El Economist parece estar deslizándose del liberalismo británico a un ultraconservadurismo amarillista norteamericano con gotas de chovinismo isleño
El último número de The Economist trae unas cuantas barrabasadas, alguna muy mal intencionada, que me llevan tras diez años como lector, a enfadarme lo suficiente como para no renovar mi suscripción
- El artículo sobre el debate electoral español, centrado sobre el contrato a la inmigración de Rajoy, está adornado por esta fotografía que aparece con el pie “Reading about my generation“:

A mi juicio esta imagen ya sería absurda e injusta ilustrando un artículo sobre Túnez o Marruecos, no digamos ya sobre España o la comunidad musulmana española. Me parece malintencionada y creo evidente que tiende a crear asociaciones de valores que serían demasiado locas incluso para buena parte de la extrema derecha española. - Convierte la crónica de los crímenes de Jersey en la base para una peculiar teoría de la democracia donde esta sólo sería posible en comunidades lo suficientemente grandes como para que los diputados representen a los partidos frente a los votantes y no a los votantes en el Parlamento:
At the root of many of the island’s problems is its halting democracy. Though politicians are elected, voters have no say in who forms a government, since assemblymen are voted into ministerial posts by their peers. That is true in Westminster too, of course—but in Jersey almost all parliamentarians are independents, making it hard to know what sort of coalition will emerge from elections.
Por otro lado, el Economist cada vez me pone más nervioso con sus excesos chovinistas que le llevan a una mirada sobre el mundo cada vez más burda. Por ejemplo, en este mismo número, en el artículo sobre las virtudes políticas de la patata, tras los cambios sociales y el aumento de la productividad generados por su consumo presenta como algo positivo el hambre de la patata y el millón y medio de personas muertas que dejó tras de si, por haber impulsado el fin de las Corn Laws… Estoy seguro de que si el millón de muertos hubiera sido inglés en vez de irlandes, el artículo habría sido redactado de otra manera.
Significativamente la publicación lleva un par de meses en una verdadera cruzada contra el partido Demócrata norteamericano, escalando los adjetivos de número en número (en este último tacha el programa económico de los dos candidatos en primarias como economic miserabilism)
En pocas palabras, de semanario liberal británico, el Economist está pasando a abrazar frivolamente el hooliganismo derechista norteamericano. Y como reconoce Lexington en este mismo número reflexionando sobre el conservadurismo en EEUU y sus referentes teóricos:
They are showing signs of intellectual exhaustion. And the crackpots, once exiled, are beginning to define conservatism once again.
Comentarios
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hola David,
Sobre el artículo de las elecciones españolas, totalmente de acuerdo contigo. Mal intencionado, con un comentario chusco sobre Zapatero y sus sonrisas, y además, muy poco del estilo del The Economist ¡y más con el tema de la inmigración! ¿Habrán cambiado de corresponsal en España?
Pero sobre las primarias demócratas no creo que hayan dicho ninguna tonteria. La crítica al programa económico de Obama y Hillary es por su proteccionismo. El único candidato que dice claramente que EEUU no sólo debe tener derecho a vender sus productos en el resto del mundo, sino que los demás países deben también tenerlo para venderlos en EEUU, es McCain. Aunque también apuntan a que todo este rollo proteccionista quizá sólo sea una concesión populista de los candidatos demócratas a sus bases, y que de cara a las presidenciales afinarán un poco más.
En lo que el The Economist está de acuerdo con los demócratas, y lleva mucho tiempo diciéndolo, es en que hay que cambiar el seguro de salud, exténdiendolo a más gente y desvinculandolo del trabajo. Es decir, que cuando te quedes sin trabajo, no te quedes sin seguro!
Un saludo
Llevas razón en lo del proteccionismo… es terrorífica la perspectiva…