Del terrorista al bricoleur: el ciberpunk y los arquetipos del nuevo siglo
El viejo mundo, el terrorismo aparecía como analogía para iluminar los límites. Pienso en El Agente Secreto de Conrad. El contexto: un grupo anarquista infitrado por un provocador policial que les impulsa a comenter un atentado. El objetivo: el observatorio de Greenwich, en el que los terroristas quieren simbolizar el concepto victoriano de progreso.
El mundo conradiano, construido sobre narradores omniscientes, es un universo literario que existe en si mismo. Un universo cerrado como una pecera. Conrad se mueve en una literatura del céteris páribus donde el contexto se supone estático.
A nuestro mundo le corresponde otro tipo de relato nacido del hipertexto: una madeja marcada por la dispersión, los contextos móviles, el desorden… un contexto en el que el sentido aparece por interacción, donde ningún elemento es decisivo, ni siquiera el autor que relata el segmento principal.
La literatura de nuestro tiempo hipertextual tiene mucho de ensayo, de maqueta. Mueve las piezas “a ver qué pasa”, es analógica: busca adelantarse, jugar con el relato/maqueta como modelo predictivo
Por eso la acción toma la forma del relato de un hacking. No hay fin del mundo en el horizonte del relato, el apocalipsis nuclear es una pesadilla de otros sueños. Se trata de un que pasaría si algunas de las múltiples clavijas del sistema fueran usadas para otros fines distintos de los que fueron creadas. No hay ceteris paribus, todo cambia continuamente y en la ausencia de seguridad, en un mundo que es como un río helado a principios de primavera, aparece una nueva forma de libertad derraigada.
En The littlest jackal (1996), Bruce Sterling nos presenta una versión netocratizada de Carlos organizando un coup financizado por la mafia rusa para independizar una isla finesa del Báltico, poblarla con refugiados esteasiáticos y convertirla en un puerto franco multiétnico.
En el último minuto, la aparición de cuerpos especiales da como alternativa el combate desesperado o la huída. Y escogen la huída con la misma alegría, casi frivolidad, del inversor internacional que vende divisas ante un cambio de coyuntura:
¿A dónde irás? Preguntó Kholov
“Bien”, dijo Raf, “tal vez el plan del banco offshore de las Alands estuviera un poco adelantado a su tiempo. Siempre he ido veinte años por delante de mi época. Soy un visionario, aunque ahora puede que sólo vaya veinte minutos” (…)Pero debo sacrificar mis sueños poéticos de costumbre. En esta trágica coyuntura debemos reagruparnos, debemos ser firmemente realistas. No estás de acuerdo, Kholov? Deberíamos ir al sitio de Europa que nos garantiza beneficios.
“La antigua Yugoslavia?” replicó rápidamente Kholov. “Dicen que puedes hacer llamadas gratis a cualquier lugar del mundo desde Belgrado usando una moneda que ya no existe!!”
“Tiene un obvio potencial” dijo Raf. “Por supuesto require operadores que puedan mantenerse sobre sus pies. Hombres de acción en lo más alto de su profesión”
“Bosnia-Herzegovina” suspiró Kholov volviendo su cara de nuevo hacia otro incansable sol naciente. “La última frontera”…
Es una suerte de burla irónica de las propias propuestas políticas ciberpunks del autor que en Tomorrow Now (2003) escribía:
Hay más o menos una docena de características que definirían un nuevo movimiento político del siglo XXI, antes que nada este movimiento necesitaría una ideología genuinamente nueva (…) que no necesita parecer política en el sentido tradicional, podría parecer tan tonta y excentrica como al principio parecía el feminismo. Podría llevarnos algún tiempo darnos cuenta de que los padres del movimiento no son seres estrafalarios, que incluso, han pensado profundamente sus temas y son serios sobre sus cuestiones. Con el paso del tiempo podrían verse ganando importantes argumentos y atrayendo adherentes intelectualmente serios.
Este movimiento debería ser proglobalizador y multilateralista. No le gustaría localizarse en un solo estado nacional, dado que los gobiernos nacionales están severamente limitados y que los llamamientos al patriotismo local son autolimitantes. Necesitaría cierto sostén físico y algunas políticas de referencia.
Los estados nacionales no parecen muy prometedores al respecto. Al menos no al principio. Un candidato plausible son las grandes ciudades. Los gobiernos de las ciudades pueden ser ganados por pequeños grupos de entusiastas y los mejores candidatos entre ellas parecerían las ciudades multiétnicas, altamente envueltas en el comercio global y pobladas por diásporas (…).
La clave del éxito de tales ciudades debería ser poner en práctica las nuevas doctrinas y mostrar como la gente fluye hacia allí por preferencia. Su aproximación conceptual serían nuevas políticas gubernamentales que llevaran a una mayor prosperidad y mejoraran la calidad de vida. Si van ganando los cimientos de su movimiento se percibirían ampliamente como más civilizados, más sofisticados y más divertidos que las zonas de retaguardia. El mundo votaría con los pies, a su favor.
Sterling está pensando, y así lo dice, en dos ejemplos: su propio movimiento (que es el nuestro) y Al Qaida. Y no deja de señalar que tales movimientos, a diferencia de los del siglo XX no serían tanto por el control del estado nacional como contra el estado nacional, “uniendo a los más ricos y a los más pobres, pero no necesariamente en un sentido populista, ya no hace falta ser pobre para ser radical“, como demostrarían Soros o Bin Laden.
En Maneki Neko (1998), aventurará las nuevas formas del conflicto en redes distribuidas de teléfonos móviles. Faltaban dos años para el EDSAII, el movimiento espontáneo de mobs masivas que acabó con el Presidente Estrada en Filipinas, cuatro para el 13M.
En Maneki Neko, una red social distribuida dedicada a la cooperación social y basada en la economía del regalo, se convierte en una verdadera insurrección cívica que cerca a una funcionaria de una institución financiera internacional que visita Japón:
“Mira calle abajo”, le dijo. “¿Ves éso? ¿Les escuchas? Multitudes convergen desde toda la ciudad. Todo tipo de personas, cualquiera que tenga ruedas. Vendedores de noodles, mensajeros en sus bicis, chavales con sus monopatines, repartidores…”
Louis miró a través de la ventana hacia las calles y chilló: “No!! una swarming mob gigante, me rodean, estoy perdida!
Era la primera vez que el término swarming mob se utilizaba. Y por lo que se ve, la maqueta funcionó.
Y es que el futuro está a veinte minutos… cuando no ha llegado ya y el discurso oficial se niega a aceptarlo.
Es difícil ya hoy, imaginar el shock que producía, en fecha tan reciente como 2004, explicar el argumento de BCN No Future de nuestro compañero en Ciberpunk Javier Lorente. En esta novelita para móviles una parte sustancial se desarrollaba en Chongqin, una ciudad autónoma de China central cuya población actual se calcula equivalente a la de toda España.
Y esto era lo mismo que decir, cuando el discurso oficial y generalizado nos postulaba como potencia mundial, que en el nuevo mundo no sólo estábamos en una posición geográfica excéntrica, sino que nuestro peso demográfico era mínimo y nuestras pretensiones identitarias, ridículas. Definitivamente BCN era un símbolo, la capital de ese trasunto de modernidad copiada en las provincias remotas del Imperio (de NY a Milán, de Milán a BCN en tan sólo dos años, y de ahí a Madrid) que llega sistemáticamente con tanto retraso como potentes son sus ínfulas. Un símbolo del No Future que le espera a una Europa atada todavía a una identidad decimonónica y a una representación del mundo en escalas variables. Una Europa parque temático alejada conceptual y geográficamente del bullente Oceano Pacífico:
El reflejo de los anuncios de neón en el aire sulfurado disolvía la avenida en una nebulosa de gas y ruido. Apenas se divisaba el cielo tras los carteles y las animaciones de plasma: la ciudad se reescribía sin cesar en los más diversos alfabetos sin que apenas nadie prestase atención. No había tiempo para ello. Una algarabía distorsionada de cláxones, motores, mensajes publicitarios de bienvenida, sutras cantados, sintonías telefónicas, guitarras eléctricas, cajas de ritmo desacompasadas con martillos hidráulicos y otra maquinaria daba voz a una turbamulta que se dispersaba y concentraba al compás de los semáforos. Na-u-o-a-mi-tuo-fo, na-u-o-a-mi-tuo-fo! salmodiaban unos monjes postulantes, como si con ellos no fuera nada de lo que estaba sucediendo. Tenderetes de tofu fermentado y panecillos rellenos se alternaban con bazares de componentes electrónicos, mesas de adivinación, viejos mendigos que vendían chicles, puestos de fideos, mantas sobre las que se ofrecían copias de relojes y bastones de última generación, o concesionarios de automóviles Legend. A lo lejos, tal vez en algún parque perdido entre aquellos edificios, alguien cantaba algo que apenas se entendía, borrado por el griterío de los vendedores ambulantes y los anuncios grabados que, sin saber la razón, parecían dirigirse a uno como si lo conociesen desde hacía mucho tiempo.
La novela en cuestión se presentó y comenzó a ser publicada por entregas en e-moción apenas unos días antes del atentado del 11M. Recuerdo que en la rueda de prensa insistí, una vez más, en que un atentado AlQaida podía ser inminente en España.
Recuerdo que Iñigo, Suso de Toro y yo mismo describimos el mundo como un modelo articulado para armar, que se arma sólo en un instante, cuando las redes emergen, cuando estallan. Un mundo donde el horror, el atentado, aparece como el único momento con sentido por si mismo.
Intenté reflejarlo en un capítulo de Lia, la novelita imode que yo mismo estaba escribiendo. Un capítulo que apareció publicado el 11M a las seis de la mañana:
Tenía los ojos cerrados. Sentía el viento cambiar de temperatura mientras le agitaba.
Era esa sensación de levedad otra vez. Infancia en la playa: las olas revolcándole emparedado contra el colchón, las costuras de la lona rasgándole la piel en un escozor instantáneo. Las rocas intuidas en los golpes, la sensación de ser pequeña de nuevo, de hacerse pelota acurrucada en la corriente. Los párpados convertidos en caleidoscopio. La respiración contenida. Sueño
-Aghhhhhh…- El primer aliento, salir del agua, abrir los ojos. El cielo frío y plomizo de Madrid en sus peores días.
Volver a ocupar el cuerpo. Tentar el mundo con las manos sin acabar de sentir poder suficiente como para mover la propia cabeza. Voces. Un traqueteo. Miedo, modorra y dolor.
La ambulancia. ¿Sería alguna de las que estaban aparcadas?. Seguro que habían volcado. No podía ser.
Hizo un esfuerzo por abrir los ojos. Estaban pegados. Sangre seca. Un algodón le limpió, brusco, la cara.
Venció el sello caliente de los párpados. La enfermera y la médico del SAMUR eran una ameba naranja que se hacía y deshacía en un baile arítmico. ¿Dónde estarían los otros? ¿El edificio? ¿Amaya? ¿Lía?. Había sido otra bomba.Madrid era Bagdad.
-Esto se acaba, pensó
Pero decía nuestro amigo Istvan Csicsery-Ronay en la conferencia ciberpunk de Praga que una de las características del Ciberpunk literario es la ausencia de fin del mundo, de Apocalipsis. Más allá de la crisis queda la reconstrucción y la búsqueda de identidad, un tema bien conocido por la Ciencia Ficción europea y en especial la húngara.
En Kiálts farkast! (1990), la primera joyita del ciberpunk europeo, escrita inmediatamente después de la caída del régimen comunista, András Gáspár presenta en un Budapest, hipertecnificado, decadente y fronterizo en el que campa una nueva forma de vida: un plasma inteligente que se nutre del detritus y la radioactividad. En ese escenario vuelve a la Tierra, Zsigmond Vogel, su protagonista, decidido a saber quién es y quién es su enemigo… si es que realmente tiene alguno.
La identidad es el terreno donde se saldan las reconstrucciones y los desastres. Como el “más pequeño de los chacales” siempre queda cambiar el paisaje para reinventarse en un nuevo contexto. Siquiera el resultado no sea el esperado, puede ser mejor. Este es el modelo del célebre Green days in Bruney (1985), el relato que sirvió más de diez años después de ser escrito para refundar el ciberpunk político cuando el literario se consumía en la propia potencia de sus -caducas ya- imágenes de resistencia.
Estaba febril de agitación. Había arrancado su vida del programa por fin. Todo era diferente. Veía todo desde un angulo fresco y nuevo: con ojos de bricoleur. Su vida entera había estado esperando esta retroalimentación. El conocimiento no era el poder. Pero el don es real. Esa es la razón para programar, para crear, No por dinero, hay más dinero en recoger cartones. No por el poder, eso está en el management. Por el propio don. Pero es un todavía un buen trabajo. Un hombre no se convierte en un ludita por trabajar para las personas en vez de por abstracciones. Las tecnologías verdes requieren más inteligencia, más sensatez, más del verdadero don de un ingeniero.
Porque son una revuelta contra el momento ciego de un siglo muerto con todos sus monumentos oxidados de arrogancia y asco
La fertilidad del discurso de aquella maqueta sobre la identidad de los maquetistas sigue dando frutos a día de hoy en la redefinición contínua del espíritu hacker y su función social.
Eres un bricoleur. Puedes apañártelas, puedes aprovechar. Eso es el bricolage… usar los recortes para hacer algo que merezca la pena. Brunei es ahora demasiado pobre para empezar con planes nuevos. No tenemos más que la basura que Occidente nos hizo comprar, botellas de CocaCola y garages para dos coches. Y ahora tenemos que vivir entre los desechos y convertirlos en una comunidad.