Es hora de mirar la cultura y el arte de masas desde otro ángulo.
Ayer noche, como todos los domingos, vimos una peli. No era especialmente mala. Tampoco era buena. Uno de los personajes principales, la chica, era definido muy tarde para lo que son las convenciones habituales de Hoolywood. La aproximación sin embargo era muy efectiva: tres canciones seguidas de Boonie Tyler…
Y entonces, de repente, lo vi. Lo que me atrae de la cultura de masas no es lo que dice, no es su masividad, no es la posibilidad de decir otras cosas por el mismo medio… no. Lo que me atrae es cómo la materia prima de un mensaje que puedes esperar que otros hayan recibido, es digerida, recodificada y estandarizada para significar cosas distintas y construir tipos que quedan lejos de la voluntad original del creador o el distribuidor.
No estoy hablando del arte recuperado de los situacionistas con sus cómics con el texto cambiado, que todos hemos visto o usado alguna vez. No, me refiero a eso que hace que el arte de masas sea cultura de masas y no cultura para las masas como parece que se empeñan en definirlo los teóricos del Arte y la semiótica, desde Umberto Eco a Jose Antonio Ramírez.
Porque, si releemos ahora a Eco, el nodo de su acercamiento se hace tremendamente ajeno pues parte de la definición del objeto cultural de consumo como algo nacido y limitado a
la inevitable “relación de persuasor a persuadido”, que es en definitiva una relación paternalista interpuesta entre productor y consumidor
Y porque lo entiende en el seno de esta relación pedagógica, Eco está interesado en decodificar el mensaje tal cual llega con ánimo de que los mismos códigos puedan ser utlizados para lanzar mensajes políticos más críticos o incluso antagónicos.
Eco, y toda la tradición de la ultraizquierda italiana, llegan a la semiótica del arte de masas con ánimo de convertir en herramienta de propaganda consciente lo que según ellos
se trata siempre de un producto industrial, presto a seguir pasivamente los humores del propio público
Eco, no es ningún secreto, calca tal cual sobre la cultura popular los esquemas Kautskistas-leninistas de la teoría de conciencia de clase. Según Kautsky y Lenin, la conciencia de clase espontánea carece de valor y es necesario que la élite intelectual y científica inyecten verdadera conciencia no alienada en el proletariado. Justamente aquello que según Eco debería hacer la élite cultural con el cómic, la televisión, la radio o el cine. La cultura de masas aparece así como una objetivación de la consciencia de clase que tiene la ventaja de poder ser estudiada y diseccionada académicamente. La semiótica se convertiría en la base científica de una ingeniería de consciencia político-social.
En realidad, se trata de una mirada de arriba a abajo, ausente de toda la complejidad, de todo ese diálogo entre la gran fábrica industrial icónica y sus consumidores.
La gran fábrica simbolica que es la industria audiovisual no es un proveedor de cerebros, de falsa conciencia, es más bien un gran creador de piezas lego que se incorporan a la gran digestión de la cultura popular… que las reobjetivará y las utilizará para los fines simbólicos más diversos, incluso con significados opuestos o irónicos. Eso no quiere decir que la Cultura para las masas no tenga un relato propio, un discurso muchas veces alienante a deconstruir. Pero la relación no existe en un solo sentido, la masa no es un receptor pasivo, es más bien un gran reciclador que ciertamente se ve limitado en parte por la forma y la intención de muchas de las piezas que le llegan… pero no determinado, ni mucho menos, mecánicamente. En una palabra, lo interesante no es la dieta, que conforma una suerte de provisión inicial de piezas, sino la digestión que las dota de significado consensuado.
Es en esa digestión cada vez más diversa, más distribuida y si me permiten postmoderna, en la que la blogsfera juega cada vez más un papel protagonista -como predijo el ciberpunk hace ya 17 años-, la que me interesa.
En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)
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[...] En realidad Eco vuelve, a estas alturas y con Internet, a su discurso kautstkiano sobre la cultura popular (”cultura de masas”) de los sesenta. Por eso comienza por constatar -¿con asombro?- que no es un sujeto, no tiene un discurso único ni una vocación histórica en el sentido marxista: Borges nos contaba en “Ficciones” la historia de Funes o la memoria, este hombre que se acordaba de todo, de cada hoja que había visto en cada árbol, de cada palabra que había oído durante su vida y que, debido a su memoria total, era un perfecto idiota(…) Para un navegante ingenuo, Internet es Funes [...]






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No sé bien por qué o tendría que pensarlo más y ahora no me llega la neurona, pero de alguna manera esta reflexión me parece que está relacionada con la de JJ del otro día:
http://atalaya.blogalia.com/historias/42407
¡abrazos