De Dios a las patentes, el tema de la diversidad da desde luego mucho, mucho de si. Seguimos este viaje intelectual en el que los viejos debates teológicos del barroco y los comienzos de la era industrial nos iluminan discusiones de hoy que nos parecían absolútamente novedosas.
Los dos últimos posts son un pequeño tour intelectual a partir de John Stuart Mill. En el último, llegamos a algo interesante, la conexión entre diversidad y cooperación social. Antes, en el artículo cuya lectura me puso en marcha, Juan Urrutia abordaba esta relación por otro lado, como resultado de la complementariedad de factores a corto plazo.
La idea, desde el punto de vista evolucionista es que ni siquiera importa la complementariedad ahora. Puede que el otro, el diferente o minoritario, el freaky, no aporte ningún factor que sea complementario al nuestro en este momento. Pero puede que sí que lo sea mañana porque no sabemos como será entonces el entorno en el que nos movamos.
Si no sabemos cuales van a ser los factores que serán necesarios mañana para seguir vivo, la diversidad se convierte en una forma de cooperación necesaria para la supervivencia (no sólo colectiva, sino propia) a medio y largo plazo, tanto o más que la competencia a corto.
En este marco podemos definir la competencia como la lucha por obtener más recursos más eficientemente. Esa lucha es fundamentalmente un proceso de aprendizaje y superación por parte de cada individuo y por cada grupo en su forma de organización. Normalmente está basada en un sistema de incentivos que “premia” la innovación exitosa con una parte mayor de lo mismo que se ha producido. Los resultados para los individuos se miden en % de producción apropiada y para el conjunto en eficiencia paretiana, productividad, etc.
La cooperación en cambio se mediría como porcentaje de la producción redistribuida. La lógica es que una vez obtenidos los recursos, una vez mejorada la máquina social, toca hacer extensivos también las consecuciones a los que protagonizaron innovaciones no triunfadoras o simplemente siguieron como hasta ahora. La medida de esa redistribución, cuánto viene a caer en manos del que no participó de la apuesta, vendría a representar en cuanto valoramos la diversidad. Dicho en otras palabras, cuanto valor damos hoy a la posibilidad de que nos sean útiles mañana.
Todos los sistemas sociales desarrollan formas de competencia y cooperación, aunque no siempre bajo el mismo sistema de incentivos. El denostado mercado también distribuye los incrementos de riqueza generados entre aquellos que no participaron de su generación. Por ejemplo, una mejora tecnológica que aumente la productividad. Aunque se localice en un sólo sector y en una sola empresa, todos los agentes acaban viéndose beneficiados por ella. Otra cosa es que esa redistribución se considere insuficiente o que los mecanismos a través de los cuales hace extensiva sus ventajas al resto de la población puedan parecer contradictorios a corto plazo. En este ejemplo es muy probable que el cambio tecnológico produzca “paro” a corto aunque mejore el poder de compra a largo. Lo corto que sea el corto plazo y lo largo que sea el largo plazo dependerán de la estructura del mercado de trabajo, de las regulaciones generales, del grado de concentración industrial, del grado de internacionalización de la economía y de otros factores… Pero el caso es que, se pinte como se pinte, existe redistribución y cooperación “cohesiva” en el mercado.
Ahora, la extensión del conocimiento, la redistribución de las ventajas obtenidas por la innovación triunfadora, dependen sobre todo de la extensión social de lo aprendido.
Patentes y “propiedad intelectual” son sistemas que buscan incentivar la competencia a costa de la cooperación. Lo nuevo no se hará extensivo durante un periodo determinado (75 años en según que casos), no porque los demás no quieran seguirlo, sino porque legalmente estará garantizado que no se extienda, que ningún otro distinto del patentador podrán hacer uso de ese avance sin pagarle una renta extra directa.
¿Es esto erróneo? Pues depende, a fin de cuentas, si sabemos que los factores de supervivencia y éxito de la comunidad son estables ¿de qué me valdría la diversidad? ¿por qué dejar que el mercado redistribuya y desarrolle la cooperación? ¿Por qué no ir más rápido hacia donde sabemos se irá indefectiblemente, favoreciendo la competencia a costa de la cooperación y más allá del mercado mediante un monopolio temporal sobre la invención asegurado legalmente?
Lo que parece claro es que si bien un mundo donde esto fuera así, donde las claves de todos los futuros posibles fueran conocidas, es imaginable, es seguro de que no es nuestro mundo. Ni el que conociera Mill.
Y ahora volvamos a traducirlo a términos teológicos: ¿cuando tiene sentido el desprecio de la diversidad? Cuando conozco los designios de Dios, cuando sé que es manifestación de la voluntad divina y qué no. Por eso, la batalla por la diversidad es al fin una batalla entre los que parten de la incognocibilidad de Dios y los que parten de su conocimiento completo, de los que creen saber que hay teleología, que toda la Historia se encamina hacia un punto, hacia un final, y los que asumen que seguramente no sea así y que si en todo caso fuera de ese modo, sería imposible saber cual es el destino deseado.
No vivimos una guerra de civilizaciones ni entre religiones, vivimos una guerra entre los distintos avatares de un Ozymandias iluminado e integrista y los demás, seamos devotos, deicidas, politeistas, agnósticos o simple y modéstamente, humanos.
Pero, entonces ¿qué hay de rigurosamente nuevo en nuestros días? Mucho. Empezando porque a lo mejor, la sustituibilidad entre cooperación y competencia, entre fomento de la superación y valoración de la diversidad se está extinguiendo. Y con ella de algún modo muere Darwin y vuelve Blake…
(Continúa)

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[...] en, en otras palabras, la mente, el alma, quedan fuera de su dominio de estudio. David nos explica que antes se consideraba que hay vida humana, es decir, alma, en el momento en que el c [...]
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[...] Es verdad que el paradigma de las religiones del libro tiene problemas constitutivos para entender la diversidad y la espontáneidad de la autoorganización social. Es verdad que un Panteón inclusivo -al estilo griego o romano, incluso shintoista- da pie a otra relación entre individuo y estado mucho más acorde con los tiempos y posibilidades de la red distribuida que la del monoteismo totalizante y casi siempre totalitario. Es una vieja conversación que ya manteníamos el verano pasado: ¿cuando tiene sentido el desprecio de la diversidad? Cuando conozco los designios de Dios, cuando sé que es manifestación de la voluntad divina y qué no. Por eso, la batalla por la diversidad es al fin una batalla entre los que parten de la incognocibilidad de Dios y los que parten de su conocimiento completo, de los que creen saber que hay teleología, que toda la Historia se encamina hacia un punto, hacia un final, y los que asumen que seguramente no sea así y que si en todo caso fuera de ese modo, sería imposible saber cual es el destino deseado. [...]





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La voluntad divina es la diversidad, David. ¿Dios no era Uno y Trino? La diversidad forma parte de Su Esencia…
La teología moderna (o avanzada como quieras llamarla), a veces parece estar muy cerca del agnosticismo (por temas de humildad: ¿cómo puedo yo intentar comprender a Dios?) y partiendo de esa humildad, es mucho más humana. Uno de los grandes problemas que tiene la Iglesia hoy, por culpa de sus errores pasados, es que la gente con pensamiento renovador mayoritariamente la ha abandonado. Sin embargo, aún así, ha avanzado mucho, mucho más de lo que el Vaticano (visto como garante de la tradición) hubiera querido…
En fin, que me hace gracia… a veces hablas como un teólogo!
Volviendo al tema de la diversidad:
Ayer estuve en la presentación de un estudio (cuya copia vuela ya hacia la Biblioteca de las Indias Electrónicas) comparativo de ciudades y sus potenciales en la economía del conocimiento.
Munich y Amsterdam, que no tienen ninguna política pública de promoción, garantizan su éxito gracias a la diversidad que puebla sus calles.
Donde no tenemos esa diversidad, hay que conseguirla, pero le tenemos que ayudar. Y en eso estamos…
Es que siempre me interesó lo teológico o mejor dicho, nunca me negué a ver lo que de Teología había en el debate sobre el análisis económico o las cuestiones políticas.
Y sí también a lo otro: la cuestión de la Trinidad en el cristianismo (¿sabías que Newton en secreto no creía en la esencia divina de Cristo? ¿te imaginas cuanto influyó eso en su obra?) y las interpretaciones de la Tawhid (unicidad de Dios en sus 99 otros nombres/proyecciones) islámica son las sombras al fondo de este escenario… pero ya las desvelaré al final…
Eso sí, hay que recordar que no sólo existe la Teología católico romana aunque sin duda es riquísima, barroca e intelectualmente tan súmamente potente que sigue influyéndonos muchísimo en nuestra comprensión actual del mundo (aunque muchas veces no nos demos cuenta).
Sobre los “progresistas”, déjame desconfiar más que el Vaticano
Mira, un ejemplo: hasta comienzos del siglo XX el catolicismo, como el judaismo y el Islam, había considerado que había vida humana cuando comenzaba a batir el corazón. En ese momento, durante el cuarto mes de gestación, la teología tradicional había colocado el momento de la “implantación” del alma. Implantación que se realizaba por cierto por la nuca (”roth” en la tradición judía- ya te cuento un día la relación de esto con la kipah y con el gorrito que llevan los obispos y cardenales). Pero a principios de siglo científicos católicos y teólogos empezaron a plantearse si aquella tradición teológica no debía ser modernizada y “adecuada a la ciencia médica contemporánea”. Resultado: se pasó a aceptar la teoría de que existe vida humana (es decir, alma) desde el momento mismo de la fecundación… Resultado: otro punto de choque, fractura civil, enquistamiento y confrontación… paradójicamente fruto de una voluntad de aggiornamento cuyos resultados no fueron los deseados.