El impacto de El País sobre la identidad española ha sido decisivo para el llamado milagro español. Milagro en el que la debilidad de una identidad nacional moderna, nacionalista, más que un handicap ha sido una clave, un elemento de desarrollo.
Estos días estoy entendiendo por fin la cuestión nacional, qué supone realmente una nación y qué es una cultura nacional, hasta que punto es constitutiva de la identidad de las personas y hasta qué punto las limita.
Ayer, de aperitivo-tertulia con Jose Carlos Arnal y Ricardo Cavero hablábamos sobre sus implicaciones españolas. En España -fuera del País Vasco y Cataluña- es un tópico plantearse políticamente la debil nacionalización, la falta de una identidad nacional clara como un handicap, como una carencia en el proceso modernizador de España.
Pero en realidad… es al revés. De hecho, comentaba Arnal, es posible que una de las claves culturales más importantes del milagro español, no sólo entendido como el increíble crecimiento social y económico de los últimos 30 años, sino también del desarrollo de las libertades cotidianas sea precisamente éso: la permeabilidad internacional de la mirada hegemónica española que es la de El País.
De hecho es hoy difícil imaginar lo que la estructura misma de El País suponía en los años post Franco. Tras años en que lo nacional atendía exclusivamente a su propia lógica y lo internacional relataba otro mundo, otra realidad, la lógica se invertía. El País explica España desde el mundo, desde lo global, casi como un resultado, como una concreción más de una realidad universal en cambio. Recordemos: El País abre con Internacional, sigue con opinión y sólo entonces da noticias nacionales que después se concretan en autonómicas y locales. Cierra con lo transversal: economía, cultura y sociedad.
Una vez más el medio es el verdadero mensaje, la arquitectura de la información es el verdadero fondo, la materialización del juego de valores del producto.
El País ha enseñado a pensar a dos generaciones de españoles de una forma que era entonces radicalmente nueva, rupturista con el nacionalismo franquista ya desde su misma organización de la información. Es en buena medida gracias a él que en España se hagan marcianos conceptos como literatura nacional o filosofía española, que estudiemos en el bachiller la literatura en lengua española (es decir, la del ámbito lingüístico) y no literatura española (fundamentada sobre una pretendida Historia nacional expresión de un supuesto ser nacional). Porque esto es lo común en el mundo. Y aunque haga aguas en lugares como Francia, sigue siendo la moneda corriente global. Den si no un paseo por las secciones de internacional de los principales medios americanos y africanos y vean no sólo su pobreza sino cómo se linkan al resto de la información. El discurso nacionalista implícito es globalmente dominante. La info que consume el mundo -no se pierdan la prensa brasileña- se parece mucho a las noticias de Antena 3.
El impacto de la lógica informativa de El País será tan fuerte, que durante años sólo los nacionalismos periféricos españoles generarán un proyecto modernizador clásico, es decir, nacionalizante, orientado a explicar sobre la Historia nacional la realidad política y social. De ahí las batallas sobre los contenidos educativos con las autonomías. No creo que sea casualidad que la conformación de ese conato de nacionalismo español que fue el PP de José María Aznar viniera precedido del nacimiento de un periódico moderno que volviera a poner nacional en la apertura y redujera de nuevo lo internacional a lo exótico y anecdótico: El Mundo.
De hecho, a mi juicio, tal vez uno de los fenómenos más temibles que podemos entrever en el futuro, es que la prensa gratuita, apunte local de la tradición del tabloide británico, acabe generando un nuevo jingoismo, un populismo que genere ese tipo de identidad airada de la que se nutren los nacionalismos, preténdanse conservadores o de izquierda.
En cualquier caso, volviendo al balance histórico que toca, creo que hay que remarcar esa idea de la información que explica lo local como resultado y no como excepción de lo global… y aferrarnos a ella. Mucho de lo bueno que ha pasado en este país en el tiempo de mi vida creo que se debe a esa apuesta de El País durante la Transición.
Ojalá que el ansia de visitas, la carrera porque los lectores pinchen más durante más tiempo en noticias más baratas, no lleve al conjunto de los periódicos españoles a sentar las bases lógicas y atroces de esa identidad nacionalista de la que, en buena medida, mi generación se pudo librar en España.
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[…] del caracter nacional del estado. La segunda modernización española (1978-1992) se hará desde relatos que definiran la realidad política y social a construir como producto de un entorno global. La excepción nacional, tan frecuente en el nacionalismo de los estados, era un argumento feo en […]
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[…] ni destino específico más allá de la propia voluntad democrática. Es el PSOE que se refleja en los intelectuales que frecuentan las páginas de El País y su relato. Enfrentado al nacionalismo vasco recurrirá, no sin problemas, al concepto habermasiano de […]





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(Broma) Creo que estamos de acuerdo en que El Mundo y El País deberían intercambiar mútuamente sus nombres. El Mundo abriría con internacional y El País sería un periódico nacionalista. Todo estaría un poco más claro.