Capítulo de cierre de la primera parte de “De las naciones a las redes”
La nación, como todo ser imaginario, tiene una biografía real, oculta tras las invocaciones a su origen intemporal y su futuro eterno. Porque si bien, como hemos visto, su nacimiento fue costoso y llevó a varias generaciones el esfuerzo de imaginarse como tal, a partir del advenimiento de la estatalidad, su maduración fue vertiginosa. La nación, identificada ya con el estado nacional -o su necesidad- empieza a definirse sobre la cultura, dando al estado una función nueva: crear nacionales, convertir a los sujetos que imaginan en seres imaginados, creados y configurados por el ser nacional.
La idea de cultura y su irreparable origen en el nacionalismo alemán ha sido deconstruida muchas veces en todo tipo de formatos. Seguramente la arqueología más popular en los últimos años haya sido la de Gustavo Bueno1:
Al final del siglo XX la idea de Cultura, que había comenzado a elevarse a principios del siglo XIX a la condición de idea constitutiva de la cúpula ideológica de las sociedades modernas de tradición cristiana (junto con las ideas de Hombre, Libertad o Nación), ha alcanzado la posición privilegiada de clave de bóveda de esa cúpula.
Podría decirse que, en nuestros días, y en las sociedades de tradición cristiana más diversas, la idea de Cultura desempeña los papeles de Idea suprema, de Idea fuerza primordial, en función de la cual se definen las realidades prácticas o espirituales, tales como Hombre, Libertad o Nación: el Hombre será «animal cultural»; la verdadera libertad se alcanzará a través de la Cultura, y la Nación no se definirá tanto por la raza cuanto por la cultura: por ello cada Nación exigirá «darse a sí misma» la forma de un Estado, de un «Estado de Cultura». En cualquier caso, se definirá como misión esencial del Estado la de promover la Cultura Nacional y hacer posible el acceso de todos los ciudadanos a la cultura (artículo 44 de la Constitución Española de 1978).
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar.
Merece la pena leer a Bueno para hacer una arqueología del concepto y su ascenso desde Herder a nuestros días. Bueno remarca que
Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el «mito del siglo XX», el mito de la Raza, en la primera mitad de ese siglo. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin del siglo, muchas de las funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la segunda guerra mundial.
Porque Cultura, así con mayúsculas, es todo aquello -desde las obras artísticas de prestigio a la gastronomía más o menos reinventada y tradicional- que contribuye a la formación de una identidad colectiva derivada de los mitos constitutivos del estado nacional.
La cultura nacional no es sino la colección de imaginarios sociales y mediáticos que viven en la excepción permanente de la realidad nacional. Excepción que impermeabiliza de la interacción frente al foráneo (por definición ajeno) y destruye al tiempo el sentido de los nacionales fuera del terreno nacional (si todo cuanto atiende a esta realidad es excepcional y tiene causas endógenas, cuanto sé y pienso tampoco tiene validez fuera).
El nacional es un huérfano o un autista que tiene dificultades para crear sentido fuera de la relación con su estado-territorio-nación. Por eso los estados nacionales se dotan de ese folkror de animales nacionales que mueren al salir por la frontera estatal, desde el coquí portorriqueño al lince ibérico, modelo disneyzado de la principal virtud nacional, no poder existir fuera de las fronteras del estado y su imaginario.
Por eso la cultura y su papel constitutivo será la herramienta que permita al estado subsumir todos los conflictos en el seno de la nación, es decir, asegurar su supervivencia por encima de la lógica de los conflictos y antagonismos políticos, económicos y sociales de la época restringiéndolos en lo posible a las formas y protagonistas de su propia gestión administrativa.
En países como España, Nigeria o Marruecos donde el estado no ha podido imponer de una forma clara y homogénea estos mitos -es decir, donde el estado ha fracasado al menos parcialmente como proyecto nacional- se dan fragmentados en la forma de nacionalismos alternativos y un cierto protagonismo de las identidades y pertenencias pre-modernas como la familia, la cuadrilla, la religión o el linaje. Y precisamente por eso en estos países la Cultura es parte central del debate más que en ningún otro lado.
Pero vayan a Francia donde la homogeneidad identitaria hace aguas por la presión migratoria. O a Brasil, Argentina, México, Cuba o Bielorrusia, donde el proyecto moderno, en su dimensión nacional vive con pujanza. En estos países hasta la alteridad, hasta el presunto antagonismo al estado nacional lo es por el estado, a cuyos gobiernos o dirección social se les reprocha, en todo caso, su falta de sentido nacional.
Esta subsunción del conflicto en el estado de cultura, en la identidad que nos es dada desde el propio estado nacional, es especialmente clara en los debates sobre la propia cultura y en especial sobre sus formas de jurídicas de propiedad. No es casualidad si la Unión Europea se resiste con fiereza a abrir sus mercados a Estados Unidos en todo aquello que considera digno ser considerado excepción cultural, del cine al camenbert. No es casualidad si los derechos de autor han sido elevados a la categoría de derecho humano universal y se han impuesto, por primera vez desde el Antiguo Régimen, verdaderos sistemas privados de imposición (como el canon sobre los CDs o el ADSL) para proteger a unos pocos centenares de privilegiados autores.
En la lógica del estado nacional, el artista, el creador, no puede ser sino una figura central de la construcción nacional. Un trabajador especializado de la reproducción identitaria del nacionalismo. Una labor digna de ser separada de la vida. Una figura que no debe ser confundida con “los aficionados que escriben en sus ratos libres” del mismo modo que un ciudadano que intenta esclarecer las causas del aumento de la criminalidad no debe confundirse con un policía o un Ministro del Interior. Por eso, una vez más, en este terreno la oposición izquierda-derecha versa sobre como se les asegura la manutención, no si tiene sentido la función.
Manutención que es más sensato asegurar, nos dicen los más liberales, mediante un monopolio artificial llamado propiedad intelectual. Manutención que habría que asegurar mediante un salario público que hiciera viable la profesionalización, afirman los que desde la izquierda pretenden liberar la Cultura, es decir, asegurar su gratuidad para todos y su universalidad. En una palabra, extender de forma más efectiva los modelos identitarios de la construcción nacional.
Así, en perpetua construcción, viviendo hacia dentro y haciendo vivir hacia dentro a los nacionales, la gran máquina social del estado nacional aparece ante nosotros como un constructo magnífico, insuperable si no es desde una lógica nacional alternativa y por tanto idéntica.
En nuestro breve recorrido por la biografía del imaginario nacional hemos visto cómo surge de una necesidad real de imaginar la nueva comunidad de producción y socialización generada por el mercado y el aumento de la división del trabajo que se va haciendo evidente y alcanzando prácticamente todo el globo entre los siglos XVII y XX. Hemos visto como esa imaginación tomaba forma y alcanzaba la materialidad con el estado nacional nacido de la Revolución Francesa y las independencias americanas. Y finalmente como su conversión en estado de cultura, en constituyente de indentidades personales y marco de todos los conflictos, le asentaba hasta prácticamente nuestros días.
Hoy el estado nacional empieza a sufrir sus primeras vías de agua. Se perciben por ejemplo en el cambio de sentido de la relación internacional-nacional. Originalmente, como el mismo relato del mapa empezó a contar, lo internacional era producto de la agregación de lo nacional. Y no sólo era la omnipresencia del mapa mundi como puzle. En las en las escuelas nacionales universales del siglo XX se contaba la Historia al modo que Thiers había inaugurado en el XIX, como el relato de las alianzas, amores y conflictos que las naciones vivían entre si. Un imaginario calcado del de los dioses homéricos y sus héroes. Naciones dioses, líderes heroicos. Héroes que ahora aparecían convertidos en gobernantes, monarcas, militares, artistas, científicos y otros productos del espíritu particular de cada nación.
Todavía nuestros padres hablaban de construcción europea, de Europa, como algo que se construía desde los estados nación. Hoy esos estados nación se apuntalan desde la UE. Ni hablemos de sus economías nacionales. Como la nación misma respecto a sus ciudadanos, el todo constituye a las partes. No las partes al todo.
Desde lo internacional se sostiene lo nacional. Los negociadores de EEUU en el TLC fuerzan a cambios en la legislación de propiedad intelectual que van más allá de las leyes norteamericanas para forzar luego, en casa, a su aprobación como parte de la armonización impuesta por la firma de tratados internacionales estratégicos. Hasta Chavez juega el mismo juego con sus instituciones del Sur.
Hoy lo internacional no es la superación de lo nacional, es su último recurso: el internacionalismo institucional es el último sustento de un nacionalismo estatal hipertrofiado.
La lógica nacional, con su relato simplificador y sus Olimpos, con su desarrollo institucional y su potencia cultural, es en extremo poderosa. En poco más de 150 años el mundo pasó a estar formado de naciones y estados nacionales. Incluso las grandes identidades colectivas de la premodernidad, las religiosas, habían salido casi totalmente del ámbito público o se habían integrado como un elemento más de las identidades nacionales de los países donde el clero siguió siendo una clase políticamente activa (Irlanda, Irán, Polonia…).
Con todo, no faltaron resistencias. El sueño de la vuelta a la comunidad real estaría presente en las utopías libertarias y el sueño comunista. Pero también en una serie de movimientos y experiencias, la mayoría ligadas a comunidades religiosas minoritarias que no aceptarán la vida nacional misma con tal de preservar o desarrollar su identidad. Serán los segregacionistas del siglo XIX.
1. Gustavo Bueno, El mito de la cultura: Ensayo de una filosofía materialista de la cultura. Editorial Prensa Ibérica, Barcelona 1996
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