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Jueves, 23 de Junio de 2005Darwin en el ciberespacioVersiones Latoc
La pregunta a la que respondía Newton era la de la unidad (¿por qué y cómo las cosas interactúan todas entre sí?). Newton, que nunca abandonó una motivación mística, buscaba, nos cuenta Keynes, la ley del amor. En un momento dejó de creer en la literalidad del texto bíblico y empezó a pensar que la ley divina debía de estar escondida en algún otro lado Tras un primer coqueteo con la Kabalah, su práctica de la alquimia le lleva a la hipótesis de que la Ley está implícita en cada elemento creado y es expresable en la lengua universal divina, la de las proporciones En búsqueda pues de la expresión matemática de la ley del Amor llega Newton a preocuparse por el amor entre las cosas. Por la Gravitación. Smith lo leería de un modo similar, convirtiendo la iniciativa individual en el trasunto social de la gravedad y la sociedad en un mapa de vectores de fuerzas newtonianas que milagrosamente, atendiendo a un orden implícito e invisible, produciría, como entre los cuerpos físicos, un equilibrio final. Que la mano de Dios se manifestara a partir de lo que para los individuos no era sino competencia y superación en el límite, no era pues ninguna novedad para el hombre culto victoriano. La idea de la Naturaleza como un entorno competitivo era algo evidente si leíamos a Newton desde Smith. Lo revolucionario de Darwin estaba en otro lado. Y no, no estaba en la negación del creacionismo divino. Más allá de los titulares periodísticos, Adán y Eva no formaban parte ya de la literalidad de las creencias de muchos. Lo verdaderamente trascendente de Darwin atendía a otra cosa. A la diversidad. La diversidad en la unidad de la voluntad divina había preocupado ya a todos los pensadores cristianos de la Era Moderna y en particular a Leibniz. Darwin respondía pues a algo con gran sustrato anterior, a la madre de todas las preguntas. Darwin responde a por qué hay tal diversidad de especies, por qué partiendo de la unidad orginal -el plan divino- atestiguada por los geólogos (que iban por entonces bastante desencaminados en la datación) se había llegado a una diversidad tal de especies. Es más, ¿por qué aparece la diversidad? ¿Por qué no hay un ganador en la carrera evolutiva? ¿Por qué muchos y no uno? ¿Es que Dios no tiene una única respuesta? ¿No hay acaso unidad en Dios? De un golpe, rompe el nudo gordiano de la preocupación teológica que había alimentado el pensamiento europeo (cristiano) sobre la diversidad. No es de extrañar por tanto que los dos descendientes de Darwin en las ciencias sociales, los dos primeros darwinistas sociales no hubieran sido educados en la tradición cristiana. Desde mi punto de vista son además los dos grandes genios de su época: Marx (de familia judía descreida) y Mill (educado en el benthamismo). La conexión de ambos con Darwin es explícita. En el caso de Mill, como comentábamos, el objetivo es explicar (tal vez con fuertes motivaciones biográficas) que la diversidad de individuos, de comportamientos, de actitudes, objetivos y morales, lejos de ser una amenaza a la comunidad es la garantía de su supervivencia. En el caso de Marx -al que Engels compara directamente con Darwin en el prólogo, creo, del Manifiesto Comunista- el objetivo es explicar la diversidad de sistemas de organización económica y social (modos de producción) y su dramática subsunción en el capitalismo. No encontré en Marx nada de moralina antidarwiniana. Mucho menos en Mill. Al revés. Sin embargo, tanto por la inevitable influencia del sentimentalismo cristiano a lo Disraeli que periódicamente contamina tanto a liberalismo como sobre todo a las tendencias socialistas y socializantes, pronto el término darwinismo social , asociado en principio a Spencer pero sobre todo a autores menores como Summer, se convertiría en tabú. Ni Summer ni el mismo Spencer habían entendido a Darwin: no sólo la supervivencia no se restringe a la especie más fuerte, ni siquiera dentro de ella sobrevive sólo el más fuerte. Porque la supervivencia no depende de un único factor y porque los mismos factores que permitirán sobrevivir mañana seguramente sean diferentes a los de hoy. En la naturaleza, como en el mercado, sobreviven muchos y muy diversos. Y es esa diversidad el verdadero misterio original. Misterio cuya lógica al fin desvelada reside en la especialización y en la generalización de lo aprendido con ella, es decir, en la cooperación tanto como en la competencia. Nadie rompería el tabú de la condena moral del darwinismo social. Nadie recordaría cual era la verdadera aportación de este. Ni desde los liberales post-Mill (que se centrarían una y otra vez defendiendo el benthamismo implítico en la teoría económica frente a economistas católicos a lo Pareto y Schumpeter empeñados en extirpar el utilitarismo de la teoría del valor) ni mucho menos desde la izquierda. Y al no hacerlo, ambas teorías perdieron una parte fundamental de su comprensión de la diferencia y del papel de esta en la unidad. Y esto tiene mucho, pero mucho que ver con la actitud frente a Internet, la sociedad red y todo lo que representa Darwin en el ciberespacio
A pergunta à que respondia Newton era a da unidade (por que e como as coisas interactúan todas entre si?). Newton, que nunca abandonou uma motivação mística, procurava, nos conta Keynes, a lei do amor. Num momento deixou de crer na literalidad do texto bíblico e começou a pensar que a lei divina devia de estar escondida em algum outro lado Depois de um primeiro coqueteo com a Kabalah, sua prática da alquimia lhe leva à hipótese de que a Lei está implícita na cada elemento criado e é expresable na língua universal divina, a das proporções Em busca pois da expressão matemática da lei do Amor chega Newton a preocupar-se pelo amor entre as coisas. Pela Gravitación. Smith lê-lo-ia de um modo similar, convertendo a iniciativa individual no trasunto social da gravidade e a sociedade num mapa de vectores de forças newtonianas que milagrosamente, atendendo a um ordem implícito e invisível, produziria, como entre os corpos físicos, um equilíbrio final. Que a mão de Deus se manifestasse a partir do que para os indivíduos não era senão concorrência e superação no limite, não era pois nenhuma novidade para o homem culto victoriano. A ideia da Natureza como um meio competitivo era algo evidente se líamos a Newton desde Smith. O revolucionário de Darwin estava em outro lado. E não, não estava na negación do creacionismo divino. Para além dos titulares jornalísticos, Adán e Eva não faziam parte já da literalidad das crenças de muitos. O verdadeiramente trascendente de Darwin atendia a outra coisa. À diversidade. A diversidade na unidade da vontade divina tinha preocupado já a todos os pensadores cristãos da Era Moderna e em particular a Leibniz . Darwin respondia pois a algo com grande sustrato anterior, à mãe de todas as perguntas. Darwin responde a por que há tal diversidade de espécies, por que partindo da unidade orginal -o plano divino- atestiguada pelos geólogos (que iam por então bastante desencaminados na datación) se tinha chegado a uma diversidade tal de espécies. É mais, por que aparece a diversidade? Por que não há um ganhador na carreira evolutiva? Por que muitos e não um? É que Deus não tem uma única resposta? Não há talvez unidade em Deus? De uma vez, rompe o nodo gordiano da preocupação teológica que tinha alimentado o pensamento europeu (cristão) sobre a diversidade. Não é de estranhar por tanto que os dois descendentes de Darwin nas ciências sociais, os dois primeiros darwinistas sociais não tivessem sido educados na tradição cristã. Desde meu ponto de vista são ademais os dois grandes génios de sua época: Marx (de família judia descreida) e Mill (educado no benthamismo). A conexão de ambos com Darwin é explícita. No caso de Mill, como comentávamos, o objectivo é explicar (talvez com fortes motivações biográficas) que a diversidade de indivíduos, de comportamentos, de atitudes, objectivos e morais, longe de ser uma ameaça à comunidade é a garantia de sua sobrevivência. No caso de Marx -ao que Engels compara directamente com Darwin no prólogo, creio, do Manifesto Comunista- o objectivo é explicar a diversidade de sistemas de organização económica e social (modos de produção) e sua dramática subsunción no capitalismo. Não encontrei em Marx nada de moralina antidarwiniana. Muito menos em Mill. Ao revés. No entanto, tanto pela inevitável influência do sentimentalismo cristão ao Disraeli que periodicamente contamina tanto a liberalismo como sobretudo às tendências socialistas e socializantes, cedo o termo darwinismo social , associado em princípio a Spencer mas sobretudo a autores menores como Summer, converter-se-ia em tabu. Nem Summer nem o mesmo Spencer tinham entendido a Darwin: não só a sobrevivência não se restringe à espécie mais forte, nem sequer dentro dela sobrevive só o mais forte. Porque a sobrevivência não depende de um único factor e porque os mesmos factores que permitirão sobreviver amanhã seguramente sejam diferentes aos de hoje. Na natureza, como no mercado, sobrevivem muitos e muito diversos. E é essa diversidade o verdadeiro mistério original. Mistério cuja lógica ao fim desvelada reside na especialización e na generalización do aprendido com ela, isto é, na cooperação tanto como na concorrência. Ninguém romperia o tabu da condenação moral do darwinismo social. Ninguém recordaria qual era a verdadeira contribuição deste. Nem desde os liberais pós-Mill (que centrar-se-iam uma e outra vez defendendo o benthamismo implítico na teoria económica em frente a economistas católicos ao Pareto e Schumpeter empenhados em extirpar o utilitarismo da teoria do valor) nem muito menos desde a esquerda. E ao não o fazer, ambas teorias perderam uma parte fundamental de seu entendimento da diferença e do papel desta na unidade. E isto tem muito, mas muito que ver com a atitude em frente a Internet, a sociedade rede e todo o que representa Darwin no ciberespacio
A pregunta á que respondía Newton era a da unidade (por que e como as cousas interactúan todas entre si?). Newton, que nunca abandonou unha motivación mística, buscaba, cóntanos Keynes, a lei do amor. Nun momento deixou de crer na literalidad do texto bíblico e empezou a pensar que a lei divina debía de estar escondida nalgún outro lado Tras un primeiro coqueteo coa Kabalah, a súa práctica da alquimia lévalle á hipótese de que a Lei está implícita en cada elemento creado e é expresable na lingua universal divina, a das proporcións En procura pois da expresión matemática da lei do Amor chega Newton a preocuparse polo amor entre as cousas. Pola Gravitación. Smith leríao dun modo similar, convertendo a iniciativa individual no trasunto social da gravidade e a sociedade nun mapa de vectores de forzas newtonianas que milagrosamente, atendendo a unha orde implícito e invisible, produciría, como entre os corpos físicos, un equilibrio final. Que a man de Deus manifestásese a partir do que para os individuos non era senón competencia e superación no límite, non era pois ningunha novidade para o home culto victoriano. A idea da Natureza como unha contorna competitivo era algo evidente si liamos a Newton desde Smith. O revolucionario de Darwin estaba noutro lado. E non, non estaba na negación do creacionismo divino. Máis aló dos titulares xornalísticos, Adán e Eva non formaban parte xa da literalidad das crenzas de moitos. O verdaderamente trascendente de Darwin atendía a outra cousa. Á diversidad. A diversidad na unidade da vontade divina preocupara xa a todos os pensadores cristiáns de Éraa Moderna e en particular a Leibniz . Darwin respondía pois a algo con gran sustrato anterior, á nai de todas as preguntas. Darwin responde a por que hai tal diversidad de especies, por que partindo da unidade orginal -o plan divino- testemuñada polos geólogos (que ían por entón bastante desencaminados na datación) chegouse a unha diversidad tal de especies. É máis, por que aparece a diversidad? Por que non hai un ganador na carreira evolutiva? Por que moitos e non un? É que Divos non ten unha única resposta? Non hai seica unidade en Deus? Dun golpe, rompe o nó gordiano da preocupación teolóxica que alimentara o pensamento europeo (cristián) sobre a diversidad. Non é de estrañar xa que logo que os dous descendientes de Darwin nas ciencias sociais, os dous primeiros darwinistas sociais non fosen educados na tradición cristiá. Desde o meu punto de vista son ademais os dous grandes xenios da súa época: Marx (de familia xudía descreida) e Mill (educado no benthamismo). A conexión de ambos con Darwin é explícita. No caso de Mill, como comentabamos, o obxectivo é explicar (talvez con fortes motivaciones biográficas) que a diversidad de individuos, de comportamentos, de actitudes, obxectivos e morais, lonxe de ser unha ameaza á comunidade é a garantía da súa supervivencia. No caso de Marx -ao que Engels compara directamente con Darwin no prólogo, creo, do Manifesto Comunista- o obxectivo é explicar a diversidad de sistemas de organización económica e social (modos de produción) e a súa dramática subsunción no capitalismo. Non atopei en Marx nada de moralina antidarwiniana. Moito menos en Mill. Ao revés. Con todo, tanto pola inevitable influencia do sentimentalismo cristián ao Disraeli que periódicamente contamina tanto a liberalismo como sobre todo ás tendencias socialistas e socializantes, pronto o término darwinismo social , asociado en principio a Spencer pero sobre todo a autores menores como Summer, converteríase en tabú. Nin Summer nin o mesmo Spencer entenderan a Darwin: non só a supervivencia non se restrinxe á especie máis forte, nin sequera dentro dela sobrevive só o máis forte. Porque a supervivencia non depende dun único factor e porque os mesmos factores que permitirán sobrevivir mañá seguramente sexan diferentes aos de hoxe. Na natureza, como no mercado, sobreviven moitos e moi diversos. E é esa diversidad o verdadeiro misterio orixinal. Misterio cuxa lóxica ao fin desvelada reside na especialización e na generalización do apreso con ela, é dicir, na cooperación tanto como na competencia. Ninguén rompería o tabú da condena moral do darwinismo social. Ninguén recordaría cal era a verdadeira achega de leste. Nin desde os liberais post-Mill (que se centrarían unha e outra vez defendendo o benthamismo implítico na teoría económica fronte a economistas católicos ao Pareto e Schumpeter empeñados en extirpar o utilitarismo da teoría do valor) nin moito menos desde a esquerda. E ao non facelo, ambas teorías perderon unha parte fundamental da súa comprensión da diferenza e do papel desta na unidade. E isto ten moito, pero moito que ver coa actitude fronte a Internet, a sociedade rede e todo o que representa Darwin no ciberespacio Darwin en lo ciberespacio
La pregunta a la qual responia Newton era la de la unitat (per què i com les coses interactúan totes entre si?). Newton, que mai va abandonar una motivació mística, buscava, ens explica Keynes, la llei de l'amor. En un moment va deixar de creure en la literalidad del text bíblic i va començar a pensar que la llei divina devia estar amagada en algun altre costat Després d'un primer coqueteo amb la Kabalah, la seva pràctica de la alquimia li porta a la hipòtesi que la Llei està implícita en cada element creat i és expresable en la llengua universal divina, la de les proporcions En recerca doncs de l'expressió matemàtica de la llei de l'Amor arriba Newton a preocupar-se per l'amor entre les coses. Per la Gravitación. Smith ho llegiria d'una manera similar, convertint la iniciativa individual en el trasunto social de la gravetat i la societat en un mapa de vectores de forces newtonianas que milagrosamente, atenent a un ordre implícito i invisible, produiria, com entre els cossos físics, un equilibri final. Que la mà de Déu es manifestés a partir del que per als individus no era sinó competència i superació en el límit, no era doncs cap novetat per a l'home culte victoriano. La idea de la Naturalesa com un entorn competitiu era alguna cosa evident si llegíem a Newton des de Smith. El revolucionari de Darwin estava en un altre costat. I no, no estava en la negació del creacionismo diví. Més enllà dels titulars periodístics, Adán i Eva no formaven part ja de la literalidad de les creences de molts. El veritablement trascendente de Darwin atenia a una altra cosa. A la diversitat. La diversitat en la unitat de la voluntat divina havia preocupat ja a tots els pensadores cristians de l'Era Moderna i en particular a Leibniz. Darwin responia doncs a alguna cosa amb gran sustrato anterior, a la mare de totes les preguntes. Darwin respon a per què hi ha tal diversitat d'espècies, per què partint de la unitat orginal -el pla diví- testificada pels geólogos (que anaven per llavors bastant desencaminados en la datación) s'havia arribat a una diversitat tal d'espècies. És més, per què apareix la diversitat? Per què no hi ha un guanyador en la carrera evolutiva? Per què molts i no un? És que Déu no té una única resposta? No hi ha per ventura unitat en Déu? D'un cop, trenca el nus gordiano de la preocupació teológica que havia alimentat el pensament europeu (cristià) sobre la diversitat. No és d'estranyar per tant que els dos descendents de Darwin en les ciències socials, els dos primers darwinistas socials no haguessin estat educats en la tradició cristiana. Des del meu punt de vista són a més els dos grans genis de la seva època: Marx (de família jueva descreida) i Mill (educat en el benthamismo). La connexió d'ambdós amb Darwin és explícita. En el cas de Mill, com comentàvem, l'objectiu és explicar (tal vegada amb fortes motivacions biográficas) que la diversitat d'individus, de comportaments, d'actituds, objectius i morals, lluny de ser una amenaça a la comunitat és la garantia de la seva supervivència. En el cas de Marx -al que Engels compara directament amb Darwin en el prólogo, crec, del Manifest Comunista- l'objectiu és explicar la diversitat de sistemes d'organització econòmica i social (maneres de producció) i la seva dramàtica subsunción en el capitalisme. No vaig trobar en Marx gens de moralina antidarwiniana. Molt menys en Mill. Al revés. No obstant això, tant per la inevitable influència del sentimentalismo cristià al Disraeli que periòdicament contamina tant a liberalisme com sobretot a les tendències socialistes i socializantes, aviat el terme darwinismo social , associat en principi a Spencer però sobretot a autors menors com Summer, es convertiria en tabú. Ni Summer ni el mateix Spencer havien entès a Darwin: no només la supervivència no es restringeix a l'espècie més forta, ni tan sols dintre d'ella sobreviu només el més fort. Perquè la supervivència no depèn d'un únic factor i perquè els mateixos factors que permetran sobreviure demà segurament siguin diferents als d'avui. En la naturalesa, com en el mercat, sobreviuen molts i molt diversos. I és aquesta diversitat el veritable misteri original. Misteri la lògica del qual a la fi desvetllada resideix en l'especialització i en la generalización de l'après amb ella, és a dir, en la cooperació tant com en la competència. Ningú trencaria el tabú de la condemna moral del darwinismo social. Ningú recordaria com era la veritable aportació d'est. Ni des dels liberals post-Mill (que se centrarien una i una altra vegada defensant el benthamismo implítico en la teoria econòmica enfront d'economistes catòlics al Pareto i Schumpeter obstinats en extirpar el utilitarismo de la teoria del valor) ni molt menys des de l'esquerra. I al no fer-ho, ambdues teories van perdre una part fonamental de la seva comprensió de la diferència i del paper d'aquesta en la unitat. I això té molt, però molt a veure amb l'actitud enfront d'Internet, la societat xarxa i tot el que representa Darwin en el ciberespacio
La pregunta a la que respondía Newton era la de la unidad (¿por qué y cómo las cosas interactúan todas entre sí?). Newton, que nunca abandonó una motivación mística, buscaba, nos cuenta Keynes, la ley del amor. En un momento dejó de creer en la literalidad del texto bíblico y empezó a pensar que la ley divina debía de estar escondida en algún otro lado Tras un primer coqueteo con la Kabalah, su práctica de la alquimia le lleva a la hipótesis de que la Ley está implícita en cada elemento creado y es expresable en la lengua universal divina, la de las proporciones En búsqueda pues de la expresión matemática de la ley del Amor llega Newton a preocuparse por el amor entre las cosas. Por la Gravitación. Smith lo leería de un modo similar, convirtiendo la iniciativa individual en el trasunto social de la gravedad y la sociedad en un mapa de vectores de fuerzas newtonianas que milagrosamente, atendiendo a un orden implícito e invisible, produciría, como entre los cuerpos físicos, un equilibrio final. Que la mano de Dios se manifestara a partir de lo que para los individuos no era sino competencia y superación en el límite, no era pues ninguna novedad para el hombre culto victoriano. La idea de la Naturaleza como un entorno competitivo era algo evidente si leíamos a Newton desde Smith. Lo revolucionario de Darwin estaba en otro lado. Y no, no estaba en la negación del creacionismo divino. Más allá de los titulares periodísticos, Adán y Eva no formaban parte ya de la literalidad de las creencias de muchos. Lo verdaderamente trascendente de Darwin atendía a otra cosa. A la diversidad. La diversidad en la unidad de la voluntad divina había preocupado ya a todos los pensadores cristianos de la Era Moderna y en particular a Leibniz. Darwin respondía pues a algo con gran sustrato anterior, a la madre de todas las preguntas. Darwin responde a por qué hay tal diversidad de especies, por qué partiendo de la unidad orginal -el plan divino- atestiguada por los geólogos (que iban por entonces bastante desencaminados en la datación) se había llegado a una diversidad tal de especies. Es más, ¿por qué aparece la diversidad? ¿Por qué no hay un ganador en la carrera evolutiva? ¿Por qué muchos y no uno? ¿Es que Dios no tiene una única respuesta? ¿No hay acaso unidad en Dios? De un golpe, rompe el nudo gordiano de la preocupación teológica que había alimentado el pensamiento europeo (cristiano) sobre la diversidad. No es de extrañar por tanto que los dos descendientes de Darwin en las ciencias sociales, los dos primeros darwinistas sociales no hubieran sido educados en la tradición cristiana. Desde mi punto de vista son además los dos grandes genios de su época: Marx (de familia judía descreida) y Mill (educado en el benthamismo). La conexión de ambos con Darwin es explícita. En el caso de Mill, como comentábamos, el objetivo es explicar (tal vez con fuertes motivaciones biográficas) que la diversidad de individuos, de comportamientos, de actitudes, objetivos y morales, lejos de ser una amenaza a la comunidad es la garantía de su supervivencia. En el caso de Marx -al que Engels compara directamente con Darwin en el prólogo, creo, del Manifiesto Comunista- el objetivo es explicar la diversidad de sistemas de organización económica y social (modos de producción) y su dramática subsunción en el capitalismo. No encontré en Marx nada de moralina antidarwiniana. Mucho menos en Mill. Al revés. Sin embargo, tanto por la inevitable influencia del sentimentalismo cristiano a lo Disraeli que periódicamente contamina tanto a liberalismo como sobre todo a las tendencias socialistas y socializantes, pronto el término darwinismo social , asociado en principio a Spencer pero sobre todo a autores menores como Summer, se convertiría en tabú. Ni Summer ni el mismo Spencer habían entendido a Darwin: no sólo la supervivencia no se restringe a la especie más fuerte, ni siquiera dentro de ella sobrevive sólo el más fuerte. Porque la supervivencia no depende de un único factor y porque los mismos factores que permitirán sobrevivir mañana seguramente sean diferentes a los de hoy. En la naturaleza, como en el mercado, sobreviven muchos y muy diversos. Y es esa diversidad el verdadero misterio original. Misterio cuya lógica al fin desvelada reside en la especialización y en la generalización de lo aprendido con ella, es decir, en la cooperación tanto como en la competencia. Nadie rompería el tabú de la condena moral del darwinismo social. Nadie recordaría cual era la verdadera aportación de este. Ni desde los liberales post-Mill (que se centrarían una y otra vez defendiendo el benthamismo implítico en la teoría económica frente a economistas católicos a lo Pareto y Schumpeter empeñados en extirpar el utilitarismo de la teoría del valor) ni mucho menos desde la izquierda. Y al no hacerlo, ambas teorías perdieron una parte fundamental de su comprensión de la diferencia y del papel de esta en la unidad. Y esto tiene mucho, pero mucho que ver con la actitud frente a Internet, la sociedad red y todo lo que representa Guardado por David de Ugarte en Destacados a las 7:58 pm
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just « De Holmes a Boone y de Stuart Mill a Juan Urrutia « Portada » Diversidad, patentes y voluntad divina »
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