Las empresas españolas en transnacionalización representan en sus balances un modelo de globalización diferente. El contraste con las de la UE y el fracaso del modelo en las de sede en Barcelona nos da mucho que pensar.
El gráfico de la derecha muestra el origen de los ingresos de Fiat por regiones económicas. Fiat es el ejemplo de una compañía modelo del sueño europeo. En primer lugar es una compañía industrial. Vende objetos, es muy sensible a las distancias y los costes logísticos. En estos, sus días de gloria, factura 1/3 en Italia, 1/3 en el resto de la UE y 1/3 en el resto del mundo, del cual una buena parte, muy significativamente en Mercosur, donde el sustrato de la inmigración italiana permite un enganche lingüístico cultural.
El modelo político implícito es el de empresas nacionales internacionalizadas que desarrollan sus mercados como capas de cebolla. Primero el nacional que sigue siendo el preponderante, después el regional y finalmente el global.
Ahora comparamos con Telefónica. La tendencia en esta compañía es hacia un modelo 45% España, 45% América Latina, 10% resto del mundo. Cifras muy similares muestran BBVA y Endesa. Incluso Santander, el grupo financiero español con intereses más distribuidos globalmente tiene su centro de gravedad en Iberoamérica.
Aquí en vez de un modelo de internacionalización encontramos las bases de un modelo de transnacionalización, donde el caracter español de la empresa se diluye en una identidad lingüístico cultural más amplia.
Estamos ya fuera del modelo de globalización UE. No son empresas industriales, sino empresas de servicios, con fuertes inversiones locales, poco sensibles en principio a las barreras aduaneras y fiscales y mucho más a las sintonías lingüísticas y culturales.
En este sentido la propia organización interna de estas empresas da pasos continuamente hacia su propia transnacionalización, generando espacios sociales donde el talento se deslocaliza dentro del grupo y las carreras de sus cuadros se independizan del país de origen.
La lengua y la cultura expanden y al tiempo limitan porque inversiones en terceros países, en idiomas diferentes y con culturas diferentes generarán espacios al fin inevitablemente segregados a no ser que se tome como lengua del grupo el inglés, la falsa lengua franca. Esta opción, que hemos visto emerger ya varias veces, al final resulta contraproducente, pues puebla inevitablemente el espacio directivo de nativos de esa lengua, alienando a la base de talento de la organización de la perspectiva de una carrera global real y a la organización misma de su ámbito de crecimiento real, cuyas fronteras al fin, tienden a coincidir con las del ibermundo, el espacio del mundo hispanohablante y lusófono.
De hecho, la sintonía cultural es aún más importante que la lingüística. No deja de resultar curioso que la globalización de las empresas de dirección y capital catalán haya tenido serias dificultades para seguir un modelo similar al triunfante en las de sede madrileña. Recordemos la retirada ordenada de Agbar o las ventas de Repsol-YPF: la divisoria cultural del Ebro puede suponer una frontera mucho más difícil que la regulatoria.
Algunas ideas
La idea, ampliamente difundida por Castells, Ohmae o de Landa, de la vuelta de las regiones (arco mediterráneo, Hansa, etc.) como espacios económico-políticos del futuro, sólo tiene una validez muy local. Se restringe, de hecho a aquellas zonas culturales que mientras estuvieron divididas por fronteras no generaron espacios económicos integrados, pero que al caer las divisorias aduaneras los generaron espontáneamente por motivos económicos. El ejemplo más cercano sería la relación entre Vigo y Porto.
Sin embargo, el ascenso de este tipo de espacios está ligado a la consecución de economías de escala típicas del mundo industrial y requiere una complementariedad que no se puede suplir con voluntad política: el llamado arco mediterráneo, la emergencia de un eje comercial Milán-Barcelona, parece a estas alturas una letanía mesiánica del nacionalismo tardío.
Así, incluso las zonas de regionalización de éxito (como Vigo-Porto) no determinan un territorio, sino un nodo de un espacio económico transatlántico mucho más amplio.
La Economía de la sociedad red es fundamentalmente una economía de la información y los servicios. Es una Economía de mercados dibujados sobre espacios culturales y empresas transnacionalizadas que no exige continuidad geográfica. Simplemente, no tiene un mapa de territorios porque la logística no está en el centro de sus costes. Tiene un mapa de redes, de itinerarios.
Quien los rompa o le ponga trabas se estará autocercenando. La forma más sencilla de hacerlo: imponer costes lingüísticos a la propia organización (tomando el inglés como lengua franca interna en organizaciones que mayoritariamente usan portugués y español) o a la red en su conjunto1.
Nota 1: Ejemplo glorioso: esta bonita Casa de América con el español como opción lingüística bien escondidita y el portugués inexistente. ¿Alguien se imagina que una “Casa de Cataluña” creada por el ayuntamiento de Asunción con ánimo de introducir a la ciudad en el circuito cultural catalán tuviera su página principal escrita integramente en guaraní?
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[…] con frescura en su propia lengua materna. Todos entendiendo la de los demás… aunque sea dentro de las fronteras amplias de nuestro campo lingüístico cultural desde luego parece la solución más práctica: vender en la lengua del otro, trabajar en la propia […]





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