Un primer balance sobre los quality papers de fin de siglo y el punto en el que se encuentran con motivo de la desaparición del último gran editor europeo.
Ayer, de vuelta a Madrid, Mary y yo habíamos hecho planes realmente domingueros… que tuvimos rápidamente que cambiar. Su padre, al que habían dado el alta el viernes tras una operación en el colon, estaba sangrando y aunque -como efectivamente luego se comprobó- no parecía alarmante, la prudencia aconsejaba llevarle al hospital.
Mientras aguardábamos a que le vieran la herida de la operación, aprovechamos para comprar el periódico. Por la mañana me había quedado a medias leyendo las noticias y recuerdos sobre Jesús de Polanco, el editor de Prisa, fallecido el viernes. En mi primer raid mañanero, rompiendo mi costumbre, había ido al periódico que le hacía la competencia, sólo para descubrir que ni en el obituario rebajan la inquina que le profesan. Confieso que me dió vértigo y tristeza. Igual que la colección de fotos del fallecido que publicaban y que revelaba que durante todos estos años quien seleccionara las fotos había tenido más interés en representarle -y no precisamente de forma positiva- que en ilustrar las noticias que las imágenes acompañaban.
Luego del hospital, caía ya la tarde, me vi de nuevo con El País bajo el brazo buscando una terraza, extendiendo el periódico sobre la mesa y leyéndolo a medias con María… Una sensación tremenda de deja vu. Hace diez años, esos gestos formaban parte de mi rutina de fin de semana, de mis pequeños placeres de domingo. Pensé que ahora que Jesús de Polanco ha muerto, cuando El País está emprendiendo los cambios en el on line que le reclamábamos hace 5 años, es tal vez el momento de hacer un pequeño balance de la época que se cierra.
El País de papel, el de toda la vida, ha sido quizá el último gran quality paper europeo. La última gran marca de prestigio del periodismo de papel en el continente. Por eso, su paso al online -aún carente de cosas tan importantes como los enlaces- fue tan bien recibido y la primera transición al multimedia -la de finales de los 90- tan poco traumática. Desde un principio y hasta el suicidio de pasar sus contenidos a pago, fue la referencia natural de la información sobre España en el resto del mundo.
El periódico en papel, con su tamaño, con su número de páginas y sus suplementos, requiere un cierto orden del tiempo y el espacio. Requiere 45 minutos para una lectura mínimamente satisfactoria. Requiere una mesa suficientemente amplia para no tener que andar haciendo origami. En una palabra, requiere un modo de vida que era todavía relativamente frecuente hace diez años… pero no ya hoy. Los modos de trabajo y socialización han cambiado -empezaron a cambiar de hecho en los 80- y hoy ni el más forgiano de los funcionarios goza de aquellos largos desayunos que eran parte de la rutina de las oficinas y ministerios de mi pubertad.
Es en realidad el desarrollo de la productividad en los servicios lo que está invisibilizando la lectura del periódico igual que invisibiliza a los bancos, que ya se desprenden hasta de sus edificios símbolo.
Grandes productos periodísticos como The Economist, cuyo público objetivo está precisamente en los sectores urbanos más dinámicos, lo entendieron bastante bien. Hoy, magraix tout, The Economist en papel es cada vez más vivido por sus suscriptores como un extra del online. Como un resumen para papel, cómodo en su formato, de la selección de información de la web.
Creo que esto es a lo que Juan Luís Cebrián se refería el otro día. Un periódico de hoy es una máquina informativa que se vuelca y piensa de forma natural hacia la red y que luego, una vez al día, o las que hagan falta, lanza un resumen para papel en el que los enlaces embebidos en el texto son sustituidos por referencias explícitas a páginas web donde ampliar el contexto.
Es claro que a muchos de los quality papers aún les queda harto recorrido en ese sentido, pero no deja de ser significativo que el que fuera primer director de El País lo recuerde en estos días. Ahora que Jesús de Polanco ha muerto y que se cierra una etapa histórica de la prensa europea, comenzar a pensar de un modo nuevo, como generadores de contextos, desde la red, hacia la red y hacia el papel, quizá sea el mejor homenaje que el último gran periódico europeo pueda hacer al que fue su líder en los vertiginosos años del fin de siglo XX y comienzos del XXI.





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Es interesante que sea el propio Cebrián quien diga que los medios convencionales han perdido influencia: “No creo que vayan a desaparecer los periódicos en papel pero sí van a dejar de tener la función central en la configuración de la opinión pública que tenían”.
David, ¿Qué crees que es lo óptimo, redacciones en las que se integren los contenidos de papel y digitales -como hacen en 20 minutos, por ejemplo- o separarlas -como hace la mayoría de las empresas editoras hasta ahora-?
La verdad es que es el modelo que se intuye bajo las palabras de Cebrián el que más me convence: redacción unificada (como NYT y 20m) que hace un único output que a su vez se edita en diferentes formatos (móvil -tan abandonado en su edición por todos-, web y papel fundamentalmente), en cada uno intentando sacar el máximo provecho a las posibilidades del soporte (desde incluir vídeos a poner enlaces o encartes, según).
De todas formas, una cosa es el modelo y otra la realidad de partida. Es mucho más fácil hacer algo así en un periódico nuevo (dónde puedes poner como requisito para ser contratado tener un blog, como cuentan que está haciendo El Público por ej) que en un medio donde una parte significativa de tu plantilla es de una generación pre cultura de red y todavía tiene dificultades con el email. Por eso, a la hora de la verdad en medios de papel impulsar un cambio cultural es muchísimo más costoso y la división de redacciones puede ser una fase necesaria para poder mantener una “vanguardia” competitiva sin renunciar a los veteranos.