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Domingo, 20 de Abril de 2008

Ciudades, territorios y netócratas

Un nuevo capítulo de “De las naciones a las redes” que recoge y actualiza un texto original de 2003…

Los primeros en hablar de Netocracia fueron los suecos Bard y Söderqvist.Tienen biografías curiosas. Uno es profesor en la Stockholm School of Economics, músico y fundador de la principal discográfica sueca, el otro ensayista y productor cinematográfico.

Recogían su tesis de Pekka Himanen (autor de La ética del hacker) y otros sociólogos cercanos a Manuel Castells. Al capitalismo seguirá un nuevo orden social y económico: el informacionismo, del que estamos viviendo los primeros albores. Paralelamente, y ésta era su principal aportación, si los anteriores sistemas sociales vieron el protagonismo de la nobleza y la burguesía, el nuevo verá el de los netócratas, una nueva clase social definida por su capacidad de relación y ordenación en las redes globales. Una clase definida no tanto por su poder sobre el sistema productivo como por su capacidad de liderazgo sobre el consumo de los miembros masivos de las redes sociales.

Bard y Söderqvist no sólo crearon nombre y concepto, nos dibujaron a los hackers de Himanen un paso más allá en el tiempo y la influencia. Los netócratas son los hackers que no se han integrado en el mundo establecido como asalariados y que han conseguido alcanzar -normalmente usando Internet de un modo u otro- un estadio de independencia económica y libertad personal. Sus netócratas son hackers con influencia política y económica real. Son microempresarios tecnófilos, creativos, innovadores sociales, los héroes locales de la sociedad del conocimiento1.

El netócrata hereda del hacker su concepción del tiempo, el dinero y el trabajo. Tiempo que no se mide ya con el cronómetro ni con la jornada. Su trabajo es creativo, su tiempo es flexible. Piensa a medio plazo, no mide en tiempo en horas sino en proyectos. Vitalmente ocio y trabajo se confunden en placer y reto intelectual. El tiempo de trabajo ya no es una no-vida opuesta y separada, contingentada por una barrera de jornada y salario. El netócrata se expresa en lo que hace. Vive su yo, sus yoes y cobra en reconocimiento intelectual y social una vez alcanza los ingresos monetarios que le permiten dedicarse exclusivamente a ser y expresarse.

Al igual que su tiempo y su hacer no se separan en diques, sus relaciones personales tampoco. Trabaja con quien quiere; si trabajo y vida no se oponen, cómo va a diferenciar entre relación personal y relación de trabajo. El netócrata quiere vivir las relaciones, maximizar su valor de disfrute. Da a cambio accesibilidad a su ser, no propiedad sobre su tiempo o localización física. Importa el flujo que la relación genera, no capitalizarla convirtiéndola en stock.

Proyección de su ser social, el ideal político que subyace bajo la netocracia no es otro que una metáfora de la competencia perfecta. Máxima decisión sobre uno mismo, ausencia de poder cohercitivo sobre los demás. Esta es la sustancia del libertarismo netocrático, la naturaleza de las redes, renuente a todo sistema legal explícito y complejo que vaya mucho más allá de la netiqueta.

Son en resumidas cuentas, las estrellas creativas de la sociedad postindustrial. Pero a diferencia de sus hermanos mayores los publicitarios, los diseñadores, los arquitectos estrella… no trabajan en sucedáneos creativos de factorias industriales. Hacen alarde de independencia, no tienen la riqueza como símbolo de poder sino su red. El tipo de gente que sabe convivir en una comunidad académica o de software libre y luego obtener lo que necesita de empaquetar y vender el producto creado en común o servicios de personalización. Son el tipo de gente que regala música en red para obtener más conciertos o escribe libros en dominio público para dar conferencias y ganar agenda después: hackers que miden el valor de su trabajo no en función del ingreso directo sino de su capacidad para generar relaciones.

La netocracia empezó a tomar forma en algún momento de los años noventa, ligada las primeras oportunidades en internet, la creación y los pequeños mercados de asesoría tecnológica. La emergencia de la sociedad red les permitió colarse marginalmente en los medios de comunicación de masas al tiempo que sus redes virtuales se beneficiaban del crecimiento general de la web y del número de conexiones privadas a Internet. El cambio de siglo les encuentra curtidos por las guerras de la sociedad de la información, en movimiento y dueños de su destino. Son los exploradores electrónicos de un mundo transnacionalizado que no conoce territorios ni capitales.

En el viejo mundo anterior a la globalización lo que definía la importancia de una capital era el territorio sobre el que ejercía una influencia directa. Territorio que era sobre todo un espacio político, cultural y de mercado identificado según los casos con la región o la nación.

Nación o región a las que la soberanía política y la centralización de los impuestos, ejercidas desde la capital imprimía una diferenciación sustancial respecto a los competidores. Diferenciación que servían indistintamente al proteccionismo, la movilización bélica o para lo que fuera menester en la lógica de la identificación de las masas con los gobernantes.

Como hemos visto, el mundo de las capitales es un mundo de la cultura nacional: un espacio que invierte la lógica renacentista. Al ganar el apellido nacional la cultura deja de ser algo que pertenece a las personas para pasar a pertenecer las personas a él. Territorio de alienación y homogeneización, esencia del mundo cerrado.

Pero al hacerse el mercado global, y partes sustanciales de la política económica transnacional (como en Europa la moneda), el protagonismo sale de las capitales. ¿Quién puede tragarse que la copla sea parte de sus raices cuando se tiró la infancia oyendo rock americano?. El acceso al consumo cultural global privatiza de nuevo la cultura e ironiza los mitos nacionales de la diferencia intrínseca

La vidilla que tanto gusta a los netócratas marcha con ellos a otro tipo de ciudades, las que Manuel de Landa llamó metrópolis.

Su potencia actual, como en el Renacimiento, deriva de la oposición de los valores sobre los que se define frente a los de la capital. Mientras las capitales se definen por la serie: Territorio (nación), ley, impuestos (la capital es ante todo el lugar físico del poder legislativo e impositivo) y homogeneidad (la del imaginario nacional); las metrópolis lo hacen sobre: Red (transnacional), confianza (red y confianza son al cabo los valores del comercio marítimo renacentista, que operaba sin Estado ni reglas jurídicas internacionales), intercambio (comercio de nuevo) y diferencia (base del valor comercial).

La netocracia, los pioneros de esa vida informacionalizada y desterritorializada, se localizan en ellas. No es casualidad. La sociedad de la información premia el flujo sobre el stock, la capacidad de relación y el intercambio sobre el poder burocrático.

En muchos sentidos el capitalismo de red del nacimiento del informacionalismo es muy similar al capitalismo comercial de la época de las ciudades estado italianas y la expansión mediterránea aragonesa. De hecho reviven no sólo las metrópolis en su protagonismo, sino también las redes que en su día formaron. Hoy en el Báltico vemos nacer una nueva Liga Hanseática que no respeta fronteras nacionales y que intercambia más entre si que con sus respectivos estados. La aparición de un nacionalismo padano es también interpretada por muchos como el fruto del desarrollo en red de las ciudades del norte de Italia desde la segunda mitad de los setenta, desarrollo que ésta vez parece mirar más hacia el Norte que hacia el mar2.

Con el ascenso de la netocracia triunfan las metrópolis sobre las capitales y la apuesta por las redes ciudadanas frente a la apuesta por la territorialidad. Así es el mapa del nuevo mundo: reticular y disperso.

Renuente a las capitales, no cabe en la identidad de la netocracia el nacionalismo. Su poder no deriva de la homogeneización nacional de un territorio enclaustrado en una frontera, sino de los diferenciales de conocimiento y valor que se establecen en las redes. Cuanto más heterogénea la red, más poderosa su netocracia asociada. Hija de la globalización reclama paso y espacios.

No le preocupa el campo más que como paisaje, como relax. Por eso reinventa el territorio rural como parque temático del pasado, como paisaje productivo. Turismo rural gestionado con gusto por lo pequeño, ejercicio virtuosista de realidad virtual o juego de rol.

Por eso desvincula el Estado de la identidad nacional y apuesta por espacios de libre movilidad más amplios mientras reclama poder para las ciudades. Como corresponde a una nueva clase en conflicto y diferencia con la burguesía, no escapa de las ciudades ni teme convivir con la inmigración. Ocupa los viejos centros degradados y se confunde en ellos reindustrializándolos y peatonalizándolos. Le gustan más las bicis que los coches y el tranvía que el metro. Su entorno natural es un parque temático de la diversidad; las terrazas y los espacios públicos diurnos son su verdadero centro de negocios. Confía en la seguridad pero se sabe inestable, un cambio de aires, le hace huir a bajo coste al siguiente nodo de la red. Se sabe deseada, se deja cortejar por los políticos.

En el movimiento está la libertad. El espacio urbano transnacionalizado de la netocracia es un damero por donde saltan sus caballos.

En sus movimientos se fundirá y confundirá con los últimos herederos del segregacionismo clásico (los ecocatastrofistas y sus ecoaldeas), con los PT’s superadores del territorialismo randiando y con las primeras identidades transnacionales nacidas de Internet, abriendo paso a un nuevo fenómeno global catalizado por la desterritorialización de las grandes corporaciones: el neovenecianismo.


1. Para estos autores sin embargo, el término cobraría pronto un significado negativo: los netócratas pasarían a representar una nueva clase privilegiada y dominante. Su organización social, la plurarquía, no sería un nuevo horizonte de libertad personal, sino una posibilidad limitada a una élite capaz de imponer sus miradas y libertades a un consumariado mayoritario y pasivo. Los bardos de la plurarquía vendrán de otras tradiciones y latitudes: el ciberpunk español y el glocalismo brasileño, más enraizados en la tradición del desarrollo local los segundos, de las tradiciones ciberactivistas del mundo hacker los primeros.

2. Véase por ejemplo a Kenichi Ohmae, el famoso socio de McKinsey y la serie de libros comenzada con “The Next Global Stage”, en español “El fin del estado nación”.


Si quieres seguir la marcha del libro, puedes descargar el boceto de trabajo en pdf.

Guardado por David de Ugarte en su moleskine
a las 10:52 am

En otros blogs este post recibió las siguientes referencias (URI de Trackback)

  1. Juan Urrutia 4.0 » J.M.Lasalle

    [...] Para vislumbrar por donde van a ir las cosas que preocupan a los neocons, les recomiendo que, impulsados por las frases de J.M. Lasalle, lean con cuidado un reciente post de Ugarte [...]

  2. Sebastián Lorenzo | NOTICIASLA.com un experimento está llegando…

    [...] distribuidas, algo de redes centralizadas, un poco de redes descentralizadas, en fín, tendrá en Poder de las Redes. Tendrá mucho de tecnología de avanzada. No faltarán sistemas muy simples, pero algunas de sus [...]

  3. Netocracia: interesante artículo de David de Ugarte « Eparachute23’s Weblog

    [...] Ciudades, territorios y netócratas [...]


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