Lunes, 30 de Julio de 2007
Desde mi nueva Blackberry indiana twitter representa una forma muy cómoda de postear para la red pequeña, la personal. Me doy cuenta de que llevo meses sin twittear casi nada. En parte lo he sustituído con miniposts, al final más conversacionales. La mayor parte de mi red y mis conocidos, incluídos los que eran más twitteros en su momento, han abandonado también. ¿Pasó la moda? ¿No había más? ¿No se puede aprender nada?
Pablo Mancini, desde el centro del huracán de la explosión de Twitter en Argentina, asegura que se debe a una resistencia a la postmodernidad y se centra en la naturaleza distribuída (¿distribuida?) de la arquitectura y la forma fragmentaria del relato.
¿Resistencias a la postmodernidad?
He de confesar que a pesar del respeto que me genera todo lo que Pablo escribe, su argumento no me convence. La liquidez de la postmodernidad que él mismo subraya, hace precisamente que las resistencias modernas queden subsumidas por una globalidad postmoderna. Las resistencias no generan menos uso, sino más y es esa extensión la que subsume lo moderno con su inevitable lógica de la escasez, en toda tecnología de la abundancia.
El ejemplo: la Wikipedia. Difícilmente es posible encontrar un proyecto más moderno, más neo-dieciochesco y con una tendencia tan clara a fabricar/apropiarse de un pretendido relato único y universal. ¿Qué ha pasado a un año de nuestros debates? Pues que la diversidad irreductible de los relatos estalla necesariamente sobre las redes distribuidas. La red se ha poblado de miles de contextopedias: desde la de los fanáticos de Lost a las propias de los blogs pasando por las aún más modernas que el original que añoran una edición más profesionalizada. La Wikipedia, como modelo único, como relato unificador, ha muerto por extensión del uso de la propia herramienta que la sostiene sobre la red distribuida. Eso es Postmodernidad.
Lo postmoderno y lo moderno en twitter
Pablo fue el primero en ver los valores postmodernos de twitter. Valores que para mi apuntaban a una crisis del blog clásico pareja a una redefinición y ampliación del campo de la blogsfera. Una redefinición que iba del yo al nosotros y de la red de personas una red de cosas, lugares y personas que generan una nube informativa global, omnipresente y densa que puede y es armada en una multitud de relatos.
Con todo, en todas mis últimas conferencias he insistido en que la dimensión de las cosas hablantes y geoposicionadas, que es hacia la que apunta twitter, no deja de ser problemática. Y precisamente por ello la visibilidad permanente y peremne genera resistencias, resistencias que no son precisamente a la postmodernidad, sino a la esencia misma de la Modernidad y sus instituciones tal y como las describía Michel Foucault. Para muchos la cruda emisión contínua del yo hago hace que la red generada se parezca demasiado, siguiendo a Foucault, al patio del colegio, el psiquiátrico o la prisión. La visibilidad total es el control total posible. Tal vez por éso, de mi red twittera original, la mayoría de los que quedan más activos son los que han cerrado la lectura de sus mensajes a externos a la red intima.
Hacer y dar sentido
Por otro lado, lo liberador de la postmodernidad -paradójicamente prometéica en ésto- es que pone en cada cúal, en cada red, la tarea de dar sentido a través de su propio relato, por si o en red con otros. La fragmentación no es por sí un rasgo de postmodernidad. La descontextualización mucho menos si no se da en el marco de una recontextualización, de una elaboración de discurso, de una reapropiación del propio sentido.
Cuando twitter comenzaba a estallar en la blogsfera hispanófona, la aparición de rankings generó un fenómeno similar al que originalmente había ocurrido con Orkut: muchos usuarios, compitiendo en lógica rankista, buscaron redes que excedían en mucho su red social real, el espacio donde ellos mismos eran capaces de dar sentido a una (o varias conversaciones).
Se excacerbaba así el problema de la multicanalidad de twitter: al solaparse las redes, te ves en muchas conversaciones de las que sólo te es visible una parte. Por ejemplo si tus únicos contactos argentinos en twitter son Lore y Pablo, tu twitter será una adivinanza permanente y abrumadora de una conversación ajena. En este marco el qué hago se dilata y dilata, compensando con velocidad la falta de intercambio real. El carácter diácronico se pierde. La acción y su relato aparecen como sustitutivas de la conversación. Volvía el fantasma de Marinetti y twitter daba miedo
una vez más no por postmoderno sino por todo lo contrario.
Usos y triunfos de twitter
Twitter en cambio ha triunfado en tres ámbitos:
- Microredes personales: aquí sí articulando conversación de un modo diacrónico en redes muy pequeñas de amigos que han sobrevivido a la erosión del número de usuarios
- Como canal de emisión corporativa o de gestión de marca. Es decir con un uso que no amplia la conversación, sino que constituye un canal más de emisión y una forma de permitir a otros mostrar adhesión con la imagen pública creada. Se trata de usar twitter como un myspace con alarmas. Ejemplos de este tipo de uso serían John Edwards, modestamente feevy o más claramente algunas blogstars.
- Como espacio conversacional general donde la blogsfera es más reciente. En este sentido, creo que no es casualidad que los tres entendedores de twitter que cita Pablo al comienzo de su post sean argentinos. Twitter en aquel país está, tal vez, sobredimensionado porque absorve funciones que serían esperables como producto de la extensión de los blogs.
¿Un futuro para twitter?
Sí, seguramente, pero no como ese chat distribuído y diacrónico que pudo ser y que a día de hoy sólo es en espacios restringidos. La ausencia de conversación cansa. La alternativa y el futuro puede estar en ir un paso más allá por la vía del canal, hacia la lógica de los servicios y dejar que estos se integren en la microconversación de la red íntima
si sigue existiendo.
Tal vez entonces, vuelvan tantos amigos que hoy marchan aburridos y con razón, por no poder aprender nada.
Viernes, 20 de Julio de 2007
Ayer, a raíz del post criticando el concepto de cultura libre, Enrique Gómez me comentaba que a lo largo de los últimos años las Indias había ido destilando una serie críticas a ideas populares o establecidas en la Internet cool que a su vez habían producido un cierto enfoque particular, una cierta ideología que era a la vez el principal elemento diferenciador de nuestra oferta.
Estoy de acuerdo con él. Las Indias es deudora y continuadora del trabajo y las distinciones del movimiento ciberpunk español del que nunca ha dejado de formar parte a pesar de la hibernación actual. Por éso tanto Pere Quintana como el propio Enrique Gómez, Gema Llorens, Alberto Navarro o Arnau Fuentes, están en el origen de debates y distinciones que hemos hecho nuestras y que en cierta manera, hoy, con ciberpunk hibernado, protagonizamos.
Enrique proponía ayer un listado de debates y conceptos a modo de documento identidad indiano que ordenaba por años. Una especie de destilado indiano:
Enrique aventuraba, a raíz del post de ayer, que el programa de investigación del 2007 de las Indias y su entorno teórico sería la crítica de la idea misma de cultura libre. Todavía es un poco pronto para saberlo, creo yo, porque lo importante en los debates es a dónde te llevan, que nuevos conceptos puedes descubrir.
Lo que es claro es que el solo listado de estos debates explica bastante bien algunas cosas. El otro día Eduardo Arcos, que se mueve por la blogsfera española en un entorno ideológico muy 2.0, le comentaba a Pablo que quería conocernos porque sólo había oido hablar mal de mi y de las Indias. También explica porque en nuestros blogs, como me comentaban el otro día a mi en Medialab, nunca hay un vía Meneame o referencias a los rankings de Technorati o similares.
Somos deudores de una evolución y de una cierta crítica, de un destilado de temas que a fin de cuentas son los que hacen nuestra identidad y nuestra oferta como proyecto, que informan todas las iniciativas de las Indias, desde feevy hasta las contextopedias o la investigación del fabbing. Con esos hitos se conoce a las Indias y estamos muy orgullosos de ello
A fin de cuentas es nuestra identidad.
Jueves, 19 de Julio de 2007
Cuenta David Gil que el otro día coincidió con Belén Gopegui, que está a punto de publicar una novela con CC-by-nc-nd, es decir, sin permitir ni uso comercial ni que otros reciclen el contenido haciendo obras derivadas. A éso le llamaba Copyleft. Lo mejor, según el relato de David es que la sra Gopegui:
dijo que los autores (no los aficionados que escriben en sus ratos libres) necesitan los derechos de explotación. Que una cosa es escribir después del trabajo y otra dedicarse en exclusiva a escribir. Para esto último se necesitarían ingresos seguros.
Lo curioso es que, como otra gente en el público, está en contra de la comercialización de la cultura. Es comunista y, según entendí, estaría de acuerdo con un sistema en el que el Estado publicaría las obras, sin derechos de explotación por parte de los autores, y a cambio estos recibirían un sueldo.
Cultura: origen y significado
La idea de cultura y su irreparable origen en el nacionalismo alemán ha sido deconstruida muchas veces en todo tipo de formatos. Seguramente la arqueología más popular en los últimos años haya sido la de Gustavo Bueno:
Al final del siglo XX la idea de Cultura, que había comenzado a elevarse a principios del siglo XIX a la condición de idea constitutiva de la cúpula ideológica de las sociedades modernas de tradición cristiana (junto con las ideas de Hombre, Libertad o Nación), ha alcanzado la posición privilegiada de clave de bóveda de esa cúpula.
Podría decirse que, en nuestros días, y en las sociedades de tradición cristiana más diversas, la idea de Cultura desempeña los papeles de Idea suprema, de Idea fuerza primordial, en función de la cual se definen las realidades prácticas o espirituales, tales como Hombre, Libertad o Nación: el Hombre será «animal cultural»; la verdadera libertad se alcanzará a través de la Cultura, y la Nación no se definirá tanto por la raza cuanto por la cultura: por ello cada Nación exigirá «darse a sí misma» la forma de un Estado, de un «Estado de Cultura». En cualquier caso, se definirá como misión esencial del Estado la de promover la Cultura Nacional y hacer posible el acceso de todos los ciudadanos a la cultura (artículo 44 de la Constitución Española de 1978).
La Cultura es uno de los ideales prácticos de mayor rango: el Estado de Cultura ha llegado a ser un ideal de rango superior al del Estado de Derecho y, por supuesto, de más alto prestigio que el Estado de Bienestar.
Merece la pena leer a Bueno para hacer una arqueología del concepto y su ascenso desde Herder a nuestros días. Bueno remarca que
Sin embargo, nadie entiende qué es eso de la Cultura, como nadie entendía antaño qué era la Gracia de Dios. La Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el «mito del siglo XX», el mito de la Raza, en la primera mitad de ese siglo. En cierto modo podría decirse que el mito de la Cultura incorpora, además, a través de los nacionalismos de fin del siglo, muchas de las funciones que el mito de la Raza desempeñó hasta el final de la segunda guerra mundial.
Porque Cultura, así con mayúsculas, es todo aquello -desde las obras artísticas de prestigio a la gastronomía más o menos reinventada y tradicional- que contribuye a la formación de una identidad colectiva derivada de los mitos constitutivos del estado nacional.
La cultura como función estatal
En países como España, Nigeria o Marruecos donde el estado no ha podido imponer de una forma clara y homogénea estos mitos -es decir, donde el estado ha fracasado como proyecto nacional- estos se dan fragmentados en la forma de nacionalismos alternativos y un cierto protagonismo de las identidades y pertenencias pre-modernas como la familia, la cuadrilla, la religión o el linaje. Y precisamente por eso en estos países la Cultura es parte central del debate más que en ningún otro lado.
Pero vayan a Francia donde hace aguas por la presión migratoria. O a Brasil, Argentina, México, Cuba o Bielorrusia, donde el proyecto moderno, en su dimensión nacional vive con pujanza. En estos países hasta la alteridad, hasta el presunto antagonismo al estado nacional lo es por el estado, a cuyos gobiernos o dirección social se les reprocha, en todo caso, su falta de sentido nacional. Imaginarios sociales y mediáticos que viven en la excepción permanente de la realidad nacional. Excepción que impermeabiliza de la interacción frente al foráneo (por definición ajeno) y destruye al tiempo el sentido de los nacionales fuera del terreno nacional (si todo cuanto atiende a esta realidad es excepcional y tiene causas endógenas, cuanto sé y pienso tampoco tiene validez fuera). El nacional es un huérfano o un autista que tiene dificultades para crear sentido fuera de la relación con su estado-territorio-nación. Por eso los estados nacionales se dotan de ese folkror de animales nacionales que mueren al salir por la frontera estatal, desde el coquí portorriqueño al lince ibérico, modelo disneyzado de la principal virtud nacional, no poder existir fuera de las fronteras del estado y su imaginario.
¿Qué quiere decir liberar la Cultura?
En este marco el artista, el creador, no puede ser sino una figura central de la construcción nacional. Un trabajador especializado de la reproducción identitaria del nacionalismo. Una labor digna de ser separada de la vida. Una figura que no debe ser confundida con los aficionados que escriben en sus ratos libres del mismo modo que un ciudadano que intenta esclarecer las causas del aumento de la criminalidad no debe confundirse con un policía o un Ministro del Interior.
Y ahí de nuevo la oposición izquierda-derecha tan de matiz como siempre, tan en la misma línea: el debate es como se asegura la manutención, no si tiene sentido la función.
Manutención que es más sensato asegurar, nos dicen los más liberales, mediante un monopolio artificial llamado propiedad intelectual. Manutención que habría que asegurar mediante un salario público, nos asegura Gopegui en la cita de arriba, para asegurar la viabilidad de la profesionalización. Esto, significaría además liberar la Cultura, es decir, asegurar su gratuidad para todos y su universalidad. En una palabra, extender de forma más efectiva los modelos identitarios de la construcción nacional.
Perdónenme pero no es este el problema que me preocupa. No me interesa liberar la Cultura ni creo que deba ser un problema asegurar formas de remuneración para mantener a sus ejecutantes distintas a las del resto de los mortales.
La cuestión es tan simple como saber si el monopolio económico excepcional sobre las propias creaciones es necesario ya o no para asegurar que haya personas que sigan haciendo propuestas que lleven parejas cierta innovación y diversidad. Poco importa si es como profesionales full time o no, ingresando más por venta de objetos (libros, discos, etc) o por shows (conciertos, conferencias
).
Y mucho me temo que esta respuesta ya está bien respondida por la práctica y la teoría económica. Lo demás son debates sobre la optimización del estado por y para el nacionalismo. Y simplemente, no me interesan.
Viernes, 13 de Julio de 2007
Se suele criticar de la lógica que prefiere muchas contextopedias a una sola (generalmente la wikipedia), la dificultad o el coste que genera a los usuarios encontrar algo cuando hay más de un sitio donde buscarlo.
Es cierto que este coste es mucho menor desde que existen herramientas como Google Coop. Hoy es fácil construir un minigoogle que sólo busque en los sitios que le indiquemos (por ejemplo, en un determinado rango de contextopedias o blogs cercanos).
Pero aunque sean pequeños, es evidente que la diversidad tiene costes
pero lo cierto es que merecen la pena socialmente.
Mi ejemplo favorito lo daba hace poco el conocido ensayista pulp Malcom Gladwell, cuando presentaba en New Yorker la historia de Howard Moskowitz. Moskowitz había hecho su tesis doctoral en Harvard sobre psicología de los sentidos, una especialidad con una clara orientación industrial: encontrar los sabores óptimos para el mercado de productos comestibles elaborados.
En los 70, su primer cliente fue Pepsi. Se trataba de encontrar el nivel de dulzor perfecto para la nueva Pepsi Diet. Moskowitz desarrollo todo tipo de tests y pruebas por Estados Unidos en focus groups de todos los perfiles imaginables. Los resultados eran un tremendo lío. No existía una pauta de gustos única, unos valores de edulcorante que dejaran satifechos a la gran mayoría de posibles consumidores
Moskowitz concluyó que lo que pasaba es que no había una Pepsi Diet perfecta, sino muchas. Y si esto pasaba en el mundo de las bebidas de cola, posiblemente pasaría también en otras tantas industrias de alimentación. Pero la industria tardó años en escucharle.
Puede ser difícil hoy, quince años más tarde -cuando cada marca se presenta en múltiples variedades- apreciar hasta que punto esto representaba una ruptura. En aquellos años, la gente de la industria alimentaria llevaban en sus cabezas la noción de una receta platónica, la versión de un plato que pareciera y superia absolutamente bien.
Igual que hoy los que defienden la Wikipedia no como una contextopedia más, sino como LA Enciclopedia, tienen en la cabeza el horizonte de una enciclopedia ideal, lo más perfecta posible. El problema es que algo así no existe. No es posible definir una enciclopedia perfecta o un resumen de noticias perfecto, como no es posible definir una salsa de carne o una salsa de spaghetti perfecta, simplemente porque hay diversidad de patrones de gustos y valores. La mitología ilustrada de una razón única, heredera de la divinidad, a la que puede llegarse mediante el debate, simplemente no funciona. No hay un lugar, un gusto, un conjunto de valores común y único al que conforme sabemos más nos acerquemos de forma natural. Somos distintos unos de otros. La diversidad existe y siempre estará ahí para recordarnos que nunca existiran, ni como límites, los universales platónicos.
El primer cliente a quién Moskowitz convenció fue a salsas Campbell. Se trataba de adaptar sus salsas de spaghetti. Aquí la epistemología se traducía en cuotas de mercado. Moskowitz revolucionó industria, estantes de supermercados y sobre todo ventas. Prego, la salsa de spaghetti de Campbell se presenta hoy en 23 combinaciones.
Habían estado buscando la salsa platónica de spaghetti -escribe Gladwell- y la salsa platónica de spaghetti era ligera y homogénea porque ése era el modo en que pesaban que se hacía en Italia. La cocina industrial estaba constreñida a la búsqueda de los universales humanos. Una vez comienzas a buscar las fuentes de la diversidad humana, la vieja ortodoxia sale por la ventana. Howard Moskowitz quitó de en medio a los platónicos y dijo que no existen universales.
Lunes, 9 de Julio de 2007
Sigo dándole vueltas al debate de este fin de semana con Pere, Pablo y Lore. En realidad no se trata de un debate sobre el OLPC. Es un debate sobre la educación, la enseñanza y el rol del estado y la tecnología a partir del OLPC
que es bastante diferente.
Ayer, antes de publicar el post, le pasé el borrador tanto a Pablo como a Pere porque me interesaba que las posiciones, todavía borrosas, no se vieran deformadas por mi propio punto de vista. Comentaba yo que intuía que bajo este debate había más de lo que veíamos, que intuía que había diferencias de las que podríamos acabar aprendiendo y sacando una posición tras mucho debatir, argumentar y aprender, como en los viejos tiempos de Ciberpunk. El comentario que me hizo Pablo entonces me ha estado haciendo pensar:
- La cuestión de fondo es el estado. Tu quieres que el estado atienda a los hackers y yo quiero que atienda a todos.
Suena muy mal, pero tiene razón en parte.
Los más jóvenes bricoleurs y el estado
Tal como yo lo veo, siguiendo a Stuart Mill, la diversidad es un bien universal, una solución adaptativa para la sociedad ante un futuro en el que no sabemos de entrada qué estrategias serán las que nos permitan adaptarnos a un mundo en cambio acelerado.
Hay niños con habilidades de bricoleur, con tendencias hacker
hay niños especialmente creativos en todos los campos. Y la sociedad debe entender que es bueno que sea así y no intentar achatarlos como hizo con nosotros la escuela. No todos los profesores, pero sí la escuela. Esto es, la enseñanza pública, el estado, debe ayudar a que si alguien es así pueda desarrollarse, pero no todos van a ser así, ni sería bueno siquiera que todos fueran así. Y sería tan castrante como antes, que la enseñanza intentara que todos los niños se convirtieran en bricoleurs, en hackers.
La posición que defendía Pere era algo así como:
que dejen las herramientas a los niños, pero que no se imponga su uso en clase durante la enseñanza, que cada niño tenga a su alcance conexión, ordenadores, redes
pero que no se le imponga un uso, una manera y unos objetivos mediante las horas lectivas
¿Qué aparece en el fondo de este debate, creo yo? Pues una cierta intuición, que creo nadie se atreve a decir del todo, de que el sistema de enseñanza es un mecanismo pensado para la homogeneización social (nacional en realidad), una especie de mecanismo centralizador a lo 2.0 que inevitablemente genera escasez
escasez de tipos humanos. El sistema de enseñanza, mediante sus técnicas, sus estructuras, sus modos de calificación, inevitablemente y como conjunto transmite y forma un molde, un tipo de comportamiento y actitud, como estándar deseable.
No muchos. Pensar que la escuela, el instituto e incluso la universidad, más allá de lo que Daniel Bellón llamaba la hiperminoría de profesores inquietos y los alumnos que tienen la lotería de que les toque uno/una de estos, pueden ayudar a conformar diversidad, a que cada uno se desarrolle en sus cualidades y no a imponer el molde de las socialmente dominantes a través del sistema escolar, sería no tener en cuenta su naturaleza centralizada, su realidad de máquina homogeneizadora.
Si me permiten ir un pasito más allá, el sistema de enseñanza es la gran máquina de fabricar ciudadanos nacionales. Enseña ciudadanía (cada vez menos en todo el Mundo). Pero sobre todo enseña el modo nacional, el molde del ser nacionalista ligado al estado, por eso y en esos términos genera tanto debate político. La ciudadanía y el pensamiento crítico no darían para tanta batalla.
Aprendiendo de la desescolarización
Por eso, lo que latía bajo la posición de Pere y mía era la idea de que no podemos dejarle al estado que diga a los niños cuales son los usos de las máquinas y las redes. Si así es, adios bricolage. Adiós lo que de liberador tiene aprender en un mar de redes y referencias. Deje el estado a disposición de los niños y las niñas la conectividad y las herramientas, los manuales (que la mayoría no usuaran) y unas cuantas clases de uso instrumental básico. Pero que los niños exploren por si mismos.
Cuando hace unos años debatíamos sobre la el movimiento por la desescolarización este era el implícito de fondo: lo importante no es si el estado incorpora o no las tecnologías de red, lo importante es quien es el protagonista: el profesor, que representa al estado, o el niño. Por éso, lo que nos preocupaba de este movimiento no era la red -que en manos de los niños podía ser liberadora- sino la precariedad del elemento social, del espacio presencial con otros niños y otras referencias.
Tenía razón Pablo en parte: miramos la escuela desde el punto de vista de los niños hackers que fuimos. Niños que no cabían en el molde y aprendieron el costo de hackear, de hacer bricolage de conocimientos en un mundo reglado. De ser diferentes. Y que precisamente por eso, entendían mejor que nadie hasta que punto ese profesor hacker, comprometido, que de verdad nos incentivó, era un anómalo, un hacker puesto en otro lugar, no un producto del sistema, sino a los ojos de este y como decía Pere, un error que andaba en ayudarnos a desarrollarnos y no en imponernos el molde nacional de lo aceptable.
Domingo, 8 de Julio de 2007
Este está siendo un fin de semana muy intenso en encuentros y conversaciones. Ayer amanecí en Barcelona con Enrique Gómez y Gema Llorens. Cuando llegué a Madrid por la tarde, me encontré en las Indias a Pere Quintana. Reencontrarme en tan poco tiempo con los que eran los principales teóricos del ciberpunk hasta la hibernación de hace un año, ha sido un continuo bullir de ideas y nuevas perspectivas.
El que más preguntas me abre y creo que puede contribuir en mayor manera a un cierto avance conceptual es el que surgió ayer tarde, de terracitas, entre Lore, Pablo, Pere y yo.
Pere comenzó preguntando a Pablo sobre el estado del proyecto OLPC en el Cono Sur Sudamericano tras las últimas noticias que anuncian, cuando menos, su letargo en Argentina. A partir de ahí, comentando Pablo y Lore las carencias y objetivos del proyecto, fue emergiendo una diferencia de perspectivas que siempre estuvo ahí, de base, y que parece que producía que cuando decíamos lo mismo que muchos de nuestros interlocutores americanos, no quisiéramos, en realidad, decir lo mismo.
Me explico: como recordaréis, yo partía de una posición muy crítica con el OLPC. Básicamente me parecía financieramente poco sostenible cuando hay alternativas que permiten construir cibercentros comunales o escolares a un coste muchísimo menor sin necesidad de darle en propiedad un ordenador a cada niño. En vez de un ordenador, un usuario. De 175$ a 8$ por cabeza.
Es decir, tal como yo lo había entendido, el proyecto OLPC consiste repartir ordenadores para cada niño en el sistema escolar para que estos pudieran jugar por su cuenta y abrir por si mismos un mundo. De hecho, cuando en el mismo post citaba a una activista y profesora que reclamaba un proyecto educativo que sostuviera al OLPC, recordaba que precisamente el atractivo de la idea de darle un ordenador a cada niño y ya, lo que finalmente me convencía del modelo Negroponte era que al fin, los de la generación Spectrum europea sabemos que la magia funciona:
los que en Europa -o en escuelas privadas latinoamericanas- tuvimos la suerte de ser la primera generación con ordenadores en la escuela, sabemos además que la cosa quedó más bien en inútil porque se absorvió -bajo la forma de horas lectivas- en el aburrimiento de la educación reglada.
En realidad todos sabemos que somos autodidactas y que la única manera de aprender no ya a usar un programa, sino a hacer el bricoleur, a perder el miedo a la máquina, es dejar a los niños pasar tiempo y jugar con ellas. Y sin decirlo, todos miramos con amor al OLPC porque en realidad no requiere profesor ni apoyo, viene con un entorno de software relativamente intuitivo que confiamos -no hay experiencias reales- prenda en los chicos del mismo modo que el Spectrum prendió en aquellos chicos europeos de los 80.
La mirada desde la escuela
Pero ayer, Pablo y Lore nos presentaron OLPC de una manera distinta, como un proyecto ligado a las escuelas y al sistema de enseñanza. La idea de ellos, que me pareció entender, es una idea extendida de los sectores implicados en su desarrollo y recepción, al menos en Argentina, no reduce la escuela y al sistema de enseñanza a centro distribuidor/socializador como hace mi planteamiento.
Al contrario, tal como Lore y Pablo lo entienden, la oportunidad de OLPC y la causa de ligarlo a la escuela reside en incorporar el ordenador a las clases. No hablamos de las clases de informática. No hablamos de un cibercentro junto a la biblioteca. Hablamos de que el OLPC juegue un papel similar al del cuaderno de papel o la pizarra en una clase de Historia o Matemáticas.
Trasfondos
La verdad es que una clase de Geografía donde los alumnos viajen sobre GoogleEarth, suena muy bien y a todos los levanta la mirada y nos pone a pensar. Pero como nos explicaban, esta perspectiva es la que lleva a que el famoso plan pedagógico sea necesario. Y por ende el estado
lo que llevaba a plantear a Pere si realmente era necesario el ordenador para dar clases, si aportaba algo en Matemáticas, Física, Filosofía o Historia
más allá de poder buscar documentación en el momento, frente al profesor
aunque ¿por qué no buscarla después y seguir entonces caminos aleatorios, itinerarios personales a partir de la clase y no limitados a ella?
La diferencia de fondo es, creo yo, una cierta concepción de las herramientas y del rol del estado a la hora de garantizar el acceso a ellas. En una palabra, en nuestra mirada de chicos Spectrum, el foco estaba en la relación niño-ordenador-red y podía darse en dos marcos distintos, el ideal pero caro (un ordenador portatil por niño) o el más sencillo del acceso en un entorno no reglado como un cibercentro de escuela o comunal (un usuario por niño) donde los tekis del cole, los futuros bricoleurs y hackers, pudieran pasar las horas de recreo y estudio y realizar actividades extraescolares.
En vez de una escuela informatizada que utilizara internet como tecnología pedagógica en todo el sistema, los ordenadores como nueva pizarra, se trataría, en esta mirada, de que no quedara ningún niño teki, ningún futuro hacker, sin oportunidad de acceder a las herramientas que le van a permitir desarrollarse. Al fin, pensaba yo, no fueron los libros de texto los que me hicieron amar los libros y la lectura. Fueron los libros que estaban en la biblioteca del colegio, el instituto y los que tomaba del cuarto de estar de mis padres.
Lunes, 2 de Julio de 2007
Desde hace un par de meses soy un usuario fiel de 11870. Sin embargo no estoy registrado. Simplemente cada vez que voy a quedar con alguien para comer o salir, busco el sitio propuesto en 11870 y mando el enlace a los comensales. Dicho de otro modo, soy un miembro pasivo de la comunidad 11870 que no aparece reflejado en la estadística de pie de página, la que dice que en este momento la comunidad tiene 3.461 usuarios.
La idea de la que parto es que comunidades como 11870 no pueden valorarse exclusivamente por el número de usuarios que aportan contenidos, los registrados, puesto que usuarios como yo también lo hacemos, ampliando continuamente el conocimiento público sobre el servicio y utilizándolo regularmente.
Esto es algo que Ryan Turner viene trabajando hace tiempo, proponiendonos medir el grado de implicación e incluso tratar de forma individualizada a los usuarios en función de éste.
Es más, mi teoría es que en casos como éste, el efecto red tiende a incrementar más que proporcionalmente la proporción de usuarios pasivos conforme crece el valor de la comunidad y el servicio. Es decir un estancamiento o un ralentizamiento en el número de usuarios registrados, paralelo a un crecimiento sostenido de visitas, es lo previsible en caso de éxito; es más, es la medida de haber alcanzado el éxito.
Daré un ejemplo: usuarios como yo sólo estaremos motivados a incorporar contenidos cuando nuestros restaurantes habituales o favoritos no aparezcan. Pero conforme la comunidad activa vaya incorporando los suyos, es más probable que cualquier restaurante en el que quiera citar a mis amigos ya esté incorporado. Por tanto cuantos más contenidos estén ya registrados en el repositorio, menos incentivos tendré a unirme a los creadores de contenido.
Siguiendo la terminología que el otro día proponía Javier Cañada, mis incentivos como usuario egoista me harán cada vez más enlazar y enviar fichas de lugares en 11870, pero al tiempo me desincentivarán a convertirme en reportero gastronómico.
Normalmente el ejemplo típico de efecto red es el teléfono o el fax:
Para el tercer usuario de la red telefónica, acceder a la red suponía poder hablar con dos personas. Pero para el cuarto, poder hacerlo con tres
y así sucesivamente. Cuantos más miembros tiene la red de usuarios más valor tiene para un no miembro pertenecer a ella
y por otro lado menos aportaría al valor a la red si se sumara a ella (el valor marginal de la externalidad es decreciente).
Lo interesante es que a través de las experiencias de las comunidades 2.x descubrimos dos tipos de productos afectados por el efecto red de maneras muy diferentes:
- Aquellos en los que el valor de la red no orienta mi tipo de participación. Es decir, porque haya más usuarios de fax no decidiré simplemente recibirlos y me dará pereza enviarlos. Pasa así en todas las tecnologías de comunicación uno a uno.
- Los basados en la construcción colectiva de un repositorio de información común finito como fin en si mismo. Cuanto más cerca esté la comunidad del límite (de tener todos los restaurantes listados y comentados por ejemplo) menores son los incentivos para un uso activo y mayores para los de uno pasivo
Y esto me lleva a una reflexión más amplia que afecta a todos los servicios basados en la creación de una información común como objetivo, sean típicamente servicios web 2.0 (con un único output igual para todos los usuarios) como la wikipedia o digg o incluso algunos servicios web 2.1 (con un output personalizado para cada usuario) como 11870: la lógica de los incentivos en este tipo de servicios inevitablemente llevará a la formación oligarquías participativas relativamente estables.
Los ejemplos más radicales serían servicios web 2.0 tipo meneame o la prensa participativa. En ellos un pequeño grupo estable generará los contenidos (da igual si mediante el voto o mediante la redacción de los mismos) y una masa mayor de usuarios pasivos la consumirá y difundirá.
Esto tiene poco que ver con la distinción entre servicios fax y servicios vídeo, porque ocurrirá incluso en servicios como 11870 con un fuerte componente de modelo vídeo. Tiene que ver con la existencia o no del concepto de repositorio común como objetivo, tiene que ver con el rol de la identidad en el output final.
Tampoco tiene que ver con la idea de web 2.x ni con el carácter participativo. Servicios como feevy, que no generan un repositorio común, no tienen efectos red (me da igual cuanta gente use feevy, su valor, lo que aporta a mi blog, será igual para mi con 100 o con 3000 usuarios). Y servicios como Jumpcut que generan un repositorio común tan sólo como un medio para la creación personalizada, tampoco desincentivarán el paso de la participación pasiva a la activa, entre otras cosas porque el output objetivo no es en principio claramente delimitable o siquiera finito.
Primeras conclusiones
- Los servicios participativos de interés general como 11870 no pueden medir su éxito ni penetración exclusivamente por el número de usuarios activos. Los pasivos generan a partir de cierto nivel de desarrollo de contenidos más valor. Es más, la valoración no debería ser proporcional al número de usuarios que contribuyen en contenidos, sino normalmente, exponencial.
- En servicios necesariamente ideológicos basados en la generación colectiva de un repositorio común finito, como meneames o enciclopedias participativas, la formación de oligarquías participativas es inevitable. Eso hace tanto o más necesaria una distinción muy clara de la identidad de partida. Presentarse como servicio público llevará inevitablemente a la confusión entre la ideología de esa oligarquía participativa y un estándar de valores pretendidamente común a todos los mortales.
- En el caso particular del periodismo participativo es aún más importante saber que:
- El número de generadores voluntarios de contenidos tiene un límite que se relaciona con el número de lectores. El número de lectores tiene una relación potencial con el número de generadores de contenidos. Nunca la participación en la generación de contenidos va a aproximarse a la participación pasiva. Al contrario.
- Una vez más y dado que la formación de una oligarquía particiapativa es inevitable, la honestidad y la modestia ideológicas son fundamentales. No se puede pasar por servicio público lo que inevitablemente se va a convertir en relato de parte.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
« « Portada » »
Salvo indicación o advertencia en contrario, el autor de todas las entradas de este blog hace devolución expresa de ellas al Dominio Público
|