Viene “Enviga” la primera de una nueva generación de bebidas de CocaCola-Nestlè que, la verdad, me dan bastante miedo, tanto por el producto en si, como por los valores que materializan.
Be positive, drink negative, saluda la inusable página de Enviga, la nueva bebida de CocaCola-Nestlè que pronto llegará a España e Iberoamérica y que se presenta en las mismas latas como The calorie burner, el quemador de calorías.
Según estudios citados por el Economist la bebida efectivamente produciría consumo calórico. Entre 60 y 100 calorías al día para una persona de complexión media que tomara tres latas al día.
Personalmente me produce una grima espantosa. Hay algo profundamente antinatural en un alimento que deja un saldo energético negativo en el organismo. Aunque el mismo Economist califica a la bebida como “a pretty inefficient way to lose weight” -100 calorías es el equivalente al aporte de un chupa-chups- lo que me llama la atención, lo que me parece verdaderamente temible es el mensaje implícito.
Porque en marketing, al final, el producto es el mensaje, y con Enviga acaba simbólicamente, por exacerbación, la etapa abierta en los ochenta. En aquella década empezó una relectura del cuerpo y su significado que cambió profundamente las pautas de consumo masivo.
El lenguaje del marketing retomó el discurso protestante sobre el cuerpo: aparecieron por primera vez las secciones de belleza y salud, los presidentes comenzaron a hacer jogging, la juventud se vendió como eterna tras dos décadas de drogas y rock& roll. Pero sobre todo, el lenguaje del cuerpo comenzó a hablar de moral, de capacidad para el sacrificio, de ausencia o presencia de voluntad. Los paseos marítimos se llenaron de los nuevos penitentes que buscaban la inmortalidad terrena, la nueva belleza del alma se producía en gimnasios. La ropa se ajustó al cuerpo para mostrar la evolución ansiada…
Y el cuerpo, el último espacio privado, pasó a ser público, objeto de juicio universal… y por tanto objeto de regulación legal. El estado acabó regulando el cuerpo como nunca había hecho. Desde el tabaco a las hamburguesas o el alcohol. En horizonte, el nivel de grasas y la cafeina.
Pero Enviga marca un nuevo futuro. Un futuro en el que ingeriremos para quemar calorías. A primer golpe parece una metáfora de la economía de guerra en la que andan empantanados los EEUU, producir para destruir. Veremos qué más significa.
De momento miro mis incipientes michelines con un poco más de cariño. Estamos juntos. Resistimos. Somos la metáfora de un mundo apacible y tolerante que no quiere verse violentado, que disfruta de los paseos más que de las carreras, de un buen asado más que de una hamburguesa de soja y de una buena, astringente y calórica horchata que de un Enviga. Y que tal como van las cosas, no tendrá otra relación con las multis y el Ministerio de Sanidad que la clandestinidad.
¿Les dije que tengo una amiga que me trae chorizos artesanos de Asturias?
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Dios, que asco…
Cito: Y el cuerpo, el último espacio privado, pasó a ser público.
Yo creo que el último espacio privado (si lo consideramos espacio) es la mente. No el cuerpo.
Del ministerio del cuerpo sano al de la mente correcta sólo hay un paso… Al fin nunca hay garantías para una virtualidad libre si su base material ha dejado de serlo…