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Domingo, 28 de Enero de 2007

Delirantes y exiliados

La serie “3 razones para el exilio” empieza a generar un discurso propio, una crítica que no queda muy lejos ni muy desacompasada de la que empieza a oirse en algunas partes del “stablishment”

Me está resultando demoledora la lectura de los 3 motivos para el exilio de Jorge Benedet, Carmen Castro, Roger Colom, Alberto Navarro, Alfredo Ferreiro, Arnau Fuentes y (sobre todo) María. Lo impresionante es la coherencia espontánea entre los que se han sumado a la cadena. Todos apuntan a un ambiente, a un espíritu común cada día más asfixiante en España que une lo macro a lo micro en la coherencia de una gran chapuza cínica y delirante que viene a sonar igual sea contada en gallego, catalán o español.

Lo curioso es que no son sólo estas conversaciones.

Ayer, desde Montevideo recibí la llanada de un gran amigo que sentía la necesidad de comentar el último artículo de Muñoz Molina en El País. El académico jienense escribía ayer que España está en estado de delirio. En realidad lo que viene a decir es que la representación mediatico-política de España ha perdido ya tanto el sentido de la escala que se hace imposible relatar desde su relación con la realidad. Obvio. Ya lo decían, de una manera u otra, casi todos los posts que enlazo arriba. Muñoz Molina se centraba sin embargo en un sólo aspecto, el relato político identitario:

El delirio ha sustituido a la racionalidad o al sentido común en casi todos los discursos políticos, y los personajes públicos atrapados en él lo difunden entre la ciudadanía y se alimentan a su vez de los delirios verbales y escritos de unos medios informativos que en vez de informar alientan una incesante palabrería opinativa. La actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que dicen los políticos, de los cuales no se conoce apenas otra cosa que sus exabruptos verbales.(…) Da la sensación de haber entrado en un bar de barra pringosa en el que el humo de la palabrería fuera más denso que el del tabaco, y en el que un número considerable de afirmaciones tajantes parece dictado por la ofuscación de una copa matinal de coñac.

Se oye con frecuencia creciente que al adversario se le califica de facha o de rojo, con una insensatez verbal que hiela la sangre, y que revela una voluntad de ruptura de la concordia civil copiada de lo peor de los años treinta. Cuando a uno lo pueden llamar rojo por creer que el atentado del 11 de marzo lo cometieron terroristas islámicos o fascista por no eludir siempre la palabra “España” o defender la Constitución de 1978 está claro que el debate político ha caído en un extremo irreparable de delirio.

También es llamativa la complacencia con que tantas personas de izquierda han resuelto en los últimos años abolir toda actitud que no sea de inquebrantable adhesión al Gobierno. He leído textos conmovidos sobre la felicidad de estar “al lado de mi presidente”, y escuché hace poco en la radio a un entusiasta que llevaba su fervor hasta un extremo de marcialidad, asegurando que él, en estas circunstancias, se ponía “detrás de nuestro capitán, en primer tiempo de saludo”, tal vez no el tipo de incondicionalidad más adecuado para el primer ministro de una democracia.

No digo que no haya motivos para oponerse a una deplorable Oposición, avinagrada y sombría, que no parece capaz de desprenderse de su propio delirio de conspiraciones, y en la que todo el talento de sus dirigentes da la impresión de estar puesto al servicio, sin duda generoso, de favorecer a sus adversarios.

Congratula, la verdad, que alguien de nuestro stablishment concuerde en esa parte del diagnóstico que se relaciona con el delirante discurso de nuestros representantes. Pero por favor, no se queden ahí.

La infumabilidad del relato español no se queda en una clase política indocumentada y sectaria. Es un mal mediático que se filtra a la ciudadanía secando todas las conversaciones y toda perspectiva. Se trata de un relato que, asumido por la propia clase dirigente, nos lleva de cabeza a convertirnos en un país-sucursal que con el derrotismo como cohartada y la tecnonofobia y el rechazo al emprendedurismo por bandera, exalta la mediocridad como modo de vida, exonerándonos de toda responsabilidad.

A estas alturas ya no dudo que los que se sumen a partir de ahora mantendrán ese aire de acción no violenta, de ruptura de tabú que está teniendo la serie. No faltan razones desde luego para el exilio, pero la principal, la que a mi juicio emerge de todo esto, es la de tomar distancia del gran agujero mediáticopolítico español para poder empezar a hacer un discurso nuevo que no se pierda entre el ruido y el delirio.

Si Eco, el mismo un tecnófobo moderno, distinguia en su actitud frente al cambio entre apocalípticos e integrados, los españoles nos dividimos cada vez más entre delirantes y exiliados.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 12:28 pm

Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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