reestableciendo” el “orden natural” de la sociedad “de una vez y para siempre”. Después, de forma ya sólida, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la revolución industrial había tocado a su fin y parecía que el sistema social se había estabilizado, que el “progreso” sería definitivamente cuantitativo y no cualitativo (por cierto que los que pensaban que jústamente lo que tocaba era un cambio cualitativo -anarquistas y comunistas, pero no sólo- chocaban sobre todo con el sistema de propiedad).

De hecho el sistema de “propiedad” intelectual, limitado eso sí a los aspectos industriales y vedado a la ciencia (a la que hubiera paralizado), pareció funcionar bastante bien hasta ya avanzada la segunda postguerra mundial.

Ocurren entonces dos fenómenos relacionados que cambiarán todo: por un lado el valor de la producción se traslada hacia los componentes creativos y científicos. Por otro, la misma organización de la producción se torma más compleja, incentivando el desarrollo de tecnologías de la información y la comunicación. A finales de los 60 empezará a verse como el sistema de incentivos (que es la forma económico-institucional de un sistema de valores) hace aguas y deja de generar competencia.

Pero es a mediados de los 80, con Internet en pleno desarrollo y con el software como una de las grandes industrias mundiales, cuando los llamados efectos red empiezen a señalar a los economistas que las cosas están cambiando. El efecto red incentiva a los autores a poner las menores trabas posibles a la extensión de sus creaciones minando el concepto mismo de monopolio temporal en el que está basada la “propiedad intelectual”. Por ejemplo, la clave del triunfo del html y el protocolo http de Tim Berners-Lee sobre Goopher residió en que el británico aseguró su caracter libre, de dominio público, dando certeza a los desarrolladores de productos derivados (como los navegadores o los editores web) de que podrían innovar partiendo del punto en que lo había dejado Berners-Lee en libertad, sin restricciones, derechos morales ni pagos de patentes.

Al mismo tiempo, la propia tecnología de Internet facilita la reproducción de cualquier contenido digital, hace que el coste de descarga de una unidad extra de un programa, canción o libro electrónico sea cero… y cuando el coste marginal es cero, el precio competitivo también lo es. Los autores (de software, de libros, de música…) irán descubriendo poco a poco (aún están en ello), que su interés pasa por la distribución gratuita de los formatos electrónicos de sus creaciones a través de Internet.

Resumiendo: La propia lógica económica de los efectos de red unida al desarrollo de Internet da incentivos para que los autores renuncien tanto a los llamados “derechos económicos” (el copyright) como a los morales (”control de las obras derivadas”).

Volviendo a nuestros términos: el sistema económico generado por las redes de comunicación distribuidas como Internet, empuja hacia el fin del dilema innovación/ cohesión, ya que la cohesión (la extensión de la innovación) es una condición pareja al triunfo de la innovación.

Para triunfar hay que convertirse en estándar, aunque sea por un breve periodo de tiempo. Para hacerlo es conveniente renunciar a los derechos generados por ese monopolio concedido por la ley que llamamos “propiedad intelectual”. Y lo más sorprendente: los grandes triunfadores de la innovación lo hacen precisamente porque renuncian a medir su éxito según el sistema de incentivos dominante: Diffie en la matemática aplicada, Tim Berners Lee, Richard Stalman o Linus Thorvalds en el software, o el colectivo Wu-Ming en la literatura, representan una nueva ética del triunfo y del trabajo que resulta mucho más dinámica e innovadora. Imponen estándares (es decir son competitivos) precísamente porque facilitan su extensión a todos (ampliando la cohesión social) y gracias precisamente a permanecer al margen del sistema de incentivos bajo el que la lógica de la patentabilidad, el copyright y el derecho de autor fueron creados.

Estamos en un momento de transición, de confusión. Las viejas organizaciones empiezan por mera supervivencia a absorver la nueva lógica en su interior, aparecen nuevos tipos de organización que intentan formas nuevas, al tiempo que contínuamente se extienden los campos en los que el viejo sistema de falsa propiedad es puesto en cuestión: matemática aplicada, software, música, literatura… Los economistas elaboran modelos que nos demuestran que el sistema de derechos de autor, patentes y copyright ya no es necesario para incentivar la innovación en ninguno de sus respectivos campos…

Pero lo que es claro es que lo que la tecnología nos ha abierto como posibilidad es un mundo nuevo. Un mundo donde el dilema entre cohesión social y diversidad ya no existe o es muchísimo menos dramático. Y que para que ese mundo se acerque, como el propio sistema económico parece reclamar más allá de las numantinas resistencias de los actuales beneficiarios del privilegio, la “propiedad” del conocimiento y la creación debe ser devuelta a la comunidad que los hace posible. Lo que hace un siglo era un avance es hoy un freno. El futuro no tiene copyright.

El fin del dilema
Portugués Apertium

Ao longo dos anteriores entregas desta série de posts aproximámos-nos a entender o significado social da diversidade. Intuitivamente entendemos que a aceitação de um maior grau de diversidade supõe uma maior liberdade efectiva para o indivíduo, é maior o campo de alternativas que se lhe abre à hora de criar e ordenar sua vida. A diversidade, ou ao menos a consecución social do grau de diversidade que permitir-lhe-ia ser aceitado, aparece para o indivíduo como um fim em se mesmo, como um sinónimo de liberdade real.

No entanto, a diversidade tem um custo, na medida em que “a tolerar” supõe aceitar que recursos sociais valiosos sejam destinados a objectivos que não são os determinantes no sistema num momento dado. E se uma sociedade, uma cultura, aceita um determinado grau de diversidade é porque esse grau, esse nível de custo, é compatible com seus fins. O fim de toda cultura em realidade não é outro que maximizar a sobrevivência do médio social para um meio historicamente definido. A cultura entende a diversidade como uma ferramenta.

Como víamos todos os sistemas económicos procuram manter de forma mais ou menos automática um verdadeiro equilíbrio entre uma coisa e outra, entre inovação e desenvolvimento do existente. Fazem-no orientando aos inovadores para seus próprios fins (a sobrevivência do sistema). Por exemplo, em nosso sistema económico o sistema de patentes e direitos de autor assegura -mediante um monopólio temporário da exploração das criações- um prêmio automático para aquelas obras que conhecem o sucesso, que são valorizadas pela comunidade mediante o próprio mercado já existente. A finalidade é dupla: por um lado incentiva-se assim aos inovadores, mas não a todos, senão só àqueles cujos resultados são explotables, úteis dentro do marco “aceitável” num momento dado.

Esse prêmio selectivo (não à inovação, senão àquela que faz sentido para a comunidade) tem a sua vez um custo: a extensão da inovação, sua repercussão social, atrasa-se artificialmente. A mau chamada “propriedade intelectual” supõe um pacto implícito: A comunidade aceita o custo do atraso a mudança de que a inovação dominante seja a que se produz dentro do sistema de valores imperante.

Por isso, as duas vezes em que historicamente os direitos de autor e o copyright apareceram legalmente coincidem com períodos nos que se parecia estar a viver o fim da História. Primeiro, ainda que de maneira tentativa e mais como declaração que como realidade, apareceram na Revolução Francesa, que sonhava com estar “reestableciendo” o “ordem natural” da sociedade “de uma vez e para sempre”. Depois, de forma já sólida, no final do século XIX e princípios do XX, quando a revolução industrial tinha tocado a seu fim e parecia que o sistema social se tinha estabilizado, que o “progresso” seria definitivamente cuantitativo e não cualitativo (por verdadeiro que os que pensavam que jústamente o que tocava era uma mudança cualitativo -anarquistas e comunistas, mas não só- chocavam sobretudo com o sistema de propriedade).

Aliás o sistema de “propriedade” intelectual, limitado isso sim aos aspectos industriais e vedado à ciência (à que tivesse paralisado), pareceu funcionar bastante bem até já avançada a segunda postguerra mundial.

Ocorrem então dois fenómenos relacionados que mudarão tudo: por um lado o valor da produção translada-se para os componentes criativos e cientistas. Por outro, a mesma organização da produção se torma mais complexa, incentivando o desenvolvimento de tecnologias da informação e a comunicação. No final dos 60 começará a ver-se como o sistema de incentivos (que é a forma económico-institucional de um sistema de valores) faz águas e deixa de gerar concorrência.

Mas é em meados dos 80, com Internet em pleno desenvolvimento e com o software como uma das grandes indústrias mundiais, quando os chamados efeitos rede empiezen a assinalar aos economistas que as coisas estão a mudar. O efeito rede incentiva aos autores a pôr as menores travas possíveis à extensão de suas criações minando o conceito mesmo de monopólio temporário no que está baseada a “propriedade intelectual”. Por exemplo, finque-a do triunfo do html e o protocolo http de Tim Berners-Lê sobre Goopher residiu em que o britânico assegurou seu caracter livre, de domínio público, dando certeza aos desarrolladores de produtos derivados (como os navegadores ou os editores site) de que poderiam inovar partindo do ponto em que o tinha deixado Berners-Lê em liberdade, sem restrições, direitos morais nem pagamentos de patentes.

Ao mesmo tempo, a própria tecnologia de Internet facilita a reprodução de qualquer conteúdo digital, faz que o custo de descarga de uma unidade extra de um programa, canção ou livro electrónico seja zeroÂ… e quando o custo marginal é zero, o preço competitivo também o é. Os autores (de software, de livros, de músicaÂ…) irão descobrindo pouco a pouco (ainda estão em isso), que seu interesse passa pela distribuição gratuita dos formatos electrónicos de suas criações através de Internet.

Resumindo: A própria lógica económica dos efeitos de rede unida ao desenvolvimento de Internet dá incentivos para que os autores renunciem tanto aos chamados “direitos económicos” (o copyright) como aos morais (”controle das obras derivadas”).

Voltando a nossos termos: o sistema económico gerado pelas redes de comunicação distribuídas como Internet, empurra para o fim do dilema inovação/ coesão, já que a coesão (a extensão da inovação) é uma condição casal ao triunfo da inovação.

Para triunfar há que se converter em regular, ainda que seja por um breve período de tempo. Para fazê-lo é conveniente renunciar aos direitos gerados por esse monopólio concedido pela lei que chamamos “propriedade intelectual”. E o mais surpreendente: os grandes triunfadores da inovação fazem-no precisamente porque renunciam a medir seu sucesso segundo o sistema de incentivos dominante: Diffie na matemática aplicada, Tim Berners Lê, Richard Stalman ou Linus Thorvalds no software, ou o colectivo Wu-Ming na literatura, representam uma nova ética do triunfo e do trabalho que resulta bem mais dinâmica e inovadora. Impõem estándares (isto é são competitivos) precísamente porque facilitam sua extensão a todos (ampliando a coesão social) e obrigado precisamente a permanecer à margem do sistema de incentivos baixo o que a lógica da patentabilidad, o copyright e o direito de autor foram criados.

Estamos num momento de transição, de confusão . As velhas organizações começam por mera sobrevivência a absorver a nova lógica em seu interior, aparecem novos tipos de organização que tentam formas novas, ao mesmo tempo em que contínuamente se estendem os campos nos que o velho sistema de falsa propriedade é posto em questão: matemática aplicada, software, música, literaturaÂ… Os economistas elaboram modelos que nos demonstram que o sistema de direitos de autor, patentes e copyright já não é necessário para incentivar a inovação em nenhum de seus respectivos camposÂ…

Mas o que é claro é que o que a tecnologia nos abriu como possibilidade é um mundo novo. Um mundo onde o dilema entre coesão social e diversidade já não existe ou é muitíssimo menos dramático. E que pára que esse mundo se acerque, como o próprio sistema económico parece reclamar para além das numantinas resistências dos actuais beneficiarios do privilégio, a “propriedade” do conhecimento e a criação deve ser devolvida à comunidade que os faz possível. O que faz num século era um avanço é hoje um travão. O futuro não tem copyright.

O fim do dilema
Galego Apertium

Ao longo dos anteriores entregas desta serie de posts aproximámonos/aproximámosnos a entender o significado social da diversidad. Intuitivamente entendemos que a aceptación dun maior grado de diversidad supón unha maior liberdade efectiva para o individuo, é maior o campo de alternativas que se lle abre á hora de crear e ordenar a súa vida. A diversidad, ou polo menos a consecución social do grado de diversidad que lle permitiría ser aceptado, aparece para o individuo como un fin en si mesmo, como un sinónimo de liberdade real.

Con todo, a diversidad ten un custo, na medida en que “tolerala” supón aceptar que recursos sociais valiosos sexan destinados a obxectivos que non son os determinantes no sistema nun momento dado. E si unha sociedade, unha cultura, acepta un determinado grado de diversidad é porque ese grado, ese nivel de custo, é compatible cos seus fins. O fin de toda cultura en realidade non é outro que maximizar a supervivencia do medio social para unha contorna históricamente definido. A cultura entende a diversidad como unha ferramenta.

Como viamos todos os sistemas económicos buscan manter de forma máis ou menos automática un certo equilibrio entre unha cousa e outra, entre innovación e desenvolvemento do existente. Fano orientando aos innovadores cara aos seus propios fins (a supervivencia do sistema). Por exemplo, no noso sistema económico o sistema de patentes e dereitos de autor asegura -mediante un monopolio temporal da explotación das creacións- un premio automático para aquelas obras que coñecen o éxito, que son valoradas pola comunidade mediante o propio mercado xa existente. A finalidade é dobre: por unha banda se incentiva así aos innovadores, pero non a todos, senón só a aqueles cuxos resultados son explotables, útiles dentro do marco “aceptable” nun momento dado.

Ese premio selectivo (non á innovación, senón a aquela que ten sentido para a comunidade) ten á súa vez un custo: a extensión da innovación, a súa repercusión social, atrásase artificialmente. A mal chamada “propiedade intelectual” supón un pacto implícito: A comunidade acepta o custo do atraso a cambio de que a innovación dominante sexa a que se produce dentro do sistema de valores imperante.

Por iso, as dúas veces en que históricamente os dereitos de autor e o copyright apareceron legalmente coinciden con periodos nos que se parecía estar vivindo o fin da Historia. Primeiro, aínda que de xeito tentativa e máis como declaración que como realidade, apareceron na Revolución Francesa, que soñaba con estar “reestableciendo” a “orde natural” da sociedade “dunha vez e para sempre”. Despois, de forma xa sólida, a finais do século XIX e principios do XX, cando a revolución industrial tocara ao seu fin e parecía que o sistema social habíase estabilizado, que o “progreso” sería definitivamente cuantitativo e non cualitativo (por certo que os que pensaban que jústamente o que tocaba era un cambio cualitativo -anarquistas e comunistas, pero non só- chocaban sobre todo co sistema de propiedade).

De feito o sistema de “propiedade” intelectual, limitado iso si aos aspectos industriais e vedado á ciencia (á que paralizase), pareceu funcionar bastante ben ata xa avanzada a segunda postguerra mundial.

Ocorren entón dous fenómenos relacionados que cambiarán todo: por unha banda o valor da produción trasládase cara aos compoñentes creativos e científicos. Por outro, a mesma organización da produción se torma máis complexa, incentivando o desenvolvemento de tecnoloxías da información e a comunicación. A finais dos 60 empezará a verse como o sistema de incentivos (que é a forma económico-institucional dun sistema de valores) fai augas e deixa de xerar competencia.

Pero é a mediados dos 80, con Internet en pleno desenvolvemento e co software como unha das grandes industrias mundiais, cando os chamados efectos rede empiezen a sinalar aos economistas que as cousas están cambiando. O efecto rede incentiva aos autores a poñer as menores trabas posibles á extensión das súas creacións minando o concepto mesmo de monopolio temporal no que está baseada a “propiedade intelectual”. Por exemplo, a clave do triunfo do html e o protocolo http de Tim Berners-Le sobre Goopher residiu en que o británico asegurou o seu caracter libre, de dominio público, dando certeza aos desarrolladores de produtos derivados (como os navegadores ou os editores web) de que poderían innovar partindo do punto en que o deixou Berners-Le en liberdade, sen restricciones, dereitos morais nin pagos de patentes.

Ao mesmo tempo, a propia tecnoloxía de Internet facilita a reprodución de calquera contido digital, fai que o custo de descarga dunha unidade extra dun programa, canción ou libro electrónico sexa ceroÂ… e cando o custo marginal é cero, o prezo competitivo tamén o é. Os autores (de software, de libros, de músicaÂ…) irán descubrindo aos poucos (aínda están niso)/niso), que o seu interese pasa pola distribución gratuita dos formatos electrónicos das súas creacións a través de Internet.

Resumindo: A propia lóxica económica dos efectos de rede unida ao desenvolvemento de Internet dá incentivos para que os autores renuncien tanto aos chamados “dereitos económicos” (o copyright) como aos morais (”control das obras derivadas”).

Volvendo aos nosos términos: o sistema económico xerado polas redes de comunicación distribuídas como Internet, empuxa cara ao fin do dilema innovación/ cohesión, xa que a cohesión (a extensión da innovación) é unha condición parella ao triunfo da innovación.

Para triunfar hai que converterse en estándar, aínda que sexa por un breve periodo de tempo. Para facelo é conveniente renunciar aos dereitos xerados por ese monopolio concedido pola lei que chamamos “propiedade intelectual”. E o máis sorprendente: os grandes triunfadores da innovación fano precisamente porque renuncian a medir o seu éxito segundo o sistema de incentivos dominante: Diffie na matemática aplicada, Tim Berners Le, Richard Stalman ou Linus Thorvalds no software, ou o colectivo Wu-Ming na literatura, representan unha nova ética do triunfo e do traballo que resulta moito máis dinámica e innovadora. Impoñen estándares (é dicir son competitivos) precísamente porque facilitan a súa extensión a todos (ampliando a cohesión social) e grazas precisamente a permanecer á marxe do sistema de incentivos baixo o que a lóxica da patentabilidad, o copyright e o dereito de autor foron creados.

Estamos nun momento de transición, de confusión . As vellas organizacións empezan por mera supervivencia a absorver a nova lóxica no seu interior, aparecen novos tipos de organización que intentan formas novas, á vez que contínuamente esténdense os campos nos que o vello sistema de falsa propiedade é posto en cuestión: matemática aplicada, software, música, literaturaÂ… Os economistas elaboran modelos que nos demostran que o sistema de dereitos de autor, patentes e copyright xa non é necesario para incentivar a innovación en ningún dos seus respectivos camposÂ…

Pero o que é claro é que o que a tecnoloxía abriunos como posibilidade é un mundo novo. Un mundo onde o dilema entre cohesión social e diversidad xa non existe ou é muchísimo menos dramático. E que para que ese mundo achéguese, como o propio sistema económico parece reclamar máis aló das numantinas resistencias dos actuais beneficiarios do privilexio, a “propiedade” do coñecemento e a creación debe ser devolta á comunidade que os fai posible. O que fai un século era un avance é hoxe un freo. O futuro non ten copyright.

O fin do dilema
Occitan Apertium

Al cors dels anteriors liuraments d'aquesta seria de posts nos # # #el aproximado a entendre lo significat social de la diversitat. Intuitivamente Entendèm que l'acceptacion d'un màger gra de diversitat supausa una màger libertat efectiva per l'individu, es màger lo camp d'alternativas que se li dobrís a l'ora de crear e ordenar la siá vida. La diversitat, o almens l'obtencion sociala del gra de diversitat que li permetriá èsser acceptat, apareis per l'individu coma una fin en se meteis, coma un sinonim de libertat reala.

Malgrat aiçò, la diversitat a un còst, en la mesura en que “tolerarla” supausa acceptar que de recorses socials valiosos sián destinats a d'objectius que son pas los determinantes en lo sistèma en un moment donat. E s'una societat, una cultura, accèpta un determinat gra de diversitat es pr'amor qu'aqueste gra, aqueste nivèl de còst, es compatible amb las siás fins. La fin de tota cultura en realitat es pas d'autre que maximizar la subrevivença del mejan social per un entorn istoricament definit. La cultura entend la diversitat coma un esturment.

Coma vesiam totes los sistèmas economics cercan manténer de forma mai o mens automatica un cèrt equilibri entre una causa e d'autra, entre innovacion e desvolopament de çò d'existent. O fan en orientant als innovadors cap a las siás pròprias fins (la subrevivença del sistèma). Per exemple, en lo nòstre sistèma economic lo sistèma de brevets e dreches d'autor assegura -mejançant un monopòli temporal de l'explotacion de las creacions- un prèmi automatic per aquelas òbras que coneisson la capitada, que son avaloradas per la comunitat mejançant lo pròpri mercat ja existent. La finalitat es dobla: per un costat se incentiva aital als innovadors, mas pas a totes, mas sonque a aqueles cuyos de resultats son explotables, utils dins lo marc “acceptable” en un moment donat.

Aqueste prèmi selectiu (pas a l'innovacion, mas a aquela qu'a de sens per la comunitat) a a lo sieu còp un còst: l'extension de l'innovacion, la siá repercussion sociala, se retarda artificialmente. La mal cridada “proprietat intellectuala” supausa un pacte implícito: La comunitat accèpta lo còst del retard en escambi de que l'innovacion dominante siá era quau se produsís dins lo sistèma de valors imperante.

Per aquò, las doas de còps en qu'istoricament los dreches d'autor e lo copyright an aparegut legalament coincidisson amb de periòdes que se semblava en el viure la fin de l'Istòria. Primièr, e mai se de manièra temptativa e mai coma declaracion que coma realitat, apareguèron en la Revolucion Francesa, que soniava amb èsser “reestableciendo” lo “òrdre natural” de la societat “d'un còp e per totjorn”. Après, de forma ja solida, a de fins del sègle XIX e de principis del XX, quand la revolucion industriala aviá tocat a la siá fin e semblava que lo sistèma social s'aviá estabilizado, que lo “progrès” seriá definitivament quantitatiu e pas qualitatiu (per cèrt qu'es quaus pensavan que jústamente çò que tocava èra un cambiament qualitatiu -anarquistas e comunistas, mas tustarravan- non solament sustot amb lo sistèma de proprietat).

En fach lo sistèma de “proprietat” intellectuala, limitat aquò òc als aspèctes industriales e vedado a la sciéncia (que li aguès paralisat a el), semblèt foncionar pro plan fins a ja avançada la segonda postguerra mondiala.

Arriban alavetz dos fenomèns ligats que cambiaràn tot: per un costat la valor de la produccion se traslada cap als compausants creatius e scientifics. Per d'autre, la meteissa organizacion de la produccion se torma mai complèxa, incentivando lo desvolopament de tecnologias de l'informacion e la comunicacion. A de fins dels 60 començarà a se veire coma lo sistèma d'incentius (qu'es la forma economica-institucionala d'un sistèma de valors) fa d'aigas e daissa de generar competéncia.

Mas es a intervengudi dels 80, amb Internet en plen desvolopament e amb lo logicial coma una de las grandas industrias mondialas, quand los cridats efèctes ret empiezen a soslinhar als economistas que las causas càmbian. L'efècte ret incentiva als autors a póner los mendres trebucs possibles a l'extension de las siás creacions minando lo concèpte meteis de monopòli temporal qu'es en el basada la “proprietat intellectuala”. Per exemple, la clau del triomfe del html e lo protocòu http de Tim Berners-Lieg envolopa Goopher residiguèt en que lo britanic assegurèt lo sieu caracter liure, de domeni public, en donant certitud als desarrolladores de produchs derivats (coma los navigadors o los editors web) que poirián innovar en partint del ponch en qu'o aviá daissat Berners-Lieg en libertat, sens de restriccions, de dreches morales ni de pagaments de brevets.

Al meteis temps, la pròpria tecnologia d'Internet facilita la reproduccion de quin contengut digital que siá, fa que lo còst de descarga d'una unitat extra d'un programa, cançon o libre electronic siatz zèroÂ… e quand lo còst marginal es zèro, lo prètz competitiu o es tanben. Los autors (de logicial, de libres, de musicianaÂ…) descobriràn pauc a pauc (son encara dins aiçò), que lo sieu interès passa per la distribucion gratuita dels formatos electronics de las siás creacions a travèrs d'Internet.

En resumint: La pròpria logica economica dels efèctes de ret jonhuda al desvolopament d'Internet dona d'incentius per que los autors renonciatz tant als cridats “dreches economics” (lo copyright) coma als morales (”contraròtle de las òbras derivadas”).

En tornant als nòstres tèrmes: lo sistèma economic generat per las rets de comunicacion distribuida coma Internet, empenh cap a la fin del dilèma innovacion/ coesion, doncas que la coesion (l'extension de l'innovacion) es una condicion coble al triomfe de l'innovacion.

Per trionfar cal se convertir en estandard, e mai se siá per un breve periòde de temps. Per o far es convenent renonciar als dreches generats per aqueste monopòli concedit per la lei que cridam “proprietat intellectuala”. E çò mai estonant: los grandes trionfadors de l'innovacion o fan justament pr'amor que renóncian a mesurar la siá capitada segontes lo sistèma d'incentius dominante: Diffie en la matematica aplicada, Tim Berners Lieg, Richard Stalman o Linus Thorvalds dins lo logicial, o lo collectiu Wu-Ming en la literatura, representan una nòva etica del triomfe e del trabalh que resulta fòrça mai dinamica e innovadora. Impausan d'estandards (es dire es competitiu) precísamente pr'amor que facilitan la siá extension a totes (en ampliant la coesion sociala) e mercés justament a demorar al marge del sistèma d'incentius que la logica de la patentabilidad, lo copyright e lo drech d'autor foguèron jos el creadi.

Sèm dins un moment de transicion, de confusion. Las vièlhas organizacions començan per mèra subrevivença a absorver la nòva logica en la siá interiora, apareisson de nòus tipes d'organizacion qu'ensajan de formas nòvas, al temps que contínuamente s'estendon los camps que lo vièlh sistèma de falsa proprietat es en el ponut en afar: matematica aplicada, logicial, musiciana, literaturaÂ… Los economistas elabòran de modèls que nos demòstran que lo sistèma de dreches d'autor, de brevets e copyright es pas mai de besonh per incentivar l'innovacion en cap de los sieus respectius campsÂ…

Mas çò qu'es clar es que çò que la tecnologia nos a dobèrt coma possibilitat es un mond nòu. Un mond a on lo dilèma entre coesion sociala e diversitat existís pas mai o es muchísimo mens dramatic. E que per que aqueste mond s'apròpe, coma lo pròpri sistèma economic sembla reclamar mai ailà de las numantinas de resisténcias dels actuales beneficiaris del privilègi, la “proprietat” de la coneissença e la creacion a d'èsser retornada a la comunitat que los fa possibla. Çò Que fa un sègle èra una avançada es uèi un fren. Lo futur a pas copyright.

La fin del dilèma
Català Apertium

Al llarg dels anteriors lliuraments d'aquesta sèrie de posts ens hem aproximat a entendre el significat social de la diversitat. Intuitivamente entenem que l'acceptació d'un major grau de diversitat suposa una major llibertat efectiva per a l'individu, és major el camp d'alternatives que se li obre a l'hora de crear i ordenar la seva vida. La diversitat, o almenys la consecució social del grau de diversitat que li permetria ser acceptat, apareix per a l'individu com una fi en si mateix, com un sinònim de llibertat real.

No obstant això, la diversitat té un cost, en la mesura en què “tolerar-la” suposa acceptar que recursos socials valuosos siguin destinats a objectius que no són els determinants en el sistema en un moment donat. I si una societat, una cultura, accepta un determinat grau de diversitat és perquè aquest grau, aquest nivell de cost, és compatible amb les seves fins. La fi de tota cultura en realitat no és un altre que maximizar la supervivència del mitjà social per a un entorn històricament definit. La cultura entén la diversitat com una eina.

Com vèiem tots els sistemes econòmics busquen mantenir de forma més o menys automàtica un cert equilibri entre una cosa i una altra, entre innovació i desenvolupament de l'existent. Ho fan orientant als innovadors cap a les seves pròpies fins (la supervivència del sistema). Per exemple, en el nostre sistema econòmic el sistema de palesos i drets d'autor assegura -mitjançant un monopoli temporal de l'explotació de les creacions- un premi automàtic per a aquelles obres que coneixen l'èxit, que són valorades per la comunitat mitjançant el propi mercat ja existent. La finalitat és doble: d'una banda s'incentiva així als innovadors, però no a tots, sinó només a aquells els resultats dels quals són explotables, útils dintre del marc “acceptable” en un moment donat.

Aquest premi selectiu (no a la innovació, sinó a aquella que té sentit per a la comunitat) té al seu torn un cost: l'extensió de la innovació, la seva repercussió social, es retarda artificialment. La mal cridada “propietat intel·lectual” suposa un pacte implícito: La comunitat accepta el cost del retard a canvi que la innovació dominant sigui la qual es produeix dintre del sistema de valors imperante.

Per això, les dues vegades en què històricament els drets d'autor i el copyright han aparegut legalment coincideixen amb períodes en els quals se semblava estar vivint la fi de la Història. Primer, encara que de manera temptativa i més com declaració que com realitat, van aparèixer en la Revolució Francesa, que somiava amb estar “reestableciendo” el “ordre natural” de la societat “d'una vegada i per a sempre”. Després, de forma ja sòlida, a la fi del segle XIX i principis del XX, quan la revolució industrial havia tocat a la seva fi i semblava que el sistema social s'hi havia estabilizado, que el “progrés” seria definitivament quantitatiu i no qualitatiu (per cert que els quals pensaven que jústamente el que tocava era un canvi qualitatiu -anarquistes i comunistes, però no només- xocaven sobretot amb el sistema de propietat).

De fet el sistema de “propietat” intel·lectual, limitat això sí als aspectes industrials i vedado a la ciència (a la qual hagués paralitzat), va semblar funcionar bastant bé fins a ja avançada la segona postguerra mundial.

Ocorren llavors dos fenòmens relacionats que canviaran tot: d'una banda el valor de la producció es trasllada cap als components creatius i científics. Per un altre, la mateixa organització de la producció es torma més complexa, incentivant el desenvolupament de tecnologies de la informació i la comunicació. A la fi dels 60 començarà a veure's com el sistema d'incentius (que és la forma econòmic-institucional d'un sistema de valors) fa aigües i deixa de generar competència.

Però és a mitjan els 80, amb Internet en ple desenvolupament i amb el programari com una de les grans indústries mundials, quan els anomenats efectes xarxa empiezen a assenyalar als economistes que les coses estan canviant. L'efecte xarxa incentiva als autors a posar les menors traves possibles a l'extensió de les seves creacions minando el concepte mateix de monopoli temporal en el qual està basada la “propietat intel·lectual”. Per exemple, la clau del triomf de l'html i el protocol http de Tim Berners-Llegeix sobre Goopher va residir que el britànic va assegurar el seu caracter lliure, de domini públic, donant certesa als desarrolladores de productes derivats (com els navegadors o els editors web) que podrien innovar partint del punt en què ho havia deixat Berners-Llegeix en llibertat, sense restriccions, drets morals ni pagaments de palesos.

Al mateix temps, la pròpia tecnologia d'Internet facilita la reproducció de qualsevol contingut digital, fa que el cost de descarrega d'una unitat extra d'un programa, cançó o llibre electrònic sigui zeroÂ… i quan el cost marginal és zero, el preu competitiu també ho és. Els autors (de programari, de llibres, de músicaÂ…) aniran descobrint poc a poc (encara estan en això), que el seu interès passa per la distribució gratuïta dels formats electrònics de les seves creacions a través d'Internet.

Resumint: La pròpia lògica econòmica dels efectes de xarxa unida al desenvolupament d'Internet dóna incentius perquè els autors renunciïn tant als anomenats “drets econòmics” (el copyright) com als morals (”control de les obres derivades”).

Tornant als nostres termes: el sistema econòmic generat per les xarxes de comunicació distribuïdes com Internet, empeny cap a la fi del dilema innovació/ cohesió, ja que la cohesió (l'extensió de la innovació) és una condició parella al triomf de la innovació.

Per a triomfar cal convertir-se en estàndard, encara que sigui per un breu període de temps. Per a fer-ho és convenient renunciar als drets generats per aquest monopoli concedit per la llei que cridem “propietat intel·lectual”. I el més sorprenent: els grans triomfadors de la innovació ho fan precisament perquè renuncien a mesurar el seu èxit segons el sistema d'incentius dominant: Diffie en la matemàtica aplicada, Tim Berners Llegeix, Richard Stalman o Linus Thorvalds en el programari, o el col·lectiu Wu-Ming en la literatura, representen una nova ètica del triomf i del treball que resulta molt més dinàmica i innovadora. Imposen estàndards (és a dir són competitius) precísamente perquè faciliten la seva extensió a tots (ampliant la cohesió social) i gràcies precisament a romandre al marge del sistema d'incentius sota el qual la lògica de la patentabilidad, el copyright i el dret d'autor van ser creats.

Estem en un moment de transició, de confusió. Les velles organitzacions comencen per mera supervivència a absorver la nova lògica en el seu interior, apareixen nous tipus d'organització que intenten formes noves, al mateix temps que contínuamente s'estenen els camps en els quals el vell sistema de falsa propietat és posat en qüestió: matemàtica aplicada, programari, música, literaturaÂ… Els economistes elaboren models que ens demostren que el sistema de drets d'autor, palesos i copyright ja no és necessari per a incentivar la innovació en cap dels seus respectius campsÂ…

Però el que és clar és que el que la tecnologia ens ha obert com possibilitat és un món nou. Un món on el dilema entre cohesió social i diversitat ja no existeix o és moltíssim menys dramàtic. I que perquè aquest món s'apropi, com el propi sistema econòmic sembla reclamar més enllà de les numantinas resistències dels actuals beneficiaris del privilegi, la “propietat” del coneixement i la creació ha de ser retornada a la comunitat que els fa possible. El que fa un segle era un avanç és avui un fre. El futur no té copyright.

La fi del dilema

A lo largo de los anteriores entregas de esta serie de posts nos hemos aproximado a entender el significado social de la diversidad. Intuitivamente entendemos que la aceptación de un mayor grado de diversidad supone una mayor libertad efectiva para el individuo, es mayor el campo de alternativas que se le abre a la hora de crear y ordenar su vida. La diversidad, o al menos la consecución social del grado de diversidad que le permitiría ser aceptado, aparece para el individuo como un fin en si mismo, como un sinónimo de libertad real.

Sin embargo, la diversidad tiene un coste, en la medida en que “tolerarla” supone aceptar que recursos sociales valiosos sean destinados a objetivos que no son los determinantes en el sistema en un momento dado. Y si una sociedad, una cultura, acepta un determinado grado de diversidad es porque ese grado, ese nivel de coste, es compatible con sus fines. El fin de toda cultura en realidad no es otro que maximizar la supervivencia del medio social para un entorno históricamente definido. La cultura entiende la diversidad como una herramienta.

Como veíamos todos los sistemas económicos buscan mantener de forma más o menos automática un cierto equilibrio entre una cosa y otra, entre innovación y desarrollo de lo existente. Lo hacen orientando a los innovadores hacia sus propios fines (la supervivencia del sistema). Por ejemplo, en nuestro sistema económico el sistema de patentes y derechos de autor asegura -mediante un monopolio temporal de la explotación de las creaciones- un premio automático para aquellas obras que conocen el éxito, que son valoradas por la comunidad mediante el propio mercado ya existente. La finalidad es doble: por un lado se incentiva así a los innovadores, pero no a todos, sino sólo a aquellos cuyos resultados son explotables, útiles dentro del marco “aceptable” en un momento dado.

Ese premio selectivo (no a la innovación, sino a aquella que tiene sentido para la comunidad) tiene a su vez un coste: la extensión de la innovación, su repercusión social, se retrasa artificialmente. La mal llamada “propiedad intelectual” supone un pacto implícito: La comunidad acepta el coste del retraso a cambio de que la innovación dominante sea la que se produce dentro del sistema de valores imperante.

Por eso, las dos veces en que históricamente los derechos de autor y el copyright han aparecido legalmente coinciden con periodos en los que se parecía estar viviendo el fin de la Historia. Primero, aunque de manera tentativa y más como declaración que como realidad, aparecieron en la Revolución Francesa, que soñaba con estar “reestableciendo” el “orden natural” de la sociedad “de una vez y para siempre”. Después, de forma ya sólida, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la revolución industrial había tocado a su fin y parecía que el sistema social se había estabilizado, que el “progreso” sería definitivamente cuantitativo y no cualitativo (por cierto que los que pensaban que jústamente lo que tocaba era un cambio cualitativo -anarquistas y comunistas, pero no sólo- chocaban sobre todo con el sistema de propiedad).

De hecho el sistema de “propiedad” intelectual, limitado eso sí a los aspectos industriales y vedado a la ciencia (a la que hubiera paralizado), pareció funcionar bastante bien hasta ya avanzada la segunda postguerra mundial.

Ocurren entonces dos fenómenos relacionados que cambiarán todo: por un lado el valor de la producción se traslada hacia los componentes creativos y científicos. Por otro, la misma organización de la producción se torma más compleja, incentivando el desarrollo de tecnologías de la información y la comunicación. A finales de los 60 empezará a verse como el sistema de incentivos (que es la forma económico-institucional de un sistema de valores) hace aguas y deja de generar competencia.

Pero es a mediados de los 80, con Internet en pleno desarrollo y con el software como una de las grandes industrias mundiales, cuando los llamados efectos red empiezen a señalar a los economistas que las cosas están cambiando. El efecto red incentiva a los autores a poner las menores trabas posibles a la extensión de sus creaciones minando el concepto mismo de monopolio temporal en el que está basada la “propiedad intelectual”. Por ejemplo, la clave del triunfo del html y el protocolo http de Tim Berners-Lee sobre Goopher residió en que el británico aseguró su caracter libre, de dominio público, dando certeza a los desarrolladores de productos derivados (como los navegadores o los editores web) de que podrían innovar partiendo del punto en que lo había dejado Berners-Lee en libertad, sin restricciones, derechos morales ni pagos de patentes.

Al mismo tiempo, la propia tecnología de Internet facilita la reproducción de cualquier contenido digital, hace que el coste de descarga de una unidad extra de un programa, canción o libro electrónico sea cero… y cuando el coste marginal es cero, el precio competitivo también lo es. Los autores (de software, de libros, de música…) irán descubriendo poco a poco (aún están en ello), que su interés pasa por la distribución gratuita de los formatos electrónicos de sus creaciones a través de Internet.

Resumiendo: La propia lógica económica de los efectos de red unida al desarrollo de Internet da incentivos para que los autores renuncien tanto a los llamados “derechos económicos” (el copyright) como a los morales (”control de las obras derivadas”).

Volviendo a nuestros términos: el sistema económico generado por las redes de comunicación distribuidas como Internet, empuja hacia el fin del dilema innovación/ cohesión, ya que la cohesión (la extensión de la innovación) es una condición pareja al triunfo de la innovación.

Para triunfar hay que convertirse en estándar, aunque sea por un breve periodo de tiempo. Para hacerlo es conveniente renunciar a los derechos generados por ese monopolio concedido por la ley que llamamos “propiedad intelectual”. Y lo más sorprendente: los grandes triunfadores de la innovación lo hacen precisamente porque renuncian a medir su éxito según el sistema de incentivos dominante: Diffie en la matemática aplicada, Tim Berners Lee, Richard Stalman o Linus Thorvalds en el software, o el colectivo Wu-Ming en la literatura, representan una nueva ética del triunfo y del trabajo que resulta mucho más dinámica e innovadora. Imponen estándares (es decir son competitivos) precísamente porque facilitan su extensión a todos (ampliando la cohesión social) y gracias precisamente a permanecer al margen del sistema de incentivos bajo el que la lógica de la patentabilidad, el copyright y el derecho de autor fueron creados.

Estamos en un momento de transición, de confusión. Las viejas organizaciones empiezan por mera supervivencia a absorver la nueva lógica en su interior, aparecen nuevos tipos de organización que intentan formas nuevas, al tiempo que contínuamente se extienden los campos en los que el viejo sistema de falsa propiedad es puesto en cuestión: matemática aplicada, software, música, literatura… Los economistas elaboran modelos que nos demuestran que el sistema de derechos de autor, patentes y copyright ya no es necesario para incentivar la innovación en ninguno de sus respectivos campos…

Pero lo que es claro es que lo que la tecnología nos ha abierto como posibilidad es un mundo nuevo. Un mundo donde el dilema entre cohesión social y diversidad ya no existe o es muchísimo menos dramático. Y que para que ese mundo se acerque, como el propio sistema económico parece reclamar más allá de las numantinas resistencias de los actuales beneficiarios del privilegio, la “propiedad” del conocimiento y la creación debe ser devuelta a la comunidad que los hace posible. Lo que hace un siglo era un avance es hoy un freno. El futuro no tiene copyright.

Guardado por David de Ugarte en Destacados> su moleskine
a las 8:21 pm

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