Viernes, 25 de Enero de 2008

La caza salvaje de Juaristi

A finales de los 90, Jon Juaristi publica El bucle melancólico y Sacra Némesis, dos libros que marcarán la línea del antivasquismo ilustrado de las legislaturas de Aznar. Su proyecto entonces consiste en historiar los avatares del nacionalismo vasco, revelando el carácter y origen contemporáneo de sus mitos históricos y leyendas fundacionales.

No cabe un planteamiento más moderno ni más inocente. Juaristi quería mostrarnos que los mitos no eran verdad histórica, que los padres fundacionales no eran santos y andaban en malas compañías (ideológicas y políticas), que los relatos desde los que ese y en general todos los nacionalismos (como mostraría luego con más dulzura en El bosque originario) basan los implícitos de sus reclamos políticos son sólo cuentos de nacionalistas, cosas que no pasaron más que en el espacio de una suerte de melancolía adolescente colectiva…

Recuerdo que en esa época me inflé a escribir en Ciberpunk.com sobre la naturaleza del mito frente a la pretensión juaristiana de desvelar su realidad histórica abriendo las mentes nacionalistas a las luces de la Razón…

El racionalismo antinacionalista juaristiano estaba condenado a la frustración. El mito al ser asumido genera realidad social. Al asumirlo -que no es lo mismo que creer en su realidad histórica- la gente se comporta como si su sujeto (la nación) tuviera realmente una memoria y esa memoria fuera operativa. Los resultados del mito son indistinguibles de los que produciría el consenso general sobre el más contrastado y auténtico discurso histórico. El mito es generador de verdad social, pues no hay modo en el presente de falsarlo basándose en sus resultados políticos y sociales.

Por eso el argumento racionalista que viene a decir símplemente que los relatos del nacionalista son cuentos no llega ni a arañar su conciencia identitaria. El consenso generado por el mito, una vez es utilizado como parte del estatus social, es en si mismo generador de verdad también. El consenso identitario nacionalista no surge de una lectura común del pasado, sino de una vocación compartida, de un mito de futuro, que genera un pasado a su medida destinado a reforzarlo. A nadie -salvo a los más inocentes conversos- le importa su verdad histórica. Son verdad social y políticamente.

Esto era lo que significaba el viejo slogan ciberpunk: El futuro influye en el presente mucho más que el pasado. Al fin, como decía Juan, una obviedad. Explorábamos la postmodernidad y nos rechinaba ya la fe en la razón histórica única.

En contraste con el carácter hegemónico que llegó a tener hace diez años el discurso juaristiano, llama la atención ahora el poco eco generado por La caza salvaje. Es una novela divertida, con un punto friki-erudito en su documentación. Pero sobre todo es una verdadera confesión del autor. Juaristi se relata en una proyección histórica de sus propios viajes ideológicos como una suerte de Zelig descreido. Alguien que realmente sabe de la ausencia de una verdad social no circunstancial, con existencia propia al margen de tal o cual consenso, de tal o cual estatus de poder… y que no sabe que hacer a partir de ahí. Alguien que en el fondo cree que no hay conocimiento sin fe o al menos sin programa.

Y ante este vacío opta por el cinismo del aventurero político, del cazador: se va sumergiendo en los sucesivos relatos, apurando el caliz de su coherencia interna hasta las heces, hasta el límite de su razón interna, en un viaje destructivo en busca de unas esencias inexistentes.

La casa salvaje es el psicodrama novelizado de toda esa generación de intelectuales conversos que venían del nacionalismo vasco y que en los 90 y más allá, sirvieron al neonacionalismo español enfrentando en lógica moderna a sus antagonistas internos.

Merece la pena leerlo aunque sea sólo para constatar la derrota de aquel neoracionalismo tuerto que se pretendía alternativa moderna al nacionalismo y que, incapaz de asumir gozosamente la postmodernidad, sólo encontró el oscuro cinismo del cazador que hace sus presas al amparo de las jaurías desenfrenadas de un estado que se impregnaba de nacionalismo estatal a marchas forzadas. Y se quedaron solos.

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Lunes, 21 de Enero de 2008

De las naciones a las redes

Centenares de miles de personas, hay quien calcula incluso un millón, viven hoy como neonómadas voluntarios, viajando de país en país y renunciando a una residencia estable, conectados entre si en distintas redes virtuales a través de las cuales se ganan la vida y aseguran su independencia personal y económica.

Es un fenómeno excéntrico sin duda, pero no único. Cada vez son más las personas que centran su vida económica y social alrededor de comunidades online. Los procesos políticos y deliberativos que originan cada vez tienen menos que ver con los estados y sus fronteras. Envuelven a millones de personas en todo el mundo y son el caldo de cultivo de nuevas identidades de todo tipo: desde Al Qaeda a las redes de ecoaldeas o los sionistas digitales, herederos de las primeras culturas del ciberespacio y el underground digital.

Al mismo tiempo, cada vez más empresas transnacionales, se dotan de esferas comunicativas y políticas de decisión e influencia cuyo impacto es indudable sobre todos los ámbitos de la vida de sus miembros. El viejo sistema de las multinacionales cuyo centro e identidad original derivaba de una empresa nacional que se había internacionalizado, empieza a quedar atrás. Hoy no dejan de brotar nuevas venecias corporativas que tratan a los estados de igual a igual, piensan en términos de relaciones exteriores y dotan a sus empleados de identidad y e incluso nuevas formas de ciudadanía.

La tesis central de este libro es que el paso de una sociedad de economía y comunicación descentralizada -el mundo de las naciones- a un mundo de redes distribuidas hijo de Internet y la globalización económica, hace cada vez más dificil a las personas identificarse en términos nacionales.

La identidad nace de la necesidad de materializar o cuando menos imaginar la comunidad en la que se desarrolla y produce nuestra vida. La nación apareció y se extendió precisamente porque las viejas identidades colectivas locales ligadas a la religión y a la producción agraria y artesanal ya no representaban de un modo satisfactorio a la red social que producía el grueso de la actividad económica, social y política que determinaba el entorno de las personas.

Del mismo modo, para un número creciente de personas, el mercado nacional cada vez expresa menos el conjunto de relaciones sociales que dan forma a su cotidianidad. Ni los productos que consumen son nacionales, ni lo son los contextos de las noticias que determinan los grandes cursos vitales colectivos, ni necesariamente lo son la mayoría de aquellos con los que las discuten y cuya opinión les interesa.

La identidad nacional se está quedando muy pequeña y muy grande al mismo tiempo, se está volviendo ajena.

No se trata de un rápido desmoronamiento. No debemos olvidar que la nación surgió de una necesidad real… y a pesar de ello el proceso de su universalización llevó casi dos siglos y fue, cuando menos, correoso, encontrando constantes resistencias de todo tipo. Abandonar las comunidades reales donde todos conocían la cara y el nombre de los demás para abrazar la patria -una comunidad abstracta donde no se conocia a los otros, se les imaginaba- fue un proceso costoso y difícil.

Y de hecho es predecible que estado y nacionalidad permanezcan entre nosotros largo tiempo, del mismo modo que la Cristiandad sigue existiendo y algunas casas reales siguen reinando a pesar de que la identidad nacional sea hoy dominante y determinante políticamente y de que el mundo se organice políticamente en estados nacionales y no sobre relaciones dinásticas o comunidades de fe.

Son muchos los historiadores, politólogos y sociólogos que hoy predicen e incluso abogan por una privatización de la identidad nacional. Un proceso que habría de tener similitudes con el paso de la religión al ámbito de lo personal y privado que caracterizó el ascenso del estado nacional. Pero la cuestión es que esa privatización, esa superación sólo puede darse desde una identidad colectiva alternativa.

Y lo realmente interesante es que las comunidades y redes virtuales identitarias que apuntan posibilidades de construirla no sólo se definen por ser transnacionales, sino que manifiestan una naturaleza muy distinta a la de las grandes comunidades imaginadas de la Modernidad, como la propia nación, la raza o la clase histórica del marxismo. Sus miembros se conocen uno a uno incluso aunque no se hayan encontrado fisicamente jamás. Es en cierta manera una comunidad real o mejor, una comunidad imaginada que se precipita hacia la realidad.

En la primera parte de este libro trataremos de entender la nación, las herramientas y símbolos a partir de los que esta se imaginó y vivió.

En la segunda seguiremos las experiencias de los segregacionistas de los siglos XIX y XX, aquellos que no aceptaron el paso a un mundo que cada vez se parecía más a un puzzle de centenares de piezas de color e intentaron separarse de la inevitable homogeneización interna que generaba.

Y finalmente exploraremos las nuevas vidas e identidades transnacionales y cómo se definen en contraste con los ejes y temas tanto de la nación como del segregacionismo clásico.

[De las naciones a las redes, página del proyecto ]

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Domingo, 13 de Enero de 2008

El horizonte de un mundo postnacional

La conquista de Venecia por Napoleon en 1797 es uno de los grandes puntos simbólicos de la Historia. Es importante entenderlo hoy con todo su significado pues representó el fin de un largo ciclo histórico y la verdadera acta de nacimiento de la Europa de los estados nacionales. Una ola que no pararía hasta finales del siglo XIX con la unificación italiana y que tendría su broche con las independencias noruega e irlandesa.

Desde principios del siglo XV, con su expansión italiana, estaba ya más que claro que el modelo político, económico e identitario de la República representaba una amenaza para el Papado y un disolvente para la Cristiandad. La Serenísima, que había sabido mantenerse independiente tanto de Bizancio como del Sacro Imperio, había jugado su propio juego en las cruzadas y basaba su economía en la fortaleza de redes comerciales que no reconocían en la frontera con el mundo musulmán mayor abismo que el que le separaba de los reinos cristianos. Inmersa en un mundo católico, Venecia jugará sin embargo a hacer política vaticana e incluso a dar batallas teológicas con tal de debilitar la posición bizantina, romana e imperial. Y las jugará con astucia e inteligencia, ganando su propia supervivencia. Sufrirá sí, una larga decadencia, producto no del agotamiento de su modelo político e identitario, sino de la posición excéntrica en la que queda tras el descubrimiento de América. Y lo que es más importante cuando desaparece, no lo hace a manos de Roma, sino de Napoleón. No será un reforzamiento de la cristiandad lo que la destruya ni lo que de forma finalmente a Europa, sino la soberanía nacional, descendiente in filo tempore de esa identidad superpuesta a las redes económicas y las carreras personales que Venecia había generado gracias a su sistema de gobierno colectivo pegado a la gestión económica de sus mercados.

La Cristiandad sigue existiendo y nadie dirá que la identidad religiosa no haya sido importante en los dos últimos siglos. Pero tras la autocoronación de Napoleón en presencia del Papa, la Iglesia, las iglesias, poco han tenido que hacer frente a un concepto de soberanía y una identidad ligada al mercado nacional de orígenes adriáticos. Estado dinástico y Cristiandad no son ya categorías operativas políticamente. La religión e incluso la monarquía se han privatizado en la orilla septentrional del Mediterráneo de forma estable.

Cuando trazamos una perspectiva a largo plazo, cuando tratamos de imaginar un mundo postnacional futuro, la analogía veneciana parece oportuna.

Algunos autores como Xabier Zabalza1 o Juan de Aranzadi2 llevan años analizando la perspectiva de una desnacionalización de la vida pública e incluso de la indentidad personal. El primero lo presenta de un modo un tanto voluntarista, naif y en bastantes sentidos ahistórico:

Hasta el siglo XVIII, los pueblos de Europa se desangraron en nombre de la religión. Los europeos nos matábamos por ser católicos, protestantes, ortodoxos o musulmanes. Hasta que llegó un momento en el que se dijo: “¡Ya vale de muertes! Vamos a circunscribir la cuestión religiosa al ámbito de la vida privada. La vida pública debe ser aconfesional”. Mi teoría es que con las naciones debe ocurrir más o menos lo mismo. Durante los siglos XIX y XX, nos hemos matado en nombre de la nación, por ser alemanes, franceses, españoles o vascos. Esos sentimientos están muy bien, pero para la vida privada. La vida pública, hoy, debería estar desnacionalizada.

Y el segundo desde un antinacionalismo de origen libertario y racionalista que permite entrever elementos del sueño PT cuando construye una ética que pretende fundamentar la felicidad, no en el honor o la valentía, no “en el diálogo o, mucho menos, el enfrentamiento violento”, sino en el hecho de “huir, desplazarse, cambiar de lugar y de gente, irse a vivir con otro grupo”, hasta disolver cualquier “ilusión de pertenencia a un pueblo”.

Lo interesante de ambas miradas es que otean ya un mundo postnacional donde el sentimiento nacional, el amor por la comunidad nacional imaginada, sea puramente privado o incluso inexistente.

El problema es, en realidad, mucho más complejo. El presente nos muestra, como hemos visto al hablar del neovenecianismo o de las comunidades etnico-familiares al hablar de las redes lingüísticas, un mundo en el que identidad y economía se van reticularizando, estallando en una multitud de nodos interconectados en redes que son generadoras de identidad y que se superponen a los estados. Nodos y redes que se forman y articulan comunidades reales, cuyos miembros se conocen entre si aunque no hayan estado nunca físicamente juntos.

En la práctica la situación actual de la mayoría de esas redes, cuando actúan políticamente frente a su exterior, no es muy diferente de la de los burgos y repúblicas comerciales medievales. De muchas maneras representan ya una superación de la identidad nacional y germinalmente del estado nacional mismo, en la medida en que su metabolismo económico es capaz de proveer a sus miembros de ciertas garantías sociales, económicas y de carrera personal. Pero necesariamente se vuelven al estado nacional o mejor dicho, a los estados nacionales en los que operan, para reclamar condiciones de base, acceso a infraestructuras y autonomía de un modo similar al que las ciudades de la Hansa o los burgueses de las empalizadas alemanes reclamaban independencia política y seguridad en las rutas a los señores feudales y más tarde a los estados dinásticos.

Hoy una nueva Venecia es no sólo ensoñable, sino predecible. Y sin duda, las nuevas venecias tendrán conflictos con los estados nacionales puesto que atienden a lógicas diferentes tanto en lo identitario como en lo económico. Y por lo mismo, tomarán partido en batallas internas de los estados, ganando influencia en ellos como lo hacían tanto reyes como repúblicas marítimas en el Vaticano. Es predecible que estado y nacionalidad permanezcan entre nosotros largo tiempo, del mismo modo que la Cristiandad sigue existiendo y algunas dinastías siguen reinando… aunque reinar signifique muchísimo menos que unos siglos atrás y la Cristiandad no sea ya un sujeto político ni militar global capaz de movilizar a nadie.

En un largo horizonte seguiremos oyendo hablar de orígenes y cultura, del mismo modo que hoy seguimos teniendo religión y, algunos, somos leales súbditos del rey. A diferencia de la famosa frase de Trotsky, la Historia no tiene un basurero, las formas identitarias no desaparecen sin más, sino que perduran incluso a costa de su significado y operatividad política.

Sólo podemos estar seguros de que el futuro es postnacional y que las nuevas venecias darán, como la original, forma a un nuevo mundo, aunque tal vez, como la Serenísima misma, sólo viéndolo por un instante. Lo importante es que desde hoy, sus formas no son tanto la alternativa de una elección, sino el comienzo de una superación que tendrá tanto de conflicto como de dilución.


1. Mater Vasconia. Lenguas, fueros y discursos nacionales en los países vascos, Editorial Hiria, 2005
2 El escudo de Arquíloco, ed. MT, 2001

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Miércoles, 9 de Enero de 2008

Los mapas de un mundo postnacional

Hoy intentaremos tener a Hector Milla en Asuntos Propios hablando sobre el manifiesto del país llamado a que lanzó la semana pasada.

Mientras, me gustaría seguir con la reflexión que hacíamos ayer sobre los mapas con los que las nuevas venecias se representarán en el espacio, haciendo unos apuntes a vuelapluma.

Milla remarcaba el esfuerzo por dotar a su comunidad/país de un entorno visual propio, seguramente un metaverso. Es previsible que en los próximos años aparezca una verdadera red distribuida, una www de metaversos al estilo Second Life gracias a OpenSim. Es muy posible que muchas comunidades y empresas tengan sus propios metaversos dedicados a reuniones, formación, encuentros virtuales para charla etc. La puesta en red generará archipiélagos virtuales que también representarán la conversación comunitaria.

Pero esos mapas, como hoy los de Second Life, no representarán un relato sustancialmente diferente -ni más rico- que el de los actuales sistemas de agregación.

En ese sentido es interesante observar como se representan las empresas que empiezan a definirse como comunidades transnacionales. Hay por un lado un esfuerzo evidente por representar la conversación interna, por hacer una suerte de mapas conversacionales que podemos ver en BBVA-blogs o de forma más modesta e incipiente en WellsFargo.

Se trata en realidad agregadores de blogs que a partir de nubes de etiquetas comunitarias, buscadores y portales feevy interactivos tratan de representar las distintas sendas conversacionales que articulan el flujo espontáneo y distribuido de información interna. Algo que corre en paralelo a lo que muchos blogueros y sus redes hacen ya.

La cuestión es cómo esas representaciones que tienden a reforzar la comunidad real mostrando una y otra vez las caras y avatares de las personas que hay bajo los nodos se fundirán con la proyección del territorio físico real y los espacios geográficos.

La semilla está en Google Earth y Google Maps. La posibilidad de añadir y linkar contenidos sobre el mapa convencional culmina, a través de los itinerarios, en una nueva forma de relato.

Poco importa ya en estas aplicaciones el debate sobre la relación de tamaños en el mapa de distintos territorios. Lo que importa son los nodos y la información que contienen y aglutinan. Y más novedoso aún, como los itinerarios se leen secuencialmente, el mapa incorpora el tiempo, se lee como un relato literario, tiene un antes y un después, un sentido del que hasta ahora carecía y que le permite pasar a representar la conversación o cuando menos el stock de información que queda de ella.

Este cambio radical del mapa que pasa de pivotar sobre tamaños y territorios a hacerlo sobre vectores y personas se manifiesta dramáticamente en Twittervision, una aplicación que muestra en tiempo real sobre un mapa del mundo los mensajes que escriben los usuarios de twitter, acompañando los mensajes de los avatares de sus redactores.

Las nuevas representaciones cartográficas son ajenas al territorio símplemente porque el sujeto que protagoniza el relato del mapa no es ya el estado, que se define por administrar la comunidad que vive en un territorio nacional, sino una red, que se define sobre sus nodos y los enlaces entre ellos. Una red aunque quisiera no podría utilizar las metáforas modernas de World Mapper, donde la información modifica la superficie de los estados para representar distintas variables de desarrollo.

La red y su identidad, sus textos en red según la definición de Quintana, se transforman en el tiempo, ganan significado. Frente a la inmutabilidad de las fronteras nacionales que pretenden representar la anatomía estable de un territorio dotado de destino histórico, las identidades en red utilizan el mapa para contar su evolución, su crecimiento hacia dentro, su desarrollo orgánico, sus fronteras siempre cambiantes. La suma de todas ellas no tendrá sin embargo significado, pues una no empieza donde otra termina, sino que se solapan y se conectan. No harán al superponerse siquiera, un puzle del mundo como hacen los estados nación, sino un censo de nodos.

El mapa para las identidades postnacionales será el relato hecho desde un damero… y contado por el caballo del ajedrez.

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Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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